Vida de Diógenes de Sinope en Diógenes Laercio

Joshua J. Mark
por , traducido por César Zetina Peñaloza
publicado el
Translations 2
bookmark_addbookmark_addedGuardar artículo headphonesVersión en audio printImprimir picture_as_pdfPDF

Diógenes de Sinope (en torno a 404-323 a.C.) fue un filósofo cínico griego conocido mayormente por acercar una linterna a los rostros de los ciudadanos de Atenas, alegando que buscaba a un hombre honesto. Probablemente fue discípulo del filósofo Antístenes (445-365 a.C.) y, en supuestas palabras de Platón, era «un Sócrates enloquecido». Exhiliado de su ciudad natal, Sinope, se estableció en Atenas. Escribió a un amigo para que le alquilara una pequeña casa allí, pero, cuando este amigo no consiguió encontrar lugar, Diógenes lanzó su capa al interior de un gran barril de vino vacío situado fuera del templo de Cibeles, cerca del ágora, y lo convirtió en su hogar. Vivió en el barril durante toda su estancia en Atenas. Se interesó por las enseñanzas de Antístenes y pidió que lo admitieran en su escuela. Al principio, Antístenes se negó a aceptarlo como alumno, llegando incluso a golpearlo con su bastón para ahuyentarlo, pero finalmente cedió ante su persistencia. Diógenes llevaría las creencias de su maestro al extremo. Al igual que Antístenes, Diógenes creía en el autocontrol, en la importancia de la excelencia personal en el comportamiento (en griego, areté, que suele traducirse como «virtud») y en el rechazo de todo lo que se consideraba innecesario en la vida, como las posesiones personales y el estatus social. Era tan ferviente en sus creencias que las vivía de forma pública en la plaza del mercado de Atenas. No poseía nada, vivía en las calles de Atenas y parece que se sustentaba gracias a la caridad de los demás. Tenía una copa que también le servía de cuenco para la comida, pero la tiró cuando vio a un niño bebiendo agua con las manos y comiendo sobre un trozo de pan, al darse cuenta de que ni siquiera se necesitaba un cuenco para alimentarse.

Diogenes in Search of an Honest Man
Diógenes buscando un hombre honesto Wikipedia User: AndreasPraefcke (Public Domain)

Para Diógenes, una vida razonable es aquella que se vive de acuerdo con la naturaleza y con las propias inclinaciones naturales. Ser fiel a uno mismo, por muy «loco» que pudiera parecer, significaba perseguir una vida que mereciera la pena vivir. Ya sea cierta o solo otra fábula, la historia de la captura de Diógenes por piratas y su venta como esclavo en Corinto da testimonio de la fuerza de sus convicciones. Cuando le preguntaron qué talento tenía, respondió: «El de gobernar a los hombres», y luego exigió que lo vendieran a Jeníades diciendo: «Véndeme a ese hombre, pues él necesita un amo». Aunque en ese momento era un esclavo y no estaba en posición de exigir nada, creía tan firmemente en sí mismo que los demás se sentían obligados a escucharlo y a hacer lo que él decía. Jeníades, por ejemplo, le encargó a Diógenes la educación de sus hijos pequeños y, con el tiempo, el filósofo pasó a formar parte de la familia. Vivió en Corinto con la familia de Jeníades durante el resto de su vida y allí murió a la edad de noventa años. Se ha atribuido su muerte a una grave intoxicación alimentaria por comer una pezuña de buey cruda, a la rabia provocada por la mordedura de un perro o al suicidio por contenerse la respiración.

Eliminar publicidad
Publicidad

Gran parte de lo que se sabe sobre su vida en Atenas y Corinto proviene de la obra Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio (siglo III d.C.). Algunas de las anécdotas más divertidas son las que relatan su continua rivalidad con Platón, a quien consideraba un snob pretencioso y charlatán. Cuando Platón definió al ser humano como un «bípedo sin plumas», Diógenes desplumó un pollo y lo llevó a la Academia de Platón. Lo soltó en una de las aulas, diciendo: «He aquí al ser humano de Platón». Platón se vio entonces obligado a añadir «con uñas anchas y planas» a su definición. A continuación se presenta La vida de Diógenes, extraída de la obra de Laercio. Esta es la traducción de la versión en inglés de C. D. Yonge.

I. Diógenes era natural de Sinope, hijo de Tresio, un cambista. Diocles afirma que se vio obligado a huir de su ciudad natal, ya que su padre regentaba allí el banco público y había falsificado la moneda. Pero Eubúlides, en su ensayo sobre Diógenes, sostiene que fue el propio Diógenes quien lo hizo, y que fue desterrado junto con su padre. Y, de hecho, él mismo, en su obra Pórdalo, afirma que había falsificado la moneda pública. Otros dicen que era uno de los curadores y que se dejó convencer por los artesanos a su servicio, y que se dirigió a Delfos, o bien al oráculo de Delos, y allí consultó a Apolo sobre si debía hacer lo que la gente intentaba persuadirlo de que hiciera; y que, como el dios le dio permiso para hacerlo, Diógenes —sin comprender que el dios se refería a que podría cambiar las costumbres políticas de su país si podía¹— falsificó la moneda; y al ser descubierto, fue desterrado, según dicen algunos, pero según otras versiones, se alarmó y huyó por su propia voluntad. Otros, a su vez, dicen que falsificó el dinero que había recibido de su padre; y que su padre fue encarcelado y murió allí; pero Diógenes escapó y se dirigió a Delfos, y preguntó, no si podía falsificar la moneda, sino qué podía hacer para alcanzar gran fama, y que, en consecuencia, recibió la respuesta del oráculo que he mencionado.

Eliminar publicidad
Publicidad

II. Y cuando llegó a Atenas, se unió a Antístenes; pero como este lo rechazó, pues no admitía a nadie, al fin se abrió paso hasta él gracias a su tenacidad. Y una vez, cuando este levantó su bastón contra él, él puso la cabeza debajo y dijo: «Golpéame, pues no encontrarás ningún bastón lo suficientemente duro como para ahuyentarme mientras sigas hablando». Y a partir de ese momento fue uno de sus discípulos; y, al ser un exiliado, naturalmente se decantó por un modo de vida sencillo.

III. Y cuando, como nos cuenta Teofrasto en su obra Filósofo megárico, vio a un ratón correteando sin buscar un lecho, sin preocuparse por permanecer en la oscuridad, ni buscar ninguna de esas cosas que parecen agradables a un animal así, encontró un remedio para su propia pobreza. Según el relato de algunas personas, fue el primero en doblar su capa por necesidad y en dormir envuelto en ella; en llevar una alforja en la que guardaba su comida; y en utilizar cualquier lugar cercano para todo tipo de fines: comer, dormir y conversar en él. En referencia a ese hábito, solía decir, señalando la columnata de Júpiter y el granero público, «que los atenienses le habían construido lugares donde vivir». Al verse afectado por una enfermedad, se apoyaba en un bastón; y a partir de entonces lo llevaba siempre consigo, no en la ciudad, claro está, sino cada vez que caminaba por los caminos, junto con su alforja, tal y como nos cuenta Olimpiodoro, el líder de los atenienses; y Polieucto, el orador, y Lisanias, hijo de Escrión, relatan la misma historia.

Eliminar publicidad
Publicidad

Cuando le escribió a alguien para que buscara y le preparara una casita, y como este tardaba en hacerlo, tomó un barril que encontró en el templo de Cibele como morada, tal y como él mismo nos cuenta en sus cartas. Y durante el verano solía revolcarse en la arena caliente, pero en invierno abrazaba estatuas cubiertas de nieve, entrenándose, en cada ocasión, para soportar cualquier cosa.

IV. Era muy vehemente a la hora de expresar su altivo desdén hacia los demás. Decía que la scholê (escuela) de Euclides era cholê (hiel). Y solía llamar a las diatribê (discusiones) de Platón katatribê (disfraz). También solía decir que los juegos dionisíacos eran una gran maravilla para los necios; y que los demagogos eran los ministros de la multitud. Solía decir asimismo: «que cuando a lo largo de su vida contemplaba a los timoneles, a los médicos y a los filósofos, pensaba que el hombre era el más sabio de todos los animales; pero cuando contemplaba a los intérpretes de sueños, a los adivinos y a quienes les escuchaban, así como a los hombres engreídos por la gloria o las riquezas, entonces pensaba que no había animal más necio que el hombre». Otra de sus frases era: «que pensaba que un hombre debía proverse más a menudo de una razón que de una soga». En una ocasión, al ver a Platón en un banquete muy lujoso probando unas aceitunas, le dijo: «¡Oh, sabio! ¿Por qué, después de haber navegado hasta Sicilia por un festín como este, no disfrutas ahora de lo que tienes delante?». Y Platón respondió: «Por los dioses, Diógenes, mientras estuve allí comí muchas aceitunas y todas esas cosas». Diógenes replicó: «¿Para qué quisiste entonces navegar hasta Siracusa? ¿Acaso Ática no producía aceitunas en aquella época?». Pero Favorino, en su Historia universal, cuenta esta anécdota sobre Aristipo. En otra ocasión, mientras comía higos secos, se encontró con Platón, quien le dijo: «Puedes tomar un poco de estos»; y cuando cogió algunos y se los comió, le dijo: «Te dije que podías tomar un poco, no que te los comieras todos». En una ocasión, Platón había invitado a un banquete a unos amigos que habían acudido a su casa desde la casa de Dionisio, y Diógenes pisoteó sus alfombras y dijo: «Así pisoteo el orgullo vacío de Platón»; y Platón le respondió: «¡Cuánta arrogancia estás mostrando, oh Diógenes, al pensar que no eres arrogante en absoluto!». Pero, según cuentan otros, Diógenes dijo: «Así pisoteo el orgullo de Platón»; y que Platón replicó: «Con tanto orgullo como tú, oh Diógenes». También Sótion, en su cuarto libro, afirma que el cínico dirigió el siguiente discurso a Platón: Diógenes le pidió una vez un poco de vino y, después, unos higos secos; así que él le envió una jarra entera llena; y Diógenes le dijo: «¿Acaso, si te preguntaran cuánto hacen dos más dos, responderías veinte? De esta manera, ni das en función de lo que se te pide, ni respondes en función de la pregunta que se te formula». También solía ridiculizarlo por ser un charlatán interminable. Cuando le preguntaron en qué parte de Grecia veía hombres virtuosos, respondió: «Hombres, en ninguna parte; pero veo buenos muchachos en Lacedemonia». En una ocasión, cuando nadie se acercó a escucharle mientras disertaba con seriedad, empezó a silbar. Y entonces, cuando la gente se agolpó a su alrededor, les reprochó que acudieran con entusiasmo a la locura, pero que fueran perezosos e indiferentes ante las cosas buenas. Una de sus frases habituales era: «Que los hombres compitieran entre sí a puñetazos y patadas, pero que nadie mostrara emulación alguna en la búsqueda de la virtud». Solía expresar su asombro ante los gramáticos por estar deseosos de aprenderlo todo sobre las desgracias de Ulises, y ser ignorantes de las suyas propias. También solía decir: «Que los músicos afinaban correctamente las cuerdas de la lira, pero dejaban desordenados todos los hábitos de su alma». Y: «Que los matemáticos mantenían la mirada fija en el sol y la luna, y pasaban por alto lo que tenían bajo sus pies». «Que los oradores se preocupaban por hablar con justicia, pero en absoluto por actuar así». Además: «Que los avaros culpaban al dinero, pero sentían por él un cariño absurdo». A menudo condenaba a quienes alaban a los justos por ser superiores al dinero, pero que al mismo tiempo ansían ellos mismos grandes riquezas. También se indignaba mucho al ver a los hombres ofrecer sacrificios a los dioses para obtener buena salud y, sin embargo, durante el sacrificio, comer de una manera perjudicial para la salud. A menudo expresaba su sorpresa ante los esclavos que, al ver a sus amos comer de forma glotona, no se atrevían a tomar nada de lo que había sobre la mesa. A menudo elogiaba a quienes estaban a punto de casarse y, sin embargo, no lo hacían; o a quienes estaban a punto de emprender un viaje y, sin embargo, no lo hacían; o a quienes estaban a punto de dedicarse a los asuntos de Estado y no lo hacían; y a quienes estaban a punto de criar hijos y, sin embargo, no criaban ninguno; y a quienes se preparaban para establecerse con príncipes y, sin embargo, no lo hacían. Una de sus frases era: «Uno debe tender la mano a un amigo sin cerrar los dedos».

Hermipo, en su obra La venta de Diógenes, cuenta que lo capturaron y lo pusieron a la venta, y le preguntaron qué sabía hacer; y él respondió: «Gobernar a los hombres». Así pues, le pidió al pregonero que «anunciara que, si alguien quería comprar un amo, aquí tenía uno a su disposición». Cuando le ordenaron que no se sentara, dijo: «No importa, pues los peces se venden estén donde estén». Solía decir que le sorprendía que los hombres siempre dieran un golpecito a un plato o a una jarra antes de comprarlos, pero se contentaran con juzgar a un hombre solo por su aspecto. Cuando Jeníades lo compró, le dijo que debía obedecerle aunque fuera su esclavo; pues un médico o un piloto encontrarían hombres que les obedecieran aunque fueran esclavos.

Eliminar publicidad
Publicidad

V. Y Eubulo dice, en su ensayo titulado La venta de Diógenes, que enseñaba a los hijos de Jeníades, tras sus otras lecciones, a montar a caballo, a disparar, a lanzar con honda y a lanzar dardos. Y luego, en el Gimnasio, no permitía que el entrenador los ejercitara al estilo de los atletas, sino que él mismo los ejercitaba solo en la medida suficiente para darles buen color y buena salud. Y los muchachos retenían en su memoria muchas frases de poetas y prosistas, y del propio Diógenes; y él solía darles una exposición concisa de todo para fortalecer su memoria; y en casa solía enseñarles a valerse por sí mismos, contentándose con comida sencilla y bebiendo agua. Además, les acostumbró a cortarse el pelo al ras, a evitar los adornos, a ir sin túnicas ni zapatos, y a guardar silencio, sin mirar nada más que a sí mismos mientras caminaban. También solía llevarlos a cazar; y ellos prestaban la mayor atención y respeto al propio Diógenes, y hablaban bien de él a sus padres.

VI. Y el mismo autor afirma que envejeció en la casa de Jeníades y que, cuando murió, fue enterrado por sus hijos. Y que, mientras vivía con él, Jeníades le preguntó una vez cómo debía enterrarlo; y él respondió: «Boca abajo»; y cuando le preguntaron por qué, dijo: «Porque, dentro de poco, todo se pondrá patas arriba». Y dijo esto porque los macedonios ya estaban alcanzando el poder y convirtiéndose en un pueblo poderoso tras haber sido muy insignificantes. Una vez, cuando un hombre lo había conducido a una casa magnífica y le había dicho que no debía escupir, tras carraspear un poco, le escupió en la cara, diciendo que no podía encontrar un lugar peor. Pero algunos cuentan esta historia de Aristipo. Una vez, gritó: «¡Eh, hombres!». Y cuando algunas personas se le acercaron, las ahuyentó con su bastón, diciendo: «He llamado a hombres, no a escoria». Esta anécdota la he tomado de Hecatón, en el primer libro de sus Apotegmas. También relatan que Alejandro dijo que, si no hubiera sido Alejandro, le habría gustado ser Diógenes. Solía llamar anapêroi (lisiados) no a los que eran mudos y ciegos, sino a los que no tenían monedero (pêra). En una ocasión acudió medio afeitado a una fiesta de jóvenes, como nos cuenta Metrocles en sus Apotegmas, y por eso fue golpeado por ellos. Posteriormente, escribió los nombres de todos los que le habían golpeado en una tablilla blanca y se paseó con ella colgada al cuello, para exponerlos al escarnio, ya que en general los condenaron y reprendieron por su conducta.

Solía decir que era el sabueso de aquellos a quienes se alababa; pero que ninguno de los que los alababan se atrevía a salir a cazar con él. Un hombre le dijo una vez: «He vencido a hombres en los Juegos Píticos», a lo que él respondió: «Yo soy vencedor de hombres, pero tú solo eres vencedor de esclavos». Cuando algunas personas le dijeron: «Eres un anciano y deberías descansar el resto de tu vida»; «¿Por qué?», respondió él, «supongamos que hubiera corrido una larga distancia, ¿debería detenerme cuando estuviera cerca de la meta, en lugar de seguir adelante?». Una vez, cuando le invitaron a un banquete, dijo que no acudiría, pues el día anterior nadie le había dado las gracias por haber acudido. Solía andar descalzo por la nieve y hacer otras muchas cosas que ya se han mencionado. Una vez intentó comer carne cruda, pero no pudo digerirla. En otra ocasión se encontró con Demóstenes, el orador, cenando en una posada; y mientras se escabullía, le dijo: «Ahora estarás mucho más en una posada²». Una vez, cuando unos forasteros deseaban ver a Demóstenes, este extendió el dedo corazón y dijo: «Este es el gran demagogo del pueblo ateniense». Cuando alguien dejó caer una hogaza de pan y le daba vergüenza recogerla, él, con el fin de darle una lección, ató una cuerda al cuello de una botella y la arrastró por todo el Cerámico. Solía decir que imitaba a los maestros de coro, pues estos hablaban demasiado alto para que el resto pudiera captar el tono adecuado. Otra de sus frases era que la mayoría de los hombres estaban a un dedo de volverse locos. Así pues, si alguien caminara mostrando el dedo corazón, parecería loco; pero si mostrara el dedo índice, no se le consideraría así. Otra de sus frases era que las cosas de gran valor a menudo se vendían por nada, y viceversa. Así, una estatua alcanzaría tres mil dracmas y un fanega de harina solo dos óbolos; y cuando Jeníades lo compró, le dijo: «Vamos, haz lo que se te ordene». Y cuando él dijo:

Eliminar publicidad
Publicidad

«¡Las corrientes de los ríos sagrados ahora
corren hacia su origen!»

«Supongamos —replicó Diógenes— que hubieras estado enfermo y hubieras comprado a un médico, ¿podrías negarte a seguir sus indicaciones? Y respondió:

«¿Las corrientes de los ríos sagrados ahora
corran hacia su origen?»

Una vez se le acercó un hombre que deseaba estudiar filosofía como su discípulo; él le dio una saperda³ y le hizo seguirle. Y como aquel, avergonzado, la tiró y se marchó, poco después se lo encontró y, riendo, le dijo: «Una saperda ha disuelto tu amistad por mí». Pero Diocles cuenta esta historia de la siguiente manera: que cuando alguien le dijo: «Encomiéndame algo, Diógenes», se lo llevó consigo y le dio un trocillo de queso para que lo transportara. Y como se negó a llevarlo, «Mira —dijo Diógenes—, un trocillo de queso ha roto nuestra amistad».

En una ocasión vio a un niño bebiendo con las manos, por lo que tiró la taza que llevaba en su alforja, diciendo: «Ese niño me ha superado en sencillez». También tiró su cuchara tras ver a un muchacho que, al haber roto su recipiente, recogía las lentejas con una corteza de pan. Y solía argumentar así: «Todo pertenece a los dioses; y los sabios son amigos de los dioses. Todo es común entre amigos; por lo tanto, todo pertenece a los sabios». Una vez vio a una mujer postrarse ante los dioses en una postura indecorosa; él, deseando curarla de su superstición —como nos cuenta Zoilo de Perga—, se acercó a ella y le dijo: «¿No temes, oh mujer, estar en una postura tan indecente, cuando algún dios puede estar detrás de ti, pues cada lugar está lleno de él?». Consagró a un hombre a Esculapio, cuya misión era correr y golpear a todos aquellos que se postraban con el rostro contra el suelo; y solía decir que la maldición trágica se había abatido sobre él, pues estaba:

¿Te gusta la historia?

¡Suscríbete a nuestro boletín electrónico semanal gratuito!

sin hogar y sin ciudad, un exiliado lamentable
de su querida tierra natal; un mendigo errante,
que iba tirando con una mísera limosna día tras día.

Y otra de sus frases era que oponía la confianza a la fortuna, la naturaleza a la ley y la razón al sufrimiento. Una vez, mientras estaba sentado al sol en el Craneon, Alejandro se encontraba de pie junto a él y le dijo: «Pídeme cualquier favor que desees». Y él respondió: «Deja de hacerme sombra». En una ocasión, un hombre estaba leyendo unos pasajes largos y, cuando llegó al final del libro y mostró que no había nada más escrito, «Ánimo, amigos míos», exclamó Diógenes, «veo tierra». Un hombre le demostró una vez, mediante un silogismo, que tenía cuernos, por lo que se llevó la mano a la frente y dijo: «Yo no los veo». Y de manera similar respondió a quien afirmaba que no existía tal cosa como el movimiento, levantándose y alejándose. Cuando un hombre hablaba de los cuerpos celestes y los meteoritos, le dijo: «Por favor, ¿cuántos días hace que bajaste del cielo?». Un eunuco libertino había escrito en su casa: «Que nada malo entre aquí». «¿Adónde —preguntó Diógenes— se dirige el dueño de la casa?». Tras ungirse los pies con perfume, dijo que el ungüento de su cabeza subía al cielo, y el de sus pies, hasta su nariz. Cuando los atenienses le rogaron que se iniciara en los misterios de Eleusis y le dijeron que, en las sombras del más allá, los iniciados ocupaban los mejores asientos; «Será —respondió— una tontería que Agesilao y Epaminondas tengan que vivir en el barro, y que unos miserables desdichados, que han sido iniciados, estén en las islas de los bienaventurados». Unos ratones se acercaron sigilosamente a su mesa, y él dijo: «Mirad, incluso Diógenes mantiene a sus favoritos». Una vez, al salir de los baños, un hombre le preguntó si había mucha gente bañándose, y él respondió: «No»; pero cuando salieron varias personas, admitió que había muchísimas. Cuando Platón lo llamó «perro», dijo: «Sin duda, pues he vuelto con aquellos que me vendieron».

Platón definió al hombre así: «El hombre es un animal bípedo y sin plumas»; y fue muy alabado por la definición; así que Diógenes desplumó a un gallo, lo llevó a su escuela y dijo: «Este es el hombre de Platón». Por ello se añadió a la definición: «Con uñas anchas y planas». Una vez, un hombre le preguntó cuál era la hora adecuada para cenar, y él respondió: «Si eres rico, cuando te plazca; y si eres pobre, cuando puedas». Cuando estaba en Megara, vio unas ovejas cuidadosamente cubiertas con pieles, y a los niños corriendo desnudos; por lo que dijo: «En Megara es mejor ser el carnero de un hombre que su hijo». Una vez, un hombre le golpeó con una viga y luego le dijo: «Ten cuidado». «¿Qué?», respondió él, «¿vas a volver a golpearme?». Solía decir que los demagogos eran los siervos del pueblo, y las guirnaldas, los frutos de la gloria. Tras encender una vela a plena luz del día, dijo: «Estoy buscando a un hombre». En una ocasión se quedó de pie bajo una fuente, y como los transeúntes se compadecían de él, Platón, que estaba presente, les dijo: «Si de verdad queréis mostrarle vuestra compasión, marchaos», dando a entender que solo actuaba así por deseo de notoriedad. Una vez, cuando un hombre le dio un puñetazo, dijo: «¡Oh, Hércules, qué cosa tan extraña, que yo ande por ahí con un casco puesto sin saberlo!».

Eliminar publicidad
Publicidad

Cuando Midias le dio un puñetazo y le dijo: «Aquí tienes tres mil dracmas», al día siguiente Diógenes cogió el cestus de un boxeador, le dio una buena paliza y le dijo: «Aquí tienes tres mil dracmas⁴». Cuando Lisias, el vendedor de medicinas, le preguntó si creía que existían los dioses: «¿Cómo —dijo él— podría dejar de pensarlo, si considero que ellos te odian?», aunque algunos atribuyen esta respuesta a Teodoro. Una vez vio a un hombre purificándose con un baño y le dijo: «Oh, hombre desdichado, ¿no sabes que, así como no puedes borrar los errores gramaticales mediante la purificación, tampoco puedes borrar los errores de una vida de esa misma manera?».

Solía decir que los hombres se equivocaban al quejarse de la fortuna; pues piden a los dioses lo que parece ser bueno, no lo que realmente es. Y a quienes se alarmaban por los sueños les decía que no prestaban atención a lo que hacían mientras estaban despiertos, pero armaban un gran alboroto por lo que creían ver mientras dormían. Una vez, en los Juegos Olímpicos, cuando el heraldo proclamó: «Dioxipo es el vencedor de los hombres», él respondió: «Él es el vencedor de los esclavos; yo soy el vencedor de los hombres».

Era muy querido por los atenienses; de ahí que, cuando un joven le rompió su barril, le dieran una paliza y le dieran otro a Diógenes. Y Dionisio el Estoico cuenta que, tras la batalla de Queronea, fue hecho prisionero y llevado ante Filipo; y cuando le preguntaron quién era, respondió: «Un espía, para espiar vuestra insaciabilidad». Y Filipo se maravilló de él y lo dejó marchar. Una vez, cuando Alejandro había enviado una carta a Atenas a Antípatro, por medio de un hombre llamado Atlías, él, que estaba presente, dijo: «Atlías de Atlio, por medio de Atlías a Atlio⁵». Cuando Pérdicas le amenazó con darle muerte si no acudía a él, respondió: «Eso no tiene nada de extraño, pues un escorpión o una tarántula podrían hacer lo mismo: más te valdría amenazarme con que, si me mantuviera alejado, serías muy feliz». Solía repetir constantemente con énfasis que los dioses habían concedido al hombre una vida fácil, pero que esta se había visto empañada por su búsqueda de miel, tartas de queso, ungüentos y cosas por el estilo. Por eso le dijo a un hombre al que su sirviente le estaba atando los zapatos: «No eres plenamente feliz a menos que él también te limpie la nariz; y lo hará si tienes las manos lisiadas». En una ocasión, al ver a los hieromnemones⁶ llevándose a uno de los mayordomos que había robado una copa, dijo: «Los grandes ladrones se llevan al pequeño ladrón». En otra ocasión, al ver a un joven lanzando piedras a una cruz, dijo: «Bien hecho, seguro que darás en el blanco». También una vez, unos muchachos se le acercaron y le dijeron: «Nos estamos asegurando de que no nos muerdas»; pero él respondió: «Ánimo, muchachos, un perro no come carne de vaca». Vio a un hombre que se daba aires de grandeza porque iba vestido con una piel de león, y le dijo: «No sigas deshonrando el atuendo de la naturaleza». Cuando la gente hablaba de la felicidad de Calístenes y comentaba el espléndido trato que recibía de Alejandro, él respondía: «Entonces ese hombre es desdichado, pues se ve obligado a desayunar y cenar cuando a Alejandro le plazca». Cuando andaba escaso de dinero, decía que se lo reclamaba a sus amigos y que no lo mendigaba.

En una ocasión, mientras trabajaba con sus manos en la plaza del mercado, dijo: «Ojalá pudiera frotarme el estómago de la misma manera y así evitar el hambre». Cuando vio a un joven que se dirigía a cenar con unos sátrapas, lo arrastró y se lo llevó ante sus familiares, y les pidió que cuidaran de él. En una ocasión, se le acercó un joven bellamente ataviado que le hizo una pregunta; y él se negó a responderle hasta que este le aclarara si era hombre o mujer. Y en otra ocasión, cuando un joven jugaba al cótabo en los baños, le dijo: «Cuanto mejor lo haces, peor lo haces». Una vez, en un banquete, algunos de los invitados le lanzaron huesos, como si fuera un perro; así que él, al marcharse, les levantó la pata como si fuera un perro de verdad. Solía llamar a los oradores, y a todos aquellos que hablaban en busca de fama, triganthrôpoi (tres veces hombres), en lugar de trigathloi (tres veces miserables). Decía que un hombre rico pero ignorante era como una oveja con un vellocino de oro. Cuando vio un cartel en la casa de un hombre disoluto que decía: «Se vende». «Sabía —dijo— que tú, que estás tan incesantemente borracho, pronto vomitarías a tu dueño». A un joven que se quejaba del número de personas que buscaban su amistad, le dijo: «No hagas tanto alarde de tu vanidad».

Eliminar publicidad
Publicidad

Tras haber estado en unos baños muy sucios, dijo: «Me pregunto dónde se asean las personas que se bañan aquí». Cuando todos los presentes criticaban a un arpista mediocre, él fue el único que lo elogió y, al preguntarle por qué lo hacía, respondió: «Porque, aunque sea como es, toca el arpa y no roba». Saludó a un arpista al que sus oyentes siempre dejaban solo con un «Buenos días, gallo»; y cuando el hombre le preguntó: «¿Por qué?», respondió: «Porque tú, cuando cantas, haces que todo el mundo se levante». Un día, mientras un joven se ponía a hacer espectáculo de sí mismo, él, tras llenarse el pecho de la túnica con altramuces, comenzó a comérselos; y cuando la multitud lo miró, dijo: «Me sorprende que dejen al joven para mirarme a mí». Y cuando un hombre, que era muy supersticioso, le dijo: «Con un solo golpe te partiré la cabeza», «Y yo —respondió—, con un solo estornudo te haré temblar». Cuando Hegesias le suplicó que le prestara uno de sus libros, le dijo: «Eres un tonto, Hegesias, pues no aceptas higos pintados, sino de verdad; y, sin embargo, pasas por alto la práctica genuina de la virtud y buscas lo que solo está escrito». Un hombre le reprochó una vez su destierro, y su respuesta fue: «Desgraciado, eso es lo que me convirtió en filósofo». Y cuando, en otra ocasión, alguien le dijo: «Los habitantes de Sinope te condenaron al destierro», él respondió: «Y yo los condené a quedarse donde estaban». Una vez vio a un hombre que había sido vencedor en los Juegos Olímpicos pastoreando (nemonta) ovejas, y le dijo: «Pronto te has encontrado con mi amigo de los Juegos Olímpicos, ahora en los de Nemea». Cuando le preguntaron por qué los atletas son insensibles al dolor, respondió: «Porque están hechos de carne de cerdo y de ternera».

En una ocasión pidió una estatua; y cuando le preguntaron por qué lo hacía, respondió: «Estoy practicando la decepción». Una vez, mientras pedía limosna a alguien (pues al principio lo hacía por verdadera necesidad), dijo: «Si le has dado a alguien más, dame también a mí; y si nunca le has dado a nadie, empieza por mí». En una ocasión, el tirano le preguntó: «¿Qué tipo de bronce es el mejor para una estatua?», y él respondió: «Aquel con el que están hechas las estatuas de Harmodio y Aristogitón». Cuando le preguntaron cómo trataba Dionisio a sus amigos, dijo: «Como sacos: los que están llenos los cuelga, y los que están vacíos los tira». Un hombre que se había casado hacía poco puso una inscripción en su casa que decía: «Aquí vive Hércules Calínico, hijo de Júpiter; que ningún mal entre». Y entonces Diógenes añadió: «La alianza se hace una vez terminada la guerra». Solía decir que la codicia era la metrópoli de todos los males. Al ver en una ocasión a un hombre disoluto en una posada comiendo aceitunas, le dijo: «Si hubieras comido así, no habrías cenado así». Uno de sus apotegmas era que los hombres buenos eran imágenes de los dioses; otro, que el amor era asunto de quienes no tenían nada que hacer. Cuando le preguntaron qué era lo más miserable de la vida, respondió: «Un anciano indigente». Y cuando le preguntaron qué bestia infligía la peor mordedura, dijo: «De las bestias salvajes, el delator; y de los animales domesticados, el halagador».

En una ocasión vio dos centauros muy mal pintados; dijo: «¿Cuál de los dos es el peor?⁷». Solía decir que un discurso cuyo único objetivo fuera complacer era una soga empapada en miel. Llamaba al estómago la Caribdis de la vida. Al enterarse una vez de que Didímo, el adúltero, había sido sorprendido in fraganti, dijo: «Merece ser ahorcado por su nombre⁸». Cuando le preguntaron por qué el oro tiene un color pálido, respondió: «Porque hay tanta gente conspirando contra él». Al ver a una mujer en una litera, dijo: «La jaula no se adapta al animal». Y al ver a un esclavo fugitivo sentado sobre un pozo, le dijo: «Muchacho, ten cuidado de no caerte dentro». En otra ocasión, vio a un niño pequeño que robaba ropa en los baños y le dijo: «¿Vas a por ungüentos (aleimmation) o por otras prendas (all' himation)?». Al ver a unas mujeres colgadas de los olivos, dijo: «Ojalá todos los árboles dieran frutos similares». En otra ocasión, vio a un ladrón de ropa y se dirigió a él así:

¿Qué te mueve, dime, cuando el sueño ha cerrado los ojos,
a deambular por los campos silenciosos en plena noche?
¿Eres acaso algún desdichado guiado por la esperanza del botín,
que, entre montones de cadáveres, despoja a los muertos?⁹

Cuando le preguntaron si tenía alguna muchacha o algún muchacho que le atendiera, respondió: «No». Y cuando su interlocutor le preguntó además: «Si entonces mueres, ¿quién te enterrará?», él respondió: «Quienquiera que quiera mi casa». Al ver a un apuesto joven durmiendo sin protección alguna, le dio un codazo y le dijo: «Despierta:

Tu destino se encontrará entre la plebe,
atravesado por la espalda, una herida vil y deshonesta¹⁰».

Y se dirigió a un hombre que estaba comprando manjares a un precio desorbitado:

No te quedarás mucho tiempo en la tierra, hijo mío,
si así son tus asuntos¹¹.

Cuando Platón disertaba sobre sus «ideas» y utilizaba los sustantivos «mesidad» y «copaidad», «¡Yo, oh Platón!», interrumpió Diógenes, «veo una mesa y una copa, pero no veo ninguna mesidad ni copaidad». Platón respondió: «Eso es muy natural, pues tienes ojos con los que contemplas una copa y una mesa; pero no tienes intelecto con el que ver la mesaidad y la copidad».

Eliminar publicidad
Publicidad

En una ocasión, cierta persona le preguntó: «¿Qué clase de hombre, oh Diógenes, crees que es Sócrates?», y él respondió: «Un loco». En otra ocasión, le preguntaron cuándo debía casarse un hombre, y su respuesta fue: «Los jóvenes no deben casarse todavía, y los ancianos no deben casarse nunca». Cuando le preguntaron qué aceptaría a cambio de que un hombre le diera un golpe en la cabeza, respondió: «Un casco». Al ver a un joven arreglándose con mucho esmero, le dijo: «Si lo haces por los hombres, eres un desgraciado; y si es por las mujeres, eres un libertino». Una vez vio a un joven sonrojarse y le dijo: «Ánimo, muchacho, ese es el rubor de la virtud». Tras escuchar en una ocasión a dos abogados, los condenó a ambos, diciendo: «Que uno había robado el objeto en cuestión y que el otro no lo había perdido». Cuando le preguntaron qué vino le gustaba beber, respondió: «El que pertenece a otro». Un hombre le dijo un día: «Mucha gente se ríe de ti». «Pero a mí —replicó— no me menosprecian». Cuando un hombre le dijo que era malo vivir, él respondió: «No es vivir lo malo, sino vivir mal». Cuando algunas personas le aconsejaban que buscara a un esclavo que se había fugado, dijo: «Sería muy absurdo para Manes vivir sin Diógenes, pero que Diógenes no pudiera vivir sin Manes». Mientras cenaba aceitunas, le trajeron un pastel de queso, sobre el cual arrojó la aceituna, diciendo:

«Mantente bien alejado, oh forastero, de todos los tiranos¹²».

Y acto seguido añadió:

«Ahuyentó la aceituna (mastixen d'elaan)».¹³

Cuando le preguntaron qué clase de perro era, respondió: «Cuando tengo hambre, soy un perro de Melita; cuando estoy saciado, un moloso; una raza que a la mayoría de quienes la alaban no les gusta llevar a cazar con ellos, debido al esfuerzo que supone seguirles el ritmo; y del mismo modo, no puedes relacionarte conmigo, por miedo al dolor que te causo». Le preguntaron si los sabios comían tartas de queso, y él respondió: «Comen de todo, igual que el resto de la humanidad». Cuando le preguntaron por qué la gente da limosna a los mendigos y no a los filósofos, dijo: «Porque creen posible que ellos mismos puedan llegar a ser cojos y ciegos, pero no esperan convertirse jamás en filósofos». Una vez pidió limosna a un hombre codicioso y, como este tardaba en darle algo, le dijo: «Hombre, te pido algo para mantenerme (eis trophên) y no para enterrarme (eis taphên)». Cuando alguien le reprochó haber falsificado la moneda, dijo: «Hubo un tiempo en que yo era como tú eres ahora; pero nunca hubo un momento en que tú fueras como yo soy ahora, ni lo habrá jamás». Y a otra persona que le reprochó lo mismo, le dijo: «Hubo tiempos en que hacía lo que no deseaba, pero ahora ya no es así». Cuando fue a Mindo, vio unas puertas muy grandes, pero la ciudad era pequeña, por lo que dijo: «Oh, hombres de Mindo, cerrad vuestras puertas, no sea que vuestra ciudad se escape». En una ocasión, vio a un hombre al que habían sorprendido robando púrpura, y dijo:

Una muerte púrpura y un destino poderoso se apoderaron de él¹⁴.

Cuando Crátero le rogó que fuera a visitarlo, dijo: «Prefiero lamer sal en Atenas que disfrutar de una mesa lujosa con Crátero». En una ocasión, se encontró con Anaxímenes, el orador, que era un hombre gordo, y se dirigió a él así: «Por favor, danos a nosotros, que somos pobres, un poco de tu barriga; pues al hacerlo te aliviarás a ti mismo y nos ayudarás». Y una vez, mientras debatía algún tema, Diógenes levantó un trozo de pescado salado y desvió la atención de sus oyentes; y como Anaxímenes se indignó por ello, dijo: «Mira, un trocillo de pescado salado ha puesto fin a la conferencia de Anaxímenes». Al ser reprendido una vez por comer en la plaza del mercado, respondió: «Lo hice porque era en la plaza del mercado donde tenía hambre». Algunos autores también le atribuyen la siguiente réplica. Platón lo vio lavando verduras, así que, al acercarse a él, le dijo en voz baja: «Si hubieras adulado a Dionisio, no estarías lavando verduras». «Y —respondió él, con la misma serenidad—, si hubieras lavado verduras, nunca habrías adulado a Dionisio». Cuando un hombre le dijo una vez: «La mayoría de la gente se ríe de ti», él respondió: «Y es muy probable que los asnos se rían de ellos; pero ellos no hacen caso a los asnos, y yo tampoco les hago caso a ellos». Una vez vio a un joven estudiando filosofía y le dijo: «Bien hecho; pues estás llevando a quienes admiran tu persona a contemplar la belleza de tu mente».

Cierta persona admiraba las ofrendas del templo de Samotracia¹⁵, y él le dijo: «Habrían sido mucho más numerosas si las hubieran ofrecido los que se perdieron en lugar de los que se salvaron»; pero algunos atribuyen esta frase a Diágoras el Teliano. Una vez vio a un apuesto joven que se dirigía a un banquete y le dijo: «Volverás peor (cheirôn)»; y cuando al día siguiente, tras el banquete, el joven le dijo: «He salido del banquete y no he salido peor parado por ello», él respondió: «No eras Quirón, sino Euritión¹⁶». En una ocasión estaba mendigando a un hombre de muy mal genio, y cuando este le dijo: «Si logras convencerme, te daré algo», él respondió: «Si pudiera convencerte, te rogaría que te ahorcaras». En una ocasión regresaba de Lacedemonia a Atenas; y cuando alguien le preguntó: «¿Adónde vas y de dónde vienes?», respondió: «Voy de las habitaciones de los hombres a las de las mujeres». En otra ocasión regresaba de los Juegos Olímpicos, y cuando alguien le preguntó si había habido una gran multitud allí, dijo: «Una gran multitud, pero muy pocos hombres». Solía decir que los hombres libertinos se parecían a los higos que crecen en un precipicio; cuyo fruto no lo saborean los hombres, sino que lo devoran los cuervos y los buitres. Cuando Friné consagró una estatua de oro de Venus en Delfos, él escribió en ella: «Por el libertinaje de los griegos».

Una vez, Alejandro Magno se acercó, se detuvo junto a él y le dijo: «Soy Alejandro, el gran rey». «Y yo —respondió él— soy Diógenes, el perro». Y cuando le preguntaron a qué acciones suyas se debía que lo llamaran perro, respondió: «Porque adulo a quienes me dan algo, ladro a quienes no me dan nada y muerdo a los sinvergüenzas». En una ocasión estaba recogiendo algunos frutos de una higuera, y cuando el hombre que la custodiaba le dijo que el otro día un hombre se había ahorcado en ese árbol, «Yo, pues —dijo—, lo purificaré ahora». Una vez vio a un hombre que había sido vencedor en los Juegos Olímpicos mirando con frecuencia a una cortesana; «Mira —dijo—, a ese carnero guerrero, que ha caído prisionero de la primera muchacha con la que se encuentra». Uno de sus dichos era que las cortesanas guapas eran como hidromiel envenenado.

En una ocasión estaba cenando en la plaza del mercado, y los transeúntes no paraban de gritarle «Perro»; pero él dijo: «Sois vosotros los perros, que os quedáis ahí alrededor mío mientras ceno». Cuando dos tipos afeminados se apartaban de su camino, dijo: «No tengáis miedo, un perro no come remolacha». Cuando una vez le preguntaron por un muchacho libertino, de qué país procedía, respondió: «Es de Tegea¹⁷». Al ver a un luchador torpe que afirmaba curar a un hombre, le dijo: «¿Qué pretendes? ¿Ahora esperas derrotar a quienes te vencieron antes?». En una ocasión vio al hijo de una cortesana lanzando una piedra contra una multitud y le dijo: «Ten cuidado, no sea que le des a tu padre». Cuando un muchacho le mostró una espada que había recibido de alguien a quien había prestado un servicio deshonroso, le dijo: «La espada es buena, pero la empuñadura es infame». Y cuando algunas personas alababan a un hombre que le había dado algo, les dijo: «¿Y no me alaban a mí, que fui digno de recibirlo?». Alguien le pidió que le devolviera su capa; pero él respondió: «Si me la diste, es mía; y si solo me la prestaste, la estoy usando». Un supuesto hijo (hupoleimaios) de alguien le dijo una vez que llevaba oro en su capa; «Sin duda —respondió él—, esa es precisamente la razón por la que duermo con ella bajo la cabeza (hupobeblêmenos)». Cuando le preguntaron qué ventaja había obtenido de la filosofía, respondió: «Si ninguna más, al menos esta: que estoy preparado para cualquier tipo de suerte». Le preguntaron de qué país era, y él respondió: «Ciudadano del mundo» (kosmopolitês). Algunos hombres estaban ofreciendo sacrificios a los dioses para convencerlos de que les enviaran hijos, y él dijo: «¿Y vosotros no ofrecéis sacrificios para conseguir hijos con un carácter concreto?». Una vez le pidió una contribución al presidente de una sociedad¹⁸, y le dijo:

«Arruina a todos los demás, pero no te atrevas a tocar a Héctor».

Solía decir que las cortesanas eran las reinas de los reyes, pues les pedían lo que quisieran. Cuando los atenienses votaron que Alejandro era Baco, les dijo: «Votad también que yo soy Serapis». Cuando un hombre le reprochó que entrara en lugares impuros, respondió: «El sol también penetra en los retretes, pero no se contamina con ellos». Una vez, mientras cenaba en un templo, le sirvieron unos panes sucios; los cogió y los tiró, diciendo que nada sucio debía entrar en un templo; y cuando alguien le dijo: «Filosofas sin poseer ningún conocimiento», respondió: «Si solo finjo tener sabiduría, eso ya es filosofar». Una vez, un hombre le llevó a un niño y le dijo que era un niño muy inteligente y de un carácter admirable. «¿Qué es lo que quiere de mí, entonces?», preguntó Diógenes. Solía decir que aquellos que expresan sentimientos virtuosos pero no los ponen en práctica no son mejores que las arpas, pues una arpa no tiene oído ni sentimientos. Una vez se dirigía a un teatro mientras todos los demás salían de él; y cuando le preguntaron por qué lo hacía, «Es —respondió— lo que he estado haciendo toda mi vida». En otra ocasión, al ver a un joven adoptando aires afeminados, le dijo: «¿No te da vergüenza tener peores planes para ti mismo que los que la naturaleza tenía para ti? Porque ella te ha hecho hombre, pero tú intentas obligarte a ser mujer». Al ver a un hombre ignorante afinando un salterio, le dijo: «¿No te da vergüenza estar ordenando los sonidos adecuados en un instrumento de madera y no estar ordenando tu alma para una vida adecuada?». Cuando un hombre le dijo: «No estoy hecho para la filosofía», él respondió: «¿Por qué vives, entonces, si no tienes deseo de vivir como es debido?». A un hombre que trataba a su padre con desprecio, le dijo: «¿No te da vergüenza despreciar a aquel a quien debes el hecho de que tengas en tu poder la capacidad de darte aires?». Al ver a un joven apuesto charlando de manera indecorosa, le dijo: «¿No te da vergüenza sacar una espada de plomo de una vaina de marfil?». Al ser reprendido una vez por beber en la taberna de un vinatero, respondió: «También me corto el pelo en la barbería». En otra ocasión, fue criticado por haber aceptado una capa de Antípatro, pero él replicó:

«No te niegues a prestar atención
a los dones que proceden de los poderosos dioses¹⁹».

Una vez, un hombre le golpeó con una escoba y le dijo: «Ten cuidado»; así que él le devolvió el golpe con su bastón y le dijo: «Ten cuidado».

Eliminar publicidad
Publicidad

Una vez le dijo a un hombre que dirigía súplicas ansiosas a una cortesana: «¿Qué es lo que deseas obtener, hombre desdichado, que no sea mejor que te decepcione?». Al ver a un hombre que apestaba a ungüentos por todas partes, le dijo: «Ten cuidado, no sea que la fragancia de tu cabeza dé mal olor a tu vida». Una de sus máximas era que los sirvientes sirven a sus amos, y que los hombres malvados son esclavos de sus apetitos. Cuando le preguntaron por qué a los esclavos se les llamaba «andrapoda», respondió: «Porque tienen pies de hombre (tous podas andron) y un alma como la tuya, que estás haciendo esta pregunta». Una vez le pidió una mina a un hombre disoluto; y cuando este le preguntó por qué pedía un óbolo a los demás y a él una mina, respondió: «Porque espero obtener algo de los demás en otra ocasión, pero solo los dioses saben si alguna vez volveré a sacarte algo a ti». En una ocasión se le reprochó que pidiera favores, mientras que Platón nunca pedía ninguno; y él dijo

«Él pide tanto como yo, pero lo hace
inclinando la cabeza, para que nadie más lo oiga».

Un día vio a un arquero torpe disparando; así que se acercó y se sentó junto a la diana, diciendo: «Ahora estaré a salvo». Solía decir que los que estaban enamorados se sentían decepcionados en cuanto al placer que esperaban. Cuando le preguntaron si la muerte era un mal, respondió: «¿Cómo puede ser un mal aquello que no sentimos cuando está presente?». Una vez, mientras Alejandro estaba de pie junto a él y le decía: «¿No me temes?», él respondió: «No; pues ¿qué eres tú, un bien o un mal?». Y cuando este respondió que era bueno, Diógenes dijo: «¿Quién, entonces, teme al bien?». Solía decir que la educación era «para los jóvenes, sobriedad; para los ancianos, consuelo; para los pobres, riqueza; y para los ricos, un adorno». Cuando Didímo, el adúltero, intentaba una vez curar el ojo de una joven (korês), le dijo: «Ten cuidado de que, al curar el ojo de la doncella, no le hagas daño a la pupila²⁰». Un hombre le dijo una vez que sus amigos tramaban complots contra él; «¿Qué vas a hacer, entonces —respondió él—, si debes considerar tanto a tus amigos como a tus enemigos con la misma perspectiva?».

En una ocasión le preguntaron qué era lo más excelente entre los hombres; y él respondió: «La libertad de expresión». Una vez entró en una escuela y vio muchas estatuas de las Musas, pero muy pocos alumnos, y dijo: «Dioses, y todos mis buenos maestros, vosotros tenéis alumnos en abundancia». Tenía la costumbre de hacer todo en público, ya fuera en honor a Venus o a Ceres; y solía exponer sus conclusiones de esta manera a la gente: «Si no hay nada absurdo en cenar, entonces no es absurdo cenar en la plaza del mercado. Pero no es absurdo cenar, por lo tanto, no es absurdo cenar en la plaza del mercado». Y como realizaba continuamente trabajos manuales en público, un día dijo: «Ojalá pudiera librarme del hambre frotándome el vientre». También se le atribuyen otras frases, cuya enumeración llevaría mucho tiempo, dada su gran cantidad.

Solía decir que había dos tipos de ejercicio: el de la mente y el del cuerpo; y que este último creaba en la mente fantasías tan rápidas y ágiles en el momento de su realización, que facilitaban en gran medida la práctica de la virtud; pero que uno era imperfecto sin el otro, ya que la salud y el vigor necesarios para la práctica del bien dependen por igual tanto de la mente como del cuerpo. Y solía alegar como pruebas de ello, y de la facilidad que la práctica confiere a los actos de virtud, que se podía observar que, en el caso de los oficios manuales más comunes y otros empleos de ese tipo, los artesanos alcanzaban una precisión nada desdeñable gracias a la práctica constante; y que cualquiera puede ver cuánto supera un flautista o un luchador a otro gracias a su propia práctica continuada. Y que si estos hombres aplicaran el mismo entrenamiento a sus mentes, no trabajarían de manera infructuosa o imperfecta. Solía decir también que no había absolutamente nada en la vida que pudiera llevarse a la perfección sin práctica, y que solo eso era capaz de superar cualquier obstáculo; que, por lo tanto, como debemos rechazar todas las labores inútiles y dedicarnos a las tareas útiles para vivir felices, solo somos infelices como consecuencia de la más extrema necedad. Pues el mero desprecio del placer, si tan solo nos acostumbramos a él, resulta muy placentero; y así como quienes están acostumbrados a vivir lujosamente se ven obligados muy a su pesar a adoptar el sistema contrario, también quienes se han acostumbrado desde el principio a ese sistema opuesto sienten una especie de placer en el desprecio del placer.

Este solía ser el discurso que sostenía, y lo demostraba en la práctica, alterando realmente los hábitos de los hombres y ateniéndose en todo más a los principios de la naturaleza que a los de la ley; afirmaba que adoptaba el mismo modo de vida que Hércules, sin preferir nada en el mundo a la libertad; y decía que todo pertenecía a los sabios, y esgrimía argumentos como los que acabo de mencionar. Por ejemplo: todo pertenece a los dioses; y los dioses son amigos de los sabios; y todos los bienes de los amigos se tienen en común; por lo tanto, todo pertenece a los sabios. También argumentaba sobre la ley, diciendo que sin ella no hay posibilidad de que se mantenga una constitución; pues sin una ciudad no puede haber nada ordenado, pero una ciudad es algo ordenado; y sin una ciudad no puede haber ley; por lo tanto, la ley es el orden. Y hacía lo mismo con los temas del linaje noble, la reputación y todas las cosas de ese tipo, diciendo que todas ellas eran, por así decirlo, velos que ocultaban la maldad; y que la única constitución adecuada era aquella que consistía en el orden. Otra de sus doctrinas era que todas las mujeres debían ser propiedad común; y decía que el matrimonio era una nulidad, y que lo correcto sería que cada hombre viviera con aquella a quien pudiera persuadir para que estuviera de acuerdo con él. Y, siguiendo el mismo principio, afirmaba que los hijos de todas las personas debían pertenecer a todos en común; y que no había nada intolerable en la idea de tomar cualquier cosa de un templo o de comer cualquier animal, y que no había impiedad alguna en probar incluso la carne humana; como se desprende claramente de las costumbres de las naciones extranjeras; y decía que este principio podía extenderse correctamente a todos los casos y a todos los pueblos. Pues afirmaba que, en realidad, todo era una combinación de todas las cosas. Pues en el pan había carne, y en las hortalizas había pan, y así había partículas de todos los demás cuerpos en cada cosa, que se comunicaban a través de pasajes invisibles y se evaporaban.

VII. Y explica claramente esta teoría suya en Tiestes, si es que las tragedias que se le atribuyen son realmente de su autoría, y no más bien obra de Filisto, de Egina, su amigo íntimo, o de Pasifón, hijo de Luciano, quien, según afirma Favorino en su Historia universal, las escribió tras la muerte de Diógenes.

VIII. Despreciaba la música, la geometría, la astronomía y todas las cosas de ese tipo, por considerarlas inútiles e innecesarias. Pero era un hombre muy hábil a la hora de rebatir argumentos, como se desprende claramente de lo que ya hemos dicho.

IX. Y soportó ser vendido con un espíritu sumamente magnánimo. Pues mientras navegaba hacia Egina y fue hecho prisionero por unos piratas al mando de Escírpalo, fue llevado a Creta y vendido; y cuando la Circe le preguntó qué arte dominaba, él respondió: «El de gobernar a los hombres». Y acto seguido, señalando a un corintio muy bien vestido (el mismo Jeníades al que nos hemos referido antes), dijo: «Véndeme a ese hombre, pues necesita un amo». En consecuencia, Jeníades lo compró y se lo llevó a Corinto; luego lo nombró tutor de sus hijos y le confió la gestión completa de su casa. Y se comportó en todos los asuntos de tal manera que Jeníades, al examinar sus propiedades, dijo: «Un buen genio ha entrado en mi casa». Y Cleómenes, en su libro titulado El maestro, cuenta que él deseaba rescatar a todos sus parientes, pero que Diógenes le dijo que todos eran necios; pues los leones no se convertían en esclavos de quienes los criaban, sino que, por el contrario, quienes criaban a los leones eran esclavos de ellos. Porque era propio de un esclavo tener miedo, pero las bestias salvajes eran temibles para los hombres.

X. Y aquel hombre poseía el don de la persuasión en grado extraordinario, de modo que podía vencer fácilmente a cualquiera con sus argumentos. En consecuencia, se dice que un egineta llamado Onésicrito, que tenía dos hijos, envió a Atenas a uno de ellos, llamado Andróstenes, y que este, tras haber asistido a una conferencia de Diógenes, se quedó allí; y que, después de eso, envió al mayor, Filisco, a quien ya se ha mencionado, y que Filisco quedó cautivado de la misma manera. Y, por último, él mismo acudió, y entonces también se quedó, al igual que su hijo, estudiando filosofía a los pies de Diógenes. Tal era el encanto de los discursos de Diógenes. Otro de sus discípulos fue Foción, apodado «el Bueno»; y Estilpón, el megareo, y muchos otros hombres destacados como estadistas.

XI. Se dice que murió cuando tenía casi noventa años, pero existen diferentes versiones sobre su muerte. Algunos dicen que se comió una pata de buey cruda y que, como consecuencia, sufrió un ataque de bilis que le causó la muerte; otros, entre los que se encuentra Cercidas, un megalopolitano o cretense, afirman que murió tras contener la respiración durante varios días; y Cercidas habla así de él en sus Meliámbicos:

Eliminar publicidad
Publicidad

Aquel sinopiano que llevaba el bastón,
llevaba la capa doblada y, al aire libre,
cenaba sin lavarse, no soportaba la vida
ni un instante más; pero apretó los dientes,
y contuvo la respiración. Era verdaderamente el hijo
de Júpiter, y un perro de mentalidad sumamente celestial,
el sabio Diógenes.

Otros dicen que, mientras se disponía a repartir un pulpo entre sus perros, estos le mordieron en el tendón del pie y así murió. Pero sus propios amigos más cercanos, como nos cuenta Antístenes en Sucesiones, se inclinan más bien por la historia de que murió por contener la respiración. Pues solía vivir en el Craneon, que era un gimnasio a las puertas de Corinto. Y sus amigos acudieron, como era su costumbre, y lo encontraron con la cabeza cubierta; y como no suponían que estuviera dormido —pues no era un hombre muy sujeto a la influencia de la noche ni del sueño—, le retiraron la capa del rostro y descubrieron que ya no respiraba; y pensaron que lo había hecho a propósito, deseando escapar de lo que le quedaba de vida.

Ante esto, según se dice, se produjo una disputa entre sus amigos sobre quién debía enterrarlo, y llegaron incluso a las manos; pero cuando acudieron los ancianos y los notables de la ciudad, se dice que fueron ellos quienes lo enterraron junto a la puerta que conduce al istmo, y colocaron sobre su tumba una columna, y sobre ella un perro de mármol de Paros. Y en una época posterior, sus conciudadanos le honraron con estatuas de latón y grabaron en ellas esta inscripción:

«Incluso el latón envejece con el paso del tiempo,
pero no hay tiempo alguno que pueda borrar
tu gloria perdurable, sabio Diógenes;
pues solo tú enseñaste a los hombres el arte
de una vida plena: el camino más seguro
hacia la gloria y la felicidad duradera.

Nosotros mismos también hemos escrito un epigrama sobre él en metro proceleusmático.

A. Dime, Diógenes, dime la verdad, te lo ruego,
¿cómo moriste? ¿Qué destino te llevó a Plutón?
B. Me mataron los salvajes mordiscos de un perro envidioso.

Sin embargo, hay quien dice que, al morir, ordenó a sus amigos que arrojaran su cadáver sin enterrarlo, para que todas las bestias lo despedazaran, o bien que lo arrojaran a una zanja y lo cubrieran con un poco de tierra. Y otros dicen que sus instrucciones fueron que lo arrojaran al Iliso; para que así pudiera ser útil a sus hermanos. Pero Demetrio, en su tratado Hombres de mismo nombre, dice que Diógenes murió en Corinto el mismo día que Alejandro murió en Babilonia. Y ya era un anciano, ya en la 113.ª Olimpiada.

XII. Se le atribuyen los siguientes libros: los diálogos titulados Cefalión, Icthias, Gaviota, Leopardo; Gente de los atenienses; República; uno titulado Arte moral; Sobre la riqueza; Sobre el amor; Teodoro; Hipsías; Aristarco; Sobre la muerte; un volumen de Cartas; siete tragedias: Helena, Tiestes, Hércules, Aquiles, Medea, Crisipo y Edipo.

Pero Sosícrates, en el primer libro de Sucesiones, y Sátiro, en el cuarto libro de Vidas, afirman que ninguna de estas obras es de auténtica autoría de Diógenes. Y Sátiro afirma que las tragedias son obra de Filisco, el egineta, amigo de Diógenes. Pero Sótion, en su séptimo libro, dice que estas son las únicas obras auténticas de Diógenes: un diálogo sobre la Virtud; otro sobre el Bien; otro sobre el Amor; Mendigo; Solmeo; Leopardo; Casandro; Cefalión; y que Aristarco, Sísifo, Ganímedes, un volumen de apotegmas y otro de cartas son todos obra de Filisco.

XIII. Hubo cinco personas llamadas Diógenes. El primero, natural de Apolonia, era un filósofo natural; y el comienzo de su tratado sobre Filosofía natural es el siguiente: «Me parece conveniente que todo aquel que emprenda cualquier tipo de tratado filosófico establezca, para empezar, algún principio innegable». El segundo era de Sicimia y escribió una descripción del Peloponeso. El tercero era el hombre del que hemos estado hablando. El cuarto era un estoico, natural de Seleucia, aunque se le solía llamar babilonio, dada la proximidad de Seleucia a Babilonia. El quinto era natural de Tarso y escribió sobre algunas cuestiones relacionadas con la poesía que intentaba resolver.

XIV. Atenodoro, en el octavo libro de Conversaciones, dice que el filósofo siempre tenía un aspecto resplandeciente, debido a su costumbre de ungirse.

1. El pasaje no está exento de dificultades; pero lo que parece haber inducido a error a Diógenes fue que «nomisma», la palabra aquí utilizada, significaba tanto «moneda o acuñación» como «costumbre».

2. Este verso procede de Eurípides, Medea, 411.

3. La saperda era el coracinus (una especie de besugo) salado.

4. Probablemente se trate de una alusión a un proceso iniciado por Demóstenes contra Midias, que posteriormente se resolvió mediante un acuerdo por el que Midias pagó a Demóstenes treinta minas, es decir, tres mil dracmas. Véase Dem. Or. contra Midias.

5. Se trata de un juego de palabras basado en la similitud entre el nombre de Atlias y el adjetivo griego athlios, que significa «miserable».

6. Los hieromnêmones eran los secretarios sagrados o escribas enviados por cada estado anfictónico al consejo junto con sus pulagoras (el propio diputado o ministro, L. & S. Gr. & Eng. Lex., en vocativo.

7. Aquí hay un juego de palabras. «Cheirôn» es la palabra que se utiliza para decir «peor». Quirón era también el más célebre de los centauros, el tutor de Aquiles.

8. Aquí hay un juego de palabras intencionado; ya que Diógenes propuso a Dídimo un destino algo similar al del castor.

Cupiens evadere damno
Testiculorum.

9. Esto está tomado de Homero, Ilíada. 10. 387. Versión de Pope, 455.

10. Esto también procede de Homero. Ilíada, libro 2, verso 95. Versión de Poe, 120.

11. Se trata de una parodia de Homero, Ilíada. 14. 95, donde el verso termina con «hoi' agoreueis» («si tal es tu lenguaje»); lo cual Diógenes cambia aquí por «of agorazeis», «si compras tales cosas».

12. Este es un verso de Las fenicias de Eurípides, v. 40.

13. El juego de palabras se basa en la similitud entre el sustantivo «elaan» (aceituna) y el verbo «elaan» (conducir); las palabras «mastixen d' elaan» aparecen con frecuencia en Homero.

14. Este verso aparece en Homero, Ilíada. 5. 83.

15. Los dioses de Samotracia eran dioses del mar, y era costumbre que quienes se habían salvado de un naufragio les hicieran una ofrenda con parte de lo que habían salvado; y de su cabello, si no habían salvado nada más que sus vidas.

16. Euritión era otro de los centauros, que fue asesinado por Hércules.

17. Se trata de un juego de palabras basado en la similitud fonética entre «Tegea» y «tegos», que significa «burdel».

18. El griego dice: «eranon aitoumenos pros ton eranarchên ephê»; el eranos no era solo una suscripción o contribución para el sustento de los pobres, sino también un club o sociedad de suscriptores a un fondo común con cualquier finalidad, ya fuera social, comercial, benéfica o, especialmente, política. . . . Sobre los diversos «eranoi», véase Böckh, P. E. i. 328. Att. Process. p. 540, s. 99. L. & S. en vocativo «eranos».

19. Homero, Ilíada. 3. 65.

20. Aquí hay un juego de palabras; korê significa tanto «una muchacha» como «la pupila del ojo». Y ptheirô, «destruir», también se utiliza especialmente en el sentido de «seducir».

Nota del autor: Agradecimiento especial al sitio web de Peitho por su generosa traducción de Diógenes Laercio: http://classicpersuasion.org/pw/diogenes/

Eliminar publicidad
Publicidad

Bibliografía

World History Encyclopedia está asociada a Amazon y recibe una comisión por las compras de libros que cumplan los requisitos.

Sobre el/la traductor/a

Sobre el/la autor/a

Cita este trabajo

Estilo APA

Mark, J. J. (2026, octubre 04). Vida de Diógenes de Sinope en Diógenes Laercio. (C. Z. Peñaloza, Traductor). World History Encyclopedia. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-740/vida-de-diogenes-de-sinope-en-diogenes-laercio/

Estilo Chicago

Mark, Joshua J.. "Vida de Diógenes de Sinope en Diógenes Laercio." Traducido por César Zetina Peñaloza. World History Encyclopedia, octubre 04, 2026. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-740/vida-de-diogenes-de-sinope-en-diogenes-laercio/.

Estilo MLA

Mark, Joshua J.. "Vida de Diógenes de Sinope en Diógenes Laercio." Traducido por César Zetina Peñaloza. World History Encyclopedia, 04 oct 2026, https://www.worldhistory.org/trans/es/2-740/vida-de-diogenes-de-sinope-en-diogenes-laercio/.

Apóyanos Eliminar publicidad