Las reacciones a la peste en el mundo antiguo y medieval

Artículo

Joshua J. Mark
por , traducido por Carlos A Sequera B
Publicado el 31 marzo 2020
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Disponible en otros idiomas: inglés, francés, portugués

A lo largo de la historia, las epidemias y pandemias de peste y otras enfermedades han causado pánico generalizado y desorden social incluso, en algunos casos, cuando el pueblo de una región descubría la existencia de una infección generalizada en otro lugar. En el caso de la peste de Justiniano (541-542 d.C. y posteriormente), por ejemplo, la gente de Constantinopla estaba al tanto de la peste en el Cercano Oriente desde al menos dos años antes de que la misma llegase a la ciudad, pero no se tomaron medidas porque no era considerada como su problema.

Una vez que la enfermedad entró en la ciudad, la gente se sentió abrumada, como si hubiera pensado que lo que había ocurrido en otros lugares no les podría ocurrir a ellos. Ya que no existía el concepto de la teoría de los gérmenes, nadie entendía la causa de estos brotes o cómo se propagaban y, por lo tanto, se atribuían a causas sobrenaturales y a la ira de los dioses o de Dios.

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Franciscan Monks Treat Victims of Leprosy
Monjes franciscanos tratando víctimas de la lepra
Unknown Author (Public Domain)

Las principales epidemias y pandemias del mundo antiguo y medieval, de las cuales existen testimonios oculares, son:

De estas, las tres primeras pueden no haber sido la peste sino viruela o tifus. Aun así, los testigos oculares de las epidemias más antiguas se refieren a ellas como pestes; de hecho, al médico romano Galeno (130-210 d.C.) se le atribuye la acuñación de la palabra peste al definir el brote antonino, por lo que suelen considerarse en las discusiones en la misma línea que los acontecimientos posteriores que se sabe que fueron pestes, especialmente en cuanto a las reacciones de la gente ante las crisis.

Las respuestas diferían poco a través de los siglos y en TODOs los CASOS surgían paradigmas similares.

Estas respuestas difirieron poco a lo largo de los siglos, desde la peste de Atenas (429-426 a.C.) hasta la peste negra (1347-1352 d.C.) y en todos los casos surgieron paradigmas similares, incluido el fortalecimiento o el rechazo de la religión, el distanciamiento o el acercamiento a los otros y abrazar ya sea la esperanza o la desesperación. Sin embargo, la única diferencia importante entre las pestes anteriores y la peste negra fueron las secuelas, ya que tras la peste del siglo XIV d.C. hubo un cambio en el paradigma social y religioso, lo cual con el tiempo conduciría al movimiento renacentista.

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La peste de Atenas

La principal fuente de información sobre la peste de Atenas es el historiador Tucídides (hacia 460/455-399/398 a.C.), quien afirma que la enfermedad llegó a Atenas a través del puerto de El Pireo y se propagó rápidamente por la ciudad. Atenas estaba ocupada con la segunda guerra del Peloponeso (431-404 a.C.) contra Esparta en esa época y el estadista Pericles (495-429 a.C.) hacía poco había ordenado una retirada detrás de las murallas de la ciudad, proporcionando así sin saberlo el ambiente ideal para que la enfermedad se propagase.

A medida que aumentaba el número de infectados, se elevaba la desesperanza entre la población. Tucídides escribe en su Historia de la Guerra del Peloponeso:

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El aspecto más aterrador de toda la aflicción era la desesperación resultante cuando alguien se percataba que tenía la enfermedad: la gente perdía inmediatamente la esperanza y, así, por su actitud mental, era mucho más propensa a que se dejara morir y no resistiera. … Si la gente tenía miedo y no deseaba acercarse a otros, moría aislada y muchas casas perdieron a todos sus ocupantes por la falta de alguien que cuidara de ellos. Aquellos que se acercaban a otros morían, especialmente los que tenían alguna pretensión de virtud, que por sentido del honor no escatimaban en ir a visitar a sus amigos. (Tucídides II.vii.3-54; Grant, 78)

Plague in an Ancient City
«Plaga en una ciudad de la Antigüedad» de Michael Sweerts
Los Angeles County Museum of Art (Public Domain)

Tucídides informa, además, de que muchos llegaron desde el campo a la ciudad buscando ayuda pero no tenían dónde vivir, por lo que se instalaron en chozas muy cerca unas de otras lo cual solo alentó a que el brote se extendiera aún más. El pánico, así como la naturaleza abrumadora de la epidemia, condujeron rápidamente a una ruptura de las costumbres y tradiciones sociales, así como del cumplimiento de la ley:

Los santuarios donde la gente acampaba estaban repletos con los cadáveres… el desastre era agobiante y las personas, al no saber que pasaría con ellas, tendían a descuidar lo sagrado y lo secular por igual. Todas las costumbres funerarias que se habían observado previamente se confundieron y los muertos eran enterrados de cualquier forma posible… En otros aspectos, también, la peste marcó el inicio de un declive hacia una mayor anarquía en la ciudad. La gente… pensó que era razonable concentrarse en la ganancia y el placer inmediatos, creyendo que tanto sus cuerpos como sus posesiones serían de corta duración. (Tucídides II.vii.3-54; Grant, 79)

Finalmente, la epidemia se extinguió (con un balance entre 75.000 y 100.000 muertos) y después la vida se reanudó en Atenas más o menos como antes. Este sería el paradigma de regiones afectadas posteriormente por la enfermedad, pero la religión asumiría un papel más importante a partir de la peste antonina.

La peste antonina

La peste antonina (165- c. 180/190 d.C.) la relata principalmente por Galeno, pero también la mencionan Dion Casio (hacia 155 – hacia 235 d.C.) y otros. Afectó al Imperio romano durante el cogobierno de Marco Aurelio (que reinó de 161 – 180 d.C.) y Lucio Vero (que reinó de 161-169 d.C.) y se llama así por el nombre de la familia de Marco Aurelio: Antoninos. Las estimaciones conservadoras sitúan el número de muertes en 5 millones, aunque podría haber llegado hasta los 7-10 millones, e incluyó tanto a Marco Aurelio como a Lucio Vero. La enfermedad, probablemente la viruela, fue introducida en Roma por los soldados que hacían campaña en el este, específicamente aquellos que habían participado en el asedio de la ciudad de Seleucia en el invierno de 165-166 d.C.

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Galeno, aunque es la principal fuente, se centra casi exclusivamente en el tratamiento de la enfermedad más que en sus efectos. Tucídides escribió con el fin de “dar una declaración de cómo era [la peste], la cual la gente pudiese estudiar en caso de que alguna vez volviera a atacar " (Grant, 77) pero Galeno, como médico, documentó sus tratamientos de la misma forma que lo haría para cualquier otra medida curativa.

Portrait of Seven Notable Greek Physicians & Botanists
Retrato de siete médicos y botánicos griegos destacados
Lewenstein (Public Domain)

Había poco que hacer por muchos de los pacientes de Galeno, aunque continuaba tratando a cualquiera que acudía a él porque no entendía cómo hacer frente a la dolencia en sí y sólo podía dedicarse a los síntomas, muchos de los cuales enumera en detalle.

Dion Casio describe el brote como “la mayor peste de la que tengo conocimiento” y cita que 2.000 personas morían diariamente por ella (Parkin & Pomeroy, 54). Sin embargo, no da detalles sobre cómo reaccionaba la gente a la enfermedad. Los apuntes de Galeno son más informativos al respecto ya que registraba las historias clínicas de sus pacientes, las cuales ofrecen evidencia de los altos niveles de ansiedad y depresión en la población. La erudita Susan Mattern comenta:

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Galeno identificó los estados emocionales como factores de la enfermedad. Para Galeno, algunos problemas tenían un origen puramente emocional [mientras que otros se veían exacerbados por el estado emocional del paciente]. La ansiedad es, junto con la ira, la emoción que Galeno menciona con mayor frecuencia como una causa de enfermedad. La ira y la ansiedad podían causar o exacerbar [problemas]; junto con la dieta, el temperamento, el estilo de vida y los factores ambientales y podían contribuir a cualquier número de enfermedades febriles; la ansiedad en particular podía disparar un síndrome, algunas veces fatal, de insomnio, fiebre y emaciación. (479)

La gente, naturalmente, estaba experimentando altos niveles de ansiedad por la peste junto con la frustración sobre cómo se podría detener, o al menos tratar, y enojo por lo que estaba pasando. Estos sentimientos negativos se agravaron por los efectos económicos de la peste, ya que murieron tantas personas que los ingresos fiscales disminuyeron y el gobierno luchó por mantenerse mientras las cosechas se quedaron sin cosechar, lo que disminuyó el suministro de alimentos a la vez que causó un aumento de los precios de los productos disponibles.

Los cristianos CUIDARON a los enfermos y su coraje al encarar la enfermedad y la muerte GENERALIZADAS ATRAJO a más conversos al cristianismo.

Aunque no consta expresamente, también se dirigió la ira hacia los dioses. La religión romana estaba patrocinada por el estado y funcionaba con el concepto de quid pro quo (“esto a cambio de aquello"): la gente veneraba y hacía sacrificios a los dioses y los dioses cuidaban de la gente; en este caso, los dioses claramente no habían cumplido su parte del trato.

Marco Aurelio culpó a los cristianos por enfurecer a los dioses al negarse a participar en los ritos religiosos y, así, inició la persecución contra ellos. Los cristianos respondieron cuidando de los enfermos y moribundos, sin mostrar miedo a la muerte porque su fe les aseguraba incondicionalmente una vida eterna más allá de su existencia. Su coraje ante la enfermedad y la muerte generalizadas atrajo a más conversos al cristianismo, debilitando la religión del estado, lo que a su vez debilitó al estado mismo. Este paradigma se repetiría durante la peste de Cipriano.

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La peste de Cipriano

La peste de Cipriano (250-266 d.C.) se llama así por el clérigo cristiano que la documentó. San Cipriano (muerto en 258 d.C.), en su obra Sobre la muerte, describe los síntomas de la peste, las reacciones de la gente ante ella y anima a los cristianos a no temer porque la muerte es sólo una transición del mundo actual de pecado y dolor a la vida eterna en el paraíso. Cipriano detalla los síntomas al mismo tiempo que anima a sus compañeros cristianos a ver la enfermedad como una oportunidad para vivir plenamente su fe:

¡Qué grandeza de alma es luchar con los inquebrantables poderes de la mente contra tantos ataques de devastación y muerte, qué sublimidad permanecer erguido en medio de las ruinas de la raza humana y no yacer postrado con aquellos que no tienen esperanza en Dios, y más bien regocijarse y abrazar el don de la ocasión, la cual, mientras estemos expresando firmemente nuestra fe, y habiendo soportado sufrimientos, estamos avanzando hacia Cristo por la estrecha vía de Cristo! (Capítulo 14)

La epidemia resultó difícil de tratar porque golpeó durante el período ahora conocido como la Crisis del siglo III (235-284 d.C.), cuando Roma se había desestabilizado, grandes territorios se habían separado para formar sus propias entidades políticas y no había un liderazgo firme. Durante esta era los llamados emperadores de cuartel eran encumbrados por los militares y depuestos tan pronto parecía que no habían cumplido su promesa inicial y esto contribuyó a la inestabilidad.

Icon of St. Cyprian
Icono de san Cipriano
Unknown Artist (Public Domain)

La comunidad cristiana de nuevo asumió, a lo largo de la crisis, la responsabilidad del cuidado de los enfermos y moribundos (estimulando más aún la conversión y el apoyo a la religión) y, además, ya que muchos del clero pagano habían muerto, quedó en manos de los clérigos cristianos, como Cipriano, interpretar y escribir sobre el brote en términos cristianos. Parecía, como con la peste Antonina, que los dioses tradicionales de Roma le habían fallado al pueblo, pero, esta vez, no había emperador que tuviese el tiempo o los recursos para dedicarse a una persecución y el cristianismo se expandió más que antes.

Se ha estimado que el brote se cobró 5.000 vidas diarias mientras se propagaba rápidamente, debilitando aún más al Imperio romano al mismo tiempo que empoderaba a los cristianos. En esta epidemia se perdieron más artesanos, agricultores y soldados que con la peste antonina, pero una arremetida aún peor vendría con la peste de Justiniano.

La peste de Justiniano

La peste de Justiniano es el primer caso documentado de peste bubónica. La causa no se identificó hasta 1894 d.C. como la bacteria Yersinia pestis, la cual era transmitida por las pulgas de los roedores, principalmente ratas, transportadas junto con las mercaderías a través de las rutas comerciales y por las líneas de abastecimiento de tropas. Lleva el nombre del emperador bizantino Justiniano I (que reinó de 527-564 d.C.) que era quien gobernaba desde Constantinopla y fue documentada por el historiador Procopio (500-565 d.C.), quien escribió sobre su reinado.

Three Doctors Attend a Man with the Plague
Tres médicos asisten a un hombre enfermo de peste
Historical Medical Library of The College of Physicians of Philadelphia (CC BY-NC-SA)

Se piensa que esta peste se originó en China (al igual que las dos anteriores) y que se trasladó por la ruta de la seda hacia el oeste. Se cree que asoló primero al Cercano Oriente, especialmente Persia (Irán), antes de llegar a Constantinopla y al final llegó a cobrarse 50 millones de vidas. Procopio atribuye el brote a causas sobrenaturales, específicamente a la ira de Dios contra Justiniano I por su reinado injusto e incompetente y en su Historia de las guerras afirma que muchas víctimas fueron visitadas primero por una visión:

Las apariciones de seres sobrenaturales en apariencia humana de todo tipo fueron vistas por muchas personas y aquellos que vivieron estos encuentros pensaron que esas personas los habían afectado en tal o cual parte del cuerpo, según el caso, e inmediatamente después de ver esta aparición eran presa también de la enfermedad. … Pero en el caso de algunos la peste no llegaba de esta manera, sino que veían una visión en sueños y parecían sufrir lo mismo a manos de la misma criatura que estaba sobre ellos, o bien oír una voz que vaticinaba que estaban en el listado de quienes iban a morir. Pero en el caso de la mayoría, la enfermedad se apoderó de ellos sin percatarse de que se avecinaba, ni por medio de una visión de vigilia ni de un sueño. (II.xxii.11-17; Lewis, 470-471)

Esta peste también propició la devoción cristiana, ya que la fe estaba bien arraigada para la época. Aún así, parece que el nuevo celo de muchos sólo duró lo que se prolongó la peste. Procopio narra:

En ese momento, también, aquellos de la población quienes previamente habían sido miembros de las facciones dejaron a un lado su mutua enemistad… aquellos que en épocas pasadas solían regocijarse en dedicarse a actividades tanto vergonzosas como bajas, se sacudieron la injusticia de su vida cotidiana y practicaron los deberes de la religión con diligencia… pero al fin y al cabo todos, por decirlo así, profundamente aterrorizados por las cosas que estaban ocurriendo y suponiendo que morirían inmediatamente, aprendieron, como era natural, la integridad durante un tiempo por pura necesidad. Por lo tanto, tan pronto como deshacían de la enfermedad y quedaban liberados, y ya suponían que estaban a salvo puesto que la maldición se había mudado a otros pueblos, entonces se volvían bruscamente y regresaban una vez más a la vileza de sus corazones ... superándose a si mismos en villanía y en anarquía de todo tipo. (II.xxiii.15-19; Lewis, 476)

La única medida efectiva era lo que hoy en día se conoce como distanciamiento social y cuarentena del enfermo pero, según Procopio, era cada persona la que lo hacía voluntariamente, ya que Justiniano I estaba muy preocupado por sus propios intereses como para asumir la responsabilidad de atender a su pueblo. La peste debilitó severamente al Imperio bizantino, de la misma forma en que otros brotes previos habían dañado sus regiones respectivas pero, a diferencia de las epidemias del pasado, no hay indicios de una pérdida generalizada de la fe religiosa.

Las pestes del Cercano Oriente y romana

La peste, habiendo agotado al pueblo del Imperio bizantino, retornó al Cercano Oriente y se propagó casi continuamente entre 562 y 749 d.C. Desafortunadamente, pocos relatos de testigos presenciales han sobrevivido y las posteriores historias sobre la peste son incompletas. Por lo general, los académicos se enfocan en el brote más famoso, la peste de Sheroe (627-628 d.C.), que mató al rey sasánida Kavad II (nacido como Sheroe, que reinó de 628 d.C.) y que contribuyó a la caída del Imperio sasánida.

El PAPA GREGORIO MAGNO decretó que la enfermedad era un castigo de dios por los pecados de la humanidad y la gente tenía que arrepentirse y mostrar contrición.

La peste romana de 590 d.C. está mejor documentada. La religión jugó de nuevo un papel central en el intento de resistir a esta peste pero, ya que los registros sobre ella provienen sólo de clérigos cristianos, puede que se tomaran otras medidas que no se documentaron o que se han perdido. Como con la peste de Justiniano, este brote fue una combinación de los tres tipos letales: bubónica septicémica y neumónica.

Hay poco escrito sobre esta epidemia (incluso la cifra de muertos es desconocida) fuera del comentario cristiano que reporta que el papa Gregorio Magno (540-604 d.C.) decretó que la enfermedad era un castigo de Dios por los pecados de la humanidad y que la gente necesitaba arrepentirse y mostrar contrición. Por ello, las procesiones penitenciales serpenteaban por las calles de Roma hacia el santuario de la Virgen María solicitando intercesión y misericordia. Estas procesiones esparcieron la peste aún más pero, como nadie conocía la teoría de los gérmenes, se les atribuyó el mérito de acabar con la enfermedad una vez que esta se extinguió, de la misma manera que la gente inicialmente colocó sus esperanzas en los rituales religiosos durante la peste negra.

La peste negra

La peste negra es el brote más famoso de la historia. Aunque los relatos modernos de la enfermedad se enfocan habitualmente en Europa, también devastó Oriente Próximo entre 1346 y en torno a 1360 d.C. Este brote también fue una combinación de los tres tipos de peste y quienes lo vivieron se referían a él como “la peste”; el término peste negra no existió antes de 1800 d.C. y fue acuñado en referencia a los bubones negros (recrecimientos) los cuales aparecían sobre la piel en las ingles, las axilas y alrededor de las orejas como resultado de la inflamación de los ganglios linfáticos. La enfermedad se cobró la vida de unos 30 millones de personas en Europa y, posiblemente, de 50 millones o más a escala mundial. Respecto a las reacciones de la gente, la historiadora Barbara Tuchman cita al escritor Agnolo di Tura de Siena, quien vivió durante la pandemia:

El padre abandonó al hijo, la esposa al marido, un hermano al otro por esta peste que parecía golpear a través del aliento y la mirada. Y así ellos murieron. Y no se podía conseguir a alguien que enterrara al muerto, fuese por dinero o amistad. Y yo … enterré a mis cinco hijos con mis propias manos y así lo hicieron muchos otros. (96)

Tuchman continúa:

Hubo muchos que se hicieron eco de su relato de crueldad y pocos que lo contrarrestaran, porque la peste no fue el tipo de calamidad que inspiró la ayuda mutua. Su carácter repugnante y mortífero no unió a la gente en la aflicción mutua, sino que sólo promovió su deseo de escapar unos de otros. (96)

Más aún, los países o nacionalidades que no estaban infectados todavía se aprovecharon del infortunio de otros, planificando invasiones cuando sus vecinos estaban más débiles en vez de ofrecerles ayuda. No obstante, como apunta Tuchman, “antes de que pudiesen moverse, la salvaje mortandad cayó también sobre ellos, dispersando a algunos en la muerte y al resto en pánico de propagar la infección” (97). La peste se diseminó tan rápido y mató a tantas personas que los ritos fúnebres y los rituales mortuorios fueron abandonados y la gente buscó cualquier medio que parecía mejor, ya fuese para sobrevivir o disfrutar del poco tiempo que les quedaba.

Spread of the Black Death
Ilustración de la propagación de la peste negra
Flappiefh (CC BY-SA)

El escritor y poeta italiano Giovanni Boccaccio (1313-1375), autor de El Decamerón, el cual narra las historias de un grupo de diez personas tratando de escapar de la peste mediante el aislamiento, describe en su introducción las principales maneras con las cuales la gente reaccionaba a la peste:

Había algunas personas que pensaban que vivir moderadamente y evitar cualquier exceso podría ayudar mucho a resistir esta enfermedad y, por lo tanto, se reunían en pequeños grupos y vivían completamente apartados de los demás. Se encerraron en aquellas casas donde no había enfermos y donde se podía vivir bien comiendo los alimentos más delicados y bebiendo los vinos más finos, sin permitir a nadie hablar sobre el enfermo y la muerte afuera… Otros pensaban en lo opuesto: creían que bebiendo en exceso, disfrutando de la vida, ir por ahí cantando y celebrando, satisfaciendo de toda manera los apetitos como mejor se pudiera, riéndose y tomando a la ligera todo lo que ocurría era la mejor medicina para tal enfermedad… Muchos otros adoptaron un curso intermedio entre las dos actitudes descritas antes: no se enclaustraron, sino que andaban llevando en sus manos flores o hierbas aromáticas o varios tipos de especias y, a menudo, colocaban estas cosas en sus narices, creyendo que tales fragancias eran medios maravillosos para purificar el cerebro, ya que todo el aire parecía infectado con el hedor de los cadáveres, la enfermedad y las medicinas. (7-8)

Independientemente de cómo la gente eligiera reaccionar en sus propias vidas, la respuesta comunitaria fue una crisis de fe, ya que parecía que Dios (quien se creía que había enviado la peste) rehusó responder a cualquier plegaria para aliviarla o terminarla. La gente culpó al demonio del brote, así como a grupos marginados como los judíos (quienes vivían aparte de los cristianos en sus propias comunidades y que, por lo tanto, no eran tan susceptibles a la infección, por lo que se sospechó que la causaban), pero Dios era considerado el principal responsable.

La gente veía morir a diario a los sacerdotes, médicos y cuidadores -quienes se exponían al peligro por el bien de los demás- y perdía la fe en un Dios que se llevaría a los que aparentemente había elegido para ayudar más en la crisis. Este alejamiento de la fe con el tiempo hacía que la gente se enfocara más en la experiencia humana que en el plan divino, y acabaría encontrando su expresión en el Renacimiento. A diferencia de la ciudad de Atenas después de la peste de siglos atrás, el mundo no retomaría su estado previo, sino que los supervivientes lo transformaron en algo nuevo.

Conclusión

Todos los testigos de estos brotes describen la experiencia como el peor evento de sus vidas o el fin del mundo (que sin duda es lo que debió parecer, por supuesto) y, sin embargo, después la gente se adaptó a la pérdida y siguió adelante. El mundo que estas personas habían conocido fue alterado por completo, pero perseveraron y consiguieron construirse uno nuevo. Como dice el poeta estadounidense Theodore Roethke (1908-1963 d.C.), “En una época oscura, el ojo comienza a ver" y la gente que sobrevivió a la peste negra vio la posibilidad de una nueva manera de vivir y entender al mundo y a los demás.

Cada nueva realidad creada por estas pestes, por dura que fuera la experiencia, les ofreció a los sobrevivientes la oportunidad de cambiar su manera de pensar y de vivir y de adoptar un nuevo paradigma. En el caso de las pestes de Roma, se trató de una transición de la religión tradicional del Estado a la nueva fe cristiana, mientras que, con la peste negra, supuso un alejamiento de esa fe, la cual para la época ya se había institucionalizado, hacia una visión humanista recién descubierta del mundo. Sin embargo, en todos los casos, los sobrevivientes tuvieron que elegir el tipo de mundo en el que deseaban vivir después de la crisis: continuar con su concepción anterior o adoptar una nueva.

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Bibliografía

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Sobre el traductor

Carlos A Sequera B
Carlos es ingeniero metalúrgico de Barquisimeto, Venezuela. Desde la infancia se sintió muy atraído por la geografía y la historia antigua. Leer sobre estos temas se convirtió en una afición y fortaleció sus conocimientos sobre historia.

Sobre el autor

Joshua J. Mark
Joshua J. Mark es un escritor independiente y antiguo profesor de filosofía a tiempo parcial en el Marist College de Nueva York. Vivió en Grecia y Alemania y ha viajado por Egipto. Ha sido profesor universitario de historia, escritura, literatura y filosofía.

Cita este trabajo

Estilo APA

Mark, J. J. (2020, marzo 31). Las reacciones a la peste en el mundo antiguo y medieval [Reactions to Plague in the Ancient & Medieval World]. (C. A. S. B, Traductor). World History Encyclopedia. Recuperado de https://www.worldhistory.org/trans/es/2-1534/las-reacciones-a-la-peste-en-el-mundo-antiguo-y--m/

Estilo Chicago

Mark, Joshua J.. "Las reacciones a la peste en el mundo antiguo y medieval." Traducido por Carlos A Sequera B. World History Encyclopedia. Última modificación marzo 31, 2020. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-1534/las-reacciones-a-la-peste-en-el-mundo-antiguo-y--m/.

Estilo MLA

Mark, Joshua J.. "Las reacciones a la peste en el mundo antiguo y medieval." Traducido por Carlos A Sequera B. World History Encyclopedia. World History Encyclopedia, 31 mar 2020. Web. 24 feb 2024.

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