La higiene en el medioevo

Definición

Mark Cartwright
por , traducido por Miriam López
Publicado el 07 diciembre 2018
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Disponible en otros idiomas: inglés, francés, turco
Medieval Noble Taking His Bath (by Unknown Artist, Public Domain)
Noble medieval bañándose
Unknown Artist (Public Domain)

Las gentes de la Edad Media, sobre todo los campesinos, tienen cierta mala reputación en cuanto a la limpieza. Sin embargo, a pesar de la falta general de agua corriente y demás comodidades modernas, tenían expectativas comunes de higiene personal, como lavarse con regularidad con una palangana, especialmente las manos, antes y después de comer, algo de buena educación en una época en la que los cubiertos aún eran una rareza para la mayoría. Los más acomodados podían bañarse con más frecuencia y los castillos, las casas solariegas, los monasterios y las ciudades ofrecían a sus residentes mejores retretes con mejor drenaje e incluso a veces tenían agua corriente utilizando la antigua combinación de cisternas y gravedad. Las normas de higiene cambian según la época y el lugar, e incluso entre los individuos, al igual que hoy en día. En este artículo repasamos los hábitos y costumbres en materia de higiene en la Europa medieval.

Suministro de agua

En las aldeas, el agua provenía de manantiales, ríos, lagos, pozos y cisternas. De hecho, la mayoría de los asentamientos se habían desarrollado donde lo hicieron por su proximidad a una fuente de agua fiable. Esta razón también se aplicaba al empazamiento de los castillos, que disponían de agua adicional de pozos revestidos de mampostería hundidos en sus patios interiores, a los que a veces se accedía desde el interior de la torre del homenaje para mayor seguridad en caso de ataque. De más de 420 castillos estudiados en el Reino Unido, el 80% tenía un pozo en su interior y una cuarta parte dos o más. El pozo podía ser muy profundo: el del castillo de Beeston (Inglaterra) mide 124 m. Algunos castillos, como el de Rochester (Inglaterra), tenían la posibilidad de extraer agua del pozo en cada nivel de la torre del homenaje mediante un sistema de cubos y cuerdas que discurrían por el interior de los muros. Las cisternas recogían el agua de lluvia o las filtraciones naturales del suelo y, a veces, gracias a un sistema de tuberías de plomo, madera o cerámica se llevaba el agua desde una cisterna a otras partes más bajas del castillo, como la torre del homenaje o las cocinas, como en el castillo de Chester, en Inglaterra. Otro sistema de recogida de agua suplementaria consistía en disponer de tuberías en el tejado para evacuar el agua de lluvia a una cisterna. Por último, a veces se empleaban tanques de sedimentación para mejorar la calidad del agua, permitiendo que los sedimentos se asentaran antes de drenar el agua más limpia. Muchos monasterios también disponían estos elementos, o al menos de algunos de ellos.

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Los canales, conductos de agua, pozos y fuentes proporcionaban agua (relativamente) fresca a la población urbana.

A medida que las ciudades crecían en número y tamaño en toda Europa a partir del siglo XI, la higiene pasó a ser en un reto diario. Afortunadamente, muchas de las ciudades más grandes solían estar situadas cerca de ríos o costas para facilitar el comercio, por lo que el suministro de agua y la eliminación de residuos resultaban menos problemáticos. Canales, conductos de agua, pozos y fuentes proporcionaban agua (relativamente) fresca a la población urbana. Su mantenimiento corría a cargo de los ayuntamientos, que también imponían medidas sanitarias a los comercios locales y a la población en general. Por ejemplo, a menudo se imponía la obligación de limpiar la parte de la calle situada justo delante de la propia casa o tienda. Los pueblos y ciudades podían tener baños públicos; Nuremberg, que parece haber sido una de las ciudades más limpias de Europa gracias a su ilustrado consejo, tenía 14. Las autoridades locales también tomaban medidas de emergencia como la de retirar los cadáveres en tiempos de peste.

Higiene personal

Dado que el agua corriente era muy escasa, y teniendo en cuenta el esfuerzo físico que suponía conseguir un cubo de un pozo o de una fuente de agua cercana, no es de extrañar que tomar un baño completo cada día no resultara una opción factible para la mayoría de la gente. De hecho, dado que los baños se consideraban un lujo por el coste del combustible para calentar el agua, los monjes, por ejemplo, tenían prohibido tomar más de dos o tres baños al año. Para los que se bañaban, lo más frecuente era que lo hicieran en medio barril o bañera de madera. No se llenaba mucho, la mayoría de los "baños" se hacían echando una jarra de agua caliente sobre el cuerpo, en lugar de una inmersión completa. Un señor podía tener una bañera acolchada para mayor comodidad y solía viajar con una, tal era la incertidumbre de encontrar la comodidad en los viajes. Sin embargo, la gran mayoría de la gente se conformaba con un baño rápido con una palangana de agua fría. Dado que el 80% de la población realizaba trabajos físicamente exigentes en la tierra, probablemente se lavaban de alguna forma cada día.

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January, Les Tres Riches Heures
Enero, 'les tres riches heures'
Limbourg Brothers (Public Domain)

Los campesinos medievales han sido durante mucho tiempo objeto de bromas sobre la higiene, que se remontan a los tratados clericales medievales que a menudo los describían como poco más que brutos animales, aunque casi todo el mundo tenía costumbre de lavarse la cara y las manos por la mañana. Un lavado temprano también era deseable porque las pulgas y los piojos eran un problema común. La ropa de cama de paja, que apenas se cambiaba, era un paraíso para las alimañas, aunque se tomaran algunas medidas preventivas como mezclar hierbas y flores como albahaca, manzanilla, lavanda y menta con la paja.

A veces utilizaban jabón y se lavaban el pelo con una solución alcalina como la que se obtenía mezclando cal y sal.

Como la mayoría de la gente comía sin cuchillos, tenedores ni cucharas, también era una convención común lavarse las manos antes y después de comer. A veces utilizaban jabón y se lavaban el pelo con una solución alcalina como la que se obtenía mezclando cal y sal. Se limpiaban los dientes con ramitas (sobre todo de avellana) y pequeños trozos de tela de lana. Si se afeitaban lo hacían una vez a la semana, excepto los monjes, que se afeitaban entre ellos a diario. Como los espejos medievales todavía no eran muy grandes ni claros, a la mayoría de la gente le resultaba más fácil ir al barbero cuando hiciera falta.

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Para un campesino normal lo más probable es que el hecho de lavarse fuera para quitarse la mugre del día, pero un aristócrata debía preocuparse por algunos detalles más para ganarse el favor de la sociedad educada. Las reuniones sociales, como las comidas, en las que uno podía acercarse a sus pares, justificaban una atención especial a la higiene, e incluso había reglas de etiqueta elaboradas como guías útiles para el comensal poco imaginativo, como aquí, de Les Countenance de Table:

...y que los dedos estén limpios y las uñas bien cuidadas.

Una vez que se ha tocado un bocado, no debe devolverse al plato.

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No se debe tocar las orejas ni la nariz.

No deben limpiarse los dientes con un hierro afilado mientras se come.

Debe ordenarse por reglamento que no se lleve un plato a la boca.

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El que quiera beber debe terminar primero lo que tiene en la boca.

Y que antes se limpie los labios.

Una vez recogida la mesa, lávese las manos y beba.

(Singman, 154)

Los monjes tenían sus zonas especiales para lavarse, incluso en la abadía de Cluny, en Francia, que tenía un lavabo o pila grande donde se lavaban las manos antes de las comidas. Sabemos por los registros que tenían toallas, que se cambiaban dos veces por semana, mientras que el agua solo se cambiaba una vez a la semana. El gran salón de un castillo o una mansión solariega solía tener una pila grande similar para que los visitantes se lavaran las manos.

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En resumen, se puede decir que la imagen común en películas y libros modernos de campesinos sucios para los que lavarse era una forma de tortura no es del todo exacta y la gente de todas las clases se mantenía tan limpia como sus circunstancias se lo permitían. Sin embargo, también es cierto que cuando los europeos medievales, incluso los de clase alta, entraban en contacto con otras culturas, como los bizantinos o los musulmanes durante las Cruzadas, los europeos solían quedar por detrás de ellos en materia de higiene.

Aseos

En las aldeas o en las fincas, los campesinos utilizaban un pozo negro para sus excrementos, que luego recogían y echaban en el campo como abono. En algunos casos, había una pequeña cabaña donde tener algo de intimidad y un banco de madera con un agujero que daba cierta comodidad (además de reducir las posibilidades de caer al pozo negro). Los orinales se utilizaban por la noche y luego se vaciaban en el pozo negro. La gente tenía que conformarse con un puñado de heno, hierba, paja o musgo ya que no había papel higiénico ni de ninguna otra clase.

Toilet, Tower of London
Baño, torre de Londres
Trevor Huxham (CC BY-NC-ND)

Los retretes de un castillo, también conocidos como excusados o letrinas, eran muy parecidos a los de cualquier otro lugar, aunque los desechos se canalizaban a través de un agujero hacia un pozo negro situado al pie de las murallas del castillo o hacia el propio foso (una característica defensiva añadida de la que no se habla mucho en la historia militar). A veces había dos retretes contiguos y éstos podían desembocar en un canal que se enjuagaba regularmente con el agua de un arroyo desviado. Los monasterios solían tener esta misma disposición, con los retretes agrupados. La abadía de Cluny también contaba con una casa de baños con doce bañeras con 45 cubículos de este tipo. Los castillos también podían tener urinarios de forma triangular, sobre todo en la torre de las murallas circundantes.

En las ciudades, las clases acomodadas tenían su propio retrete en el patio trasero o incluso en su propia casa, con un canal o conducto para evacuar los desechos al patio. En los lugares donde las clases más pobres vivían en mayor concentración, los hogares solían compartir uno o varios retretes exteriores, cuyos residuos iban a parar a un pozo negro común. Revestidos de piedra, en los pozos negros también se arrojaba cualquier tipo de basura doméstica y un trabajador dedicado a ese específico y poco envidiable trabajo los vaciaba de forma regular. Había normas que prohibían echar residuos a la calle, pero a menudo se ignoraban y una lluvia intensa o, peor aún, una inundación, podía causar estragos en el sistema de saneamiento de la ciudad y contaminar el suministro de agua. Como en las ciudades también había muchos caballos y burros, y los animales de granja se transportaban a otros lugares o a las carnicerías, las calles solían estar sucias y esto, combinado con las omnipresentes ratas, ratones y otras alimañas, hacía que los centros urbanos se convirtieran en el caldo de cultivo perfecto para las enfermedades.

La peste y las enfermedades

La peste negra, que alcanzó su punto álgido entre 1347 y 1352, fue solo una (aunque la más mortífera) de las muchas oleadas de plagas y enfermedades que asolaron la Europa medieval. Transportada por las pulgas de las ratas, la peste bubónica mató entre el 30% y el 50% de la población allí donde se instaló. Sin duda, el bajo nivel de higiene medieval contribuyó a su propagación, aunque también hubo otros factores, como el total desconocimiento de sus causas y la falta de cuarentenas eficaces. También es importante señalar que muchas localidades medievales, como Milán y Bohemia, sobrevivieron relativamente indemnes, por lo que no es tan sencillo atribuir la propagación de la peste únicamente a la falta de higiene y de un saneamiento adecuado.

Además de las terribles plagas y epidemias que parecían surgir de la nada con una regularidad alarmante, a menudo había peligros igualmente mortales que acechaban en lugares cotidianos. La mala preparación y almacenamiento de los alimentos suponía un especial riesgo para la salud. Las epidemias de diarrea (ergotismo), conocidas en la época medieval como el fuego de San Antonio, se debían al consumo de centeno envenenado por hongos. También eran especialmente frecuentes las enfermedades de la piel, aunque puede que se debieran tanto a la mala alimentación como a la falta de higiene.

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Sobre el traductor

Miriam López
I'm a translator and interpreter in an ever-changing world. I love languages and getting to know other cultures. Travelling has become the nearest way to learn from each other these days.

Sobre el autor

Mark Cartwright
Mark es un escritor de historia radicado en Italia. Sus intereses principales incluyen la cerámica, la arquitectura, la mitología mundial y descubrir las ideas que todas las civilizaciones tienen en común. Tiene una maestría en filosofía política y es director de publicaciones en World History Encyclopedia.

Cita este trabajo

Estilo APA

Cartwright, M. (2018, diciembre 07). La higiene en el medioevo [Medieval Hygiene]. (M. López, Traductor). World History Encyclopedia. Recuperado de https://www.worldhistory.org/trans/es/1-17656/la-higiene-en-el-medioevo/

Estilo Chicago

Cartwright, Mark. "La higiene en el medioevo." Traducido por Miriam López. World History Encyclopedia. Última modificación diciembre 07, 2018. https://www.worldhistory.org/trans/es/1-17656/la-higiene-en-el-medioevo/.

Estilo MLA

Cartwright, Mark. "La higiene en el medioevo." Traducido por Miriam López. World History Encyclopedia. World History Encyclopedia, 07 dic 2018. Web. 18 ago 2022.

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