Octavia la Menor (en torno a 69 a 11 a.C.) fue una noble romana que saltó a la prominencia durante los primeros años del Imperio romano. Hermana del emperador Augusto (que reinó de 27 a.C. a 14 d.C.) y esposa de Marco Antonio (83 a 30 a.C.), era conocida y respetada en todo el mundo romano por ejemplificar las virtudes romanas tradicionales; se convirtió en una de las primeras matriarcas de la dinastía Julio-Claudia.
Familia y primeros años
Octavia nación en la ciudad de Nola en el sur de Italia, probablemente en torno a 69 a.C.; algunos estudiosos sugieren que nació algo antes y Katrina Moore fija su posible año de nacimiento en 66 a.C. Formaba parte de la gens Octavia, una familia plebeya noble de orígenes modestos. Según el historiador Suetonio, la familia recibió la ciudadanía romana de Lucio Tarquino Prisco, el quinto rey de Roma. Durante la era de la República, no consiguieron ningún logro especial hasta 230 a.C., cuando un miembro de la familia logró el puesto de cuestor. Después, varios de los Octavio ocuparían cargos políticos importantes. Aun así, en la época del nacimiento de Octavia seguían siendo una familia relativamente desconocida.
Su padre, Cayo Octavio, era un político emergente cuya carrera prometía dar a conocer a la familia. Para cuando nació Octavia, ya había servido como tribuno militar y cuestor, dando así comienzo a su ascenso por la escalera del poder; con el tiempo, llegaría al cargo de pretor y serviría como procónsul de Macedonia, una carrera respetable para un novus homo: literalmente «hombre nuevo», el término romano para el primer hombre de una familia en llegar al Senado romano. En primeras nupcias, Octavio se casó con una mujer llamada Ancaria, con quien tuvo una hija, Octavia la Mayor (nacida alrededor de la década de 70 a.C.). No se sabe cómo se terminó este matrimonio; de hecho, es posible que Ancaria muriera en el parto. En cualquier caso, Octavio se volvió a casar al poco tiempo, con Acia, sobrina de Julio César. Con Acia tuvo dos hijos más: Octavia la Menor y Cayo Octavio, más conocido como Octaviano (y más adelante, por supuesto, Augusto, nacido en 63 a.C.).
En 58 a.C. Octavio se murió justo cuando se estaba preparando para presentarse al consulado, el cargo más alto de la República romana. En el año que transcurrió entre la muerte de su padre y el segundo matrimonio de su madre, Octavia y Octavio estuvieron viviendo con su madre y lo más probable es que recibieran guardianes masculinos. Los nombres de estos guardianes no se han conservado, pero, tal y como sugiere Moore, no es descabellado pensar que Julio César fuera uno de ellos. En 57 a.C. Acia se volvió a casar con Lucio Marcio Filipo, un hombre de una familia de la nobleza plebeya de un nivel ligeramente superior al de los Octavio. En esa época, Octavia se formó de la manera adecuada para una chica adolescente de finales de la era republicana. Al igual que su madre, probablemente sabía leer y escribir y habría aprendido destrezas adecuadas al papel de la mujer en la antigua Roma, tales como trabajar la lana y tejer. También habría aprendido a ser una esposa obediente y buena madre, cualidades que se esperaban de toda noble romana.
Matrimonio con Marcelo
Debido a la naturaleza patriarcal de la antigua sociedad romana, resulta imposible separar la vida de Octavia de sus relaciones con los hombres. Sin embargo, leyendo entre líneas se puede vislumbrar la mujer que puede que fuera. En algún momento antes de 54 a.C., cuando tenía unos 15 años, su padrastro la casó con Cayo Claudio Marcelo, un miembro de la rama plebeya de la influyente familia Claudia. Con él tendría por lo menos tres hijos, todos nacidos en un corto espacio de tiempo: Marco Claudio Marcelo (nacido en 42 a.C.), Claudia Marcella la Mayor (nacida en 41 a.C.) y Claudia Marcela la Menor (nacida en 40 a.C.).
Como mujer joven, a Octavia la consideraban un peón más que podía hacer avanzar los intereses políticos de su familia. En 54 a.C. su tío abuelo César pidió que se divorciara de su marido para poder casarla con Pompeyo el Grande (106-48 a.C.), un rival con quien había formado una alianza incómoda. Pompeyo había estado casado previamente con Julia, la única hija reconocida de César y prima de Octavia; su muerte durante el parto había dejado a Pompeyo viudo, a la par que el soltero más deseado de Roma. César sabía que tenía que actuar con rapidez si quería consolidar su alianza mediante el matrimonio. A falta de mujeres solteras disponibles en su familia, César recurrió a la adolescente Octavia y empezó a presionarla para que se divorciara de Marcelo. El divorcio en la antigua Roma no estaba tan mal visto como lo estaría en la Europa cristiana posterior, y los romanos a menudo se separaban de sus cónyuges por motivos políticos. Aun así, Octavia no quería divorciarse de Marcelo. Por suerte, no tuvo que hacerlo: Pompeyo rechazó la oferta de César y, en su lugar, se casó con Cornelia Metella.
Durante los siguientes años, a medida que iba creciendo el poder de César mediante su polémica conquista de la Galia, gran parte del Senado empezó a preocuparse cada vez más por sus intenciones. Marcelo estaba claramente en el bando anti-César; tras convertirse en cónsul en 50 a.C., exigió que el tío abuelo de su esposa renunciara a sus legiones y regresara a Roma para responder por sus crímenes. Cuando esto no funcionó, Marcelo recurrió a Pompeyo y le pidió que defendiera al Senado en caso de guerra civil. La guerra estalló al año siguiente cuando César cruzó el Rubicón e invadió Italia. Octavia debió de sentirse abrumada por sus lealtades divididas. Como mujer romana, se esperaba que mostrase pietas (lealtad, devoción) tanto a su esposo como a las demás figuras masculinas de autoridad de su familia. Cuando César entró en Roma en enero de 49 a.C. y fue nombrado dictador, es posible que Octavia intentara reconciliar esta aparente contradicción actuando como mediadora entre el Senado y su tío abuelo.
Aunque Marcelo se opuso a César abiertamente, crucialmente nunca tomó las armas en su contra. En parte por este motivo, César perdonaría a Marcelo tras su victoria sobre Pompeyo en la batalla de Farsalia de 48 a.C. Parece que Marcelo y Octavia conservaron la simpatía de César en los siguientes años a medida que fue acumulando poder y fue nombrado dictador vitalicio. Pero entonces, el 15 de marzo de 44 a.C. César fue asesinado por un grupo de 60 senadores dirigido por Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino.
El asesinato de Julio César marcó un punto de inflexión en la familia de Octavia porque se descubrió que, en su testamento, César había adoptado a Octaviano y lo había nombrado su heredero. El hermano menor de Octavia, que solo tenía 18 años, se convirtió de golpe en uno de los hombres más poderosos de Roma que heredó no solo el nombre de César sino también la lealtad de sus soldados. En 42 a.C. Octaviano se unió a uno de los antiguos tenientes de César, Marco Antonio, y derrotó a Bruto, a Casio y a unos cuantos asesinos más en la batalla de Filipos. Con esto, Octaviano no solo vengó la muerte de César, sino que también empezó a allanar el camino para su propio ascenso al poder.
Matrimonio con Antonio
En mayo de 40 a.C. Marcelo se murió cuando Octavia todavía estaba embarazada de su tercera hija. Apenas cinco meses después, se volvió a casar, por decreto senatorial, con Marco Antonio. Para entonces, Octaviano y Antonio habían formado otra incómoda alianza por la que compartían el poder, el Segundo Triunvirato. Se dividieron el imperio entre ellos; la decisión fue que Octaviano gobernaría las provincias occidentales, incluida la propia Roma, y Antonio instalaría su centro de poder en el Oeste (el tercer triunviro, Marco Lépido, recibió África). El matrimonio de Octavia con Antonio se concertó para sellar esta alianza. Octavia, obediente, se dirigió al este para encontrarse con su nuevo esposo; vivió con él en su mansión de Atenas y viajó con él mientras recorría las provincias orientales. Con Antonio, Octavia tuvo dos hijas más: Antonia la Mayor (nacida en 39 a.C.) y Antonia la Menor (nacida en 36 a.C.).
A pesar de su reputación de pícaro y vividor, parece que Antonio le fue fiel a Octavia durante los primeros años del matrimonio, probablemente porque no quería complicar la situación con Octaviano. Poco después de su boda, Antonio encargó una serie de monedas en oro, plata y bronce que los representaban a él y a Octavia. Concebidas para celebrar la alianza dinástica entre Antonio y Octaviano, estas monedas marcaron la primera vez que una mujer viva identificable apareció en la moneda romana, así como la primera vez que se había usado la imagen de una mujer para respaldar la carrera política de su esposo. Octavia aparece en las monedas con un peinado modesto, pero muy de moda, llamado nodus (literalmente «nudo») en el que el pelo se peinaba hacia atrás y se recogía en un moño en la base de la cabeza. Este estilo la presentaba como la viva imagen de la austeridad, tal y como le correspondía a una mujer romana importante.
En 37 a.C. estallaron las tensiones entre Octaviano y Antonio y amenazaron con destruir su alianza y sumir a Roma en otra serie de guerras civiles. Aunque Octavia estaba embarazada de Antonia la Menor, la convocaron a Tarento para mediar entre su hermano y su marido. Los comentaristas de la Antigüedad le atribuyen haber suavizado las tensiones y afirman que no fue sino gracias a su comportamiento tranquilo que consiguieron llegar a un compromiso y así se pudo evitar la guerra civil. Negoció un acuerdo por el cual ambos Octaviano y Antonio tenían que proporcionar soldados y barcos para ayudar a las próximas campañas militares del otro: la de Octaviano en Sicilia y la de Antonio en Partia. Gracias al papel que jugó a la hora de establecer esta alianza, todo el mundo romano celebró a Octavia como «una maravilla del mundo femenino» (citado en Freisenbruch, 21).
La caída en desgracia de Antonio
En 36 a.C. Antonio envió a Octavia y a sus hijos a su finca en Roma con la excusa de que estaba a punto de embarcarse en su campaña de Partia y quería asegurarse de que estuvieran en un lugar seguro. Sin embargo, no había duda de que tenía otros motivos. Cinco años antes, lo había seducido la glamorosa reina de Egipto, Cleopatra VII (69 a 30 a.C.). Su breve idilio resultó en el nacimiento de gemelos, Cleopatra Selene II y Alejandro Helios, nacidos el mismo año en el que se casó con Octavia. Aunque parece que no tuvo ninguna aventura con la reina durante los primeros tres años de su matrimonio, Antonio reavivó el romance cuando regresó al este en su campaña de Partia. Más de un milenio después, en su obra Antonio y Cleopatra, William Shakespeare se preguntaba si había sido la austeridad de Octavia, su «conversación santa, fría y tranquila», lo que había empujado a Antonio de vuelta a los brazos de Cleopatra (2.6, 153-154).
Tanto si hay algo de verdad en los comentarios de Shakespeare como si no, no cabe duda de que Octavia era entregada. En 35 a.C. fue a la mansión de Antonio en Atenas con dinero y recursos que creía que necesitaba para su campaña. Cuando llegó, la recibieron con una carta de su esposo en la que le ordenaba que no fuera más lejos. Desdeñada, Octavia regresó a Roma, donde siguió viviendo en la casa de Antonio y cuidando no solo de sus propios hijos sino también de los hijos de Antonio de matrimonios anteriores. La manera en que trató a Octavia no hizo sino poner a la opinión pública en su contra y se volvió «ampliamente odiado por tratar mal a una mujer de tal calidad» (citado en Freisenbruch, 24). Este odio fue a peor cuando Antonio se divorció de Octavia en 32 a.C. y envió hombres a Roma para que la sacaran de su casa. Su imagen dejó de aparecer en las monedas orientales; en vez de eso, aparecía Antonio junto a Cleopatra.
Maestro de la percepción pública, Octaviano no dejó pasar la oportunidad de utilizar el buen nombre de su hermana para ensuciar la reputación de su rival. En 35 a.C., con la esperanza de contrastar a la reina extranjera de Antonio con las virtuosas mujeres romanas de su propia vida, Octaviano les concedió tres honores a su hermana Octavia y a su esposa Livia Drusila (59 a.C. a 29 d.C.). El primero fue la protección de la sacrosanctitas, que ilegalizaba insultarlas verbalmente; esta fue la primera vez que este honor, normalmente concedido a políticos, se otorgaba a mujeres. El segundo fue la inmunidad de la tutela masculina; es decir, que Octavia y Livia tenían libertad para ocuparse de sus propios asuntos sin interferencias masculinas. De nuevo, este fue un honor sin precedentes que normalmente solo se otorgaba a las vírgenes vestales. Por último, Octaviano encargó erigir estatuas de ambas en lugares públicos.
Al elevar a su hermana y a su esposa de tal manera, Octaviano hizo que su propia familia pareciera el epítome de la virtud romana. Al mismo tiempo, se embarcó en una campaña de difamación diseñada para hacer que Antonio pareciera afeminado y antirromano. En 32 a.C. leyó ilegalmente el testamento de Antonio en el Senado; aparentemente, Antonio les había dejado sus fortunas a los hijos que había tenido con Cleopatra en vez de a sus hijos romanos y había pedido ser enterrado no en Roma, sino junto a la reina en Alejandría. Todo esto logró poner las mentes y los corazones de los romanos en contra de Antonio. En 31 a.C. Octaviano derrotó a Antonio en la batalla de Accio. Al año siguiente, tanto Antonio como Cleopatra se suicidaron. Al destruir a su único rival real, Octaviano se había convertido en el único señor del mundo romano. Unos años más tarde, el Senado le concedió el nombre de Augusto («el honrado») así como el cargo de princeps («primer ciudadano»), lo que básicamente lo convirtió en el primer emperador romano.
El reinado de Augusto
Durante los primeros años del reinado de Augusto, Octavia se contaba entre las mujeres más prominentes del Imperio romano, tan solo por detrás de Livia. Sus esculturas estaban por todas partes. Un busto de mármol que se cree que representa a Octavia se descubrió en la ciudad italiana de Velletri; en palabras de la historiadora Annelise Freisenbruch, la escultura muestra a «una mujer de belleza serena, con rasgos regulares y simétricos y ojos grandes; sus cabellos están cuidadosamente peinados recogidos según el estilo nodus, y tan solo unos pocos mechones se escapan en el nacimiento por encima de las orejas» (26). A los artistas les habría interesado más presentar a Octavia como un símbolo de virtud que crear una imagen exacta de ella.
Desde su divorcio de Antonio, Octavia vivió con Augusto en su villa en el exclusivo monte Palatino en Roma. Consciente de la obsesión de su hermano por su imagen pública, Octavia le prestó sus habilidades para presentarlo como un hombre humilde del pueblo con el fin de ocultar el verdadero alcance de sus poderes autocráticos. Cada día, Augusto llevaba una túnica humilde de lana que le habían tejido Octavia, Livia y su hija Julia la Mayor. Con la intención de fomentar un sentido de la tranquilidad doméstica entre las familias de Roma, a veces Augusto dejaba su villa abierta al público y los espectadores podían ver a Livia y a Octavia trabajando en el telar. Aunque obviamente era una maniobra calculada de publicidad, el mensaje estaba claro: incluso las mujeres más poderosas de Roma realizaban sus deberes femeninos, tal y como se esperaba de toda esposa y madre.
En 27 a.C. Augusto renovó un pórtico cerca de la parte sur del Campo de Marte y se lo dedicó a su hermana. Conocido como el Pórtico de Octavia, era un «patio elegante con fuentes en cascada y un jardín que albergaba una galería de cuadros y esculturas valiosas» (Freisenbruch, 44). La propia Octavia patrocinaría la creación de varios edificios públicos dentro de su pórtico, incluido un salón de actos, salas de conferencias y una biblioteca, dedicada a su hijo. Octavia trabajó con algunos de los arquitectos más destacados de Roma; en su tratado Sobre la arquitectura, el arquitecto e ingeniero Vitruvio le da las gracias a Octavia por haberle presentado a Augusto y por recomendarle al princeps.
Madre del heredero
Para mediados de la década de 20 d.C., estaba claro que Augusto y Livia no tendrían hijos propios. Aunque todavía no había llegado a la cuarentena, Augusto sabía que necesitaría un heredero y lo buscó entre los miembros de su familia extensa. Aquí encontró dos candidatos inmediatos: Tiberio (42 a.C. a 37 d.C.), hijo de Livia de un matrimonio anterior, y el hijo de Octavia, Marco Claudio Marcelo. Aunque los chicos tenían la misma edad, Marcelo pronto se destacó como el favorito: era encantador y popular, mientras que Tiberio era taciturno y huraño. Además, Marcelo era pariente de sangre de Augusto, mientras que Tiberio no era más que su hijastro. En 25 a.C., Augusto pareció dejar el asunto sellado al casar a Marcelo con su hija Julia. Octavia adoptó el prestigioso, aunque informal, papel de madre del heredero que, durante un tiempo, le permitió estar por encima incluso de Livia como «primera mujer» de Roma.
Pero esta situación no duraría demasiado. En 23 a.C. Marcelo sufrió una grave enfermedad y murió. El hecho de que fuese tan joven, ya que solo tenía 19 años, provocó rumores de que Livia lo había envenenado para que Tiberio pudiera ocupar su lugar como heredero. Sin embargo, la mayoría de los estudiosos hoy en día creen que realmente se murió de causas naturales. Cualquiera que fuera la verdadera causa de la muerte de Marcelo, Octavia se quedó abatida. El dolor la consumió, tal y como destaca una historia memorable. El poeta Virgilio (70-19 a.C.) estaba recitando un pasaje de su poema épico la Eneida ante Augusto y su familia. Llegó a la parte en la que el héroe, Eneas, está en el inframundo y ve un desfile de héroes romanos. Cuando se revela que el joven Marcelo era uno de estos fantasmas en el desfile, se dice que Octavia se desmayó sobre el regazo de Augusto.
Durante la última década de su vida, Octavia permaneció recluida en los confines de la villa de Augusto. Rara vez aparecía en eventos públicos y, cuando lo hacía, siempre iba vestida de luto. Su ausencia de la vida pública le permitió a Livia volver a sobreponerse a su cuñada y reclamar el papel de «primera mujer» de Roma. Según el filósofo Séneca, esto causó una escisión entre ambas mujeres y Octavia acusó a Livia de aprovecharse de la muerte de su hijo. En 11 a.C. Octavia se murió con unos 58 años. Fue la primera persona enterrada en el Mausoleo de Augusto, la majestuosa tumba que había construido su hermano para albergar las cenizas de su familia. Octavia pasaría a la historia como una de las mujeres más influyentes de la historia romana que utilizó sus cualidades virtuosas y su talento político para sortear los turbulentos años de la guerra civil y el ascenso a la prominencia de su familia junto con el nacimiento del imperio.

