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El concepto de enterramiento en Mesopotamia consistía en sepultar un cadáver en una tumba, cuidando ciertos ritos que aseguraban el paso tranquilo del alma al inframundo, así como que esta no volviese a atormentar a los vivos. Es por esto que las cuestiones espirituales primaban sobre las sanitarias.
Los fantasmas en Mesopotamia se consideraban una parte más de la vida. Si bien sabemos que esta creencia tiene un largo recorrido histórico, los expertos aún no han llegado a un consenso claro sobre la unificación de los enterramientos con la protección ante apariciones. Basándose en los ajuares funerarios, parece datar mínimo del período de El Obeid (en torno al 6500-4000 a.C), aunque existe la posibilidad de que esta asociación se produjera mucho antes.
La tumba más antigua encontrada en el Oriente Próximo hasta la fecha se remonta a hace entre 60.000 y 45.000 años. Esta se ubica en la cueva de Shanidar, en los montes Zagros. Para algunos expertos, muestra signos de ritos funerarios, por lo que no es difícil suponer que la relación entre el sepelio y el más allá data de la época neandertal.
El muerto debía ser enterrado con respeto y un ajuar funerario, y su lugar de descanso cuidado por sus familiares.
La intención tras los ritos funerarios era honrar a los fallecidos y enviarlos de manera respetuosa al más allá. Sin embargo, las inscripciones del período de Uruk (en torno al 4000-3100 a.C) en adelante muestran un miedo generalizado ante el regreso de los muertos. En ocasiones, un alma podría conseguir escapar del inframundo por sus propios medios, mientras que en otras se les permitía regresar al mundo de los vivos para enmendar un error o mandar un mensaje. De cualquier manera, el motivo más común para aparición era un fallo en el enterramiento o en los ritos que lo acompañaban.
El muerto debía ser enterrado con respeto y un ajuar funerario, y su lugar de descanso cuidado por sus familiares, que traerían comida y bebida a modo de ofrenda. Un descuido en las formas tradicionales de enterramiento impediría que el alma del fallecido encontrase su lugar en el ultramundo. Al convertirse en un alma sin lugar de descanso, volverían a atormentar a los vivos.
El más allá mesopotámico era un mundo inactivo, gris y sombrío en el que, según la tradición oral, las almas comen polvo y beben de charcos, y merodean o se asientan apáticas para el resto de la eternidad. Estarían presididas por la diosa Ereshkigal y, posteriormente, también por su consorte Nergal. El ultramundo se asemejaba más a una prisión que al paraíso, por lo que se pensaba que las almas aprovecharían cualquier oportunidad para volver ante la luz del sol.
Esta oportunidad puede venir dada de un incorrecto enterramiento, ya que Ereshkigal, que se aseguraba de que los muertos permanecieran en su reino, podía permitir el regreso de un alma para atormentar a sus parientes vivos a fin de que estos asumiesen las responsabilidades que originalmente tenían.
Dioses, vida y espíritu
Según la epopeya babilónica sobre el diluvio universal, Atrahasis (en torno al siglo XVII a.C.), los dioses crearon a los humanos mezclando arcilla con el espíritu e inteligencia del dios We-Ilu, quien se sacrificó con este propósito. La diosa Nintu (Ninhursag) mezcló la carne, sangre y espíritu de We-Ilu con la arcilla para crear a los 14 primeros humanos, a fin de que estos ayudaran a los dioses con su trabajo. Las personas eran, por tanto, una conjunción de un cuerpo mortal, que se descompondría y volvería a ser la arcilla original, y el espíritu inmortal de We-Ilu.
Los dioses habían transformado el caos en orden, aunque mantenerlo requería trabajo constante. La humanidad se creó específicamente para asumir las faenas diarias, liberando así a los dioses, para que estos se pudieran enfocar en sus propias responsabilidades y actividades. A partir de entonces, serían los seres humanos, y no los dioses, los que cavarían los canales y las acequias de riego, los que sembrarían y segarían las cosechas, los que construirían las ciudades, poblarían la tierra y defenderían la voluntad divina y el orden establecido.
Al morir una persona, su inteligencia (gidim en sumerio; etemmu en acadio) se separaba de su cuerpo. El espíritu necesitaba de una guía, ya que naturalmente iba a buscar regresar a su punto de partida: el mundo de los dioses, es decir, hacia arriba. Para los dioses, sin embargo, era inapropiado que las almas humanas habitasen en su territorio, por lo que crearon otro para ellos bajo la tierra. Este espacio recibe el nombre de Irkalla, el mundo del que nadie regresaba. Los enterramientos proporcionaban una guía hacia el Irkalla, asegurando a su vez que, una vez allí, el alma no pudiera regresar.
Ritos funerarios
En las ciudades-Estado sumerias, la cremación era reprobable, ya que se creía que al destruir el cuerpo, el alma no poseería forma en el más allá, sino que simplemente desaparecería. Además, el humo sube, dirigiendo al alma hacía los dioses y no hacia el Irkalla. Es por esto que los ritos funerarios evolucionaron para asegurar que el espíritu del fallecido fuese a su debido lugar y, sobre todo, para que no tuviese una razón legítima para volver.
Al morir una persona, se decía que había «perdido su viento», de forma que la expresión «su viento se ha volado» (Finkel,29) era común para anunciar una muerte. Para devolver la atención del espíritu al cuerpo, que se había soltado tras la muerte, este era atendido por los familiares. El profesor Stephen Bertman describió la muerte en casa por edad, durante el parto y por herida o enfermedad:
Cuando un adulto se acercaba a la hora de su muerte, los mesopotámicos la esperaban tumbados en la cama en compañía de sus seres queridos y, en ocasiones, también con un sacerdote presente. Se reservaba una silla vacía en el lado izquierdo de la cama para cuando el espíritu se levantase invisiblemente, separándose del cuerpo.
Junto a esa silla se colocaban las primeras ofrendas: cerveza y pan plano para fortalecer al alma en su largo viaje hacia el inframundo. Cuando, al fin, la muerte llegaba, se lavaba y perfumaba el cuerpo con aceites, se vestía, se enjoyaba y se colocaba con otros objetos con valor sentimental. (281-282)
En ocasiones se le daba pan y agua al cuerpo. Queda así retratado en el texto literario sumerio El viajero y la doncella, en el que la doncella cuida de su difunto amante. En él, no se colocan la comida y bebida junto a la silla, sino que estas son vertidas directamente en la tierra para darle de beber al alma en su descenso:
Mojé pan y le limpié con él; De un cuenco cubierto que nunca había sido desatado, De un cubo cuyo borde estaba sin recocer, Derramé agua; la tierra se la bebió. Ungí su cuerpo con mi dulce aceite, Envolví la silla con mi nueva tela; Entró el viento en él; el viento salió. Mi viajero de las montañas, De aquí en adelante, debe yacer en la montaña, el inframundo. (Finkel, 30)
La «Montaña» era otra manera de referirse al más allá, ya que se creía que la entrada al inframundo era lejana, escondida bajo las montañas, y que el alma necesitaba sustento para ese viaje y luego para la bajada, cruzando un rio hacía el crepúsculo, es decir, el mundo de Ereshkigal. Sin embargo, los ritos solo eran una primera preparación para dicho viaje, ya que, una vez el fallecido estuviese limpio y ungido, debía ser enterrado correctamente.
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El enterramiento
Los primeros enterramientos en Mesopotamia se ubicaban bajo el suelo de las viviendas, siendo esta práctica continuada durante toda su historia. Las personas preferían enterrar a sus seres queridos en sus hogares y no en cementerios fuera de la ciudad, ya que así era más sencillo cuidar de ellos a través de ofrendas.
En cualquier época, las tumbas y sepulcros se solían cavar directamente en la tierra para ayudar al alma a acceder al Irkalla. Sin embargo, esto podría realizarse de diferentes formas, como enumera el experto Irving Finkel (44):
Enterramiento en pared: específicamente para infantes y niños.
Enterramiento en la tierra o en fosa: se envolvía el cuerpo con una plancha de caña y se depositaba en una fosa bajo el suelo.
Enterramiento en pozo: el pozo conducía normalmente a una fosa, sarcófago o cámara.
Enterramiento (simple o doble) en recipiente: un cuerpo podía ser enterrado en un gran recipiente sellado, que podía ser de uso doméstico o especialmente fabricado. Se han hallado enterramientos donde dos recipientes, cada uno con un cuerpo, estaban unidos por la boca, lo que nos hace preguntarnos si ambos individuos murieron juntos.
Enterramiento con restos cerámicos: el cuerpo se cubría con fragmentos cerámicos.
Sarcófago: normalmente realizado en cerámica y cubierto, un sarcófago mesopotámico solía tener una forma similar a una bañera, objeto con el que se los ha confundido en el pasado.
Estructuras específicas: tumbas de ladrillo o piedra bajo tierra o marcadas con cámaras de ladrillo.
Ocasionalmente, la silla usada en el lecho de muerte se conservaba en la casa en caso de que el alma volviese en forma de fantasma, para que esta se encontrase bien recibida y con un lugar de descanso desde el que regresar tranquilamente a su mundo. Se guardaban, a su vez, figuras del fallecido a modo de recuerdo. Además, el cadáver se enterraba con un ajuar que consiste de elementos necesarios o sus posesiones favoritas en vida. Finkel (30) describe los elementos con los que la familia debía proveer al espíritu, si bien es modestamente:
Una efigie cerámica del fallecido: esta se ungía y vestía para impregnarla de la identidad del muerto y podía ser conservada en el terreno familiar para mantener el recuerdo y la presencia dentro de la familia.
La silla especial para el espíritu.
El ajuar funerario, confeccionado con todo lo necesario para el viaje y la llegada, principalmente comida y bebida. Según algunas autoridades, lo disponible una vez llegado al inframundo es inferior, por lo que no hay dudas de que este énfasis recurrente en las ofrendas nazca en la empatía con el difunto.
No todos los enterramientos seguían las formas sobredichas, y no todos los ritos se cuidaban tal y como se describen. Finkel lo matiza así: «La forma más común de enterramiento es inhumando el cadáver, envuelto en una plancha de caña, bajo en suelo en una fosa simple». Sin embargo, los fallecidos por enfermedad se enterrarían en otro lugar (44-45).
Los mesopotámicos conocían lo que era una enfermedad contagiosa, pero, al no saber nada sobre los gérmenes, lo interpretaban espiritualmente. Los dioses habrían permitido la muerte del individuo, por sus razones, pero normalmente a colación de un pecado por obra u omisión; la proximidad al cadáver podía mancillar al vivo por asociación.
Aquellos que morían en batalla, en el mar, viajando, solos en algún recado, asesinados, solos en casa o de cualquier manera faltos de la atención, ayuda y ofrendas de sus familias no lo tenían fácil en el más allá. Era responsabilidad de la familia no solo acompañar al fallecido en sus últimos momentos antes del viaje, sino también mantenerlos desde entonces.
A diferencia de la idea del más allá de civilizaciones como Egipto, la visión mesopotámica del inframundo no ofrecía recompensas ni castigos según el comportamiento en vida. Tanto el rey como el granjero, tanto el bueno como el malo iban a parar a la misma existencia gris y monótona tras la muerte. El alma, inmortal, era plenamente consciente de sus circunstancias, pero no podía hacer nada al respecto. La separación entre un espíritu doliente y una más satisfecha venía del esfuerzo de sus familias en la tierra.
INCLUSO AQUELLOS ESPÍRITUS ELEVADOS POR EL RECUERDO DE SUS FAMILIAS COMPARTÍAN EL OSCURO REINO CON LOS DEMÁS, HASTA CON LOS GRANDES REYES.
En Gilgamesh, Enkidu y el inframundo, Gilgamesh le pregunta a Enkidu sobre su experiencia en el inframundo. En las líneas 254-267, Gilgamesh pregunta sobre los espíritus que tenían hijos para cuidarlos y recordarlos. Pregunta: «¿Viste a aquél que tenía un hijo?», a lo que Enkidu responde: «Lo ví. Lloraba amargamente sobre la clavija de madera clavada en su pared». Sin embargo, cuando Gilgamesh le pregunta sobre el espíritu que tenía siete hijos, Enkidu contesta: «Él yace satisfecho como compañero de los dioses, se sienta con ellos y escucha sus juicios».
La diferencia entre ambos espíritus es que el primero solo tiene un hijo para recordarle, hijo que morirá y se le unirá, mientras que el segundo tiene muchos, por lo que será honrado durante más tiempo.
Incluso aquellos espíritus elevados por el recuerdo de sus familias compartían el oscuro reino con los demás, hasta con los grandes reyes. En La muerte de Ur-Nammu, el rey sumerio Ur-Nammu (que reinó en torno al 2112-2094 a.C.), llega al inframundo, presenta sus ofrendas a los dioses y, para mantener su estatus, organiza un gran banquete.
Sin embargo, en sus palabras, «la comida del inframundo es amarga, el agua del inframundo es salobre» (líneas 83-84) y, tras una semana allí, llora por su vida en la tierra. Se describe una experiencia similar en La muerte de Gilgamesh, donde el rey héroe de Uruk se encuentra desolado tras su llegada al más allá donde, a pesar de una honorable vida, no está mucho mejor que el resto de almas, pese a haber recibido un correcto enterramiento como Ur-Nammu.
Fantasmas y hechizos
Gilgamesh y Ur-Nammu, siendo reyes que habían mantenido el orden en vida, aceptaron su destino, si bien de mala gana, pero no todos los espíritus sentían la misma necesidad. Se creía que los espíritus insatisfechos aprovecharían cualquier oportunidad para volver a visitar a los vivos y poder experimentar de nuevo el cielo y la luz del sol, los ríos y la brisa.
Sin embargo, no hay constancia de que algún fantasma lo hubiese hecho tranquilamente. Podría ser que un espíritu retornase y se sentase invisible y silenciosamente en su silla, pero, de haber sido así, nadie lo sabría. Los escribas mesopotámicos describían a los fantasmas como espíritus molestos que debían ser enviados de vuelta a su reino.
Entre ellos se encontraban los espíritus «déjame entrar», que rogaban favores a los vivos y debían ser devueltos al Irkalla mediante un hechizo concreto. Un médico conocido como el asipu, que ejercía como exorcista, recitaría el hechizo apropiado para cada aparición, enviando al alma al Irkalla nombrándola específicamente o por categoría. Estos solían empezar por una oración similar a «te destierro», seguidas por el tipo de fantasma.
Ya sea un (fantasma) «déjame entrar, déjame comer contigo» Ya sea un (fantasma) «déjame entrar, déjame beber contigo» Ya sea un (fantasma) «tengo hambre, déjame comer contigo» Ya sea un (fantasma) «tengo sed, déjame beber cerveza/servir agua contigo» Ya sea un (fantasma) «tengo frío, déjame vestirme contigo» (Finkel, 36)
Si el alma se ha escapado sin permiso del Irkalla, estos hechizos la devolverían. Si, por el contrario, la persona no había sido correctamente enterrada o su familia no estaba cuidando su memoria y sus ofrendas, Ereshkigal le daría permiso al espíritu para atormentar a su familia hasta que ellos reconocieran y arreglaran el error y se comportaran como era debido.
Conclusión
De la misma manera en la que uno entiende los invisibles efectos del viento por sus efectos, los mesopotámicos reconocían el hacer de los fantasmas en su día a día. Incluso aquellos fantasmas invisibles se consideraban responsables de ciertas actitudes y de sus efectos. Finkel define tres creencias distintivas en Mesopotamia que, juntas, apoyan la idea de que los enterramientos fueran principalmente para evitar el regreso de los muertos a la tierra.
(Estas creencias) estan interconectadas y son interdependientes, de forma que una no podría prevalecer sin las otras. Las tres están implícitas en el enterramiento: 1. Algo humano sobrevive tras la muerte. 2. Algo escapa del cuerpo y va a otro lugar. 3. Es razonable que si ese algo puede ir a otro lugar, también puede volver. (5)
Era responsabilidad de los vivos asegurarse de que los muertos estuvieran tan cómodos como fuese posible en su nuevo hogar, y el primer paso para esto era seguir los ritos funerarios y el proceso de inhumación correctamente. Después, la calidad de la existencia de cada uno venía determinada no por lo hecho en vida, sino por cómo lo recordaban en la muerte.
¿Cuándo se produjo el enterramiento más antiguo en Mesopotamia?
Los primeros enterramientos de la antigua Mesopotamia datan por lo menos del periodo El Obaid, en torno a 6500-4000 a.C., pero hay evidencias que sugieren que realmente se remontan a hace 60.000 años.
¿Los antiguos mesopotámicos momificaban a sus muertos?
No. Los antiguos mesopotámicos los envolvían en esterillas de juncos o en tela.
¿Cuál era la forma más común de enterramiento en Mesopotamia?
La forma más común de enterramiento en Mesopotamia era bajo el suelo del hogar; envolvían el cadáver en una esterilla de junco o en tela y lo dotaban de bienes funerarios.
¿Por qué era tan importante en Mesopotamia realizar los ritos funerarios y el enterramiento adecuados?
El enterramiento y los ritos funerarios adecuados eran importantes en Mesopotamia porque se creía que le aseguraban al alma una transición fácil a la otra vida y evitaban que los espíritus enfadados o inquietos regresaran.
Currently studying a degree in History through the University of Cádiz. I am looking to become an archaeologist, which is why I have worked in several archaeological sites. I am also fond of art, literature and political science.
Joshua J. Mark es cofundador y director de contenidos de World History Encyclopedia. Anteriormente, se desempeñaba como profesor en el Colegio Marista de Nueva York, donde enseñó historia, filosofía, literatura y escritura. Ha viajado extensamente y vivió en Grecia y en Alemania.
Escrito por Joshua J. Mark, publicado el 13 abril 2026. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.