Guerra naval romana

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Mark Cartwright
por , traducido por Rosa Baranda
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Roman Naval Warfare (by CA, Copyright)
Guerra naval romana CA (Copyright)

La supremacía militar en el mar podía ser un factor crucial para que cualquier campaña terrestre saliera bien, y los romanos sabían muy bien que una potente flota naval podía suministrar tropas y equipamiento allí donde más se necesitaban en el menor tiempo posible. Los buques de guerra también podían abastecer a los puertos sitiados y atacados por el enemigo y, a su vez, bloquear los puertos bajo su control. Una armada poderosa era asimismo indispensable para hacer frente a los piratas, que causaban estragos entre los comerciantes marítimos y en ocasiones incluso bloqueaban puertos. Sin embargo, la guerra naval entrañaba sus propios peligros; las condiciones meteorológicas adversas eran la mayor amenaza a la que se enfrentaban, razón por la cual las campañas navales se limitaban en gran medida al periodo comprendido entre abril y noviembre.

Barcos y armas

Las embarcaciones navales de la Antigüedad estaban fabricadas en madera, impermeabilizadas con brea y pintura, y se propulsaban tanto a vela como a remo. Los barcos con varias filas de remeros, como la trirreme, eran lo suficientemente rápidos y maniobrables como para atacar a las embarcaciones enemigas embistiéndolas. Los barcos más grandes eran las quinquerremes, con tres filas de remeros: dos por cada uno de los dos remos superiores y un remero en el remo inferior (unos 300 en total). Los barcos también se podían equipar con una plataforma que les permitiese a los marineros abordar las naves enemigas con facilidad, un dispositivo conocido como «corvus» (cuervo). La mayoría de los buques de guerra eran ligeros, estrechos y carecían de espacio para almacenamiento o incluso para una gran cantidad de tropas porque el objetivo principal era la velocidad. Para tales fines logísticos, resultaba más adecuado recurrir a buques de transporte de tropas y a barcos de aprovisionamiento a vela.

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Aparte del ariete recubierto de bronce situado por debajo de la línea de flotación en la proa del barco, entre las demás armas que llevaban estaban las balistas de artillería que podían montarse en los barcos para lanzar salvas letales contra posiciones terrestres enemigas desde un flanco inesperado y menos protegido, o también contra otras embarcaciones. También podían lanzar bolas de fuego (vasijas con brea ardiente) contra la embarcación enemiga para destruirla mediante un incendio en lugar de embestirla.

Personal

Las flotas estaban al mando de un prefecto (praefectus) nombrado por el emperador, y el cargo requería a alguien con gran destreza y dotes de liderazgo para dirigir con éxito una flota de buques a veces difíciles de manejar. El capitán de un buque ostentaba el rango de centurión o el título de trierarca. Las flotas tenían su base en puertos fortificados como Portus Julius, en Campania, que contaban con puertos artificiales y lagunas conectadas por túneles. Las tripulaciones de las naves militares romanas podían recibir entrenamiento en dichos puertos, pero en la práctica eran más soldados que marineros, ya que se esperaba que actuasen como tropas terrestres de armamento ligero cuando fuera necesario. De hecho, en los documentos y monumentos funerarios se les suele denominar miles (soldados), y además recibían la misma paga que los auxiliares de infantería y estaban sujetos de igual modo al derecho militar romano. Las tripulaciones solían reclutarse localmente y proceder de las clases más pobres (los proletarii), aunque también podían incluir reclutas de Estados aliados, prisioneros de guerra y esclavos. Por lo tanto, el entrenamiento era un requisito fundamental para que el personal en conjunto se utilizase de la manera más eficiente y para mantener la disciplina en medio del frenesí y el horror de la batalla.

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La armada romana arrasó con los cartagineses y los piratas de Cilicia y logró así el dominio total del Mediterráneo.

Tácticas

Las tácticas navales romanas diferían poco de los métodos empleados por los griegos antes que ellos. Las embarcaciones esetaban impulsadas por remeros y velas para transportar tropas, y en las batallas navales se convertían en arietes gracias a sus embestidores recubiertos de bronce. A la hora del combate en sí, no había una gran maniobrabilidad a vela, así las naves dependían del impulso de los remeros cuando se encontraban a corta distancia del enemigo. Las velas y el aparejo se guardaban en tierra, lo que ahorraba peso, aumentaba la estabilidad de la embarcación y dejaba más espacio para los marineros. El objetivo era situar el ariete en la posición correcta de embestida para abrir un agujero en la embarcación enemiga y luego retirarse para que el agua entrara en el barco dañado. Otra alternativa era asestar un golpe bien dirigido para romper una fila de remos del enemigo y así dejarlo inutilizarlo. Para lograr este tipo de daños, el mejor ángulo de ataque era el flanco o la popa del enemigo. Por lo tanto, no solo era necesaria la maniobrabilidad a remo, sino también la velocidad. Por eso, con el tiempo las embarcaciones fueron contando con cada vez más remeros; no a lo largo del casco, porque sino la embarcación no habría podido navegar, sino apilados unos encima de otros. Así, la trirreme de los griegos, con tres niveles de remeros, había evolucionado a partir de la birreme de dos niveles, y a su vez acabó transformándose en la quinquerreme romana.

Roman Naval Vessel
Embarcación naval romana Mark Cartwright (CC BY-NC-SA)

Contra Cartago

Roma ya había utilizado buques de guerra desde los inicios de la República romana, en el siglo IV a.C., sobre todo para hacer frente a la amenaza de los piratas en el mar Tirreno, pero fue en el año 260 a.C. cuando construyó, en tan solo 60 días, su primera flota naval de envergadura. Se reunió una flota de 100 quinquerremes y 20 trirremes para hacer frente a la amenaza de Cartago. Al más puro estilo romano, los diseñadores copiaron y mejoraron una quinquerreme cartaginesa capturada.

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Los romanos también habían reconocido que sus habilidades nátuicas estaban por debajo de las de la guerra naval cartaginense, mucho más avanzada. Por este motivo, emplearon el corvus, que una plataforma de 11 metros de largo que podía bajarse desde la proa del barco hasta las cubiertas de los buques enemigos y fijarse mediante una enorme estaca metálica. Así, las tropas romanas (unas 120 en cada barco) podían abordar el buque enemigo y acabar rápidamente con la tripulación adversaria.

El primer enfrentamiento en el que se emplearon los corvi con gran eficacia fue la batalla de Milas, frente a la costa del norte de Sicilia, en el año 260 a.C. Ambas flotas estaban equilibradas, con 130 naves cada una, pero los cartagineses, que no esperaban que los romanos fueran gran cosa en la guerra naval, ni siquiera se molestaron en formar líneas de batalla. El corvus resultó ser un arma de ataque devastadora contra los desorganizados cartagineses, y el resultado, aun inesperado, fue la victoria romana. El comandante y cónsul Cayo Duilio no solo tuvo la satisfacción de ver a su homólogo huir de su buque insignia en una barca de remos, sino que además se le concedió un triunfo militar por ello, la primera gran victoria de Roma en el mar.

Naval Landing
Desembarco naval The Creative Assembly (Copyright)

Ecnomo

La batalla de Ecnomo, librada en 256 a.C. frente a la costa sur de Sicilia, fue una de las mayores batallas navales de la Antigüedad, si no la mayor, y demostraría que la victoria de Milas no había sido una casualidad. Los romanos, animados por su primer éxito, habían ampliado su flota hasta contar con 330 quinquerremes y un total de 140.000 hombres listos para la batalla. Los cartagineses zarparon con 350 naves, y las dos enormes flotas se enfrentaron frente a la costa de Sicilia. Los romanos se organizaron en cuatro escuadrones dispuestos en forma de cuña. Los cartagineses intentaron alejar a los dos escuadrones romanos delanteros de los dos traseros para atraparlos en una maniobra de tenaza. Sin embargo, ya fuera por falta de maniobrabilidad o por una comunicación deficiente de sus intenciones, en vez de eso la flota cartaginesa atacó al escuadrón de transporte romano de retaguardia, mientras los dos escuadrones delanteros romanos causaban estragos en el centro cartaginés. En el combate cuerpo a cuerpo, la pericia náutica contó poco y los corvi lo fueron todo. Una vez más, la victoria fue para Roma. Cartago perdió 100 naves frente a las escasas 24 pérdidas romanas.

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No obstante, la guerra se prolongó ya que la invasión inmediata de Roma en el norte de África resultó ser un costoso fracaso. Una notable expedición liderada por Cneo Servilio Rufo en el 217 a.C. liberó las aguas italianas de los piratas cartagineses y los romanos acabaron derrotando a la flota cartaginesa, pero en gran medida fue porque eran capaces de reponer los barcos y los hombres perdidos con mayor rapidez en lo que se convirtió en una auténtica guerra de desgaste. Las victorias se alternaron con la derrota en Drepna en el año 249 a.C. y con desastres como la pérdida de 280 naves y 100.000 hombres en una sola tormenta frente a la costa de Camarina, en el sureste de Sicilia; pero al final Roma se impuso. La guerra le había costado a Roma 1.600 naves, pero la recompensa mereció la pena: el dominio del Mediterráneo. Este control marítimo resultó útil en las guerras de Roma contra los reinos sucesores de Alejandro Magno durante las guerras de Macedonia. Entre los años 198 y 195 a.C., por ejemplo, Roma lanzó repetidas incursiones marítimas exitosas contra Nabis, el tirano espartano aliado de Filipo V de Macedonia.

Pompeyo y los piratas en el Mediterráneo antiguo

Con el declive de Rodas, que durante siglos había vigilado el Mediterráneo y el mar Negro para proteger sus lucrativas rutas comerciales, la piratería se extendió en el siglo I a.C. Más de 1.000 barcos piratas, a menudo organizados según un modelo militar con flotas y almirantes, se convirtieron en el azote del comercio marítimo. Además, se confiaron más, se hicieron con trirremes e incluso asaltaron la propia Italia, atacando Ostia e interrumpiendo el vital suministro de cereales. En 67 a.C., Roma volvió a reunir una flota, y a Pompeyo el Grande se le encomendó la tarea de librar a los mares de la plaga pirata en un plazo de tres años.

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Con 500 barcos, 120.000 hombres y 5.000 jinetes a su disposición, Pompeyo dividió sus fuerzas en 13 zonas y, al frente de un escuadrón, liberó primero Sicilia, luego el norte de África, Cerdeña y España. Finalmente, zarpó hacia Cilicia, en Asia Menor, donde los piratas tenían sus bases y donde Pompeyo les había permitido deliberadamente reunirse para librar una última batalla decisiva. Tras atacar por mar y por tierra, y tras su victoria en la batalla de Coracesio, Pompeyo negoció la rendición de los piratas, ofreciendo como incentivo tierras gratuitas a quienes se entregaran pacíficamente. La última amenaza al control total de Roma sobre el Mediterráneo había desaparecido.

Con el tiempo, la única amenaza para Roma era la propia Roma y la guerra civil no tardó en asolar Italia.

Guerra civil

Ahora la única amenaza para Roma era la propia Roma y no tardó atacar: la guerra civil asoló Italia. Julio César salió victorioso, y los restos de la flota de Pompeyo se convirtieron en la columna vertebral de la Armada romana, que se utilizó con buenos resultados en las expediciones para invadir Britania; en 54 a.C., la segunda expedición, de mayor envergadura, contó con una flota de 800 barcos. Tras el asesinato de César en el año 44 a.C., la flota pasó a estar bajo el control de Sexto Pompeyo Magno, irónicamente, el hijo de Pompeyo. En el año 38 a.C., Octaviano, el heredero de César, tuvo que reunir otra flota para hacer frente a la amenaza de Sexto. Bajo el mando de Marco Agripa, se enviaron 370 embarcaciones para atacar Sicilia y a la flota de Sexto. Una vez más, la falta de marineros bien entrenados obligó a los comandantes a innovar, y Agripa apostó por la fuerza bruta en lugar de la maniobrabilidad y equipó sus naves con un garfio impulsado por catapulta. Este dispositivo permitía acercar las naves a corta distancia mediante un cabrestante para facilitar el abordaje de los marineros. El arma demostró ser de una eficacia devastadora en el año 36 a.C. en la batalla de Nauloco (de nuevo en Sicilia), en la que participaron 600 naves, y Sexto fue derrotado.

Praetorian Galley
Galera pretoriana Mark Cartwright (CC BY-NC-SA)

Accio

En el año 31 a.C., cerca de Accio, en la costa occidental de Grecia, tuvo lugar una de las batallas navales más importantes de la historia. Octaviano, que seguía luchando por el control del Imperio romano, se enfrentaba ahora a Marco Antonio y a su aliada, la reina egipcia Cleopatra. Ambos bandos reunieron sus flotas y se prepararon para atacar al adversario. Marco Antonio lideraba una flota de 500 buques de guerra y 300 navíos mercantes contra la fuerza de Octaviano, de tamaño similar, aunque Antonio contaba con embarcaciones de tipo helenístico, más grandes y menos maniobrables. Agripa, aún al mando, lanzó su ataque a principios de la temporada de navegación y así tomó por sorpresa a Antonio. El objetivo eran los puestos avanzados del norte de las fuerzas de Antonio, una maniobra que sirvió de distracción mientras Octaviano desembarcaba a su ejército. En cualquier caso, Antonio se negó a salir de su puerto fortificado en el golfo de Ambricia. El bloqueo era la única opción de Agripa. Puede que Antonio estuviera ganando tiempo, a la espera de que sus legiones se reunieran procedentes de toda Grecia. Sin embargo, Octaviano no quiso verse envuelto en una batalla terrestre y atracó su flota tras un muelle defensivo situado 8 km al norte. A medida que las enfermedades asolaban a sus tropas y sus líneas de suministro se veían cada vez más amenazadas por Agripa, Antonio no tuvo más remedio que intentar romper el bloqueo el 2 de septiembre. Sin ayuda alguna, ya que un desertor le reveló sus planes a Octaviano y varios generales se pasaron al bando contrario, Antonio solo logró reunir 230 barcos frente a los 400 de Agripa.

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La estrategia de Agripa consistía en mantenerse en posición en el mar y alejar a Antonio de la costa. Sin embargo, esto habría expuesto a Antonio a la mayor maniobrabilidad de los barcos de Agripa, por lo que intentó mantenerse pegado a la costa y evitar el cerco. Cuando el viento arreció hacia el mediodía, Antonio vio su oportunidad de escapar, ya que su flota navegaba a vela mientras que la de Agripa había guardado las velas en tierra, una práctica habitual en la guerra naval de la Antigüedad. Las dos flotas se encontraron y entablaron combate y, en medio de la confusión, el escuadrón de Cleopatra, compuesto por 60 naves, huyó de la batalla. Antonio siguió rápidamente su ejemplo; abandonando su buque insignia por otra embarcación, siguió a su amada y dejó que su flota fuera aplastada por las fuerzas combinadas de Agripa y Octaviano. Poco después, el ejército terrestre de Antonio, ahora sin líder, se rindió a Octaviano tras negociar la paz. Como era de esperar, la propaganda de los vencedores achacó la derrota a la cobardía de Cleopatra y Antonio, pero el hecho de que Antonio se hubiera enfrentado a Agripa a vela sugiere que, al verse muy superado en número, había tenido desde el principio la intención de huir en lugar de combatir.

Ancient Naval Battle
Batalla naval antigua The Creative Assembly (Copyright)

Roma se queda sola

Tras la batalla de Accio, el nuevo emperador romano Octaviano, que ahora se hacía llamar Augusto, creó dos flotas de 50 barcos cada una: la classis Ravennatium, con base en Rávena, y la classis Misenatium, con base en Miseno (cerca de Nápoles), que estuvieron en activo hasta el siglo IV d.C. Más tarde también habría flotas con base en Alejandría, Antioquía, Rodas, Sicilia, Libia, el Ponto y Britania, así como una que operaba en el Rin y otras dos en el Danubio. Estas flotas le permitían a Roma responder rápidamente a cualquier necesidad militar en todo el Imperio Romano y abastecer al ejército en sus diversas campañas. Pero la verdad era que las flotas romanas no tenían competencia naval alguna, tal y como lo demuestra el hecho de que, en los siglos siguientes, Roma solo libró una batalla naval importante más, en 324 d.C., entre el emperador Constantino I y su rival Licinio; por lo tanto, al menos en el Mediterráneo antiguo, tras la batalla de Accio, la época de las batallas navales a gran escala llegó a su fin.

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Cartwright, M. (2026, agosto 16). Guerra naval romana. (R. Baranda, Traductor). World History Encyclopedia. https://www.worldhistory.org/trans/es/1-12302/guerra-naval-romana/

Estilo Chicago

Cartwright, Mark. "Guerra naval romana." Traducido por Rosa Baranda. World History Encyclopedia, agosto 16, 2026. https://www.worldhistory.org/trans/es/1-12302/guerra-naval-romana/.

Estilo MLA

Cartwright, Mark. "Guerra naval romana." Traducido por Rosa Baranda. World History Encyclopedia, 16 ago 2026, https://www.worldhistory.org/trans/es/1-12302/guerra-naval-romana/.

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