Juegos, carreras de carros y espectáculos romanos

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Mark Cartwright
por , traducido por Rosa Baranda
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Si había algo que les encantaba a los romanos era el espectáculo y la oportunidad de evadirse que ofrecían los extraños y maravillosos espectáculos públicos, que asaltaban los sentidos y avivaban las emociones. Los gobernantes romanos lo sabían bien, así que para aumentar su propia popularidad y prestigio entre el pueblo, organizaban espectáculos fastuosos y espectaculares en recintos construidos expresamente para ello por todo el imperio. Recintos de la talla del Coliseo o el Circo Máximo de Roma albergaban eventos como magníficas procesiones, animales exóticos, combates de gladiadores, carreras de cuadrigas, ejecuciones e incluso simulacros de batallas navales.

Dionysos, Roman Mosaic
Dioniso, mosaico romano Mark Cartwright (CC BY-NC-SA)

Recintos

Resulta significativo que la mayoría de los edificios que mejor se conservan de la época romana sean los dedicados al entretenimiento. Se construyeron anfiteatros y circos por todo el imperio, e incluso los campamentos militares contaban con su propio estadio. El anfiteatro más grande era el Coliseo, con un aforo de al menos 50.000 personas, aunque probablemente era más si tenemos en cuenta que tenían cuerpos más pequeños y una percepción diferente del espacio personal en comparación con los estándares actuales. Por su parte, el Circo Máximo podía albergar la impresionante cifra de 250.000 espectadores, según Plinio el Viejo. Con tantos eventos a tan gran escala, los espectáculos se convirtieron en una enorme fuente de empleo, desde entrenadores de caballos hasta cazadores de animales, pasando por músicos y rastrilladores.

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Desde el final de la República, los asientos en el teatro, el anfiteatro y el circo se dividían por clases. Augusto estableció más normas para que los esclavos y las personas libres, los niños y los adultos, los ricos y los pobres, los soldados y los civiles, los solteros y los casados se sentaran todos por separado, así como los hombres y las mujeres. Naturalmente, la primera fila y los asientos más cómodos estaban reservados para la clase senatorial local. Probablemente, las entradas eran gratuitas para la mayoría de los espectáculos, ya que los organizadores, ya fueran magistrados municipales encargados de ofrecer eventos cívicos públicos, ciudadanos multimillonarios o los emperadores que más tarde monopolizarían el control de los espectáculos, estaban más interesados en hacer gala de su generosidad que en utilizar los eventos como fuente de ingresos.

Circus Maximus Reconstruction
Reconstrucción del Circo Máximo B. Fletcher (Public Domain)

Carreras de carros

Las carreras de carros más prestigiosas se celebraban en el Circo Máximo de Roma, pero para el siglo III d.C. ya había otras grandes ciudades, como Antioquía, Alejandría y Constantinopla, que también contaban con circos en los que acogían estos espectáculos, que se hicieron, si cabe, aún más populares en la etapa tardía del Imperio. Las carreras en el Circo Máximo probablemente contaban con un máximo de doce carros organizados en cuatro facciones o escuderías, los Azules, los Verdes, los Rojos y los Blancos, a las que la gente seguía con una pasión similar a la de los aficionados al deporte de hoy en día. Incluso existía el conocido odio entre equipos rivales, como indican las tablillas de plomo con maldiciones escritas contra aurigas concretos, y sin duda se realizaban apuestas, tanto grandes como pequeñas, en las carreras.

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Nerón llegó incluso a competir con una yunta de diez caballos, pero sufrió un revés y salió despedido del carro.

Dependiendo de los diferentes tipos de carreras de carros los aurigas debían tener una destreza técnica mayor o menor, como las carreras con yuntas de seis o siete caballos o aquellas en las que se utilizaban caballos sin yugo. Nerón llegó incluso a competir con una yunta de diez caballos, pero sufrió un revés y salió despedido del carro. Había carreras en las que los aurigas competían en equipos y luego estaban las más esperadas de todas: las reservadas exclusivamente a los campeones. Los corredores que triunfaban podían convertirse en millonarios, y uno de los más famosos fue Cayo Apuleyo Diocles, que ganó la asombrosa cifra de 1.463 carreras en el siglo II d.C.

En la época imperial, el circo también se convirtió en el lugar donde había más posibilidades de entrar en contacto con el emperador, así que los gobernantes no tardaron en aprovechar esas ocasiones para reforzar su control emocional y político sobre el pueblo organizando espectáculos inolvidables.

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The Colosseum or Flavian Amphitheatre
El Coliseo o Anfiteatro Flavio Dennis Jarvis (CC BY-NC-SA)

Combates de gladiadores

Al igual que el público del cine moderno espera escapar de la monotonía de la vida cotidiana, también la multitud que se congregaba en la arena podía presenciar espectáculos extraños, espectaculares y, a menudo, sangrientos, y sumergirse e incluso perderse en la emoción en apariencia incontrolable de la arena. Cualidades como el valor, el miedo, la destreza técnica, la fama, el pasado revivido y, por supuesto, la vida y la muerte en sí mismas, cautivaban al público como ningún otro entretenimiento. Sin duda, uno de los grandes atractivos de los combates de gladiadores, al igual que en el deporte profesional moderno, era la posibilidad de que se produjeran sorpresas y de que los más desfavorecidos se alzaran con la victoria.

Las primeras contiendas de gladiadores (munera) se remontan al siglo IV a.C. en los alrededores de Paestum, en el sur de Italia, mientras que las primeras celebradas en la propia Roma se sitúan tradicionalmente en el año 264 a.C., organizadas en honor al funeral de un tal Lucio Junio Bruto Pera. Con el tiempo, las arenas se extendieron por todo el imperio, desde Antioquía hasta la Galia, a medida que los gobernantes se mostraban cada vez más dispuestos a hacer alarde de su riqueza y a preocuparse por el entretenimiento del público. En Roma, los magistrados de la ciudad tenían que organizar un espectáculo de gladiadores como condición para acceder al cargo, y las ciudades de todo el imperio se ofrecían a acoger combates locales para mostrar su solidaridad con las costumbres de Roma y celebrar acontecimientos destacados, como una visita imperial o el cumpleaños de un emperador.

Había gladiadores esclavos, así como libertos y profesionales, y para ocasiones muy especiales, incluso gladiadoras.

En el siglo I a.C. se fundaron escuelas para formar a gladiadores profesionales, especialmente en Capua (70 a.C.), y los anfiteatros también se convirtieron en estructuras más permanentes e imponentes, construidas en piedra. Los espectáculos se hicieron tan populares y grandiosos que se impusieron límites al número de parejas de luchadores que podían participar en cada evento y a la cantidad de dinero que se permitía invertir en ellos. Debido a este gasto y al riesgo adicional de multas por contratar a un gladiador y no devolverlo en buen estado, muchos combates de gladiadores pasaron a ser menos letales para los participantes; esta estrategia también sirvió para añadir más dramatismo a los eventos de ejecución pública, en los que la muerte era una certeza.

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Había gladiadores esclavos, así como libertos y profesionales, y, en ocasiones muy especiales, incluso gladiadoras que luchaban entre sí. Algunos gladiadores se convertían en héroes y en favoritos del público, especialmente los campeones o «primus palus»; algunos incluso tenían sus propios clubes de fans. Al parecer, los gladiadores también se consideraban una buena inversión financiera, ya que incluso figuras tan famosas como Julio César y Cicerón poseían un número considerable de ellos, que alquilaban a quienes deseaban patrocinar juegos de gladiadores.

Algunos escritores de la élite, como Plutarco y Dion Crisóstomo, protestaron alegando que las contiendas de gladiadores eran impropias y contrarias a los ideales culturales «clásicos». Incluso algunos emperadores mostraron escaso entusiasmo por la arena; el caso más famoso es el de Marco Aurelio, que se llevaba el trabajo a los eventos. Sin embargo, independientemente de sus gustos personales, los espectáculos eran demasiado populares como para ponerles fin, y no fue hasta épocas posteriores cuando las luchas de gladiadores entraron en declive bajo los emperadores cristianos y el nuevo Imperio de mentalidad cristiana. El año 404 d.C. marcó el fin de estos combates.

Panther, Roman Mosaic
Pantera, mosaico romano Mark Cartwright (CC BY-NC-SA)

Cacerías de animales salvajes

Además de los combates de gladiadores, las arenas romanas también acogían espectáculos con animales exóticos (venationes) capturados en lugares remotos del imperio. Se podía obligar a los animales a luchar entre sí o contra personas. A menudo encadenaban a los animales entre sí, normalmente en parejas formadas por un carnívoro y un herbívoro, y los domadores (bestiarii) los incitaban a luchar entre ellos. Algunos animales adquirieron nombres y alcanzaron la fama por méritos propios. Entre los «cazadores» (venatores) célebres se encontraban los emperadores Cómodo y Caracalla, aunque el riesgo para su vida era sin duda mínimo. El hecho de que animales como panteras, leones, rinocerontes, hipopótamos y jirafas nunca se hubieran visto antes no hacía sino aumentar el prestigio de los organizadores de estos espectáculos de otro mundo.

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Triunfos, procesiones y batallas navales

Los triunfos celebraban las victorias militares y solían consistir en un desfile por Roma que comenzaba en la Puerta Triunfal y, tras un recorrido sinuoso, terminaba en el templo de Júpiter Óptimo Máximo, en el Capitolio. El general victorioso y un selecto grupo de sus tropas iban acompañados de abanderados, trompetistas, antorcheros, músicos y todos los magistrados y senadores. El general o emperador, ataviado como Júpiter, iba en un carro tirado por cuatro caballos, acompañado por un esclavo que sostenía sobre la cabeza de su amo una corona de laurel de la victoria y le susurraba al oído que no se dejara llevar por el entusiasmo y que no permitiera que su orgullo lo llevara a caer. Durante la procesión se exhibían cautivos, botines y la flora y fauna del territorio conquistado, y todo concluía con la ejecución del líder enemigo capturado. Uno de los más fastuosos fue el triunfo para celebrar la victoria de Vespasiano y Tito sobre Judea, en el que se exhibieron los botines de Jerusalén y todo el acontecimiento quedó conmemorado en el Arco del Triunfo de Tito, que aún se conserva en el Foro Romano. Aunque con el tiempo los emperadores reclamarían el monopolio de este evento, Orosio nos informa de que, en la época de Vespasiano, Roma ya había sido testigo de 320 triunfos.

Los triunfos y las procesiones de menor importancia, como la ovatio, solían ir acompañados de espectáculos de gladiadores, eventos deportivos y representaciones teatrales, y con frecuencia también de ambiciosos proyectos de construcción. Julio César conmemoró la guerra de Alejandría organizando una enorme batalla naval simulada (naumachiae) entre naves egipcias y fenicias, cuya acción tuvo lugar en una enorme cuenca construida expresamente para tal fin. De hecho, Augusto organizó una batalla simulada en el mar para celebrar la victoria sobre Marco Antonio y otra gran batalla escenificada en otra piscina artificial para recrear la famosa batalla naval griega de Salamina. Nerón fue aún más lejos e inundó todo un anfiteatro para celebrar su espectáculo de batalla naval. Estos eventos se hicieron tan populares que emperadores como Tito y Domiciano ya no necesitaban la excusa de una victoria militar para impresionar al público con batallas navales épicas de temática mitológica. Las maniobras y la coreografía de estos eventos eran inventadas, pero los combates eran reales, por lo que los condenados a muerte y los prisioneros de guerra daban sus vidas para lograr el máximo realismo.

Tragedy Theatre Mask
Máscara teatral trágica John Ward (CC BY-NC-ND)

Teatro

Se representaban obras dramáticas, recreaciones históricas, recitales, mimo, pantomima, tragedias y comedias (especialmente las obras de la tragedia y la comedia griegas clásicas) en teatros construidos expresamente para tal fin, algunos de los cuales, como el de Pompeyo en Roma, podían presumir de un aforo de 10.000 espectadores. También se representaban las escenas más famosas de las obras clásicas y, en general, el teatro romano les debía mucho a las convenciones establecidas por la tragedia y la comedia griegas anteriores. Entre las aportaciones más destacadas del teatro romano al formato establecido se contaban el uso de un mayor número de actores con diálogo y una escenografía mucho más elaborada. El teatro gozó de gran popularidad a lo largo de todo el periodo romano y los ricos patrocinaban las producciones por las mismas razones por las que patrocinaban otros espectáculos. El formato teatral más popular era la pantomima, en la que el actor actuaba y bailaba con un acompañamiento musical sencillo, inspirado en el teatro clásico o con material totalmente nuevo. Estos intérpretes en solitario, entre los que también había mujeres, se convirtieron en superestrellas del teatro. De hecho, en cierto sentido, grandes intérpretes como Batilo, Pílades y Apolausto alcanzaron la inmortalidad, ya que sucesivas generaciones de actores adoptarían sus nombres.

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Ejecuciones públicas

La ejecución de los criminales podía llevarse a cabo soltando animales salvajes contra los condenados (damnatio ad bestias) o haciéndolos luchar contra gladiadores bien armados y bien entrenados, o incluso unos contra otros. Otros métodos más teatrales incluían la quema en la hoguera o la crucifixión, a menudo con el prisionero disfrazado de un personaje de la mitología romana. El delito del condenado se anunciaba antes de la ejecución y, en cierto sentido, la multitud se convertía en parte activa de la sentencia. De hecho, incluso podía llegar a cancelarse una ejecución si la multitud lo exigía.

Conclusión

La falta de interés de la élite intelectual por los espectáculos ha dado lugar a que haya pocas referencias literarias sistemáticas a los mismos, y su actitud desdeñosa queda resumida en el comentario de Plinio sobre la popularidad de las carreras de carros en el circo: «¡Cuánta popularidad e influencia tiene una túnica sin valor!». Sin embargo, la miríada de referencias secundarias a los espectáculos en la literatura romana y las pruebas que han sobrevivido, como la arquitectura y las representaciones artísticas, dan testimonio de la popularidad y la longevidad de los eventos mencionados anteriormente.

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A los ojos de hoy en día, los espectáculos sangrientos organizados por los romanos pueden provocar a menudo repulsión y asco, pero tal vez deberíamos considerar que los acontecimientos en ocasiones impactantes de los espectáculos públicos romanos eran una forma de evasión más que una representación de las normas sociales o un barómetro del comportamiento aceptado en el mundo romano. Al fin y al cabo, cabe preguntarse qué tipo de sociedad podría imaginarse un visitante del mundo moderno al limitarse a examinar los mundos irreales y a menudo violentos del cine y los videojuegos. Quizás ese mundo tan diferente y sorprendente de los espectáculos romanos contribuyera en la práctica a reforzar las normas sociales, en lugar de actuar como una subversión de las mismas.

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Bibliografía

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Estilo APA

Cartwright, M. (2026, agosto 21). Juegos, carreras de carros y espectáculos romanos. (R. Baranda, Traductor). World History Encyclopedia. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-635/juegos-carreras-de-carros-y-espectaculos-romanos/

Estilo Chicago

Cartwright, Mark. "Juegos, carreras de carros y espectáculos romanos." Traducido por Rosa Baranda. World History Encyclopedia, agosto 21, 2026. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-635/juegos-carreras-de-carros-y-espectaculos-romanos/.

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Cartwright, Mark. "Juegos, carreras de carros y espectáculos romanos." Traducido por Rosa Baranda. World History Encyclopedia, 21 ago 2026, https://www.worldhistory.org/trans/es/2-635/juegos-carreras-de-carros-y-espectaculos-romanos/.

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