La batalla del Eurimedonte (en torno a 466 a.C., también conocida como la batalla del río Eurimedonte) fue un enfrentamiento militar entre los griegos de la Liga de Delos y las fuerzas del Imperio aqueménida hacia el final del reinado de Jerjes I (que reinó de 486-465 a.C.). La batalla tuvo lugar en la desembocadura del río Eurimedonte, en Asia Menor (el actual río Koprucay, en la provincia de Antalya, Turquía), y consistió tanto en un enfrentamiento naval como terrestre. Las fuerzas griegas, dirigidas por Cimón de Atenas (en torno a 510-450 a.C.), obtuvieron una victoria decisiva sobre los persas.
La segunda invasión persa de Grecia había sido repelida en 479 a.C. y, a raíz de ello, las ciudades-Estado griegas jónicas de Asia Menor habían asegurado su autonomía, resistiéndose al dominio persa. Cimón navegó hacia la región para fomentar una mayor resistencia, y los persas respondieron reuniendo una flota que actuaría conjuntamente con sus fuerzas terrestres para derrotar a Cimón y someter estas ciudades, las que posteriormente podrían utilizarse como base para lanzar una tercera invasión de Grecia.
La victoria de Cimón en el Eurimedonte acabó con cualquier esperanza de llevar a cabo una acción de este tipo y desmoralizó al monarca y al ejército persas. El hijo y sucesor de Jerjes I, Artajerjes I (que reinó de 465-424 a.C.), recurriría a métodos menos evidentes para atacar a las ciudades-Estado griegas, en particular intensificando las tensiones entre Atenas y Esparta, lo que conduciría a las guerras del Peloponeso (460-446 y 431-404 a.C.) y, finalmente, a la derrota de Atenas a manos de los espartanos.
Fecha y fuentes
Aunque la batalla suele situarse en torno a 466 a.C., también se sitúa en el 469 a.C. o en el 468 a.C. Los especialistas no se ponen de acuerdo sobre cuándo ocurrió exactamente, ya que la historia de todo este período, conocido como la Pentecontaetia («período de los cincuenta años»), está escasamente documentada en las fuentes primarias. La Pentecontaetia suele interpretarse erróneamente como «cincuenta años de paz», cuando no fue así. Durante este tiempo se libraron numerosas batallas entre las ciudades-Estado griegas, aunque, en general, fue un período de crecimiento y desarrollo, especialmente para Atenas y Esparta.
La fecha en torno a 466 a.C. parece la más plausible a la luz de otros acontecimientos, cuyas fechas se conocen, y que coinciden en esta cronología.
El período se entiende mejor como el lapso comprendido entre la derrota de la segunda invasión persa de Grecia en 479 a.C. y el estallido de la segunda guerra del Peloponeso en 431 a.C. Los historiadores de la época, como Tucídides, a menudo no proporcionan una cronología precisa ni detalles sobre el desarrollo de los acontecimientos en sus relatos, como si dieran por hecho que su público ya dispondría de esta información.
Las fuentes primarias sobre la batalla son Tucídides (en torno a 460-400 a.C.), Diodoro Sículo (en torno a 90-30 a.C.) y Plutarco (en torno a 45-125 d.C.), de los cuales se considera a Tucídides y Plutarco los más confiables (Tucídides porque escribió poco después de los hechos y Plutarco por las fuentes de las que disponía). Aun así, como se ha señalado, ninguno de los dos fue riguroso con la cronología de la época, por lo que cualquiera de las fechas mencionadas para la batalla podría ser correcta. Sin embargo, la fecha en torno a 466 a.C. parece la más plausible a la luz de otros acontecimientos, cuyas fechas se conocen, y que coinciden con esta cronología.
El Imperio persa aqueménida fue fundado por Ciro II (el Grande, que reinó en torno a 550 y 530 a.C.) en torno a 550 a.C. y, en la época del rey Darío I (el Grande, que reinó de 522-486 a.C.), controlaba territorios que se extendían desde la frontera con la India, al este, hasta Asia Menor, al oeste, pasando por Mesopotamia y llegando hasta Egipto. Varias ciudades-Estado griegas se habían fundado a lo largo de la costa de Asia Menor antes de la conquista de Ciro II y se encontraban ahora bajo control persa.
En el año 499 a.C., estas ciudades-Estado se rebelaron contra el dominio persa y recibieron el apoyo de Atenas y Eretria. La revuelta tardó cinco años en ser reprimida y, posteriormente, Darío I comenzó los preparativos para castigar a Atenas y Eretria por su injerencia y, asimismo, expandir su Imperio mediante la conquista de Grecia. Lanzó su invasión en el 490 a.C. y saqueó Eretria, pero fue derrotado en la batalla de Maratón ese mismo año por los atenienses y se retiró. Su hijo, Jerjes I, lanzó entonces la segunda invasión para vengar la derrota de su padre en el año 480 a.C. y castigar a Atenas, pero también fue derrotado. Jerjes I consiguió incendiar Atenas, pero no derrotó a los atenienses ni los sometió, tal como él y su padre tenían la esperanza de hacerlo.
En respuesta a la agresión persa, los atenienses formaron la Liga de Delos en el año 478 a.C. Se trataba de una alianza de ciudades-Estado griegas que se unieron para ayudar a liberar a los griegos del dominio persa y defenderse de futuras invasiones. La Liga tomó su nombre de la isla de Delos —considerada un lugar sagrado que no pertenecía a ninguno de los miembros—, donde se guardaba el tesoro de la Liga y todos acordaron ser liderados por Atenas, considerada la ciudad-Estado más eficaz a la hora de repeler las dos invasiones de las guerras médicas.
Atenas había creado la mayor flota de Grecia y, bajo la dirección del estadista Pericles (495-429 a.C.), había reconstruido la ciudad, incluida la acrópolis con su Partenón. Atenas se consideraba claramente a sí misma como la líder de los griegos, cuya ciudad debía plasmar su elevado estatus mediante grandiosos proyectos de construcción, así como nuevas murallas que la rodeasen. Estas actividades no fueron bien vistas por los espartanos, que ya estaban cansados de la arrogancia ateniense, y cuanto más crecía Atenas, mayores eran las tensiones entre las dos ciudades-Estado.
Con su poderosa flota, Atenas y la Liga de Delos pudieron eliminar sin problemas la piratería de los alrededores y, además, proporcionar ayuda y apoyo a las ciudades griegas situadas a lo largo de la costa de Asia Menor. Los barcos de la Liga también transportaban regularmente tropas a diversos territorios controlados por los persas para liberarlos, mientras que al tiempo llenaban sus arcas con las riquezas obtenidas de esos lugares o recibidas como obsequios. Estas acciones beneficiaron principalmente a Atenas, lo que alarmó aún más a Esparta. Aunque la Liga estaba supervisada principalmente por Pericles, las operaciones las llevaba a cabo el general Cimón.
Respuesta persa
Previo a su derrota en el año 480 a.C., los persas habrían organizado algún tipo de respuesta militar a las actividades de la Liga de Delos, pero Jerjes I había quedado completamente desmoralizado por el suceso. Los historiadores han señalado a menudo que, para los griegos, las victorias en Maratón, Salamina y Platea tuvieron una importancia épica, mientras que, para los persas, se consideraban pequeños contratiempos en el camino hacia un objetivo que, en última instancia, era alcanzable. Si bien puede haber algo de verdad en esto en general, ciertamente no se aplica a Jerjes I, cuyo carácter y reinado se desintegraron tras su derrota. Pasó más tiempo en su harén de Persépolis que ocupándose de los asuntos de Estado y, por lo demás, solo le interesaba completar sus proyectos de construcción. Fuera lo que fuese que Atenas estuviera haciendo, parecía que no podía importarle en absoluto a Jerjes I, pero, si llegó a enterarse de su resurgimiento —como probablemente ocurrió—, lo más probable es que esto contribuyera a su abatimiento.
Jerjes reaccionó cuando Cimón comenzó a emprender operaciones dirigidas directamente contra las ciudades-Estado de Asia Menor. Cimón llevó 200 naves al otro lado del mar y desembarcó en Caria en algún momento entre 467-466 a.C., desde donde intentó ayudar a las ciudades que habían declarado su autonomía y se habían unido a la Liga de Delos, y obligar a otras, que aún permanecían leales a Persia, a rebelarse y liberarse. Sin embargo, varias de estas ciudades-Estado no tenían intención de abandonar el Imperio persa, pues reconocían que disfrutaban de un nivel de derechos civiles, prosperidad y seguridad que ninguna ciudad-Estado de la Grecia continental podía ofrecer.
Jerjes I, alertado de la acción de Cimón, recuperó por fin la cordura y ordenó los preparativos para reunir una gran fuerza para hacer frente a la agresión griega. Puso al general Ariomandes al mando de la operación total, con Ferendates a cargo de las tropas terrestres y a Tithraustes, hijo de Jerjes I, a cargo de la flota de más de 200 naves. Este ejército se reunió cerca del Eurimedonte con el plan de que las fuerzas terrestres marcharan por la costa, sometiendo a los estados rebeldes, con el apoyo de la flota, que neutralizaría a Cimón. Una vez que las ciudades-Estado estuvieran de nuevo firmemente bajo control persa y Cimón derrotado, Asia Menor habría servido de base ideal para lanzar una tercera invasión de Grecia.
La batalla
Las fuerzas persas se habían reunido y esperaban que se les unieran 80 barcos fenicios cuando Cimón recibió noticias de su ubicación. Inmediatamente interrumpió sus operaciones para enfrentarse a ellos. La flota persa, que no quería iniciar la batalla antes de que llegaran los barcos fenicios, entró en la desembocadura del río Eurimedonte, pensando que Cimón no los seguiría.
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Sin embargo, Cimón se dispuso a atacar y Ariomandes, consciente de que sus naves podrían maniobrar con mayor facilidad en un espacio más amplio, salió del río para dar batalla en mar abierto. Mientras tanto, ordenó a sus tropas terrestres que se alejaran de la costa para proteger el campamento y los suministros. Cimón atacó y rompió la línea persa. Ariomandes ordenó la retirada hacia el río, donde varó las naves en la orilla y las tripulaciones se unieron a las fuerzas terrestres para formar una posición defensiva.
La flota griega les siguió, y Cimón ordenó que sus naves también encallaran, y que sus tripulaciones desembarcaran. Luego, envió a sus hoplitas, protegidos con fuertes armaduras, a romper las líneas persas. Los persas resistieron al principio, pero luego se desmoronaron y Cimón envió a sus reservas, que dispersaron a las fuerzas persas. Los griegos los persiguieron tierra adentro, donde capturaron su campamento con todos sus suministros, y a los comandantes persas no les quedó más remedio que rendirse.
Esta es la versión de la batalla que ofrecen Tucídides y Plutarco. Diodoro Sículo ofrece un relato diferente con detalles más pintorescos:
Y cuando Cimón se enteró de que la flota persa se encontraba frente a las costas de Chipre, navegando contra los bárbaros, se enfrentó a ellos en batalla, haciendo frente a doscientos cincuenta barcos contra trescientos cuarenta. Se libró una encarnizada lucha y ambas flotas combatieron magistralmente, pero al final los atenienses salieron victoriosos, tras haber destruido muchas de las naves enemigas y capturado más de cien junto con sus tripulaciones. El resto de las naves escapó a Chipre, donde sus tripulaciones las abandonaron y se refugiaron en tierra, y las naves, al quedar desprovistas de defensores, cayeron en manos del enemigo.
Acto seguido, Cimón, no satisfecho con una victoria de tal magnitud, zarpó de inmediato con toda su flota contra el ejército terrestre persa, que por entonces acampaba a orillas del río Eurimedonte. Y, deseando vencer a los bárbaros mediante una astuta estrategia, tripuló los barcos persas capturados con sus mejores hombres, colocándoles tiaras en la cabeza y vistiéndolos al estilo persa en general.
Los bárbaros, tan pronto como la flota se acercó a ellos, fueron engañados por los barcos y el atuendo persas y supusieron que las trirremes eran suyas. En consecuencia, recibieron a los atenienses como si fueran amigos. Y Cimón, al caer la noche, desembarcó a sus soldados y, tras ser recibido por los persas como un amigo, se abalanzó sobre su campamento. Se produjo un gran tumulto entre los persas, y los soldados de Cimón abatieron a todos los que se interponían en su camino; además, al capturar en su tienda a Feredates —uno de los dos generales de los bárbaros y sobrino del rey—, lo mataron; en cuanto al resto de los persas, a unos los mataron y a otros los hirieron, y a todos ellos, debido a lo inesperado del ataque, los obligaron a huir.
En resumen, reinaba tal consternación y desconcierto entre los persas que la mayoría de ellos ni siquiera sabía quiénes eran los que los atacaban. Pues no tenían idea de que los griegos habían ido contra ellos con una fuerza, convencidos de que no contaban con ningún ejército terrestre; y supusieron que quienes habían venido a atacarlos eran los pisidios, que habitaban en un territorio vecino y eran hostiles a ellos.
En consecuencia, al pensar que el ataque del enemigo procedía del continente, huyeron hacia sus barcos creyendo que se encontraban junto a sus aliados. Y como era una noche oscura y sin luna, su confusión se acentuó aún más y ningun hombre fue capaz de discernir la verdadera situación. Por consiguiente, tras producirse una gran matanza a causa del desorden entre los bárbaros, Cimón —que previamente había dado órdenes a los soldados de que corrieran hacia la antorcha que se levantaría— hizo que se diera la señal junto a las naves, con el temor de que, si los soldados se dispersaban y se dedicaban al saqueo, se produjera algún contratiempo en sus planes.
Y cuando todos los soldados se hubieron reunido junto a la antorcha y dejaron de saquear, erigieron por el momento un trofeo y luego zarparon de regreso a Chipre, tras haber obtenido dos gloriosas victorias, una en tierra y otra en el mar; pues hasta el día de hoy la historia no ha registrado la ocurrencia de acciones tan inusuales e importantes en un mismo día por parte de un ejército que luchó tanto en el mar como en tierra. (XI.60.6-7, 61.1-7)
Diodoro no cita ninguna fuente para este relato de la batalla, y no aparece en ningún otro lugar salvo en obras posteriores que citan el suyo. Se ha señalado que el tono y los detalles de la versión de Diodoro son típicos de los mitos culturales y nacionalistas, por lo que su relato suele desestimarse. Sin embargo, dado que los historiadores reconocen la escasa documentación de este periodo, es posible que Diodoro se basara en una fuente a la que los demás no tenían acceso y que su relato pueda contener, de hecho, algunos elementos verídicos.
Conclusión
Las tres narraciones dejan claro que la batalla supuso una victoria decisiva para Cimón; las fuerzas persas no pudieron reagruparse ni contraatacar en ningún momento posterior. No está claro qué ocurrió exactamente tras la batalla. Cimón había obtenido una victoria impresionante, pero no hay registro de que aprovechara su ventaja ni de lo que sucedió con el ejército persa derrotado.
Atenas se encontraba en aquel momento inmersa en la primera guerra del Peloponeso contra Corinto, por lo que es comprensible que los atenienses no quisieran dividir sus fuerzas ni pasar más tiempo de lo necesario en Asia Menor; sin embargo, ya lo habían hecho con la expedición inicial de Cimón y volverían a hacerlo entre los años 460 y 454 a.C. al prestar apoyo militar a una revuelta egipcia contra el dominio persa.
Quizá la razón más sencilla por la que Cimón no aprovechó su ventaja es que no tenía necesidad de hacerlo. Había acudido a Asia Menor para ayudar a los griegos jónicos y ahora ya estaba en condiciones de liberar cualquier ciudad que quisiera a lo largo de la costa de Asia Menor, desde Caria en adelante, sin tener que preocuparse por ninguna oposición persa. El especialista A. T. Olmstead resume así el resultado de la derrota persa:
Eurimedonte fue decisiva… Europa se había perdido para el Imperio [persa]; y ahora un gran número de griegos asiáticos, junto con muchos carianos y licios, se habían alistado en la Liga de Delos, en rápida expansión. (268)
No habría una tercera invasión de Grecia y Jerjes I fue asesinado al año siguiente; no, como afirma la leyenda, por nada que tuviera que ver con Eurimedonte, sino a manos de su funcionario de la corte y guardaespaldas Artabano, que quería establecer su propia dinastía. Artabano fue rápidamente ejecutado por Artajerjes I, quien, al enterarse de que la guerra persa contra los griegos no había acabado bien, decidió actuar de otra manera.
Se ganó el favor de los espartanos y los atenienses con enormes sumas de oro, prometiendo ayuda a Atenas mientras financiaba en secreto el refuerzo militar de Esparta. Las tensiones entre las dos ciudades-Estado estallaron en la primera guerra del Peloponeso (460-446 a.C.), que se libró principalmente entre Atenas y Corinto (aliada de Esparta) y terminó en empate. Sin embargo, en la segunda guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), Atenas y Esparta se enfrentaron directamente, con Esparta apoyada y financiada por los persas. Cuando la guerra terminó, Atenas quedó en ruinas y, aunque no vivió para verlo, Artajerjes I había logrado finalmente lo que ni su padre ni su abuelo habían podido conseguir.
Egresado de Traducción e Interpretación Profesional Inglés–Español por The American School of Translators and Interpreters (EATRI). Posee un diplomado Bridge IDELT de Bridge Education Group y se especializa en traducción académica e histórica.
Joshua J. Mark es cofundador y director de contenidos de World History Encyclopedia. Anteriormente, se desempeñaba como profesor en el Colegio Marista de Nueva York, donde enseñó historia, filosofía, literatura y escritura. Ha viajado extensamente y vivió en Grecia y en Alemania.
Escrito por Joshua J. Mark, publicado el 03 marzo 2020. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.