Temístocles (en torno a 524 - alrededor de 460 a.C.) fue un estadista y general (strategos) ateniense cuyo énfasis en el poder naval y las habilidades militares resultó decisivo durante las guerras persas, cuya victoria garantizó que Grecia sobreviviera a la mayor amenaza a la que se había enfrentado jamás. Como afirmó el historiador Tucídides en su Historia de la guerra del Peloponeso: «Temístocles era un hombre que mostraba los signos más claros de genialidad; de hecho, en este aspecto merece nuestra admiración de una manera extraordinaria e inigualable» (1.138.3). Brillante estratega y astuto político, quizá ansiaba la gloria y el poder mas de lo que le convenía, pero sin duda Temístocles fue una de las figuras más importantes y pintorescas de la Atenas clásica.
Primeros años
La vida de Temístocles se describe en tres notables fuentes antiguas: Heródoto(en torno a 484 - en torno a 425 a.C.), Tucídides (en torno a 460 - en torno a 399 a.C.) y Plutarco(en torno a 45 d.C. - en torno a 120 d.C.). Las dos primeras son positivas y elogian la inteligencia y el ingenio del general, mientras que Plutarco presenta a un líder talentoso con sed de poder a cualquier precio. Se sabe poco de su juventud, salvo que, algo inusual para quienes ascendían a las altas esferas del poder en la Atenas de la época, Temístocles no procedía de una familia aristocrática, sino de una más humilde de clase media. Además, sabemos que su madre no era ateniense y que su padre era Neocles, de la familia de los Licomidas. Según Plutarco, no era un estudiante especialmente dotado y, en su juventud, dedicaba su tiempo libre a escribir y recitar discursos. Su falta de cualificaciones queda reflejada en la famosa cita del mismo autor:
Siempre que en su vida posterior se encontraba en alguna reunión social culta o elegante y era objeto de burlas por parte de hombres que se consideraban más cultos, solo podía defenderse con cierta arrogancia diciendo que nunca había aprendido a afinar una lira ni a tocar el arpa, pero que sabía cómo tomar las riendas de una ciudad pequeña o insignificante y llevarla a la gloria y la grandeza. (Temístocles, 78)
Plutarco también nos cuenta que tenía dos hijas llamadas Sibarís e Italia y un hijo, a quien Temístocles describió una vez como el hombre más poderoso de Grecia:
Una vez dijo en broma que su hijo, mimado por su madre y, a través de ella, por él mismo, era más poderoso que cualquier hombre de Grecia, «pues los atenienses mandan a los griegos, yo mando a los atenienses, su madre me manda a mí, y él la manda a ella». (Temístocles, 95)
Temístocles y el poder naval ateniense
Nombrado arconte en el 493 a.C. (aunque los historiadores discuten el significado del título en este caso y es posible que no se refiera al cargo administrativo más alto tal y como se entiende habitualmente), se le atribuye el desarrollo del puerto de Atenas, el Pireo, y la construcción de sus fortificaciones, convirtiéndolo en la mayor base naval del mundo griego. Como dice Tucídides, «él [Temístocles] siempre aconsejaba a los atenienses que, si llegaba un día en que se vieran acosados por tierra, bajasen al Pireo y desafiasen al mundo con su flota» (Historia de la Guerra del Peloponeso, 1.93.3).
Este fue, pues, el comienzo de la conversión de Atenas en una potencia naval significativa y duradera en el Mediterráneo antiguo. Aún convencido de que ese era el camino a seguir para la ciudad, Temístocles, una década más tarde, en el 483 a.C., utilizaría la excusa de un conflicto en curso con Egina para hacer presión para que los ingresos excedentes de las minas de plata de Laureion (descubiertas hacia el 503 a.C.) se destinaran a la construcción de buques de guerra; con esto se ampliaría la flota ateniense de 70 a 200 naves y estaría preparada también para una invasión persa. En su apuesta por el poder naval, Temístocles también reivindicó el respaldo divino del oráculo de Apolo en la sagrada Delfos. Recibió la típica proclamación críptica del oráculo que decía que «solo un muro de madera te mantendrá a salvo» y la interpretó en el sentido de que la mejor defensa de Atenas no eran sus murallas de fortificación, sino los barcos de madera.
Las guerras persas
Persia invadió Grecia en el año 490 a.C., pero el ejército de Darío sufrió una famosa derrota en la batalla de Maratón, una batalla terrestre librada por hoplitas armados con espadas y arqueros. La derrota de la poderosa Persia infundió a los griegos una magnífica confianza y la victoria se celebró como ninguna otra, pero, en realidad, no había supuesto más que un pequeño revés para los planes de invasión de Persia porque el sucesor de Darío, Jerjes, volvería a pisar suelo griego con un ejército aún mayor en el año 480 a.C.
Con Temístocles al frente de la jerarquía política, Atenas trató de reforzar su armada y abandonar el tradicional soldado hoplita de la guerra griega.
En el periodo comprendido entre estos dos ataques, Temístocles se aseguró el control político de Atenas, llegando incluso a exiliar a sus grandes rivales, Jantipo en el 484 a.C. y Arístides en el 482 a.C. Con Temístocles al frente de la jerarquía política, Atenas se propuso fortalecer su armada y abandonar prácticamente al tradicional soldado hoplita de la guerra griega. Fuertemente blindado y armado con espada y un enorme escudo, el lento hoplita se trasladó a naves de guerra de rápido desplazamiento: la trirreme con su triple fila de remos. Enfrentarse al enemigo en el mar, embestir a la oposición y rematar la faena con un pequeño equipo de hoplitas sería la estrategia de Temístocles para hacer frente a la mayor amenaza que había sufrido Grecia jamás.
En agosto de 480 a.C., el ejército persa se topó en el paso de montaña de las Termópilas con un pequeño grupo de griegos liderado por el rey espartano Leónidas. Defendieron el paso durante tres días y, al mismo tiempo, los griegos, con el contingente ateniense liderado por Temístocles, lograron contener a los persas en la indecisa batalla naval de Artemision. Tal era la fe de Temístocles en su supremacía naval que ordenó el abandono de Atenas (si es que se le da crédito a una inscripción del siglo III a.C. conocida como el «Decreto de Temístocles», procedente de Trecén). Por su parte, la flota griega combinada se reagrupó en septiembre en Salamina, en el golfo Sarónico, al oeste del Pireo. Esta flota estaba conformada por barcos de unas 30 ciudades-Estado, en particular de Corinto y Egina, y sumaba un total de unos 300 barcos. Temístocles comandaba el contingente ateniense, con mucho el más numeroso de la flota, con quizás 200 barcos. La flota persa, aunque muy exagerada por los escritores antiguos, era probablemente más grande, con alrededor de 500 barcos.
En ese momento, algunos de los estados griegos estaban a favor de abandonar Atenas y el conflicto naval; en su lugar, su propuesta era fortificar el istmo de Corinto. Puede que Temístocles informara entonces a los persas de esta posibilidad. También hizo que los jonios y carios del ejército de Jerjes difundieran mensajes en los que se daba a entender que no se podía confiar en su lealtad en caso de batalla. Estos mensajes contradictorios y los posibles indicios de divisiones en la coalición griega impulsaron a los persas a actuar, de modo que se movieron por la noche y bloquearon el estrecho, impidiendo que la flota griega abandonara su posición. El astuto Temístocles instó a los vacilantes griegos a la acción, replicando a un comandante: «los que se quedan atrás en la línea de salida nunca son coronados con la corona de laurel del vencedor» (Historias, 8.59). Tendría su enfrentamiento naval y lo tendría exactamente donde quería: Salamina.
Al amanecer comenzó la batalla. Los griegos se mantuvieron a la espera y atrajeron a la mayor flota persa hacia el estrecho. Además, Temístocles sabía que a cierta hora del día se levantaría una brisa y un fuerte oleaje, y que los persas no estarían preparados para ello. En medio de la confusión, los persas carecían de maniobrabilidad; su espacio se veía aún más limitado por la llegada de más barcos desde la retaguardia, y sus marineros no tenían costa a la que retirarse tras el hundimiento de su embarcación, a diferencia de los griegos. Derrotando a los barcos persas uno a uno y animados por la certeza de que luchaban por sus vidas y su modo de vida, los griegos salieron victoriosos. Temístocles recibió el trato de un héroe e incluso recibió honores de Esparta, la gran ciudad rival de Atenas.
Jerjes regresó a su hogar en Susa, pero el ejército terrestre persa, ahora al mando de Mardonio, seguía siendo una amenaza significativa, por lo que ambos bandos volvieron a enfrentarse, esta vez en tierra, en Platea, en agosto de 479 a.C. Estas fuerzas estaban al mando de Jantipo y Aristides, de vuelta del exilio, y no se menciona a Temístocles. Sin embargo, una vez más, los griegos, con el mayor ejército de hoplitas jamás visto, ganaron la batalla que finalmente puso fin a las ambiciones de Persia en Grecia.
Temístocles reconstruye Atenas
Las guerras persas trajeron una libertad que permitiría a Grecia un periodo de actividad artística y cultural sin precedentes, que sentaría las bases de la cultura occidental durante milenios. De manera más inmediata, Temístocles refortificó Atenas y el Pireo, y también fundó el cementerio de Kerameikos. Para garantizar que Grecia pudiera resistir cualquier ataque futuro, se formó la Liga de Delos en el año 477 a.C. Se trataba de una federación de ciudades-Estado griegas liderada por Atenas, que más tarde la dominaría por completo, en la que cada miembro aportaba barcos y dinero.
Atenas nunca estuvo en una posición tan fuerte, pero la carrera de Temístocles, por desgracia, se encaminaba hacia una caída en picado. Tras ser acusado de soborno, sacrilegio y una sospechosa asociación con el traidor espartano Pausanias, lo exiliaron de la ciudad desde el 476 hasta el 471 a.C. La sombra de Temístocles permaneció, al menos en las artes, ya que fue en el 472 a.C. cuando el gran dramaturgo Esquilo estrenó su obra Los persas, que describía las secuelas de la gran victoria de Temístocles y Atenas en Salamina.
Irónicamente, y tras una breve estancia en Argos y luego en Córcira (Corfú), Temístocles huyó de Grecia en un barco mercante y fue acogido en Persia por Artajerjes I. Fue nombrado gobernador de Magnesia, en Jonia, donde se acuñaron monedas con su nombre. Como es comprensible, los atenienses consideraron esto una traición y declararon oficialmente a Temístocles traidor, lo condenaron a muerte y le confiscaron todos sus bienes. No fue una decisión acertada para Temístocles, ya que murió en Magnesia poco después, entre rumores que sugerían que lo habían envenenado o incluso que se había suicidado; lo más probable es que muriera de enfermedad. Tucídides afirmó que sus restos fueron devueltos en secreto a Atenas, pero el hecho de que su hijo continuara su reinado en Magnesia y que se construyera una tumba para el gran ateniense hace pensar que no es demasiado probable.
Traductora de inglés y francés a español. Muy interesada en la historia, especialmente en la antigua Grecia y Egipto. Actualmente trabaja escribiendo subtítulos para clases en línea y traduciendo textos de historia y filosofía, entre otras cosas.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 03 marzo 2016. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.