La batalla de Valmy

Definición

Harrison W. Mark
por , traducido por Recaredo Castillo
publicado en
Disponible en otros idiomas: Inglés, Francés
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Battle of Valmy (by Horace Vernet, Public Domain)
Batalla de Valmy
Horace Vernet (Public Domain)

La Batalla de Valmy fue una impresionante victoria francesa sobre un ejército de coalición liderado por Prusia, el 20 de septiembre de 1792, durante las Guerras revolucionarias francesas (1792-1802). Aunque la batalla fue poco más que una escaramuza, detuvo la invasión de la coalición, permitió el establecimiento de la Primera República Francesa y aseguró la continuación de la Revolución francesa (1789-1799).

La batalla en sí se libró principalmente como un duelo de artillería y a menudo se la conoce como el Cañoneo de Valmy; en el transcurso de un solo día, se dispararon más de 20.000 cañonazos. Aunque Valmy fue un encuentro menor en comparación con las grandes batallas, su importancia no puede subestimarse. La victoria alentó a la Convención Nacional Francesa a abolir la monarquía y declarar la república al día siguiente de la batalla. Además, dio inicio a la serie de acontecimientos que definieron las eras revolucionaria y napoleónica y que serían además la causa de numerosos efectos secundarios. Por esto, muchos historiadores la consideran como una de las batallas más importantes de todos los tiempos. Como escribió el propio Charles de Gaulle en 1932, "¿Cómo podemos entender Grecia sin Salamina, Roma sin las legiones... o nuestra propia Revolución sin Valmy?" (Blanning, 79).

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Cruzados y tiranos

La Primera Coalición (1792-1797), la primera de las Guerras revolucionarias francesas, comenzó el 20 de abril de 1792, cuando la Asamblea Legislativa francesa declaró la guerra al "rey de Hungría y Bohemia", a saber, el joven monarca Habsburgo Francisco II. La declaración francesa estuvo motivada por una mezcla de patriotismo idealista, temores paranoicos a las conspiraciones y los deseos de desenmascarar a los enemigos de la Revolución tanto en el país como en el extranjero. Sería una victoria rápida y fácil, al menos según la agresiva retórica de la facción política girondina dirigida por Jacques-Pierre Brissot (1754-1793). Los girondinos creían que los ejércitos de los liberados ciudadanos-soldados de Francia barrerían sin esfuerzo a los ejércitos esclavizados de la Europa despótica. Después de todo, según Brissot, la guerra se trataba de algo más que defender a Francia; se trataba de hacer llegar los principios ilustrados de la Revolución francesa a los pueblos oprimidos de todo el mundo.

Brissot convenció a sus compatriotas de que no estaban luchando solo por el futuro de Francia, sino por el futuro de la humanidad.

Predicando una "cruzada universal", Brissot convenció a sus compatriotas de que no luchaban solo por el futuro de Francia, sino por el futuro de la humanidad. Esto puede parecer un idealismo fanático (que bien pudo haber sido), pero también fue la culminación de todo lo que la Revolución había estado construyendo hasta el momento, y una encrucijada en la que parecía que la Revolución, o continuaría y se expandiría, o se extinguiría para siempre. Tomando prestada una idea del politólogo francés Alexis de Tocqueville, es aquí donde la Revolución francesa deja de ser una mera revolución política y adquiere las características de una revolución religiosa, que trasciende fronteras y nacionalidades. Aunque esta no era una guerra santa tradicional, los revolucionarios de hecho deseaban difundir una especie de religión; sus dioses eran la Razón y la Libertad, sus profetas Voltaire y Rousseau. Pero había una cosa con la que Brissot y sus amigos girondinos no habían contado, un aspecto que Maximilien Robespierre había observado con seriedad: a nadie les gustan los misioneros armados.

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Al final resultó que los girondinos estaban equivocados acerca de una victoria rápida; los primeros meses de guerra vieron una serie de desastres militares franceses. Varios regimientos franceses remanentes del ejército realista se pasaron a los austriacos, lo que privó a Francia de los soldados profesionales que tanto necesitaba. Luego, a fines de abril, toda una fuerza francesa fue derrotada en una escaramuza con los austriacos. Los franceses se retiraron a la ciudad de Lille y asesinaron a su oficial al mando, el general Théobald Dillon, para después mutilar su cadáver. El asesinato de Dillon, combinado con la dirección extremista y caótica que estaba tomando la Revolución, provocó la renuncia de generales experimentados como el conde de Rochambeau y Gilbert du Motier, marqués de Lafayette, el último de los cuales huyó definitivamente de Francia después de un golpe fallido. Para colmo, Prusia se unió a la guerra del lado de Austria en junio y comenzó a organizar una fuerza de invasión bajo el mando supremo de Charles William Ferdinand, duque de Brunswick.

Murder of General Dillon
Asesinato del general Dillon
Joannes Bemme (Public Domain)

Estas desgracias catastróficas provocaron la histeria en París. Se creía ver en cada sombra a los enemigos contrarrevolucionarios, y los parisinos culparon al rey y a la reina por su traidora indiferencia ante la Revolución y la defensa de la nación. Esto condujo al violento asalto al Palacio de las Tullerías el 10 de agosto, que resultó en un furioso y sangriento combate entre la Guardia Suiza del rey y los rebeldes parisinos que dejó más de 800 muertos. Este ataque a las Tullerías marcó el final efectivo de la monarquía francesa y selló el destino del rey Luis XVI de Francia (que reinó de 1774 a 1793); ya nada podía revertir la marea de la guerra que estaba peligrosamente cerca de ahogar definitivamente a la Revolución.

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Los prusianos se movilizan

Los gobiernos de Austria y Prusia también estaban seguros de que la guerra sería breve. La economía francesa estaba en ruinas, su ejército estaba desabastecido y plagado de deserciones masivas, y sus líderes estaban divididos entre ellos. Con un aire de engañosa confianza, reflejo de la de los girondinos, los aliados estaban convencidos de que el pueblo francés los recibiría como libertadores contra el anárquico régimen revolucionario. "No compren demasiados caballos, caballeros", dijo un oficial prusiano a un grupo de soldados austríacos, "esta comedia no durará mucho. El ejército de los abogados pronto será aplastado y estaremos de regreso en otoño" (Blanning, 64).

Sin embargo, al igual que los franceses, los aliados pagarían el precio de su arrogancia, ya que pronto sufrieron sus propios reveses. La escaramuza que resultó en el asesinato del general Dillon fue seguida por una suspensión de las hostilidades durante meses, tiempo durante el cual los aliados comenzaron a reunir su fuerza de invasión. El plan de los aliados, trazado en una serie de reuniones en Potsdam, consistía en que un ejército prusiano principal de 42.000 hombres marchara desde Luxemburgo y tomara las importantes fortalezas francesas de Longwy y Verdún antes de asegurar los cruces del río Mosa. Allí, debía reunirse con 56.000 austriacos al mando del general Clerfayt que habrían marchado desde Bélgica, y la fuerza combinada descendería luego sobre París. Serían apoyados por un segundo ejército austríaco de 50.000 hombres.

Los problemas surgieron desde el comienzo. Cuando la fuerza de invasión comenzó a reunirse alrededor del bastión de los emigrados en Coblenza, se hizo evidente que los austriacos no estaban preparados para cumplir con su parte del trato. Muy lejos de los casi 100.000 hombres que habían prometido, los austriacos terminaron enviando solo 32.000. Esta diferencia en los números se debió en gran parte a la desconfianza mutua entre las dos potencias alemanas, pero también a que los austriacos confiaban demasiado en la victoria. Otro problema fue la terrible epidemia de disentería que azotó al campamento prusiano, afectando hasta dos tercios de sus efectivos. Llegó a tal punto que los hombres estaban demasiado débiles para llegar a las letrinas, lo que provocó que el campamento se llenara de desechos humanos y de hombres enfermos.

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Por estas razones, el duque de Brunswick dudaba en seguir adelante. Brunswick, de 57 años y cauteloso por naturaleza, se contentaba con esperar hasta la temporada apta para la campaña del próximo año; seguramente los franceses se habrían debilitado aún más para entonces. Pero los emigrados franceses que acompañaban a los invasores no querían esperar por temor a los daños que podía sufrir la familia real. El 25 de julio, los emigrados escribieron un manifiesto advirtiendo a los franceses que no hicieran precisamente eso, amenazando con destruir París por completo si el rey y la reina resultaban heridos. El duque de Brunswick aprobó y emitió este manifiesto, que posteriormente se denominó Manifiesto de Brunswick en su honor.

Portrait of the Duke of Brunswick in the 1790s
Retrato del duque de Brunswick en 1790
Johann Heinrich Schröder (Public Domain)

Sin embargo, este resultó ser un tiro por la culata, al convertirse en uno de los principales desencadenantes del ataque a las Tullerías del 10 de agosto. Aterrorizados, los emigrados presionaron más a Brunswick para que iniciara la invasión, a lo que se unió en su urgencia el rey Federico Guillermo II de Prusia (que reinó de 1786 a 1797). Federico Guillermo, consciente de que aún le faltaba para estar a la altura de su brillante predecesor, el rey Federico II el Grande, deseaba construir su propia reputación militar e insistió en una rápida victoria antes de fin de año. Sin más alternativas, Brunswick condujo a sus 42.000 prusianos a Francia el 19 de agosto, acompañado por el propio rey.

Al principio, el progreso de los prusianos fue realmente rápido. Después de un breve asedio, tomaron la fortaleza de Longwy el 23 de agosto y sitiaron Verdún ocho días después. Verdún, donde los franceses tendrían que desafiar otra invasión alemana más de un siglo después, esta vez ofreció solo una escasa resistencia y cayó el 2 de septiembre después de un asedio de tres días. La noticia de la caída de Verdún provocó una ola de pánico en París, ya que nada se interponía ahora entre los invasores y la capital. En su histeria, bandas de parisinos desatados asesinaron entre 1100 y 1400 prisioneros en las masacres de septiembre, temiendo que pudieran rebelarse. Estas masacres solo intensificaron el sentido de urgencia de los aliados, y Federico Guillermo ordenó a Brunswick que avanzara hacia París.

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Los franceses se movilizan

Con París hundiéndose en la anarquía y habiendo emigrado entre dos tercios y la mitad de los oficiales del ejército de Francia, las cosas no pintaban bien. No quedaba más que hacer que exhortar a los ciudadanos a la acción. En un discurso conmovedor y citado con frecuencia, el ministro de Justicia, Georges Danton, proclamó patrióticamente:

Las campanas que sonarán no serán señales de alarma, sino el toque de carga contra los enemigos de la patria. Para derrotarlos, señores, necesitamos audacia, nuevamente audacia, siempre audacia, ¡y Francia se salvará! (Bell, 130)

Un poco menos inspiradora fue la exigencia de Danton de que aquellos que no cooperaran fueran condenados a muerte. Pero corrían tiempos desesperados. La Asamblea Legislativa autorizó el reclutamiento general de los sans-culottes, o clases bajas patrióticas, y envió batallones de la Guardia Nacional de París al frente. Para llenar el vacío de liderazgo dejado por Rochambeau y Lafayette, la Asamblea puso a Charles-François Dumouriez (1739-1823) al mando del Ejército del Norte. Soldado de carrera, Dumouriez era un girondino que se había desempeñado brevemente como ministro de Relaciones Exteriores y había sido una de las principales voces abogando por la guerra. Con órdenes de detener el avance prusiano y hacer retroceder la guerra hacia Bélgica, Dumouriez partió hacia su nuevo mando.

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El estado de su nuevo ejército no era para nada tranquilizador. Escasos de suministros, muchos soldados franceses carecían de armas y de cartucheras, y algunos vestían poco más que harapos. La disciplina era pésima; la cultura igualitaria fomentada por la Revolución hizo que los nuevos reclutas fueran poco propensos a respetar la estructura del mando. Debido a que la polarización de la Revolución desanimó a los moderados o los realistas de ofrecerse como voluntarios para el servicio, la tropa consistía en gran medida de fanáticos revolucionarios, muchos de los cuales seguían el dogma extremista de los jacobinos. Naturalmente, esto los puso en conflicto con aquellos oficiales aristócratas que aún no habían emigrado. Cualquier oficial que quisiera disciplinar a sus hombres lo pensaría dos veces en vista de lo sucedido al general Dillon. Sobre el tema de la disciplina, el general Biron del Ejército del Rin escribió:

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Los voluntarios de la leva más reciente dan más problemas de lo que valen. Todos los generales a los que deseo asignárselos, más les temen que desean tenerlos. (Blanning, 87)

Con este material es que Dumouriez y sus colegas tenían que trabajar, pero no quedaba tiempo, por lo que no tenía alternativa. En los últimos días de agosto, Dumouriez condujo su ejército de 36.000 hombres al bosque de Argonne, a unos 16 kilómetros al oeste de Verdún, donde tenía la intención de resistir.

La batalla de Valmy

Mientras Dumouriez se hacía fuerte en los bosques de Argonne, Brunswick cruzaba el Mosa. A estas alturas, su número se había reducido a 34.000 hombres debido a la disentería que aún asolaba sus filas. Con aprensión, se acercó a la posición defensiva de Dumouriez y el 12 de septiembre dividió su ejército, flanqueando con éxito a los franceses. Con los flancos de Dumouriez expuestos, todo lo que Brunswick tenía que hacer era atacar. Sin embargo, el general prusiano vaciló, dando tiempo a los franceses para retirarse. Ante la enérgica insistencia de Federico Guillermo II, los prusianos reanudaron su marcha hacia París.

Aunque a primera vista Valmy fue poco más que una escaramuza, sus consecuencias fueron vastas y de largo alcance.

Mientras tanto, Dumouriez se retiró rápidamente a Sainte-Menehould, donde fue reforzado por los 16.000 hombres adicionales del Ejército del Centro, comandado por el general François Christophe Kellermann (1735-1820). Los franceses estaban ahora posicionados detrás del ejército prusiano, mirando hacia el oeste. Brunswick podría haberlos ignorado y continuado hasta París, ya que nada se interponía en su camino. Pero esto habría sido una apuesta arriesgada; con tantos hombres enfermos, sabía que necesitaba mantener abierta una vía de retirada. Era necesario entonces, dar la vuelta y derrotar a los franceses antes de seguir adelante.

Brunswick hizo girar a su ejército a través de la espesa niebla y la persistente llovizna. Alrededor de las 6 de la mañana del 20 de septiembre, la vanguardia prusiana dirigida por el príncipe Hohenlohe fue atacada por la artillería francesa a la que no podía ver en medio de la oscuridad. El ataque venía de las alturas del pequeño pueblo de Valmy, donde un destacamento francés al mando del general Kellermann se había posicionado bajo un viejo molino de viento. Los prusianos trajeron sus propias piezas de artillería, luchando por instalarlas en el lodo y bajo la lluvia. Cuando la niebla se disipó y pudieron ver bien a sus oponentes, los soldados prusianos quedaron consternados por lo que vieron.

Los franceses no solo habían ocupado el terreno elevado, sino que además las tropas que enfrentaban a los prusianos no eran los hombres harapientos y mal preparados que esperaban encontrar. Por el contrario, los soldados de Kellermann eran en su mayoría profesionales bien equipados y bien armados, a diferencia de los voluntarios que componían gran parte del resto de la fuerza de Dumouriez. Además, la artillería había sido la única arma del ejército de Francia que no había sido diezmada por la emigración de los oficiales, lo que significaba que las baterías de Kellermann eran manejadas por profesionales.

Windmill at Valmy
Molino de viento en Valmy
Ketounette (CC BY-SA)

Comenzó un duelo de artillería, mientras los prusianos luchaban por traer al resto de su ejército. Los 54 cañones prusianos hicieron todo lo posible para desalojar a los franceses de su posición, y casi tuvieron éxito en dos ocasiones. La primera vez, Kellermann casi muere cuando una bala de cañón prusiana mató al caballo que montaba. La segunda, los proyectiles prusianos impactaron en un carro de municiones francés, provocando una gran explosión. Las aterrorizadas tropas francesas estaban casi a punto de huir cuando Kellermann, de pie en los estribos de su nuevo caballo, clavó su sombrero en la punta de su espada y gritó: "Vive la Nation!" El grito fue coreado por sus hombres, que recuperaron así su coraje.

A las 2 de la tarde, la mayor parte del ejército prusiano ya se había reunido y Federico Guillermo ordenó un asalto de infantería. Entorpecida por el terreno fangoso, la delgada línea prusiana se movió cuesta arriba, bajo el intenso fuego de los cañones franceses. A medida que se acercaban, los prusianos podían escuchar a los franceses cantando sus canciones revolucionarias Ça Ira y La Marsellesa. Al poco tiempo, Brunswick estimó de que era inútil intentar tomar las alturas y detuvo el ataque. Al anochecer, los prusianos habían sufrido unas 100 bajas, los franceses unas 300. Sin embargo, fueron los franceses quienes mantuvieron el campo.

Tras la batalla

Al amparo de la oscuridad, Kellermann retiró sus tropas a Saint-Menehould, saboteando los caminos para el caso de que los prusianos lo siguieran. Pero no lo hicieron. Al borde del campo de batalla, Brunswick convocó un consejo de guerra en una posada de cuatro habitaciones, exponiendo sus razones para querer retirarse después de concluir que no lucharían allí. El rey Federico Guillermo estuvo de acuerdo. Llegaría el momento de derrotar a los franceses, pero no sería en esa ocasión.

Mientras el alto mando hablaba cómodamente en su posada, las tropas prusianas se reunían alrededor de sus fogatas, tratando de mantenerse secos bajo la lluvia torrencial. Enfermos, con frío y sintiéndose miserables, un grupo de soldados recurrió a Johann Wolfgang von Goethe, el famoso escritor alemán que había acompañado al ejército prusiano por curiosidad. Goethe había entretenido a los soldados con historias y poemas antes, y ahora querían saber qué pensaba él de los acontecimientos del día. Según su propio relato, Goethe les dio su inquietante opinión: "En este lugar y ahora comienza una nueva era en la historia del mundo y todos ustedes podrán decir que estuvieron presentes en su nacimiento" (Schama, 640).

Si Goethe realmente dijo esto, entonces no podría haber estado más en lo correcto. Aunque a primera vista Valmy fue poco más que una escaramuza, sus consecuencias fueron vastas y de largo alcance. La consecuencia más directa fue el término de la invasión aliada; Brunswick cruzó cojeando el Rin, lo que permitió a Dumouriez invadir Bélgica, donde obtuvo una victoria el 6 de noviembre en la batalla de Jemappes. La victoria en Valmy permitió a la continuación de la guerra, con lo que Europa no tendría paz durante los siguientes 23 años.

Charge of the French at Jemappes
Carga de los franceses en Jemappes
Raymond Desvarreux (Public Domain)

La batalla permitió también que la Revolución Francesa sobreviviera, animando a la Convención Nacional a abolir oficialmente la monarquía y declarar la Primera República Francesa al día siguiente. En esencia, la batalla fue la encrucijada que permitió que tuvieran lugar todos los eventos propios de las eras revolucionaria francesa y napoleónica, así como los efectos secundarios que resultaron de estas; si los franceses hubieran perdido en Valmy, muy probablemente no habría habido juicio y ejecución de Luis XVI ni Reinado del Terror, ni Napoleón I ni Batalla de Waterloo. Si bien todo esto es especulación, por supuesto, demuestra que Goethe tenía razón al predecir cuán crucial sería la Batalla de Valmy.

En cuanto a los vencedores de Valmy, Dumouriez pronto se desilusionó tanto de la guerra como de la Revolución misma. Después de derrotarlos en la batalla de Neerwinden, desertó a los austriacos en 1793. Kellermann, por su parte, no solo permaneció leal a los franceses, sino que Napoleón Bonaparte lo nombraría mariscal del imperio y lo ennoblecería como duque de Valmy.

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Preguntas y respuestas

¿Cuál es la importancia de la batalla de Valmy?

La batalla de Valmy fue importante porque salvó a París del ataque por el ejército prusiano invasor, permitió la continuación de la Revolución francesa, llevó directamente a la creación de la Primera República Francesa y la abolición de la monarquía en Francia.

¿Cuándo se libró la batalla de Valmy?

La batalla de Valmy se libró el 20 de septiembre de 1792 entre la Francia revolucionaria y el ejército de coalición liderado por Prusia.

¿Quién ganó la batalla de Valmy?

La batalla de Valmy fue ganada por los ejércitos de la Revolución francesa. Su victoria puede atribuirse a su posesión de las alturas, su artillería profesional y el fervor patriótico; La derrota prusiana puede atribuirse al mal tiempo, la baja moral, y el hecho que gran parte del ejército sufría de disentería.

Sobre el traductor

Recaredo Castillo
Una persona sin preparación académica especial, pero que gusta de la Historia y quiere aportar con la traducción de artículos de la Enciclopedia.

Sobre el autor

Harrison W. Mark
Harrison Mark se graduó de la Universidad Estatal de Nueva York en Oswego, donde estudió historia y ciencias políticas.

Citar esta obra

Estilo APA

Mark, H. W. (2022, octubre 03). La batalla de Valmy [Battle of Valmy]. (R. Castillo, Traductor). World History Encyclopedia. Obtenido de https://www.worldhistory.org/trans/es/1-21082/la-batalla-de-valmy/

Al estilo de Chicago

Mark, Harrison W.. "La batalla de Valmy." Traducido por Recaredo Castillo. World History Encyclopedia. Última modificación octubre 03, 2022. https://www.worldhistory.org/trans/es/1-21082/la-batalla-de-valmy/.

Estilo MLA

Mark, Harrison W.. "La batalla de Valmy." Traducido por Recaredo Castillo. World History Encyclopedia. World History Encyclopedia, 03 oct 2022. Web. 23 may 2024.

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