Las masacres de septiembre se refieren a una serie de asesinatos en masa que tuvieron lugar en las prisiones de París entre el 2 y el 7 de septiembre de 1792, durante la Revolución francesa (1789-99). Durante las masacres, a veces conocidas como el primer Terror, entre 1.100 y 1.400 prisioneros fueron asesinados por pandillas de sans-culottes impulsados por el miedo de que estos se rebelaran y destruyeran París.
Las derrotas militares francesas en los primeros meses de la guerra de la Primera Coalición (1792-97) le habían abierto el camino hacia París al ejército prusiano, que había prometido destruir la ciudad por completo. Las turbas parisinas entraron en pánico y corrieron a las prisiones de la ciudad, donde había monárquicos y sacerdotes refractarios detenidos por cargos contrarrevolucionarios cuestionables. Las turbas decidieron hacer justicia por mano propia y realizaron juicios simulados en los que sentenciaban a los «traidores» y ejecutaban a muchos ahí mismo. Las masacres de septiembre son importantes porque marcaron el inicio de una nueva fase de la Revolución, una en la que el terror y la violencia se consideraban herramientas políticas legítimas. Esto, por supuesto, llevaría directamente a la matanza del Reinado del Terror, que comenzó aproximadamente un año más tarde.
La mañana del 13 de agosto de 1792, el sol salió en una nueva Francia sin rey. Una y otra vez, el rey Luis XVI de Francia se había mostrado ansioso por las nuevas limitaciones impuestas por la constitución, y había mostrado signos de intenciones traicioneras y contrarrevolucionarias. El último intento de los sans-culottes de París, las clases bajas revolucionarias, para conseguir que el rey aceptara la revolución en la Manifestación del 20 de junio de 1792 había fracasado. Cuando regresaron el 10 de agosto, ya no era para convencer al rey de cumplir con las intenciones revolucionarias, sino para deponerlo.
El asalto al Palacio de las Tullerías terminó en una batalla sangrienta entre miles de rebeldes parisinos y los guardias suizos leales al rey; cuando los suizos finalmente cedieron y empezaron a retirarse, la batalla se volvió una masacre. Al final del día, había más de 800 personas muertas, y la ciudad estaba en manos del nuevo gobierno municipal, que se llamaba a sí mismo la Comuna Insurreccional. Por insistencia de esta, se convocó a una Convención Nacional para redactar una nueva constitución. Mientras tanto, se suspendieron los poderes del rey, y este y su familia fueron encarcelados en la fortaleza prisión conocida como el Temple. Pasaría más de un mes antes de que se declarara oficialmente una república, pero a todos los efectos, la monarquía francesa que había perdurado mil años finalmente se había abolido.
La Asamblea Legislativa declaró que la patrie estaba en peligro y abundaban los rumores de los terribles crímenes que estaban cometiendo los prusianos en Francia.
Aunque la monarquía se había terminado efectivamente, no era el caso de los problemas de Francia. Un ejército de prusianos, austríacos y émigrés franceses monárquicos se estaba dirigiendo a París, dispersando la débil resistencia que encontraban. El 25 de julio, el comandante del ejército invasor, el duque de Brunswick, publicó el Manifiesto de Brunswick, en el que prometía destruir París por completo si la familia real francesa sufría algún daño. Ahora, después de que los parisinos hubieran cruzasdo el Rubicón con su ataque a las Tullerías, parecía que Brunswick estaba preparado para cumplir con su amenaza. El 19 de agosto, la fuerza prusiana cruzó la frontera con Francia y, cuatro días después, tomó la fortaleza de Longwy. El 30 de agosto, asedió la fortaleza esencial de Verdun. Si esta caía, el camino a París quedaría totalmente libre a través del valle del Marne.
De forma entendible, París estaba alarmada por el rápido avance de los invasores. Las varias batallas que se habían librado en la primavera anterior les habían dado una falsa sensación de seguridad a muchos, que creían que la guerra se pelearía en los campos de Bélgica. Ahora que estaban en su propio patio, era hora de entrar en pánico. Por segunda vez en un mes, la Asamblea Legislativa declaró que la patrie (la patria) estaba en peligro, y abundaban los rumores de los terribles crímenes que estaban cometiendo los prusianos en su marcha por Francia, como la mutilación de campesinas por deporte y el insensato ataque con bayoneta a los niños. Aunque estas historias no eran más que conjeturas, alimentadas por la paranoia de una invasión militar, obligaron a los parisinos a pensar en el Manifiesto de Brunswick y a imaginarse el terrible destino que les esperaba cuando sus calles se poblaran de banderas prusianas.
Afortunadamente, la ciudad estaba repleta de hombres armados. Decenas de miles de guardias nacionales, ahora bajo el mando del líder sans-culotte Antoine Santerre, así como 20.000 milicianos provinciales conocidos como fédérés, estaban listos para enfrentarlos. En respuesta a la caída de Longwy, Georges Danton, el nuevo ministro de Justicia, pidió que 30.000 voluntarios dejaran la capital y se unieran al ejército. No obstante, aunque la mayoría de los parisinos eran patriotas, se mostraron reacios a dejar la ciudad, ya que temían que la ausencia de hombres armados llevaría a una rebelión contrarrevolucionaria dentro de la propia París. Es más, creían que tal rebelión empezaría en las prisiones, que estaban abarrotadas de monárquicos y sacerdotes considerados hostiles a la patrie.
Los prisioneros de París
Las prisiones de París empezaron a llenarse poco después del asalto a las Tullerías conforme la nueva Comuna Insurreccional impartía justicia a los enemigos de la nación. Los arrestos empezaron con los guardias suizos que de alguna manera habían logrado sobrevivir la masacre frenética de sus camaradas el 10 de agosto. Luego, se llevaron detenidos de sus seminarios e iglesias a los sacerdotes refractarios que no le habían jurado lealtad a Francia. A partir de este momento, los arrestos no hicieron más que intensificarse, ya que la Comuna detenía a los sospechosos de simpatías monárquicas y a los ciudadanos a los que se había escuchado quejarse de las revueltas recientes o que habían expresado su apoyo por el intento de golpe de Estado del general Lafayette.
La Comuna Insurreccional cerró la prensa real y mandó arrestar a sus editores e impresores, e incluso detuvo a los antiguos sirvientes reales y miembros de la corte; el más notable de estos arrestos fue la princesa de Lamballe, amiga íntima y dama de compañía de María Antonieta. Las últimas dos semanas de agosto, la Comuna Insurreccional arrestó a más de mil personas, muchas por cargos endebles. En verdad, fue una redada alimentada por la paranoia de una clase que se volvería demasiado familiar en el posterior Reinado del Terror. Sin embargo, las semejanzas entre agosto de 1792 y el Terror no se limitaron a los arrestos.
El 21 de agosto, se utilizó un dispositivo de ejecución moderno denominado de forma siniestra «la máquina» para decapitar a Louis Collot d'Angremont, el secretario de administración de la Guardia Nacional, acusado de participar en una conspiración monárquica. Este dispositivo, la guillotina, se había introducido a principios de ese año, cuando se utilizó para ejecutar a un asaltante de caminos violento. Entonces, por primera vez, se utilizaría para ejecutar a los supuestos enemigos de la revolución. Para ello, primero se estableció un tribunal especial, que dictaba sentencia en nombre de la Comuna Insurreccional en lugar de la Asamblea Legislativa. Estas sentencias no podían apelarse. Dos contrarrevolucionarios más, un periodista monárquico y uno de los antiguos intendants del rey, también recibieron la guillotina.
La Comuna Insurreccional convirtió a París en algo parecido a un Estado policial. Por orden de Danton, varios grupos de sans-culottes armados visitaron los hogares parisinos en la madrugada del 30 y 31 de agosto. Estas «visitas domiciliarias» aparentemente se realizaban para confiscar armas de fuego personales para uso de la nación; en realidad, los hombres de Danton buscaban sospechosos escondidos o documentos incriminatorios. Miles de parisinos más fueron arrestados, y las prisiones de París se llenaron con sospechosos de traición.
Esta fue la gota que colmó el vaso para la Asamblea Legislativa que, a pesar de ser el organismo legislativo de la nación, había estado a la sombra de la Comuna desde el 10 de agosto. En consecuencia, demandó la disolución inmediata de la Comuna y pidió que se celebraran nuevas elecciones municipales. No obstante, esta demanda enfureció a los sans-culottes, que veían a la Comuna como los verdaderos salvadores de Francia. La Comuna no solo se negó a disolverse, sino que, instigada por Maximilien Robespierre, incluso intentó arrestar a varios miembros de la propia Asamblea. Fue solo gracias a la intervención del propio Danton que se impidió el arresto de los diputados principales de la Asamblea, como Jacques-Pierre Brissot. El acto de benevolencia de Danton hacia sus colegas revolucionarios probablemente les salvó la vida.
El 11 de agosto, el nuevo comandante de la Guardia Nacional, Santerre, recibió una nota de la policía de París en la que le advertían de que «había un plan para invadir las prisiones de París, sacar a todos los prisioneros y someterlos a un juicio sumario» (Davidson, 112). Santerre no hizo nada. Más tarde, el periodista provocador Jean-Paul Marat instó a todos los buenos ciudadanos a «ir a [la prisión de] Abbaye, llevarse a los sacerdotes, y en especial a los guardias suizos y sus cómplices, y atravesarlos con una espada» (Schama, 630). Más tarde, los defensores de Marat alegarían que era una metáfora, aunque no hay motivos para que sus lectores lo hubieran interpretado de ninguna otra forma que no fuera literalmente. Tal vez la llamada a la acción más escalofriante la realizó el amigo de Danton, el dramaturgo Fabre d'Eglantine:
Una vez más, ciudadanos, ¡a las armas! Que toda Francia se llene de picas, bayonetas, cañones y dagas, para que todos sean soldados; limpiemos las filas de estos viles esclavos de la tiranía. En las ciudades, que la sangre de los traidores sean el primer holocausto de la libertad, de modo que, al avanzar contra el enemigo común, no dejemos nada atrás que nos preocupe. (Schama, 630).
Había una teoría de conspiración generalizada dando vueltas por París, que hablaba de un complot monárquico para liberar a los prisioneros una vez que todos los hombres físicamente capaces y armados se hubieran ido a la guerra. Tales teorías de conspiración no eran nada nuevo, ya que rememoraban los días del Gran Miedo de 1789, o cuando los plebeyos franceses creían que los aristócratas querían matarlos de hambre en un «complot de hambruna» deliberado. Sin embargo, esta vez, la amenaza era más inmediata, y había mucho más en riesgo. La lógica indicaba que, una vez que los hombres armados se hubieran ido, nada evitaría que los prisioneros arrasaran París, quemando y matando de forma indiscriminada, y cumplieran la amenaza realizada por el Manifiesto de Brunswick de destruir la ciudad por completo. En los últimos días de agosto, muchos ciudadanos protestaron el envío de hombres al frente mientras los prisioneros seguían siendo una amenaza interna, y pedían «la muerte de los conspiradores antes de la partida de los ciudadanos» (Schama, 631).
El aire de París era más de pánico que de patriotismo decidido.
El momento que todos habían temido llegó mucho antes de lo esperado, cuando Verdun cayó ante los prusianos el 2 de septiembre tras un asedio de solo tres días. Ahora no había nada que separara a París de la ira de los invasores. Había llegado el momento de enviar a los defensores de París a la batalla en un último intento desesperado de evitar una calamidad. En uno de sus mejores discursos, Danton prometió lo siguiente: «Si mostramos audacia, de nuevo audacia y para siempre audacia, entonces ¡Francia se salvará!» (Doyle, 191). No obstante, el aire de París ese día de septiembre era más de pánico que de patriotismo decidido. Muchos se unieron diligentemente a los ejércitos franceses en el frente de guerra, pero muchos otros decidieron que la pelea importante estaba aquí, en París. Luego de afilar sus picas, se fueron a visitar las prisiones.
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Las masacres
La violencia empezó esa tarde. Un convoy de 24 prisioneros, la mayoría sacerdotes aún vestidos con sus sotanas, estaban siendo transportados a la prisión de Abbaye en seis carros tirados por caballos. A medida que avanzaba, el convoy se vio acosado por una multitud creciente de sans-culottes hostiles que clamaban que se hiciera justicia. Evidentemente, los ciudadanos no tardaron en decidir hacer «justicia» por mano propia. Luego de bajar a los sacerdotes de los carros, la turba mató a machetazos a 19 de ellos.
Más tarde ese día, otra turba se dirigió a la prisión temporal en el convento carmelita, donde había 150 sacerdotes detenidos. La turba obligó a los prisioneros a salir al jardín del convento, donde los formaron en fila y pasaron lista. Cuando nombraban a un sacerdote, lo interrogaban brevemente antes de que la turba pronunciara la «sentencia» de muerte. Pocos sacerdotes tuvieron la suerte de que los dispararan, ya que las armas preferidas de estos sans-culottes eran las picas, los cuchillos e incluso las sierras de carpintería. La turba iba por la mitad de la lista de nombres cuando llegó un funcionario de la Comuna. Sin embargo, este, en lugar de detener la locura, los ayudó a coordinarla mejor. Con este funcionario al mando, el asunto avanzó más rápido, y algunos prisioneros incluso fueron «absueltos». Aun así, ese día, 115 sacerdotes fueron masacrados en el jardín del convento.
El 3 de septiembre, la matanza se intensificó. Por la mañana, una turba de sans-culottes regresó a la prisión de Abbaye para realizar lo que ellos llamaban su travail o trabajo (Schama, 634). Aproximadamente dos tercios de la población de la prisión fueron ejecutados, incluidos exministros reales, antiguos parlementaires y ciudadanos desafortunados de los que se sospechaba que tenían simpatías monárquicas. Stanislas Maillard, famoso por haber liderado la Marcha de las mujeres a Versalles, asumió el papel de juez y los sans-culottes actuaron como jurado. Los prisioneros eran llevados ante Maillard uno por uno y, la mayoría de las veces, Maillard los sentenciaba a morir y el prisionero era ejecutado ahí mismo. Un prisionero, el soldado Jourgniac de Saint-Méard, describe el inicio de los asesinatos de Abbaye de la siguiente manera:
A eso de las 4 de la madrugada, los gritos desgarradores de un hombre al que estaban cortando con espadas nos atrajo a la ventana del torreón, y vimos el cadáver de un hombre tirado en la calle frente a las puertas de la prisión. Un minuto después, mataron a otro, y luego la matanza continuó a partir de ahí. Es completamente imposible expresar el silencio profundo y grave que reinaba durante estas ejecuciones. Tan solo se veía interrumpido por los gritos de aquellos que estaban siendo asesinados y por el sonido de la espada al decapitar a las víctimas. En cuanto estaban muertos, la turba empezaba a emitir un murmullo, reforzado por gritos de «¡Vive la Nation!», que eran mil veces más aterradores que el silencio horrible de antes. (Lenôtre, 85).
Los asesinatos se extendieron a otras prisiones, incluidas Bicêtre, La Force y La Salpêtrière. Estas eran de una naturaleza distinta a las otras, en el sentido de que albergaban pocos prisioneros políticos. En vez de eso, estaban llenas de delincuentes comunes y mendigos. Esto no les importó a los sans-culottes. En Bicêtre, 162 personas fueron masacradas sin motivo. De estas, 43 eran menores de 18 años, y la víctima más joven tenía solo 12. En la prisión de mujeres de La Salpêtrière, 40 prostitutas fueron asesinadas luego de ser agredidas sexualmente. Estas parodias de juicios ofrecían una fachada de legalidad, pero la masacre fue simple y llanamente bárbara. En algunas prisiones, los guardias y carceleros se unieron a la matanza.
Una última anécdota digna de mención es el destino de la víctima más famosa de las masacres, la princesa de Lamballe. Lamballe, encarcelada tras la caída de las Tullerías, era muy amiga de la reina María Antonieta. Su amistad había dado lugar a rumores de un romance entre ambas, rumores popularizados por panfletos pornográficos que circulaban en París.
El 3 de septiembre, la princesa fue sacada de su celda de la prisión de La Force y llevada ante un tribunal improvisado. Los jueces sans-culottes le dijeron que les jurara lealtad a la libertad y la igualdad, y además denunciara al rey, la reina y la monarquía. Lamballe respondió que con gusto prestaría el primer juramento, pero no podía jurar lo segundo. Luego de declarar esto, le indicaron a la princesa que podía irse por la salida, lo que en verdad era un código para su ejecución. Lamballe fue escoltada al patio de la prisión donde, según un testigo ocular, «le asestaron varios golpes con un martillo y luego la atacaron» (Fraser, 388).
Según algunos relatos, la multitud luego desnudó y mutiló el cuerpo de la princesa, que todavía temblaba agonizante. Otras fuentes alegan de forma dudosa que la multitud cocinó y se comió su corazón. En cualquier caso, en general se acepta que la decapitaron y pusieron su cabeza en una pica. Luego, la multitud la desfiló hacia el Temple, donde se encontraba la familia real, con la intención de presentarle la cabeza a María Antonieta y obligarla a besar los labios de su supuesta amante. Afortunadamente, la reina se enteró de sus intenciones antes de su llegada y se salvó de dicha experiencia traumática al desmayarse.
Para cuando las masacres llegaron a su fin el 7 de septiembre, entre 1.100 y 1.400 personas habían sido asesinadas, aproximadamente la mitad de la población total de las prisiones de París. Las noticias del incidente impactaron y horrorizaron al resto de Europa, y puso en contra de la revolución a muchos que antes estaban indecisos o incluso la apoyaban. Las masacres también ocasionaron nuevas olas de émigrés de Francia, aunque esta vez muchos eran burgueses en lugar de aristócratas.
Las masacres son importantes porque convirtieron el terror y la violencia en métodos aceptables para alcanzar objetivos políticos. Luego de las masacres, cada facción revolucionaria culpó a las otras por la matanza, aunque se debe observar que ninguna de ellas hizo nada para detener los asesinatos mientras estaban ocurriendo. Aunque la impresionante victoria de Francia en la batalla de Valmy el 20 de septiembre calmó la histeria en París, las cicatrices de las masacres caerían en el olvido.
La causa de las masacres de septiembre fue el miedo de que los prisioneros de París fueran liberados por un complot monárquico contrarrevolucionario y estos procedieran a quemar la ciudad y a matar a sus habitantes de forma indiscriminada.
¿Quién cometió las masacres de septiembre?
Las masacres de septiembre fueron cometidas principalmente por pandillas de «sans-culottes», las clases bajas revolucionarias, aunque también se les unieron soldados de camino al frente para luchar contra los prusianos.
¿Qué fueron las masacres de septiembre?
Las masacres de septiembre fue un suceso en el que turbas de ciudadanos de París fueron a las prisiones de la ciudad y mataron entre 1.100 y 1.400 prisioneros del 2 al 7 de septiembre de 1792 durante la Revolución francesa. Muchas víctimas eran prisioneros políticos, ya fueran sacerdotes o personas sospechosas de simpatías monárquicas o contrarrevolucionarias.
¿Cómo afectaron las masacres de septiembre a la Revolución francesa?
Las masacres de septiembre ayudaron a introducir el miedo y la violencia como herramientas políticas legítimas durante la Revolución francesa, lo que allanó el camino para el Reinado del Terror (1793-94).
Soy traductora pública, literaria y científico-técnica de inglés al español y me apasiona todo lo relacionado con la arqueología, la historia y la religión.
Harrison Mark es historiador y escritor en World History Encyclopedia. Se graduó de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) en Oswego, donde estudió historia y ciencias políticas.
Escrito por Harrison W. Mark, publicado el 29 septiembre 2022. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.