A lo largo del siglo IX d.C., los asaltos vikingos en la región de la Francia (prácticamente la actual Francia) se hicieron cada vez más frecuentes, lo que desestabilizó la región y aterrorizó a la población. Los ataques parecen haber sido motivados por la muerte del emperador Carlomagno del Sacro Imperio Romano Germánico en el año 814 o, al menos, estar relacionados con ella. Carlomagno (rey de los francos entre los años 768‑814 y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico entre 800‑814) lideró numerosas campañas militares contra Sajonia durante las guerras sajonas (722‑804), que resultaron en la masacre de miles de personas y lo hizo parecer invencible en batalla. Los sajones pidieron ayuda a los daneses y Dinamarca hizo lo que pudo.
Sin embargo, mientras Carlomagno vivió, tenían pocas esperanzas de éxito, pero tras su muerte no hubo ningún desafío real a las incursiones danesas. El primer asalto vikingo que azotó a Francia a través del río Sena tuvo lugar en el año 820 y le seguirían otros: los más dramáticos fueron los de París en los años 845 y 885-886. El primero de ellos, el líder nórdico Reginherus (una de las posibles fuentes de inspiración para el legendario Ragnar Lothbrok) recibió una generosa recompensa de Carlos el Calvo (quien reinó entre los años 843 y 877) para que abandonara la ciudad, pero, en lugar de satisfacerlo, lo animó a más. En el segundo, a causa de que el jefe vikingo Rollón (en torno a 830‑930) permaneció en la región para saquear el campo, se creó el Tratado de Saint-Clair-sur-Epte en el año 911, por el que se le concedía a Rollón el territorio que se convertiría en Normandía (tierra de los nórdicos) a cambio de su protección contra futuras incursiones vikingas. Tras el año 911, aunque algunas bandas vikingas siguieron realizando incursiones en la Francia Occidental, Rollón protegió París y sus alrededores tal y como había prometido. Los asedios vikingos en la ciudad y sus alrededores llegaron a su fin.
Carlomagno y las guerras sajonas
Carlomagno dedicó la mayor parte de su reinado a las conquistas militares, lo que consolidó su poder y el de la Iglesia. Las campañas contra el pueblo sajón fueron brutales en exceso y tuvieron su punto álgido en la masacre de Verden, en el año 782, cuando mandó ejecutar a 4.200 sajones; un suceso que incluso los historiadores francos comentaron, aunque se esforzaron por presentarlo bajo una luz positiva.
Antes de las guerras sajonas, los daneses y los francos se conocían gracias al comercio y no hay constancia de ningún conflicto militar. Sin embargo, durante las guerras, el jefe sajón Viduquindo pidió ayuda al rey danés Sigfried, quien accedió a acoger en su reino a los refugiados sajones que huían del ejército de Carlomagno. El rey de los francos puso fin a esto en el año 798, pero cuando Sajonia fue conquistada en el año 804, el rey danés Godfred atacó y arrebató con habilidad Frisia a los francos. Carlomagno estaba organizando una expedición para expulsar a sus fuerzas cuando Godfred murió y su sucesor rápidamente solicitó la paz y se retiró.
La facilidad con la que Godfred logró someter a Frisia, el atractivo de la riqueza de los francos y, posiblemente, la necesidad de vengar a los caídos en las guerras Sajonas, animaron a otros líderes escandinavos a intentar invadir Francia. La investigadora Janet L. Nelson escribe:
La aristocracia que Godfred había formado había desarrollado un ansia de prestigio y riqueza. [Tras su muerte], los hombres, temporalmente desilusionados, se vieron impulsados a recuperar sus pérdidas en otros lugares. ¿Y qué mejor lugar que el Imperio franco? Durante la generación más o menos posterior a la muerte de Carlomagno en 814, la riqueza franca visible y fácilmente accesible siguió aumentando. (Sawyer, 2001, p. 22)
El primer asedio vikingo tuvo lugar en el año 820, cuando 13 barcos avanzaron por el Sena y desembarcaron. Sin embargo, los invasores no sabían qué les esperaba y fueron rápidamente derrotados por la guardia costera. Los supervivientes se refugiaron en sus barcos y se retiraron. A Carlomagno le había sucedido su hijo Luis I (el Piadoso, 814‑840), cuyo reinado mantuvo la prosperidad y la estabilidad de la región. Durante su gobierno se logró mantener a raya a los vikingos mediante sobornos y favores; pero tras su muerte, sus tres hijos rivalizaron entre sí por el control y la región se sumió en una guerra civil.
Estas guerras concluyeron con el Tratado de Verdún de 843, que dividió el imperio entre los hijos de Luis I. Luis el Germánico, quien reinó entre los años 843 y 876recibió la Francia Oriental; Lotario, se quedó con la Francia Media y reinó entre los años 843-855; y, por último, Carlos el Calvo gobernó la Francia Occidental. Ninguno de los hermanos estaba interesado en ayudar a los demás de ninguna manera y cada uno, en mayor o menor medida, se vio obligado a hacer frente por su cuenta a las incursiones vikingas.
El asedio de París de 845
La primera incursión vikinga de importancia tuvo lugar en mayo del año 841, un año después de la muerte de Luis I, cuando el jefe vikingo Ásgeir saqueó e incendió Ruan, como así también atracó el monasterio de Fontenelle y la abadía de Saint-Denis. El volumen del botín y el número de cautivos capturados fueron considerables. Los prisioneros cuyas familias o amigos pudieron pagar un rescate a los vikingos fueron devueltos; los demás fueron vendidos como esclavos. Ásgeir abandonó la región convertido en un jefe rico, lo que animó a Reginherus a intentar conseguir un botín aún mayor que Ruan: la ciudad de París.
Los Anales de San Bertín (en torno a 840-880), que recogen las incursiones vikingas, identifican al líder del asedio de París de 845 como Reginfred o Reginherus, conocido únicamente por esta incursión. Reginherus llegó con una flota de 120 barcos a finales de marzo de 845 y ascendieron por el río Sena hacia París. Carlos el Calvo reunió un ejército con velocidad y lo movilizó a ambos lados del río para proteger la ciudad, pero las dos divisiones eran desiguales en número.
Reginherus lanzó sus barcos contra la reducida fuerza enemiga, los derrotó y ahorcó a las 111 personas que sobrevivieron. Como en aquel punto no había ningún puente que cruzara el Sena, el resto del ejército de Carlos no pudo hacer nada para detener a Reginherus, quien siguió navegando hacia París y llegó a la ciudad el Domingo de Pascua. Al parecer, esto se ajustaba al plan, ya que los vikingos sabían que el botín más valioso, y los ciudadanos, se encontrarían en la iglesia y serían fáciles de capturar.
Carlos ordenó a su ejército que salvara la abadía de Saint-Denis, lo que produjo que París se las tuviera que arreglar por sí sola. Sin embargo, la noticia de la llegada de los vikingos ya se sabía en la ciudad y, cuando Reginherus arribó, se encontró con que la mayor parte de la población había huido llevándose consigo los objetos de valor. El estudioso Lars Brownworth (2014) escribe:
La ciudad en sí resultó ser [frustrante para los vikingos]. Los habitantes asustados habían trasladado gran parte del tesoro a campos de los alrededores. Podían enviar partidas de saqueo en su búsqueda, pero eso los exponía a la posibilidad de una emboscada o un ataque por parte del ejército de Carlos. De hecho, cada momento que [Reginherus] pasaba en París, su situación empeoraba. El rey franco había estado reuniendo refuerzos y ahora se encontraba al frente de un ejército considerable, en posición de bloquear la huida de los vikingos. Aún más preocupante era el hecho de que los vikingos comenzaban a mostrar síntomas de disentería, lo que reducía aún más su capacidad de combate. (pp. 48‑49)
Reginherus envió emisarios a Carlos para indicarle que estaba dispuesto a negociar. En lugar de rechazar esta petición y aprovechar la evidente ventaja de que disponía, Carlos accedió a pagar al jefe vikingo 7.000 libras en oro y plata para que abandonara la ciudad y, además, les permitió a él y a sus hombres quedarse con todo lo que habían saqueado de París. Carlos tardó dos meses en reunir el dinero, tiempo durante el cual los vikingos padecieron disentería dentro y en los alrededores de las murallas de París. Los parisinos afirmaron que se trataba de un castigo divino enviado por San Germán de París, quien vivió alrededor de los años 496 y 576 y fue un antiguo obispo de la ciudad, cuyas reliquias se conservaban en la abadía de San Germán de los Prados, que Reginherus había atacado. Murieron más vikingos de disentería en la incursión de París que en cualquier tipo de combate.
Una vez que Reginherus recibió el pago, emprendió el camino de vuelta por el Sena, incendiando y saqueando a su paso, y regresó a su tierra para presentar la victoria, los cautivos y el resto del botín al rey Horik de Dinamarca. Se dice que rompió a llorar durante su audiencia con el rey y afirmó que la única resistencia que había encontrado por parte de los francos había sido la del santo fallecido hacía mucho tiempo que había matado a tantos de sus hombres en la ciudad y durante el camino de vuelta a casa.
Horik había enviado anteriormente una flota de barcos río arriba por el Elba para atacar la Francia Oriental; los vikingos incendiaron y saquearon Hamburgo, pero no lograron sus objetivos. Los hombres de Horik habían incendiado iglesias y monasterios en Hamburgo, al igual que Reginherus había atacado las abadías de San Germán y San Bertín en la Francia Occidental. Las noticias sobre la supuesta intervención del santo franco no fueron nada bien recibidas. Además, había emisarios de Luis el Germánico en la corte de Horik cuando Reginherus hizo su presentación, y estos no tardaron en sacar partido de la historia, advirtiendo a Horik de una inminente invasión por parte de Luis el Germánico, sin duda respaldada por el poder sobrenatural de su propio santo, si no se sometía a la Francia Oriental como vasallo.
Horik aceptó las condiciones deprisa y «envió emisarios a Luis el Germánico con la oferta de liberar a todos los cautivos capturados por los invasores en 845 y prometió que intentaría recuperar el tesoro robado y devolverlo a sus legítimos propietarios» (Ferguson, 2010, pp. 96-97). Temiendo nuevas represalias por parte del santo franco, Horik mandó ejecutar a todos los hombres de Reginherus con que pudo dar, aunque el propio Reginherus escapó, al igual que muchos de sus guerreros que ya habían abandonado Dinamarca con su botín.
Es casi seguro que el asedio de 845 enriqueció a Reginherus y a los hombres que sobrevivieron, pero la importancia de este suceso radicó en el precedente establecido por Carlos el Calvo al pagar a un líder vikingo a cambio de la paz. El acuerdo de Carlos con Reginherus marca «el primer ejemplo documentado del pago del danegeld, una táctica de extorsión, que los vikingos emplearían más tarde con gran éxito en Inglaterra» (Ferguson, 2010, p. 96). Una vez que el recuerdo de la supuesta venganza de San Germán se desvaneció de la memoria de los vikingos, la cuantiosa suma pagada a Reginherus animó a otros a atacar las regiones de la Francia.
El asedio de París de 885-886
Los vikingos regresaron a la región en los años 851-852 bajo el mando de Ásgeir, quien saqueó y robó a su antojo desde una base que establecieron en Ruan. Carlos el Calvo alternó entre luchar e intentar negociar con los invasores, pero no tuvo mucho éxito. Hacia el año 858, Bjorn Costado de Hierro, supuesto hijo de Ragnar Lothbrok, y el jefe vikingo Hastein (también conocido como Hasting) incendiaron la abadía de Fontenelle y capturaron los monasterios de París, y los retuvieron para pedir rescate hasta que Carlos lo pagó. En el año 860, Carlos contrató al jefe vikingo Veland para que luchara por él contra otras bandas vikingas a cambio de 3.000 libras de plata, y Veland trabajó, con mayor o menor éxito, para asegurar la región del bajo Sena.
Aun así, los invasores siguieron llegando y, en el año 876, una flota de 100 barcos remontó el Sena para incendiar y saquear la región alrededor de Ruan. Es probable que Rollón participara en esta incursión, si es que no fue su líder, y Carlos no pudo impedir que los vikingos saquearan la tierra y se llevaran cautivos para venderlos o pedir rescate. La violencia vikinga solo terminó cuando Carlos les pagó 5.000 libras de plata para que regresaran a casa.
Bajo el reinado de Carlos el Calvo Francia Occidental se convirtió, por lo tanto, en una fácil fuente de ingresos para los vikingos. Si, como ocurrió en las incursiones de 851-852, encontraban poco que saquear en las zonas rurales y las comunidades devastadas, bastaba con que se adentraran un poco más en el territorio hasta que el rey les pagara para que se marcharan. El estudioso Robert Ferguson (2010) comenta:
Ahora parece obvio que las políticas de apaciguamiento y alianza con líderes vikingos no hicieron más que animarlos a presionar aún más. Las tácticas empleadas por Luis el Piadoso, Lotario, Carlos el Calvo y Carlos el Gordo sentaron claros precedentes para la concesión de tierras en los alrededores de Ruan y el bajo Sena… Aun así, es difícil no sentir simpatía por ellos, en particular por los dos Carlos que hicieron un uso más activo de esa política, o comprender qué alternativas tenían. (p. 104)
En el año 885, los vikingos regresaron a París. Tras la muerte de Carlos el Calvo en el año 877, el trono pasó a manos de sus sucesores hasta que el último falleció en el año 884 sin dejar heredero, y los nobles de la Francia Occidental invitaron a Carlos el Gordo (el hijo menor de Luis el Germánico) a reinar. Carlos el Gordo estaba ocupado con sus propios asuntos en la Francia Oriental y, además, no se sentía inclinado hacia las campañas militares. Cuando los vikingos remontaron el Sena, la defensa de la ciudad quedó en manos de Odón (o Eudes), conde de París (más tarde rey de la Francia Occidental, 888-898), quien se convertiría en el héroe franco del asedio de 885-886.
El monje Abbo de San Germán de los Prados (siglo IX) menciona que el líder vikingo se llamaba Sigfried, pero otras fuentes citan a Rollón como participante en esta incursión, y tal vez hasta como el líder. Abbo describe la llegada de la flota vikinga tal y como se veía desde las murallas de la ciudad:
Los hombres del norte llegaron a París con 700 veleros, sin contar los de menor tamaño que comúnmente se llaman barcas. En un tramo, el Sena estaba repleto de embarcaciones a lo largo de más de 9 km, de modo que uno podría preguntarse con asombro en qué caverna se había tragado el río, pues nada se veía allí, ya que los barcos lo cubrían como si fueran robles, olmos y alisos. (Sommerville y McDonald, 2014, p. 202)
Abbo relata cómo Sigfried se reunió, bajo tregua, con el obispo de la ciudad, Gaucelino, y con el conde Odón para ofrecerles ciertas condiciones que fueron rechazadas. A la mañana siguiente comenzó el asalto a París cuando los vikingos atacaron la torre y el puente sobre el Sena, que se había construido como defensa a los ataques tras el asedio de Reginherus en el año 845. Las tropas francas lideradas por Odón y su hermano menor Roberto (más tarde Roberto I, quien reinó en los años 922-923) defendieron la torre, la cual se mantuvo en pie; los vikingos fueron repelidos hacia sus barcos. Los francos pasaron la noche reparando los daños en las murallas de la torre y, por la mañana, los vikingos atacaron de nuevo y fueron expulsados otra vez.
Al no poder tomar la torre ni derribar las murallas de la ciudad, los vikingos se prepararon para un largo asedio. Abbo escribe:
Mientras tanto, París sufría no solo por las batallas en el exterior, sino también por una pestilencia en el interior que causó la muerte de muchos nobles. Dentro de las murallas no quedaba terreno donde enterrar a los muertos. Odón, el futuro rey, fue enviado a Carlos, emperador de los francos, para implorar ayuda para la ciudad asolada. (Sommerville y McDonald, 2014, p. 223)
Carlos llegó para socorrer a la ciudad en el año 886, pero, en lugar de entrar en combate, pagó a los vikingos para que se marcharan y les sugirió que saquearan Borgoña en lugar de la Francia Occidental. Los vikingos aceptaron el dinero e hicieron lo que él les propuso, pero los habitantes de París quedaron indignados con la táctica de Carlos. Fue destronado y Odón se convirtió en rey en su lugar. Odón reinó durante los siguientes diez años hasta que se le pidió que abdicara en favor del nieto de Carlos el Calvo, Carlos el Simple, quien reinó entre los años 893 y 923. Carlos fue coronado rey por los nobles de la Francia Occidental, pero no tendría ningún poder real mientras Odón siguiera siendo rey. La nobleza presionó a Odón para que renunciara al trono y este fue perdiendo poder progresivamente, pero murió antes de que se lo pudieran arrebatar; Carlos subió entonces al trono sin oposición en el año 898.
Rollón y el tratado
Tras el asedio de París (885-886), Rollón permaneció en la Francia Occidental realizando atracos a lo largo del Sena. Los comandantes al servicio de Carlos el Simple lograron algunos avances en 897-898 al derrotar a los vikingos, pero no pudieron expulsarlos ni detener las incursiones. Consciente de que sus oponentes eran superiores en el área militar, Carlos propuso un acuerdo a Rollón: el jefe vikingo recibiría tierras y a la hija del rey, Gisela, como esposa a cambio de convertirse al cristianismo y convertirse en vasallo fiel de Carlos y protector del reino.
Rollón aceptó y en el año 911 se firmó el Tratado de Saint-Clair-sur-Epte. Fiel a su palabra, Rollón se convirtió en el paladín del rey y los asaltos vikingos por el Sena y las tierras circundantes terminaron. Rollón reconstruyó las comunidades destruidas en incursiones anteriores, instituyó leyes más eficaces y se unió a Carlos en una campaña posterior para restaurar el orden en otras regiones y luego ayudarle a mantener el trono cuando fue amenazado (y posteriormente destronado) por Roberto I en el año 923. Rollón renunció como gobernante de Normandía en el año 927, y falleció hacia el año 930 Carlos permaneció cautivo hasta su muerte en el año 929, pero ambos dejaron tras de sí un legado de estabilidad y libertad frente a las incursiones vikingas en la Francia Occidental por primera vez desde los reinados de Carlomagno y Luis el Piadoso.
Los asaltos en la serie Vikingos y su legado
Las incursiones vikingas en París se representan en la serie de televisión Vikingos, en la que Ragnar Lothbrok ataca la ciudad y la conquista (temporada 3) y Rollón la defiende más tarde (temporada 4). La serie tiene como objetivo el entretenimiento y no siempre es históricamente correcta, por lo que se toma libertades con los hechos conocidos para lograr sus objetivos. La incursión liderada por Ragnar tal y como se muestra en la serie tiene poco en común con la incursión real de Reginherus sobre París en el año 845, aunque se utilizaron elementos de este asalto en la temporada 3, cuando el ejército de Ragnar actúa como mercenarios para la princesa Cwenthryth de Mercia y ataca al ejército mercio, más débil, a un lado del río, mientras que el resto de las fuerzas mercias, al otro lado, solo pueden observar impotentes.
La dramática escena del episodio 10 de la tercera temporada, en la que Ragnar finge estar muerto, es llevado al interior de la catedral y salta de su ataúd para matar al obispo, se inspira en las leyendas sobre el jefe vikingo Hastein, quien, al parecer, recurrió a este engaño al menos en dos ocasiones. En la serie, una vez que los vikingos conquistaron París, regresan a casa, pero dejan atrás a Rollón para que les asegure una base de operaciones para futuros ataques; esto conduce a la histórica oferta que Carlos el Simple le hace a Rollón y al vasallaje.
Cuando Ragnar y sus invasores regresan a París en la cuarta temporada, Rollón había construido torres defensivas y tendido una cadena a través del Sena. En realidad, solo había una torre y, en lugar de una cadena, un puente bajo. Tampoco hay pruebas de que los vikingos, en las incursiones de 845 o de 885-886, desmontaran los barcos y los transportaran por tierra para llegar a la ciudad desde arriba; aunque se ha demostrado que los vikingos sí lo hicieron en otras ocasiones y en otros lugares por diversas razones.
Las representaciones de Gisela y Odón en la serie son en gran medida ficticias. Gisela era una niña (quizás incluso de tan solo cinco años) cuando fue prometida en matrimonio a Rollón, por lo que su valiente discurso a las tropas durante el asedio nunca tuvo lugar. A Odón solo se le representa con precisión en lo que respecta a la defensa de la ciudad; su relación con Teresa y el complot para derrocar a Carlos, así como los aspectos más escabrosos del personaje de la serie, son ficción.
Sin embargo, a pesar de todas las diferencias con la realidad, la forma en que la serie retrata los asedios vikingos en París ofrece una perspectiva interesante sobre una época fascinante en la evolución del Estado francés. El tratado entre Carlos y Rollón marcó el inicio del primer periodo de paz duradera desde la fundación del Reino de la Francia Occidental en el año 843 y sentó las bases para la estabilidad de la región. Con el tiempo, y tras nuevos disturbios, esta estabilidad permitiría a la Francia Occidental prosperar bajo el reinado de Hugo Capeto (987-996), fundador del Reino de Francia, precursor de la nación moderna.
