Las guerras vikingas, junto con el componente fundamental de las incursiones, están íntimamente ligadas a la expansión de la influencia escandinava a lo largo del Atlántico Norte y hasta el Mediterráneo durante la época vikinga (aproximadamente 790‑1100 d.C.). En esos tiempos, el uso intensivo de barcos por parte de los vikingos, la gran movilidad estratégica y el sólido dominio de la logística les permitieron sembrar el caos en tierras extranjeras durante años.
Estos factores fueron los que distinguieron la guerra vikinga de la de sus contemporáneos en la historia medieval. A pesar de que la imaginación popular (y la televisión) suelen representar a salvajes guerreros berserkers echando espuma por la boca y cometiendo atrocidades indescriptibles contra sus desafortunadas víctimas, los vikingos probablemente no eran más brutales que sus contemporáneos.
La sociedad escandinava de la época no estaba formada por reinos unificados tal y como los conocemos hoy en día; estos no se consolidaron en esas formas hasta el final de la época vikinga. A pesar de que la palabra «vikingo» (víkingr en nórdico antiguo) se utiliza ahora a menudo como término genérico, el significado original es específicamente «saqueador» o «pirata», y fara i víking («ir de expedición») no se refería a aventuras inofensivas, sino a incursiones armadas de guerreros que desataban sus espadas y hachas sobre objetivos lucrativos en el extranjero. La mayor parte de estas incursiones fue llevada a cabo por bandas de guerreros independientes que podían unirse cuando era necesario y cuyo liderazgo abarcaba desde pequeños jefes locales hasta condes y reyes. Las características tácticas vikingas de «ataque y retirada» se vieron reforzadas por el establecimiento de campamentos de invierno, desde los que se podían lanzar campañas y conquistar más territorio, lo que resultó en varios territorios vikingos bien establecidos lejos de las tierras centrales escandinavas.
Armas y armaduras
En lo que respecta al armamento y las armaduras, dependemos en gran medida de los hallazgos arqueológicos, ya que las fuentes no ofrecen muchas descripciones técnicas. Los guerreros de la Escandinavia de la época vikinga utilizaban las siguientes armas y armaduras:
dagas (o espadas cortas, también conocida como «seax», eran habituales entre los pueblos germánicos de la época),
lanzas,
arcos y flechas,
escudos,
cascos,
cotas de malla.
Dado que las bandas de guerreros vikingos procedían de todo tipo de regiones de Escandinavia, existen tendencias generales, pero, claro, hay muchas variaciones regionales y no existe un atuendo estándar.
Las HOJAS DE ESPADA VIKINGAS SE FABRICABAN CON UN ACERO DE UNA CALIDAD QUE RIVALIZA CON LA DE LOS PRINCIPIOS DE LA EDAD MODERNA.
Las espadas vikingas tenían hojas de hierro, estaban diseñadas para empuñarse con una sola mano y presentaban amplias ranuras a lo largo del centro («acanaladuras») que reducían ligeramente su peso. Las espadas de doble filo, con una longitud aproximada de 90 cm, parecen haber sido el modelo más habitual. Podían estar bellamente decoradas con motivos geométricos, de animales o, en la última etapa de la era vikinga, incluso símbolos cristianos, mediante incrustaciones de plata o cobre. Una vaina de madera completaba el conjunto. Dado que las espadas eran las armas más caras de la época, no estaban al alcance económico de todos los guerreros; sus propietarios habrían sido guerreros adinerados que querían destacar. Algunas hojas de espadas vikingas, como las espadas Ulfberht, estaban fabricadas con un acero homogéneo de una calidad que rivaliza con la siderurgia de la Edad Moderna.
El hacha vikinga de una sola mano no solo era una herramienta de uso cotidiano, sino también un arma habitual en la sociedad nórdica y constituía el armamento principal de muchos guerreros. Estas armas se conocen principalmente por los hallazgos de numerosas cabezas de hacha (ya que el mango de madera no se conservó), que aparecían no solo en tumbas más ricas junto con otras armas, sino también como única arma en entierros más austeros, lo que indica que, a diferencia de las espadas, las hachas eran una herramienta común y es posible que se utilizaran en un espectro económico más amplio. Una espada corta o daga, también llamada sax o seax siguiendo el ejemplo sajón, podía sacar a su propietario de un apuro en el combate cuerpo a cuerpo o servir como arma de reserva. Otras armas vikingas incluyen pesadas lanzas de confianza o lanzas fabricadas en hierro y provistas de puntas en forma de hoja, cuyos mangos probablemente alcanzaban los dos metros de largo, así como arcos y flechas. Curiosamente, la literatura también alude al posible uso por parte de los escandinavos de algún tipo de máquinas de asedio, aunque sus restos de madera se han convertido en polvo hace mucho tiempo y no podemos sino especular sobre su diseño y uso precisos.
Los escudos formaban parte del equipamiento estándar; las leyes incluso estipulaban que todos los tripulantes de los barcos debían llevar escudos. Fabricados en madera y de forma circular, probablemente también estaban recubiertos de cuero y se presentaban en una variedad de colores distintivos. Se conocen las cotas de malla hechas de anillos de hierro entrelazados, pero son poco comunes, posiblemente demasiado caras para que las llevara cualquier combatiente, y, aunque es posible que se utilizara cuero en su lugar, es difícil determinar con exactitud cuán comunes eran estas armaduras. En la batalla se llevaban cascos, pero, contrariamente a lo que se suele representar, no eran cascos con cuernos, ya que a los vikingos no les hacía mucha gracia que se les engancharan en las barbas de sus oponentes o sufrir otras consecuencias poco prácticas. Los pocos yelmos que sobrevivieron muestran un diseño sencillo de hierro: una copa cónica con protectores para los ojos y, tal vez, para la nariz, y probablemente una lámina de cota de malla colgando por la parte trasera para proteger el cuello. Es posible que también se utilizaran, quizás con mayor frecuencia, yelmos de cuero de estructura similar.
Asaltos
A medida que el siglo VIII llegaba a su fin, comenzaron a llegar los primeros informes sobre incursiones vikingas, como la que tuvo lugar en el monasterio de Lindisfarne, frente a la costa de Northumberland, en lo que hoy es Inglaterra en el año 793 o las que se produjeron en las islas de Rathlin e Iona, cerca de la costa de Irlanda en el año 795. Estos primeros asaltos se llevaron a cabo a pequeña escala, aparentemente por grupos locales reunidos por líderes locales, y se centraron en objetivos vulnerables y expuestos, como estos monasterios costeros o centros de comercio, sin adentrarse normalmente mucho en el interior. La estrategia de «ataque y retirada» es característica de los vikingos: amarraban los barcos a las puertas de lo que fuera que estuvieran atacando, reunían objetos de valor y, en ocasiones, esclavos, y se alejaban navegando o remando antes de que se pudiera organizar una defensa eficaz contra ellos.
Los barcos eran un elemento clave de la estrategia bélica vikinga, ya que eran veloces y ligeros en extremo, lo que facilitaba los ataques costeros rápidos y les permitía remontar los ríos y adentrarse en el interior.
Las embarcaciones de poco calado fueron un elemento clave de la estrategia bélica vikinga, no en el sentido de las batallas navales, sino porque eran extremadamente rápidas y ligeras. Estas características no solo facilitaban los ataques costeros rápidos, sino que también les permitían remontar los ríos y adentrarse en el interior. Esto se puso de manifiesto cuando, hacia la década de 830, se registraron de forma independiente un aumento general tanto en la magnitud como en la frecuencia de las incursiones vikingas en Gran Bretaña, Irlanda y Europa occidental (en particular en los territorios francos). Al aumentar el número de barcos de sus flotas de unos pocos a cientos, los vikingos comenzaron a atacar objetivos más al interior, como sus incursiones en 834‑836 contra el importante centro comercial de Dorestad, a unos 80 km del mar abierto, en lo que hoy es Países Bajos. Reyes o condes de los estratos superiores de la sociedad escandinava, lo que reflejaba su estatus personal en su país, pero no necesariamente el dominio de grandes territorios, aparecieron ahora también como líderes, además de los jefes tribales de menor rango que también habrían permanecido en el centro de atención. Como explica Williams (2017):
En ocasiones, en el caso de las «grandes» bandas de guerreros de finales del siglo IX, vemos cómo varios reyes o condes dirigen conjuntamente sus fuerzas, lo que vuelve a indicar una fusión de fuerzas independientes más pequeñas. Esta aparente falta de estructura formal hace que sus logros en campañas prolongadas y en la planificación estratégica y logística resulten aún más impresionantes. (p. 199)
Los vikingos comenzaron a pasar el invierno en territorios hostiles, conquistándolos o estableciendo bases, primero en Irlanda y después también en Inglaterra. Sin embargo, un efecto secundario fue que esto, por supuesto, redujo drásticamente su tan preciada movilidad y, en Irlanda, por ejemplo, los llevó a sufrir una serie de derrotas. No obstante, cabe señalar que el mismo patrón (un aumento de las incursiones de pequeña a gran escala, acompañado de la estancia durante el invierno) no se aplicó a todos los territorios conquistados. Los jefes daneses se establecieron en Frisia a principios del siglo IX e hicieron frente al dominio franco de la zona al hacer malabarismos con las relaciones políticas con los francos; la Escocia nórdica fue ampliamente colonizada desde muy temprano, probablemente desde principios del siglo IX.
Al igual que el resto de las guerras de la Alta Edad Media en Europa occidental, la guerra vikinga no podía ignorar los efectos limitantes del invierno sobre las campañas militares y la logística. Por ello, solía ser una actividad estacional, con un descanso invernal designado que, en un principio, se pasaba en la patria, en Escandinavia, pero que cada vez más se realizaba en bases y campamentos de invierno, una vez que estos surgían en los territorios controlados por los vikingos en el extranjero. Desde esos asentamientos, los vikingos podían participar en la política local, eligiendo con tacto de qué bando ponerse, llegando a acuerdos con sus enemigos, asegurándose el pago de tributos y lanzando nuevas campañas.
Incluso en lo que respecta a las batallas en tierra firme, los queridos barcos de los vikingos seguían siendo fundamentales siempre que se les podía dar uso. Los barcos tenían un calado lo suficientemente reducido como para remontar los ríos más grandes, transportando desde hombres hasta provisiones y botín, lo que significaba que, siempre que los vikingos llevaban a cabo campañas cerca de zonas a las que sus barcos podían llegar, no necesitaban las molestas y lentas caravanas de provisiones por tierra.
Sin embargo, la situación se vuelve más confusa en lo que respecta a los detalles concretos del combate vikingo. Sobre esto Williams (2017) explica:
Sabemos poco sobre tácticas de batalla específicas. Las referencias de las que disponemos sugieren que el muro de escudos era la formación táctica más habitual. Probablemente también se utilizaba el tiro con arco para romper el muro de escudos, ya que no era una posición ideal para recibir flechas (ofrecía un blanco grande, con poca maniobrabilidad), y los arcos largos, que se sabe que existían en este periodo, habrían penetrado los escudos y las armaduras, aunque no necesariamente en profundidad. (p. 28)
Aunque utilizaban caballos por su movilidad, probablemente desmontaban de ellos antes de la batalla. Los estandartes se llevaban cerca del líder o líderes, probablemente para indicar su rango. Algunos de estos estandartes representaban cuervos, como el que utilizó Harald Hardrada en Stamford Bridge (1066) contra los anglosajones. Aunque los gritos podrían haber bastado para comunicarse en escaramuzas más pequeñas, uno solo puede gritar hasta cierto punto; es posible que también se utilizaran cuernos de animales para lanzar señales y suplir las carencias. Para transmitir órdenes e información más precisas, es probable que los mensajeros cruzaran el campo de batalla a gran velocidad.
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Una fuerza vikinga para la que tales medidas de comunicación habrían sido de un valor incalculable es la del «gran ejército» danés que sembró el caos por toda Inglaterra a partir del año 865. Este ejercito libró campañas durante años y doblegó a los reinos de Anglia Oriental y Northumbria, así como a la mayor parte de Mercia. Incluso Wessex, bajo el mando de su líder, el rey Alfredo, quien reinó entre 871 y 899, luchó por resistir a las fuerzas vikingas, pero finalmente obtuvo una victoria decisiva. El gran ejército vikingo se disolvió hacia el año 880, y sus bandas de guerreros parecieron aprovechar con rapidez una lucha sucesoria en el reino de los francos, donde estuvieron activos entre los años 879 y 891. La flexibilidad y un agudo oportunismo fueron fundamentales.
Organización
Un ejército numeroso habría estado compuesto por varias bandas de guerreros, aunque sabemos muy poco sobre la organización concreta o la jerarquía de mando. Es posible que los reyes locales, los condes y los jefes tribales lideraran cada uno una parte del ejército, desempeñando funciones de mando específicas y probablemente siguiendo algún tipo de orden jerárquico. En la batalla de Ashdown (871), donde el rey Alfredo derrotó al gran ejército danés, una de las alas danesas estaba liderada por dos reyes, mientras que la otra estaba capitaneada por «muchos jarls» (Williams, 2017, p. 19), por ejemplo. A medida que los reinos escandinavos comenzaron a adoptar formas más unificadas, reyes influyentes como el danés Svend Barba partida, quien reinó entre los años 986 y 1014, probablemente fueron responsables de una jerarquía más cohesionada. En estas jerarquías, los reyes comandaban las tripulaciones de varios barcos, complementadas por las fuerzas personales de los jefes más importantes. El número total de guerreros alcanzaba entonces fácilmente los miles en tiempos de conflicto.
Las relaciones entre los distintos tipos de líderes, así como entre estos y sus tripulaciones, podían adoptar la forma de vínculos familiares o personales, de lazos sociales, o bien estar motivadas por el botín o los tributos. Probablemente no existía tal cosa como un reclutamiento sistemático para las flotas vikingas. Aunque el término leiðangr indicaba una fuerza directa bajo el control del rey (y en este sentido puede que se haya utilizado esporádicamente durante la era vikinga), la conexión específica con el reclutamiento solo se conoce a partir de fuentes que datan de mediados del siglo XII d.C. y posteriores. En cambio, las expediciones de la era vikinga eran probablemente, en su mayoría, asuntos privados.
Se ha argumentado que las unidades de combate podrían tener su origen en las tripulaciones de los barcos, lo que parece bastante lógico si se tiene en cuenta la gran dependencia de los vikingos a los barcos y el espíritu de camaradería que habría surgido al ayudarse a sobrellevar el mareo ocasional. Los restos óseos que se encontraron y las sagas indican que los invasores y guerreros eran, por lo general, hombres jóvenes.
Ninguno de estos datos prueba de forma definitiva, por el momento, la existencia de guerreras vikingas. Sin embargo, cabe imaginar que los guerreros más experimentados también eran muy valiosos, ya que aportaban estabilidad y conocimientos. De hecho, los relatos que detallan las campañas de varios años de los vikingos a finales del siglo IX describen a adolescentes o jóvenes adultos que se alistaban y permanecían en activo hasta los treinta años e incluso más allá. Es curioso que las pruebas hayan demostrado que las tropas también podrían haber procedido en parte de zonas fuera de Escandinavia; se atestigua una conexión con el sur del Báltico en lo que respecta a las guarniciones de Dinamarca, e incluso las fuerzas escandinavas activas en Inglaterra en el siglo X eran una mezcolanza, en lugar de reflejar ningún tipo de ejército «nacional».
Características distintivas
A pesar de lo que pueda parecer, la guerra vikinga no es, en realidad, una anomalía tan grande en el panorama de la Alta Edad Media en Europa. Además del hecho de que, desde el punto de vista tecnológico, las condiciones eran bastante equilibradas, las incursiones con el objetivo de saquear no eran en absoluto una práctica exclusiva de los vikingos; de hecho, eran incluso habituales en la Irlanda y la Gran Bretaña antes de que los vikingos llegasen y estaban muy extendidas por todo el continente en general. El cobro de tributos también se produjo fuera de las esferas vikingas a lo largo de la historia medieval, y llega incluso a ser un elemento central de las relaciones entre reyes en la Gran Bretaña de la Alta Edad Media.
AUNQUE FUEroN BRUTALES SEGÚN LOS CRITERIOS ACTUALES, LOS VIKINGOS NO DESENTONABAN EN ABSOLUTO EN LA EUROPA DE LA ALTA EDAD MEDIA, DONDE EL RESTO DE los HABITANTES NO NECESITABA EN ABSOLUTO NINGÚN CONSEJO por parte DE ELLOS.
Tanto los anglosajones como los francos utilizaban barcos; sin embargo, los vikingos tenían factores muy distintivos: la tecnología naval específica, es decir, la construcción de embarcaciones más rápidas y aptas para la navegación en mar, con poco calado, perfectas para ataques relámpago y también para el transporte de mercancías, y la forma en que empleaban sus barcos en sus típicas incursiones de «ataque y retirada». Otros elementos clave relacionados con esto son un fuerte énfasis en la movilidad estratégica: barcos complementados con el uso de caballos en tierra; una buena conciencia y capacidad logística que permitía un buen abastecimiento durante las campañas; una buena inteligencia militar y un olfato para elegir objetivos vulnerables, así como para responder rápidamente a situaciones cambiantes; y su estructura fluida de bandas de guerra individuales lideradas por jefes privados. Quizás lo más importante, sin embargo, es el invierno. Las bases construidas o tomadas en este contexto se convirtieron en puntos de reunión supremos desde los que podían extenderse por la zona circundante.
Para quienes intentaban hacer frente a esta combinación, el enfrentamiento directo contra los vikingos solía ser más bien un parche, al igual que el pago de tributos, que solo permitía comprar la paz durante un tiempo. Williams explica que «solo cuando se abordaron los dos problemas de la movilidad y el abastecimiento se logró contener con éxito las incursiones vikingas» (2017, p. 198). Carlos el Calvo, rey de la Francia Occidental, quien reinó entre 843 y 877, utilizó puentes fortificados para bloquear el acceso de los vikingos a los ríos, y también los utilizó Alfredo el Grande de Wessex, quien reinó entre 871 y 899, y cuya defensa costera simultánea basada en la flota y la construcción de ciudades fortificadas (burhs) por todo Wessex acabaron por detener a los vikingos en esa zona.
Con la ayuda de sus espadas y sus barcos, los escandinavos de la época vikinga extendieron enormemente su influencia desde el Atlántico Norte hasta el Mediterráneo e incluso hasta Constantinopla, donde algunos nórdicos decidieron convertirse en guerreros profesionales al servicio del emperador, como la Guardia varega. Tanto la tendencia de los relatos contemporáneos como, en gran parte, su imagen actual (especialmente en la cultura popular) llevan a creer que, durante esta época, los mares y ríos europeos estaban literalmente plagados de piratas con aspecto vikingo. A menudo se describe a los guerreros vikingos como salvajes y brutales y, lo que es más importante, paganos, que no mostraban piedad alguna hacia sus desafortunadas víctimas y que gozaban de un éxito desmesurado en el campo de batalla. Sin embargo, esta caracterización no solo está sacada de contexto, sino que también es exagerada o incluso errónea.
Los relatos de la época solían estar escritos por monjes, quienes se encontraban en primera línea de fuego cuando los vikingos saqueaban monasterios y lugares similares, o por otras víctimas. Por lo tanto, no es de extrañar que no alabaran a los vikingos. Les indignaba el hecho de que estos paganos atacaran iglesias y mataran a clérigos, aunque sabemos que los gobernantes cristianos también atacaban iglesias de vez en cuando. Además, especialmente en los primeros años de los asaltos, estos eran esporádicos y apenas derribaban las instituciones locales, y no hay que olvidar que otras culturas también realizaban incursiones. Por otra parte, aunque eran brutales según los estándares modernos, los vikingos no desentonaban en la Europa medieval temprana, cuyos habitantes no necesitaban en absoluto ningún consejo por parte de los vikingos.
Asimismo, los éxitos de los vikingos en el campo de batalla, tal y como lo expresa Williams, «se deben menos a los guerreros salvajes de la imaginación romántica y más a estrategias cuidadosas y a una planificación logística, a una hábil combinación de guerra y diplomacia, y a una buena organización subyacente» (2017, p. 74). Los famosos berserkers que aparecen en la literatura nórdica antigua, caracterizados por su «furia berserker» en la que rugen, muerden sus escudos y son invulnerables, son más bien figuras literarias. Es posible que se basaran en un culto a guerreros enmascarados que existió en la antigüedad germánica y que a menudo se relacionan con Odín, pero no deben imaginarse en los ejércitos vikingos en un sentido demasiado literal. Sin embargo, el hecho de que los guerreros vikingos fueran eficaces y reconocidos como tales se refleja en que sirvieran al emperador bizantino en el cuerpo de élite conocido como la Guardia varega.
Emma estudió Historia e Historia de la Antigüedad. Durante su maestría, se centró en Heródoto, así como en la jugosa política de las cortes antiguas, pero más recientemente ha estado inmersa en todo lo relacionado a la prehistoria.
Escrito por Emma Groeneveld, publicado el 01 junio 2018. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.