Lisandro (muerto en 395 a.C.) fue un estadista y general espartano que se hizo famoso por derrotar a la armada ateniense en la batalla de Egospótamos en 405 a.C., victoria que finalmente puso fin a la guerra del Peloponeso. Lisandro adquirió fama por su carácter fogoso, sus estrategias audaces y el trato despiadado que dispensaba a los prisioneros y a las ciudades sometidas. Las políticas severas del espartano en toda Grecia tras la guerra del Peloponeso acabaron provocando su caída. Rechazado tanto en su patria como en toda Grecia, fue asesinado por una fuerza tebana en 395 a.C., durante el primer año de las guerras corintias. Lisandro es el protagonista de una de las biografías de Vidas de Plutarco.
Primeros años
No se sabe mucho sobre los primeros años de vida de Lisandro, excepto que su padre fue Aristócrito y pertenecía al clan de los Heráclidas de Esparta. También sabemos que era relativamente pobre y que necesitó ayuda económica para completar su educación y formación militar. Cuando se convirtió en almirante (nauarchos) hacia 408 a.C., a Lisandro se le encomendó la tarea de persuadir al rey persa Ciro el Joven para que ayudara a los espartanos en su guerra contra Atenas y sus aliados de la Liga de Delos. En esta misión y en ganarse también la amistad de Ciro, tuvo éxito.
La primera victoria notable de Lisandro tuvo lugar en la batalla naval de Notio, en la costa cercana a Éfeso, hacia 407 a.C. Allí derrotó a Antíoco, lugarteniente de Alcibíades, gracias a un despliegue más eficaz de sus naves. La derrota llevaría a los atenienses a destituir a su gran general Alcibíades, acusado de descuidar su deber por haber permitido que un subordinado, que además no era más que un timonel, estuviera al mando de la flota.
Lisandro consolidó entonces su reputación por sus tácticas audaces en la batalla de Egospótamos, en el Helesponto, en 405 a.C. Había rehusado deliberadamente en dos ocasiones entablar combate con su flota de 200 naves financiadas por los persas frente a la flota ateniense, que era más numerosa, por lo que los atenienses creyeron que el espartano era reacio a entrar en combate. Al quinto día, los atenienses estaban descansando con sus naves varadas en la orilla, un procedimiento necesario para secar periódicamente los cascos y evitar que los barcos antiguos se anegaran. Lisandro eligió ese momento para atacar y arrolló al enemigo; solo ocho naves atenienses lograron escapar de la debacle. El espartano ejecutó entonces sin piedad a sus 3.000 prisioneros. La victoria de Esparta puso finalmente fin a la guerra del Peloponeso, que había comenzado en 431 a.C.
En un registro vanidoso de sus logros, el monumento de bronce representaba a los dioses del Olimpo y a Lisandro, el único mortal que aparecía, coronado por Poseidón.
Lisandro navegó entonces hasta el Pireo y, con sus naves, aisló a Atenas de su puerto en la primavera de 404 a.C. Hizo saber que cualquier ateniense que fuera capturado fuera de la ciudad sería ejecutado sin excepción, y así se aseguró, con una crueldad calculada, de que Atenas estuviera abarrotada de tantas bocas que alimentar como fuera posible antes de establecer su bloqueo. Tras un largo asedio y al borde de la inanición, la ciudad finalmente se rindió y allí se estableció un nuevo gobierno: los Treinta Tiranos. Ante el llamamiento de Corinto y Tebas para destruir Atenas por completo, Lisandro se opuso y, en su lugar, insistió en que se derribaran las fortificaciones de los Muros Largos, que se entregaran todas las naves de guerra trirremes salvo una flota simbólica y que se impusiera un fuerte tributo. A continuación, se dejó allí una guarnición espartana para proteger sus intereses. La gran victoria de Lisandro se conmemoró mediante ofrendas, la acuñación de monedas conmemorativas y, por parte del propio Lisandro, con la construcción de un nuevo monumento, el «Monumento de los Navarcas», en el lugar sagrado de Delfos. En un registro vanidoso de sus logros, el monumento de bronce representaba a los dioses del Olimpo y a Lisandro, el único mortal que aparecía, coronado por Poseidón.
Maniobras políticas
Esparta y Lisandro consolidaron sus conquistas en la guerra del Peloponeso promoviendo gobiernos oligárquicos (decarchies) en diversas ciudades griegas, a las que también impusieron tributos, tal como Esparta seguía haciendo con sus propios aliados de la Liga del Peloponeso. Sin embargo, la falta de experiencia de los espartanos en materia diplomática y en la administración de las ciudades, sumada a su gobierno excesivamente opresivo, no tardó en provocar malestar. Incluso sus aliados, Corinto y Tebas, comenzaron a preocuparse por la hegemonía de Esparta sobre Grecia.
El inescrupuloso y poco querido Lisandro, de quien se decía que «engañaba a los jóvenes con los dados, pero a los hombres con juramentos» (Lisandro, 293), también recibió críticas de sus propios compatriotas por llevar una vida de lujo en Anatolia. Los espartanos, de costumbres austeras, tampoco veían con buenos ojos el creciente culto a la personalidad de Lisandro, especialmente extendido en la isla de Samos. Allí fue venerado como un dios, algo sin precedentes tratándose de un griego en vida. Al sospechar que Lisandro podía volverse más ambicioso y establecer su propio imperio, los espartanos lo hicieron regresar a Esparta y lo despojaron de sus títulos; o, más precisamente, estos no le fueron renovados. Esto provocó un enfrentamiento entre Lisandro y su antiguo protegido y amante (erastes), el rey espartano Agesilao, en 396 a.C. Para alejar a su rival de Esparta tanto como fuera posible, el rey encargó a Lisandro el mando de un ejército en el Helesponto. Allí, logró persuadir al sátrapa persa Espitrídates para que se uniera a sus propias fuerzas.
En 395 a.C., Corinto formó una alianza con Argos, Beocia, Tebas y Atenas para luchar contra Esparta. Lisandro, llamado de nuevo para hacer frente a esta amenaza, atacó Beocia y provocó así una guerra con Tebas, dando comienzo a las guerras corintias, que se prolongaron durante nueve años. A la espera, o más bien sin esperar, de reunirse con un ejército espartano dirigido por Pausanias II (el otro rey de Esparta), Lisandro fue asesinado por los tebanos mientras atacaba las murallas de Haliarto, en el centro de Beocia. Según Plutarco, su cuerpo fue trasladado y enterrado en Panope, en el camino de Queronea a Delfos, y se erigió un monumento para señalar el lugar.
El resultado de las guerras corintias fue la «Paz del Rey», por la que Esparta cedió su imperio al control persa, aunque, en cualquier caso, carecía del aparato burocrático necesario para administrarlo adecuadamente, mientras que se le permitió mantener su dominio sobre Grecia. Sin embargo, en su intento por aplastar a Tebas, Esparta perdió la crucial batalla de Leuctra en 371 a.C. frente al brillante general tebano Epaminondas. Tebas anexó entonces parte de Mesenia y, a partir de ese momento, Esparta pasó a ser una potencia de segundo orden.
Tras la muerte de Lisandro, sus enemigos políticos afirmaron haber encontrado entre sus efectos personales documentos que indicaban que había planeado sustituir el sistema hereditario de doble monarquía de Esparta por una monarquía electiva. Nunca muy admirado, ni siquiera en sus mejores momentos, Plutarco resume así la reputación de Lisandro:
Lisandro… parecía un personaje ambiguo y sin escrúpulos, un hombre que ocultaba la mayoría de sus acciones en la guerra mediante diversas formas de engaño… Se burlaba de quienes sostenían que los descendientes de Heracles no debían rebajarse a recurrir a artimañas en la guerra y decía: «Cuando la piel del león no alcanza, debemos remendarla con la del zorro» (Lisandro, 293).
Egresado de Traducción e Interpretación Profesional Inglés–Español por The American School of Translators and Interpreters (EATRI). Posee un diplomado Bridge IDELT de Bridge Education Group y se especializa en traducción académica e histórica.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 18 marzo 2016. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.