Saqueo de Roma por los galos, 390 a.C.

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Ludwig Heinrich Dyck
por , traducido por Rosa Baranda
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Cuando los galos derrotaron a los romanos en la confluencia de los ríos Tíber y Alia, siguieron avanzando hacia Roma. A finales de julio del año 390 a.C., la ciudad, indefensa, cayó en manos de los invasores, que la incendiaron y saquearon. Tan solo en la colina Capitolina hubo un pequeño grupo de romanos que se resistieron con valentía hasta que el hambre les obligó a rendirse. Después, se vieron obligados a pagarles a los galos un cuantioso rescate en oro para que se marcharan. Por su parte, los galos también habían sufrido grandes bajas a causa del hambre y la malaria. Para evitar que su ciudad fuera saqueada de nuevo, los romanos mejoraron su ejército y reforzaron la muralla de la ciudad.

The Sack of Rome, 390 BCE
Saqueo de Roma, 390 a.C. The Creative Assembly (Copyright)

Antecedentes

En el año 391 a.C., la intervención romana rompió el asedio galo de la ciudad etrusca de Clusio. Al año siguiente, los galos enfurecidos liderados por la tribu de los senones y su jefe Breno entraron en guerra contra Roma. El ejército romano interceptó a los galos a orillas del Tíber, cerca de su confluencia con el río Alia, a 18 km (11 millas) al norte de Roma. La carga gala destrozó a los romanos, que sufrieron una derrota aplastante. En ese momento, nada parecía interponerse entre los bárbaros y la ciudad de Roma.

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Saqueo e incendio de Roma

Al día siguiente de la batalla, el ejército galo llegó a las murallas de Roma cuando el sol se ponía en la tarde del 19 de julio. Las puertas no estaban cerradas y no había tropas defendiendo las murallas. La facilidad con la que habían obtenido la victoria en el Alia y el hecho de que la ciudad estuviera indefensa hicieron que los galos sospecharan que se trataba de una trampa así que, por el momento, decidieron acampar entre Roma y el cercano río Anio. Unos exploradores partieron a caballo para reconocer las murallas.

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Brennus
Breno Toulon Sculpture workshop (CC BY-SA)

Dentro de Roma, el llanto por los caídos dio paso a un terror silencioso. Por la noche, se oía a la caballería enemiga gritando fuera de las murallas de la ciudad, pero no se produjo ningún ataque. La mayoría de los romanos consideraban que su ciudad estaba condenada; los pocos combatientes que quedaban nunca podrían defender las murallas, que no eran más que un agger (un muro de tierra) protegido por un foso. La única esperanza que tenían era defender la ciudadela, situada en la empinada colina Capitolina. Allí fue donde se refugiaron el Senado y los hombres en edad de combatir, junto con sus familias. Los sacerdotes huyeron de la ciudad llevando consigo sus reliquias religiosas, junto con gran parte de la plebe, que arrasó los campos circundantes en busca de cualquier cosa comestible.

Unos dos días más tarde, los galos entraron en la ciudad sin encontrar resistencia. Les sorprendió que un gran número de personas ya se les hubiera escapado de las manos. Tras desplegar un cordón de tropas alrededor de la colina Capitolina, el ejército galo saqueó la ciudad. Los galos se dedicaron a quemar y matar hasta que la ciudad quedó reducida a ruinas y cenizas. A continuación, se dirigieron a la Capitolina para acabar con los defensores que quedaban.

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La defensa de la ciudadela

Los romanos que se encontraban en la colina Capitolina estaban decididos a oponer una defensa enérgica. Los galos avanzaron por la colina con los escudos en alto para protegerse de los proyectiles. Los romanos les dejaron llegar hasta la mitad de la subida, donde el terreno era más empinado, y entonces cargaron contra ellos, arrollando por completo a sus enemigos.

Decididos a evitar más bajas inútiles, los galos optaron por someter a los defensores mediante el hambre. Los galos también se enfrentaban a la escasez de alimentos; el fuego había consumido las reservas de cereales de la ciudad y los campos circundantes estaban completamente arrasados. Para conseguir comida, varios grupos de galos partieron a saquear el campo.

Los galos alcanzaron la cima, eludieron a las guardias romanas y ni siquiera despertaron a los perros. pero, al llegar al templo de Juno, el graznido de sus gansos sagrados acabó por alertar a las guardias.

Mientras el asedio de la Capitolina continuaba en Roma, en la ciudad de Ardea, el general romano Marco Furio Camilo movilizó a los ciudadanos contra las partidas de asalto galas. No muy lejos de allí, Camilo sorprendió y masacró a una gran multitud de galos. Reforzado con voluntarios del Lacio, se estaba formando un nuevo ejército romano en Ardea. Su líder era Camilo, quien, mediante un mensajero secreto del Senado, fue nombrado dictador por orden del pueblo.

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La tradición dice que, mientras tanto en Roma, los galos intentaron infiltrarse en la Capitolina trepando por la colina cercana al templo de Carmentis, diosa del nacimiento. Llegaron a la cima, eludieron a las guardias romanas y ni siquiera despertaron a los perros. Sin embargo, no pudieron pasar desapercibidos junto al templo de Juno, ya que el graznido de sus gansos sagrados alertó finalmente a las guardias. Lideradas por Marco Manilo, las guardias se enfrentaron a los galos. Manilo se enfrentó a dos de los enemigos y le cortó la muñeca a uno de ellos. Estrelló su escudo contra el rostro del otro galo, que se precipitó por encima de la muralla y cayó por el acantilado. Se deshicieron del resto de los galos que habían llegado al parapeto del mismo modo, mientras que a los que aún trepaban los hicieron caer con jabalinas y piedras.

Una victoria pírrica para los galos

Tras siete meses de asedio, tanto los defensores de la Capitolina como los galos se vieron abocados al hambre. Los galos también padecían malaria, que los estaba matando en tal número que tenían que apilar a sus muertos y quemarlos. No obstante, los romanos de la Capitolina acabaron rindiéndose y acordaron pagar 1.000 libras de oro a cambio de la retirada pacífica de los galos. Cuando se pesó el oro, los galos presentaron contrapesos falsos más pesados. Los romanos protestaron, a lo que el jefe Brenno respondió: «¡Ay de los vencidos!», y arrojó su propia espada a la balanza (Livio, Historia de Roma, 5.48).

Brennus Throws His Swords on the Scale
Breno arroja sus espadas en la balanza Ludwig Gottlieb Portman (Public Domain)

Llegados a este punto, las fuentes difieren sobre lo que ocurrió a continuación. Livio escribió que Camilo y su ejército aparecieron y ordenaron a los galos que abandonaran el oro y la ciudad. Los galos se negaron a hacerlo, y se desató una batalla caótica entre las ruinas. Los galos, desnutridos y enfermos, sufrieron una derrota fácil. A la altura del hito de las ocho millas del camino a Gabios, los galos se reagruparon, pero Camilo los derrotó una vez más. El relato de Plutarco es similar, salvo que pocos galos murieron en la ciudad y que su principal derrota tuvo lugar en el camino hacia Gabios. Polibio no menciona ninguna victoria romana, sino que afirma que los galos se marcharon porque sus tierras natales se enfrentaban a una invasión de los vénetos. Diodoro relata que los galos se marcharon por voluntad propia, pero Camilo los derrotó en la localidad de Veascio y por los caeretanos en territorio sabino.

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En general, los historiadores modernos consideran que la derrota de los galos es fruto del revisionismo de los historiadores clásicos, reacios a admitir la derrota de Roma. Es posible que, de camino a casa, los galos, desnutridos y enfermos, se dividieran en grupos más pequeños para facilitar su subsistencia en la zona. Esos grupos más pequeños podrían haber caído fácilmente en una emboscada, lo que les permitió a los romanos o a las tribus aliadas recuperar al menos parte del rescate.

Consecuencias

Su derrota a manos de los galos en el río Alia y el saqueo de su ciudad dejaron claro a los romanos que necesitaban un ejército más formidable y mejores defensas para la ciudad. La posterior sustitución de la torpe falange por los maniples, más pequeños y flexibles, y el recurso a la infantería pesada, armada con grandes escudos rectangulares semicilíndricos, espadas cortas y jabalinas, se convirtieron en rasgos definitorios del Ejército romano. Las fortificaciones de Roma también se hicieron más formidables. Se elevó el agger, reforzado por 8 km (5 millas) de muros de piedra maciza de 3,5 m (12 pies) de grosor y 7 m (24 pies) de altura, que rodeaban toda la ciudad. Aunque las repercusiones políticas de la derrota debilitaron la posición de Roma en Italia, la ciudad resistió y prosperó. No sería hasta ocho siglos más tarde, en el año 410 d.C., cuando Roma volvería a caer ante un invasor, los visigodos germánicos.

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Cita este trabajo

Estilo APA

Dyck, L. H. (2026, agosto 14). Saqueo de Roma por los galos, 390 a.C.. (R. Baranda, Traductor). World History Encyclopedia. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-910/saqueo-de-roma-por-los-galos-390-ac/

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Dyck, Ludwig Heinrich. "Saqueo de Roma por los galos, 390 a.C.." Traducido por Rosa Baranda. World History Encyclopedia, agosto 14, 2026. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-910/saqueo-de-roma-por-los-galos-390-ac/.

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Dyck, Ludwig Heinrich. "Saqueo de Roma por los galos, 390 a.C.." Traducido por Rosa Baranda. World History Encyclopedia, 14 ago 2026, https://www.worldhistory.org/trans/es/2-910/saqueo-de-roma-por-los-galos-390-ac/.

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