El islam surgió como una fuerza religiosa y sociopolítica en Arabia en el siglo VII d.C., a partir de 610. El profeta Mahoma (570-632), a pesar de la resistencia y persecuciones que afrontó, reunió un gran número de seguidores y comenzó a construir un imperio que se articulaba en torno a principios humanitarios y a un poder militar incontrovertible. Tras la muerte de Mahoma en 632, Abu Bakr (573-634), amigo y colaborador del profeta, estableció las bases del califato rashidun (632-661), bajo el cual continuó la expansión imperial. A pesar de su debilidad inicial, el Imperio islámico pronto se convirtió en una fuerza de gran influencia en el Oriente Próximo y el Mediterráneo. En pocas décadas se expandió desde la ciudad de Medina, en la región del Hijaz, hasta abarcar toda Arabia, Irak, Siria, el Levante, Irán, Egipto, partes del norte de África y varias islas del Mediterráneo. Los conflictos internos presentes durante la primera guerra civil musulmana, conocida como primera fitna (656-661), provocaron el estancamiento temporal de las fronteras, pero más adelante la dinastía omeya (661-750) reanudó las conquistas.
El profeta Mahoma comenzó a predicar la fe monoteísta denominada islam en su ciudad natal, La Meca, en el año 610. Su carisma, talento y reputación de honestidad le permitieron reunir un número considerable de seguidores. La igualdad, la equidad social, la paridad de los derechos de la mujer, considerada hasta entonces «propiedad» por los habitantes de La Meca, así como la promesa de alcanzar el paraíso, atrajeron a muchos al islam. Sin embargo, estos cambios resultaban inaceptables para los habitantes de La Meca, quienes los consideraban una seria amenaza para su estructura económica y para la estratificación social vigente.
Los habitantes de medina invistieron al profeta mahoma con la autoridad suprema sobre la ciudad y lo reconocieron como el primer gobernante y soberano del futuro imperio islámico o musulmán.
A pesar de la severa persecución a la que fueron sometidos la nueva religión y su predicador, los habitantes de La Meca no pudieron controlar a la comunidad musulmana. Ante las ignominias que padecían en La Meca, los primeros musulmanes emigraron a la ciudad de Medina en 621, adonde habían sido invitados. El profeta y su amigo cercano y colaborador, Abu Bakr, llegaron a la ciudad en 622. Los habitantes de Medina invistieron al profeta Mahoma con la autoridad suprema sobre la ciudad, y lo reconocieron como el primer gobernante y soberano (rigió 622-632) del futuro Imperio islámico-musulmán. La ciudad-Estado de Medina pronto entró en conflicto con La Meca, la cual tras varios años de enfrentamientos, fue conquistada entre 629 y 630.
Tras la caída de La Meca las principales ciudades árabes comenzaron a someterse en rápida sucesión a la autoridad del profeta. Entre ellas estaba Taif, que se rindió en 631, después de haber maltratado a Mahoma por predicar su fe. Los musulmanes derrotaron a todas las fuerzas y confederaciones opositoras a pesar de los ingentes esfuerzos que estas realizaron para aplastarlos y recuperar su autonomía. Así, en 628 una alianza judía sufrió una derrota total en la batalla de Jáibar, mientras en 630 una liga beduina corría la misma suerte en la batalla de Hunáin. Al morir en 632, el profeta gobernaba un imperio en formación, cuya expansión y consolidación recaería en sus sucesores.
Tras la muerte del profeta Mahoma, el nuevo Estado islámico se encontró al borde de la desintegración, debido a que muchos defendían el retorno a formas autónomas de gobierno anteriores al islam. Sin embargo, Abu Bakr evitó el peligro al asumir el califato como sucesor del profeta y como primer gobernante supremo de la comunidad islámica desde 632 hasta 634. En vida de Mahoma un gobernante bizantino de Siria había asesinado a un enviado musulmán, hecho que indujo al profeta a despachar una fuerza expedicionaria para responder a aquella ofensa. La misión sufrió grandes pérdidas y fue derrotada en la batalla de Mu'tah, en 629. Una de las primeras decisiones del califa Abu Bakr fue enviar otra fuerza para compensar la derrota sufrida en Mu'tah, conforme al plan original establecido por el profeta.
La península de Arabia se sumió en una rebelión abierta tras la partida de este contingente. El califa actuó con destreza y aprovechó la división existente entre sus enemigos, a quienes sometió en el plazo de un año. Estos acontecimientos se conocerían más adelante con el nombre de guerras Ridda (632-633). Jalid ibn al-Walid, destacado estratega musulmán fallecido en 642, desempeñó un papel fundamental en esta campaña al derrotar en diciembre de 632 en la batalla de al-Yamama al principal grupo opositor, dirigido por un falso profeta llamado Musaylimah. Tras la derrota de al-Yamama, los rebeldes dejaron de representar una amenaza significativa y en marzo de 633 se restableció el orden. Abu Bakr había preservado tanto el emergente imperio del profeta como su religión, lo que contribuyó a consolidar su posición y autoridad como califa.
A partir de entonces, Abu Bakr se propuso extender su esfera de control más allá de la península arábiga. El Estado islámico limitaba con dos grandes potencias: el Imperio bizantino (330-1453), por el noroeste, y el Imperio sasánida (224-651), por el noreste. Ambos imperios se enfrentaban con frecuencia en prolongadas y violentas guerras. En su afán de imponerse, habían agotado sus recursos y reprimían a las tribus árabes del Oriente Medio. Las circunstancias eran favorables para Abu Bakr, aunque quizá entonces no lo advirtió.
Invasión de la Persia sasánida (Irak y Jorasán)
Un jefe tribal árabe nombrado Muthanna ibn al-Haritha acudió ante Abu Bakr durante las guerras Ridda y le informó de la vulnerabilidad del Irak sasánida. El califa aprovechó la oportunidad y ordenó realizar incursiones en Irak en 633, misión que confió a Jalid, quien se había distinguido por su heróica trayectoria en la guerra. Ambos operaron en la orilla occidental del Éufrates, donde obtuvieron éxitos importantes, incorporaron habitantes locales a sus filas, y rechazaron las acciones sasánidas contra el territorio conquistado.
Al mismo tiempo, tras ocupar un territorio considerable, una fuerza invasora rashidun destacada en Siria enfrentaba el peligro inminente de un contraataque bizantino de gran envergadura. Esto llevó a Abu Bakr a enviar a Jalid al frente sirio, donde consolidó el control musulmán. Durante la ausencia de Jalid el comandante musulmán Abu Ubaid al-Thaqafi, pese a la advertencia de Muthanna, atacó una poderosa fuerza sasánida y sufrió una aplastante derrota en la batalla del Puente, en octubre de 634. Abu Ubaid murió en el combate, pero Muthanna logró retirar sus tropas de forma ordenada y mantener su posición al oeste del Éufrates hasta la llegada de los refuerzos procedentes de Medina.
Abu Bakr murió en 634 y su sucesor, Omar ibn al-Jattab, que gobernó entre 634 y 644, asumió el poder en calidad de segundo califa y «comandante de los fieles» del Imperio islámico. El califa Omar nombró a Sa'd ibn Abi Waqqas (595-674), destacado compañero del profeta, al mando de las nuevas tropas destinadas a reforzar el frente iraquí. Mientras tanto, los sasánidas intentaban recuperar el control de las regiones iraquíes que habían perdido.
Rustam Farrokhzad, guerrero legendario y estratega reconocido por su habilidad, abandonó su retiro para enfrentar al ejército musulmán que se encontraba en constante expansión. En el año 636 el ejército de Sa'd había recibido el refuerzo de las victoriosas tropas procedentes de Siria. A pesar del aumento de efectivos, el ejército rashidun se encontraba en clara inferioridad numérica y material respecto al enemigo. Rustam confió en que su superioridad le aseguraría la victoria, y de hecho, durante los primeros días la situación parecía favorecerlo; sin embargo, los musulmanes compensaron la desventaja con su notable destreza en el combate cuerpo a cuerpo durante la batalla de al-Qadisiyya, en 636.
La situación se tornó en un grave revés para los sasánidas cuando al amparo de una tormenta de arena varios jinetes musulmanes se infiltraron en las líneas principales y mataron a su general, hombre de reconocida valentía. La muerte de Rustam desmoralizó a sus tropas, que a pesar de ser superiores en número, iniciaron una huida desordenada que culminó en su total destrucción. La derrota quebró el control sasánida de Irak, y las tropas rashidun avanzaron por el territorio hasta tomar la capital persa, Ctesifonte, ciudad muy apartada de la base de poder de Jorasán, ubicada en la región oriental del actual Irán.
Para enfrentar a los musulmanes, el último rey sasánida, Yezdegard III (624-651), reunió otro poderoso ejército, pero la enorme fuerza también sufrió una derrota decisiva en la batalla de Nahavand, en 642. A pesar de la victoria, Omar actuó con cautela respecto a la posibilidad de avanzar hacia el interior de Irán, y ordenó a sus tropas mantener sus posiciones para evitar el riesgo de un revés mayor. La victoria de Nahavand le proporcionó a Medina un gran botín, pero más tarde trajo consigo una represalia: en 644 un esclavo persa llamado Lu'lu asesinó al califa Omar en desagravio de la caída del Imperio sasánida.
El sucesor de Omar ibn al-Jattab, Uzmán, continuó bajo su mandato (644-656) la expansión militar emprendida por sus predecesores. El soberano sasánida Yezdegard III, que había huido hacia los territorios orientales de su reino, fue asesinado en Merv, en 651, por un habitante local. El último rey del Imperio sasánida murió víctima de una traición, lo que puso fin a cualquier posibilidad de resistir el avance musulmán. Jorasán quedó bajo el control musulmán al finalizar la campaña desarrollada entre 651 y 653, y poco después los restantes territorios sasánidas fueron conquistados. Así, el Imperio rashidun llegó a extenderse por el este hasta Sindh, en el actual Pakistán.
Invasión de Siria y el Levante
Abu Bakr envió cuatro divisiones a realizar incursiones en Siria y el Levante, bajo el comando respectivo de Shurahbil ibn Hasana (583-639), Yazid ibn Abi Sufyan (murió en 640), Amr ibn al-As (en torno a 573-664) y Abu Ubaida (583-639). Estos ejércitos tenían instrucciones de no enfrentar a las fuerzas bizantinas en campo abierto, y de no atacar ciudades ni fortalezas importantes. Aunque al principio lograron avances, pronto las divisiones enfrentaron la amenaza de un gran ejército organizado por el emperador bizantinoHeraclio (reinó 610-641), ya enfermo, y dirigido por su hermano Teodoro. Para evitar imprevistos, Abu Bakr ordenó a Jalid avanzar hacia Siria.
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Jalid seleccionó a sus mejores hombres, avanzó a través de un desierto sin senderos, empleó camellos para transportar el agua que requería la travesía y llegó a las proximidades de Siria. Allí reunió a las cuatro divisiones y derrotó al ejército bizantino en la batalla de Ajnadayn, en 634. Al asumir el califato, Omar relevó a Jalid de su cargo y nombró en sustitución a Abu Ubaida, con el posible propósito de ejercer un control más directo sobre la campaña.
Las fuerzas rashidun continuaron su avance hacia el norte del Levante y Siria. En 634 tomaron Damasco, bien por medio de un asalto o como consecuencia de una traición, y derrotaron a la división imperial de Palestina en la batalla de Fahl (Pella; 635). Emesa (Homs), convertida en el siguiente objetivo de la campaña, cayó en 636, lo que situó a los musulmanes a una distancia crítica de Alepo y Antioquía, donde residía el emperador. Heraclio destituyó a Teodoro por su derrota inicial y envió otro gran ejército bajo el mando de Vahan de Armenia (murió en 636) para enfrentar a las tropas rashidun.
Jalid había recibido el mando de la misión debido a su experiencia militar, pero no contaba con un nombramiento oficial. El renombrado general se retiró hacia el sur, más allá del río Yarmuk, donde enfrentó al ejército imperial. La batalla del Yarmuk, librada en agosto de 636, se prolongó seis días; al inicio, las fuerzas musulmanas se encontraron en una posición desfavorable, pero al amanecer del 20 de agosto Jalid ordenó avanzar y rodeó a sus enemigos con la caballería. Las tropas imperiales huyeron en desbandada y sufrieron graves bajas; es probable que su comandante muriera en la batalla. Tras esta victoria, los musulmanes se internaron en Siria, Jordania y Palestina. Después, los bizantinos abandonaron la región, y las tropas victoriosas se enviaron al frente iraquí para reforzar esa campaña.
El sitio de Jerusalén comenzó poco después, en 637, y la urbe capituló tras recibir garantías de seguridad del propio califa Omar. Así, la ciudad pasó al control musulmán sin ser devastada, y las autoridades musulmanas permitieron el regreso de la población judía que había sido expulsada de la ciudad por los romanos, cinco siglos atrás. Omar también destituyó oficialmente a Jalid de su cargo, aunque no se ha precisado si en la decisión intervinieron cuestiones personales o las controversias que circulaban en torno al general.
Antes de su destitución definitiva, Jalid había dirigido expediciones a Anatolia y a Armenia en 638; falleció en 642 y fue sepultado en Emesa. Abu Ubaida, quien había sido designado gobernador de Siria, murió en 639, a raíz de la plaga que devastó la región. Como sucesor suyo se envió a Muawiya (602-680), hijo de Abu Sufyan, un prominente aristócrata preislámico de La Meca perteneciente al clan omeya, más tarde convertido al islam. Muawiya asumió el control y consolidó el dominio musulmán en la región. Más tarde, durante el mandato de Uzmán, primo suyo y tercer califa entre 644 y 656, Muawiya amplió el control musulmán sobre Armenia entre los años 653 y 655.
Invasión de Egipto y el norte de África
Amr ibn al-As, uno de los cuatro comandantes enviados por Abu Bakr a la frontera bizantina en un primer momento, propuso a Omar emprender otra conquista. Durante mucho tiempo, el Imperio bizantino había dominado a Egipto, donde la situación de la población era similar a la del Levante o Siria. Las políticas represivas bizantinas permitían concluir que una invasión no encontraría resistencia significativa.
Sin embargo, Omar no era propenso a ordenar un avance sobre la región, de modo que Amr ibn al-As tuvo que recurrir a su capacidad de persuasión para convencerlo. Desde Egipto los bizantinos amenazaban las tierras musulmanas situadas al norte, por lo que aislar esta región del núcleo del imperio haría muy efectiva la invasión. Amr, reforzado por Zubayr ibn al-Awamm (594-656), enfrentó a un ejército imperial en Heliópolis en 640 y obtuvo una victoria decisiva.
Dos años más tarde, el ejército rashidun había tomado la mayor parte de Egipto. El califa Uzmán (rigió 644-656) concedió a los gobernadores regionales autonomía para ampliar sus dominios. En 646 se rechazó un importante contraataque bizantino a Alejandría con ayuda de habitantes locales que lucharon sin reparo alguno contra sus antiguos opresores. Además, la victoria decisiva obtenida en la batalla de Sufetula, en 647, arrebató del control bizantino parte de la franja norafricana situada más allá de Trípoli.
Operaciones navales en el mar Mediterráneo
Para desafiar el poder bizantino en el Mediterráneo se organizó una formidable flota rashidun, cuya fabricación se ordenó a los sirios por su reconocida destreza en la construcción naval. Tras derrotar a la flota bizantina que intentó recuperar Alejandría en el 646, los musulmanes pasaron a la ofensiva. En 649 se realizó una expedición musulmana contra Chipre, seguida de otra contra Rodas en 654. En 655 la flota bizantina fue derrotada en la batalla de los Mástiles. La victoria supuso un indiscutible incremento del poder musulmán sobre el Mediterráneo, y sus incursiones llegaron a lugares tan lejanos como Creta y Sicilia.
Consecuencias y conclusión
En su apogeo, el dominio del califato rashidun se extendió en occidente desde partes del norte de África hasta Sindh, en su extremo oriental, en el actual Pakistán; varias islas del Mediterráneo también se encontraban bajo su control. Se había convertido en una fuerza de peso y ejercía una influencia considerable en la región. Esta expansión inicial se detuvo en el año 656 con el asesinato del califa Uzmán por soldados rebeldes. Su sucesor, Ali ibn Abi Talib (gobernó 656-661), dedicó todo su mandato a intentar restablecer el control sobre un territorio sumido en el conflicto, episodio conocido como la primera fitna (656-661). La muerte del califa Ali en 661 se atribuye a un grupo radical conocido como jariyíes. Muawiya, gobernador de Siria y rival de Ali, asumió el poder tras su deceso. El nuevo califa dio origen a la dinastía omeya (661-750), y después de enfrentar un período inicial de inestabilidad, reanudó el proceso de conquistas.
En su época, los imperios bizantino y sasánida eran grandes potencias, pero los años de guerra terminaron por debilitar a ambos. Además, ninguno de los dos estados parecen haber ponderado la importante amenaza que los árabes podrían representarles. Consideraban que en su condición de habitantes del desierto estaban marcados por la desunión y carecían del volumen demográfico y la determinación necesarios para enfrentar a un imperio. Sin embargo, la situación cambió cuando la península arábiga se unió bajo la bandera del islam en 633. Libres de las luchas internas que los habían asolado durante siglos, los árabes dirigieron su potencial sobre sus vecinos. Su fe infundía en ellos el convencimiento de que una guerra justa era una lucha sagrada, y que si la muerte los alcanzaba en la batalla, serían inmortalizados como mártires.
Sus enemigos, por el contrario, carecían de una determinación similar. Ambos imperios empleaban mercenarios que no sentían hacia el Estado al que servían el mismo fervor que los árabes mostraban hacia el califato. Además, un ejército multiétnico carecía de la cohesión que proporcionaban una fe común y un sentimiento de identidad compartida. Sin embargo, quizá el factor más perjudicial para estos imperios fue la forma en que trataban a las poblaciones de sus provincias. A medida que los ejércitos rashidun avanzaban por estas regiones, sus filas se engrosaban con voluntarios entusiastas, y muchos de los que no combatían les prestaban apoyo indirecto. Los árabes tuvieron, además, la extraordinaria fortuna de contar en sus filas con líderes militares tan capaces como Jalid ibn al-Walid. La expansión musulmana inicial estuvo asegurada tanto por la fuerza que los árabes encontraron en el islam como por las circunstancias en que esta se produjo.
Interesado en el estudio de las migraciones, costumbres, las artes y religiones de distintas culturas; descubrimientos geográficos y científicos. Vive en La Habana. En la actualidad traduce y edita libros y artículos para la web.
Muhammad es biólogo, entusiasta de la historia y escritor independiente, que ha contribuido activamente a la Enciclopedia de la Historia del Mundo desde 2019.
Escrito por Syed Muhammad Khan, publicado el 25 junio 2020. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.