¿Puede la educación física formar parte de un proyecto totalitario para controlar y moldear a las masas? Tanto el líder de la Italia fascista, Benito Mussolini (1883-1945), como el líder de la Alemania nazi, Adolf Hitler (1889-1945), creían que el deporte podía utilizarse para forjar los cuerpos y las mentes de la juventud de sus naciones, preparándolos para su futuro papel como guerreros.
En ambos regímenes fascistas, uno de los primeros pasos para la creación del «nuevo ciudadano» fue el uso político de las actividades físicas, incluso desde una edad temprana y tanto para niños como para niñas. El deporte se volvió fundamental para generar consenso y forjar la conciencia nacional, fortaleciendo la disciplina, el espíritu de equipo y la virilidad.
El Estado como cuerpo, el cuerpo como Estado
Benito Mussolini, fundador del fascismo y dictador («Duce») de Italia de 1922 a 1945, fue representado en innumerables ocasiones realizando actividades físicas. Se ha retratado al Duce nadando, corriendo, jugando tenis, practicando esgrima con sable, montando a caballo, compitiendo en bobsleigh e incluso esquiando sin camisa. Todas estas imágenes crearon el mito de Mussolini como el «primer deportista de Italia». La percepción pública de un líder como atleta, capaz de practicar con (evidente) éxito cualquier tipo de deporte, fue fundamental para crear un fuerte vínculo emocional con la opinión pública. El físico atlético de Mussolini se presentó como un prototipo sobrehumano del hombre italiano ideal. Su cuerpo pronto se convirtió en la metáfora de una firmeza política, en contraposición a la imagen de la burguesía débil que había caracterizado la política italiana antes de la toma del poder por parte de los fascistas en 1922.
La exaltación de Mussolini como símbolo estaba estrechamente ligada a la visión del fascismo sobre el Estado como un cuerpo humano. Este «cuerpo político» estaba compuesto por órganos que trabajaban juntos por un objetivo mayor, bajo un estricto control jerárquico. En la cima de la pirámide se encontraba el propio Mussolini: un modelo inalcanzable capaz de inspirar a toda la población, la cual debía ser moldeada a su imagen y semejanza. Pero ¿era Mussolini el mejor atleta que Italia había visto jamás? En realidad, el Duce comenzó su trayectoria deportiva cerca de cumplir los cuarenta, coincidiendo con su ascenso al poder. Quería que lo representaran como un líder dinámico, vinculado a la pasión de su pueblo por el deporte. En este sentido, no solo fue un precursor de las tendencias modernas, sino también una excepción en el panorama de los líderes fascistas de su generación. Ni Adolf Hitler en Alemania ni el dictador de España, Francisco Franco (1892-1975), intentaron jamás mostrarse como deportistas.
Lo que es seguro es que el Duce garantizaba su presencia en todos los eventos deportivos importantes. Su asistencia se consideraba el principal estímulo para los atletas italianos, quienes así se sentían aún más motivados a ganar cada competencia. Mussolini sabía claramente que el deporte era un poderoso medio de distracción para las masas, por lo que no quería perder ninguna oportunidad de dejarse ver junto a los atletas ganadores. Además, cada victoria lograda, cada récord batido, se presentaba como un éxito del rejuvenecimiento fascista del pueblo italiano. La presencia del líder estaba asegurada incluso en las competencias que más le aburrían, como los partidos de fútbol. A pesar de la apatía del dictador hacia el fútbol, este representaba el ejemplo perfecto del concepto fascista del deporte, ya que implicaba un trabajo en equipo viril sometido a la autoridad de un entrenador. Además, la popularidad que alcanzó el fútbol en la década de 1930, especialmente tras las victorias italianas en los Mundiales de 1934 y 1938, reforzó la conciencia del régimen sobre el potencial de la propaganda relacionada con el deporte. Otro ejemplo fue la Mille Miglia («Mil Millas»), una carrera automovilística que proyectaba la imagen de un país moderno y tecnológico gracias a las mejoras realizadas en la red de carreteras y en la industria automotriz. Mussolini, quien había sido un periodista competente antes de convertirse en dictador, era conocido por sus discursos extravagantes y enrevesados, a través de los cuales elogiaba la destreza deportiva de los italianos. Incluso las bochas (bocce, un tipo de cuenco) merecían ser poetizadas, ya que tenían «la tierra viva como campo de juego, el sol como lámpara, un vaso de la bebida de Noé como puerta: un juego de gente sana y feliz, amos del mundo» (Canella, 42).
Si Mussolini era el modelo del deportista perfecto, el prototipo del hombre fascista se plasmaba en las estatuas del Foro Mussolini en Roma. Se trataba de un enorme complejo deportivo de la ciudad, inspirado en la arquitectura de la Roma imperial y decorado con una serie de estatuas que representaban a atletas de distintas disciplinas. Las estatuas eran la versión idealizada de la virilidad, destinadas a servir como modelos inspiradores para la juventud. Existía una estrecha relación entre el fascismo y la masculinidad. La propaganda fascista había insistido siempre en la imagen viril del hombre soldado, forjado y fortalecido mediante un entrenamiento constante. Pero para lograr al hombre fascista perfecto, primero era necesario intervenir en la educación de los jóvenes y revolucionarla.
La formación de la juventud en la Italia fascista
Mussolini creía que era necesario transformar la sociedad italiana para crear la sociedad fascista perfecta. Por lo tanto, el régimen comenzó a capacitar y adoctrinar incluso a los niños, con el fin de crear al fascista perfecto del futuro. La especial atención que se le prestaba a la juventud era consecuencia de la falta de confianza en la población adulta, ya que se consideraba que esta seguía estando demasiado influenciada por las convicciones políticas de los regímenes anteriores. La transformación no solo afectaría la mentalidad o el estilo de vida, sino también el cuerpo.
Sin embargo, las escuelas y las familias no podían ser las únicas responsables de impulsar una revolución cultural, ya que todavía estaban demasiado influenciadas por las tradiciones y la educación del pasado. En Italia, Mussolini creó una serie de organizaciones destinadas a adoctrinar a la juventud. Todos los niños de entre 8 y 13 años podían inscribirse como Balilla, luego ascendían para ingresar a las Avanguardie Fasciste y, finalmente, al cumplir los 17 años, podían afiliarse al Partido Nacional Fascista.
La primera reforma educativa del gobierno fascista en 1923 no se consideró suficiente para el adoctrinamiento ideológico; además, se consideró demasiado elitista y humanista. La reforma también fue criticada por el escaso espacio que le dedicaba a la educación física, hasta tal punto que en 1926 se creó la Opera Nazionale Balilla (ONB) para la asistencia y la educación física y moral de los jóvenes de entre 8 y 18 años, reuniendo a todos los grupos anteriores. La ONB tenía como objetivo formar a los jóvenes italianos para que, con el tiempo, se convirtieran en soldados disciplinados. La organización incluía a jóvenes de 6 a 18 años, divididos en tres subinstituciones: figli della lupa (de 6 a 8 años), balilla (de 8 a 14 años) y avanguardisti (de 14 a 18 años), y tenía como objetivo no solo la educación espiritual, cultural y religiosa, sino también la formación premilitar, gimnástico-deportiva, profesional y técnica de acuerdo con la ideología fascista. La afiliación era gratuita, pero existían presiones para unirse, así como becas y premios para alentar a las personas a inscribirse. La ONB también tenía derecho a interferir en la vida de las escuelas, lo que generaba mucha fricción con los maestros. No obstante, el sistema escolar se vio obligado a adaptarse a la militarización impuesta de los planes de estudio. Por ejemplo, a partir del segundo año, los niños tenían que aprender a marchar y a hacer el saludo «romano», el gesto fascista con el brazo extendido que sustituía al apretón de manos burgués y menos higiénico. Los estudiantes de secundaria recibían entrenamiento que simulaba escenarios de guerra, como el lanzamiento de peso para practicar el tiro de granadas de mano.
La competencia por la formación de la juventud
En el caso italiano, no existía un monopolio sobre la formación de la juventud. Muchas organizaciones juveniles católicas ya competían por conquistar los corazones y las mentes de los jóvenes italianos, como la Sociedad de la Juventud Católica Italiana o la Federación Universitaria Católica Italiana, ambas incluidas dentro del marco de una asociación denominada Azione Cattolica. A comienzos de la década de 1920, las relaciones entre Italia y la Santa Sede seguían deterioradas a causa de la anexión de Roma, la ciudad del Papa en virtud de su función como obispo de Roma, al Reino de Italia en 1870. Muchos historiadores sostienen que la Italia fascista no era un Estado plenamente totalitario debido a la poderosa presencia de la Iglesia católica en la sociedad, especialmente en la educación de los jóvenes. Mussolini no podía enfrentarse abiertamente a la popularidad de la Iglesia, por lo que optó por llegar a un acuerdo con el papa. Sin embargo, detrás de una aparente estabilización de las relaciones, la cuestión de la educación de la juventud se convertiría en uno de los principales puntos de conflicto entre la Iglesia y Mussolini. En 1931, la prensa inició una campaña agresiva contra Azione Cattolica. A esto le siguió una avalancha de controversias, que llevó a Mussolini a ordenar a los prefectos que disolvieran todas las asociaciones juveniles católicas. El papa Pío XI respondió con la encíclica Non abbiamo bisogno («No tenemos necesidad»), en la que rechazó la pretensión del régimen de monopolizar la educación y condenó la pedagogía estatista y pagana. El Duce decidió entonces calmar a la prensa y firmó un acuerdo que permitió preservar Azione Cattolica y sus organizaciones, aunque estas fueron reorganizadas para dedicarse exclusivamente a la formación espiritual. La crisis de 1931 demostró la imposibilidad de «fascistizar» el catolicismo, pero también de «catolizar» el fascismo.
De deportistas a guerreros
El primer presidente de la ONB fue Renato Ricci, quien decidió centrar sus esfuerzos en la educación física de los jóvenes fascistas. Fue responsable de la creación del Foro Mussolini y de la Academia Fascista de Educación Física, poniendo así el foco en el entrenamiento gimnástico. El interés por el entrenamiento físico no era una prerrogativa de los menores de 18 años: desde 1920, los GUF —Gruppi universitari fascisti (Grupos Universitarios Fascistas)— constituían la columna vertebral del intento de «fascistizar» las universidades. Una de las actividades más importantes de los GUF era participar en la organización de los Littoriali dello sport. A partir de 1932, los Littoriali se convirtieron en las competencias deportivas más importantes, una especie de Juegos Olímpicos para la juventud italiana. Cada año, más de 2.000 atletas participaban en la edición de invierno, los «Littoriali de la nieve y el hielo», o en la edición de verano. El acontecimiento adquirió tal importancia que en 1935 se instituyeron los Agonali, competencias regionales destinadas a seleccionar a los participantes de los Littoriali. Cada atleta competía en representación de su propio grupo universitario, y el GUF que lograba reunir la mayor cantidad de puntos en todas las diferentes competencias era proclamado «GUF Littoriale» y recibía el honor de llevar una «M» dorada en sus uniformes. Para quienes no continuaban sus estudios en la universidad, el régimen creó una organización específica, los Fasci giovanili di combattimento («Fasces italianos de combate»), cuyas sesiones de entrenamiento constituían su actividad principal. Se alentaba a todos los miembros del grupo a practicar cualquier tipo de deporte gracias a descuentos en la compra de equipo deportivo o en la participación en competencias.
El entrenamiento solía desempeñar un importante papel propagandístico. Las exhibiciones gimnásticas involucraban a todos los niveles de las organizaciones juveniles, y movimientos con el peso corporal o coreografías con equipo de gimnasia solían preceder a los discursos públicos de Mussolini. Las exposiciones se consideraban tan importantes para disciplinar a las masas que incluso existía una competencia dedicada a ellas. A partir de 1929, el Concorso Dux evaluaba las mejores actuaciones en equipo. Tanto para los niños como para los adolescentes que participaban en estas exhibiciones, acompañadas por el estruendo de los tambores y los aplausos de la multitud, se fortalecía el sentimiento de formar parte de un grupo disciplinado y armonioso, así como el sentido de identificación con los ritos y la estética del régimen fascista.
Si el fascismo aspiraba a crear al «hombre nuevo», ¿qué se puede decir de la «mujer nueva»? Bajo el fascismo, cada vez más mujeres comenzaron a practicar educación física, a pesar de que existía una fuerte resistencia a las actividades deportivas femeninas. Mientras que para la población masculina el deporte tenía la función de formar a los fuertes soldados del futuro, de las mujeres aún se esperaba que cumplieran con su papel tradicional como madres. La Iglesia se opuso firmemente a la extensión de la educación física a las mujeres, y muchos detractores pensaban, erróneamente, que el deporte podría dañar la integridad de los órganos reproductivos. No obstante, la ONB contaba con una sección femenina, dividida en figlie della lupa (de 6 a 8 años), piccole italiane (de 8 a 14 años) y giovani italiane (de 14 a 18 años). Todas las «hijas de Italia» estaban destinadas a convertirse en esposas y madres perfectas, capaces de traer al mundo a las futuras generaciones de italianos fuertes y robustos. La docilidad, la fertilidad, la robustez y la sumisión se fomentaban mediante deportes considerados armoniosos, como la gimnasia o el patinaje, pero también mediante actividades como la natación o el esquí, que harían que las niñas fueran resistentes sin volverlas agresivas.
El monopolio de la juventud en la Alemania nazi
El nazismo recibió una fuerte influencia del fascismo italiano. La Alemania nazi observó con gran interés la atención que se le prestaba a la juventud y a su educación física en Italia, considerándola una labor pionera. Por su parte, el fascismo italiano consideraba al nazismo como una rama derivada de sí mismo. Pero existía un fuerte vínculo entre ambos en cuanto al desarrollo de una política racista que también se aplicaba al deporte. El tono de la propaganda italiana no asumió, al menos al principio, matices explícitamente antisemitas. Sin embargo, el desarrollo de connotaciones marcadamente racistas a raíz de la expansión colonial italiana y de la adopción de las leyes raciales en Italia en 1938 condujeron a una manifestación más explícita del racismo en la propaganda deportiva.
El primer grupo juvenil nazi (Jugendbund der NSDAP) se fundó en 1922. Estructurado como una organización paramilitar, agrupaba a jóvenes (solo arios o no judíos) de entre 14 y 18 años, con el fin de formar nuevos adeptos para la Sturmabteilung (SA), el primer grupo paramilitar del Partido Nazi. La Jugendbund no tuvo el éxito que esperaba Hitler: era solo una de las muchas organizaciones juveniles de Alemania y tenía dificultades para reclutar miembros. La Jugendbund no duró mucho, ya que, tras el fallido golpe de Estado de 1923 (el Putsch de la Cervecería), la organización se desintegró mientras Hitler estaba encarcelado y el Partido Nazi prohibido. Vale la pena mencionar que la juventud desempeñó un papel diferente en la Alemania nazi, en comparación con su contraparte italiana. Mientras que el mito de la juventud constituía uno de los pilares de la ideología fascista, la piedra angular del nazismo era la raza. Solo más adelante surgió la necesidad de crear una juventud ideológicamente cohesionada al servicio del partido.
En 1926 se creó una nueva organización juvenil unitaria para niños: la Hitlerjugend (Juventudes Hitlerianas). Estaba organizada por edades y dividida entre las Jungenmannschaften (de 14 a 16 años) y las Wanderabteilungen (de 16 a 18 años). A las niñas (de 14 a 18 años) se les animaba a unirse a la Liga de las Muchachas Alemanas (Bund Deutscher Mädel). Más adelante se crearon grupos adicionales para niños y niñas de entre 10 y 14 años. A todos se les enseñaban los beneficios del ejercicio físico y el trabajo en equipo. Las organizaciones no crecieron rápidamente en sus primeros años de existencia, ni siquiera después de que Hitler tomara el poder en 1933. Solo con la afiliación obligatoria para toda la juventud del Tercer Reich en 1940 fue posible iniciar una educación masiva en la ideología nazi.
El régimen nazi promovió activamente el desarrollo deportivo de la juventud alemana. El deporte se convirtió en el instrumento para llevar a la «raza aria» a su máximo potencial mediante el entrenamiento físico y la disciplina, con el objetivo de demostrar al mundo la superioridad germánica. En este proyecto no había lugar para nadie que no fuera considerado ario. Hitler emitió directivas racistas que llevaron a la expulsión de los no arios de las asociaciones deportivas, excluyéndolos de todo tipo de competencia. Muchos atletas judíos, pero también romaníes y sinti, no tuvieron más remedio que emigrar.
En la Alemania nazi, el deporte y la propaganda racista se convirtieron en una combinación inseparable, como quedó demostrado durante los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, un acontecimiento que, en cambio, debería haber celebrado la fraternidad mundial. Los Juegos Olímpicos estuvieron en riesgo debido a las amenazas de boicot por parte de países democráticos y de grupos de presión en favor de los derechos humanos, pero el régimen logró neutralizarlas. El Gobierno nazi incluso contaba con una esgrimista judía, Helene Mayer. A Theodor Lewald, quien era judío y había sido miembro del Comité Olímpico Alemán, se le permitió permanecer en su cargo, aunque se le privó de todo poder de decisión. Estas dos personas formaban parte de la imagen tranquilizadora de la realidad que promovía el régimen. Se ha debatido ampliamente sobre la parcialidad, la postura favorable al fascismo y el antisemitismo velado de los principales dirigentes del Comité Olímpico Internacional, quienes, si bien mostraban simpatía por la eficacia organizativa y deportiva de la Alemania nazi, subestimaron los peligros internacionales del nazismo y sus aliados. Los Juegos Olímpicos de Berlín, los primeros de la historia en transmitirse en vivo, fueron un éxito propagandístico indiscutible para Hitler, quien logró montar un espectáculo organizado hasta el más mínimo detalle para exaltar a la nueva Alemania nazi. Sin embargo, los Juegos de Berlín pasaron a la historia sobre todo por las victorias de un atleta afroamericano, Jesse Owens (1913-1980). Pero, a pesar de esta humillación para el régimen nazi, los Juegos Olímpicos de 1936 representaron un éxito para Hitler.
Tanto el nazismo como el fascismo italiano intentaron crear utopías totalitarias, y la formación del nuevo ciudadano constituía una parte fundamental de estos planes. La juventud era el objetivo de estos proyectos distópicos, orientados a la creación de una generación físicamente más apta e ideológicamente uniforme. En ambos casos, el impacto de esta formación masiva varió según las circunstancias individuales. Muchos jóvenes repudiaron su participación en las actividades de los regímenes. Muchos otros recuerdan sus experiencias de manera positiva porque representaron un momento de libertad, especialmente respecto a sus familias. Esto fue cierto sobre todo para las mujeres: aunque los regímenes querían que fueran más dóciles, la libertad que experimentaron a través de la participación masiva en los deportes liberó a muchas de ellas del entorno familiar tradicional, alimentando un deseo de mayor autonomía. Incluso en la actualidad, establecer una asociación positiva entre el físico o las habilidades deportivas y la fortaleza del liderazgo sigue siendo una oportunidad propagandística útil a la que pocos dictadores parecen poder resistirse.

