Alejo I Comneno, considerado uno de los grandes soberanos bizantinos, gobernó el Imperio bizantino entre 1081 y 1118. Venció a los normandos, a los pechenegos y, con la ayuda de los primeros cruzados, a los selyúcidas para sacar adelante al imperio tras años de declive. Fundaría la dinastía de los Comneno, que incluyó a los cinco emperadores que gobernaron hasta 1185. La vida del emperador quedó registrada en la Alexiada, escrita por su hija Ana Comneno.
Sucesión y familia
Alejo provenía de una familia militar de Asia Menor y tenía sangre real, ya que era el sobrino del emperador Isaac Comneno (que reinó de 1057 a 1059). El padre de Alejo era Juan Comneno, un alto comandante militar (domestikos) de la guardia imperial (Scholai), y su madre, Ana Dalasena, era de una familia aristocrática respetada. En 1078, se casó con Irene Ducas, una pariente distante de dos antiguos emperadores y un antiguo zar de los búlgaros. Ciertamente, Alejo tenía el linaje para llegar a la cima misma. Se destacó en el ejército y ascendió a la posición de general bajo el emperador Miguel IV (que reinó de 1034 a 1041) sin jamás perder una batalla.
Alejo, todavía un general pero con solo 24 años, lideró una revuelta contra el emperador Nicéforo III (que reinó de 1078 a 1081) en 1081 después de que una serie de derrotas militares redujera el imperio y amenazara incluso la capital,Constantinopla. La economía también titubeó, y Nicéforo se vio obligado a devaluar la nomisma de oro, la moneda principal de Bizancio. El viejo Nicéforo vio los indicios y abdicó, tras lo cual se retiró a una vida monástica. El día de Pascuas de 1081, Alejo, alentado por su madre y respaldado por una alianza de familias aristocráticas poderosas, tomó el trono vacante y nombró a Ana, su madre, como su principal consejera; también le otorgó los mismos poderes que él poseía mediante un edicto imperial. Aunque se la conocía por su piedad, Ana era una política tan implacable y capaz como cualquier hombre de la corte.
Alejo I supervisaría una serie de victorias militares contra los pueblos que hostigaban las fronteras de su imperio.
La hija mayor de Alejo, Ana Comneno, fue por un tiempo su heredera oficial tras su matrimonio con Constantino Ducas, el hijo de Miguel VII (que reinó de 1071 a 1078). En 1087, Alejo tuvo un hijo, Juan, quien se convirtió en su heredero designado. Cuando Constantino Ducas murió prematuramente, Ana se casó con el talentoso general Nicéforo Brienio el Joven y conspiró con su abuela, Ana Dalasena, para convertir a su nuevo esposo en el próximo emperador; no obstante, este plan fracasó, mayormente porque Nicéforo permaneció leal al heredero oficial Juan. La hija mayor de Alejo resultó ser una historiadora importante, cuya obra sobre el Bizancio del siglo XI se ha vuelto una fuente invaluable para sus colegas modernos en ese campo. Su Alexiada cubre el período de 1069 a 1118 y es principalmente un tributo a su padre. La obra es el único libro de su clase escrito por una mujer en la Edad Media.
El Imperio bizantino se había estado reduciendo durante el siglo XI, pero Alejo supervisaría una serie de victorias contra los pueblos que hostigaban las fronteras de su reino. El primer grupo, y más peligroso, en ser expulsado fueron los normandos. Estos descendientes de los vikingos, que ya habían conquistado los territorios bizantinos en el sur de Italia entre 1057 y 1071, estaban dirigidos por Roberto Guiscardo (el Astuto), el duque de Apulia. Roberto, tras prometer en matrimonio a su hijo con una hija de Miguel VII, era el doble de peligroso, ya que podía convertirse en un punto en común para los miembros descontentos de la corte bizantina. Roberto conquistó Bari en 1071, Palermo en 1072 y Salerno, la última fortaleza lombarda, en 1076. En 1081, Roberto y su hijo Bohemundo se volvieron aún más ambiciosos y atacaron la Grecia bizantina.
Alejo contuvo a los normandos en 1082 a pesar de sufrir derrotas en el campo, y obligó a Roberto a regresar a Italia para defender sus intereses en casa. Alejo había sido el astuto al firmar un tratado que establecía una alianza con el rival de Roberto, Enrique IV, el rey de los romanos, y le pagó una gran cantidad de oro al sobrino de Roberto, Abelardo, para crear una revuelta en Italia. Sin embargo, el éxito militar de Bohemundo continuó en Macedonia y Tesalia, y, con el regreso de Roberto en 1084, derrotó de forma rotunda a los aliados venecianos de Alejo. Luego, la situación se dio vuelta cuando el ejército normando sufrió una ola devastadora de fiebre tifoidea en 1085, de la cual Roberto fue una de las víctimas. Entonces, Alejo logró recapturar Dirraquio (también conocida como Durazzo), un importante puerto en Dalmacia, y la conquista normanda de Grecia colapsó.
Entre 1085 y 1091, las fronteras septentrionales del imperio sufrieron ataques similares, en este caso por parte de los pechenegos (o patzinakos), un pueblo nómade de las estepas de Eurasia. En el pasado, los pechenegos habían servido como mercenarios en el ejército bizantino y, en ocasiones, como una barrera útil contra los búlgaros y Rus, pero, a mediados del siglo XI, cruzaron el Danubio y atacaron la Tracia bizantina. En 1087, volvieron a atacar las ciudades tracias y, en 1090, asediaron Constantinopla. Luego se les unieron sus aliados, una fuerza liderada por un comandante selyúcida, pero ninguno pudo atravesar las famosas fortificaciones de la capital, las murallas de Teodosio. Entonces, Alejo respondió uniendo fuerzas temporalmente con los cumanos (los nómades de habla turca de Asia central, famosos por sus habilidades en el tiro con arco) y venció por completo a los nómades problemáticos el 29 de abril de 1091 en la batalla del monte Levounion. Algunos de los guerreros derrotados fueron reubicados, mientras que otros fueron incorporados al ejército bizantino como mercenarios.
Alejo invitó a los mercenarios de Occidente a ayudarlo a reconquistar Asia Menor mediante cartas al conde Roberto de Flandes y al papa Urbano II.
Bohemundo el Normando volvería a aparecer en el escenario bizantino 12 años después de su último encuentro con Alejo, cuando lideró la primera cruzada que llegó a Constantinopla en 1097. En realidad, fue el propio Alejo el que había invitado a los mercenarios de Occidente a ayudarlo a reconquistar Asia Menor mediante cartas al conde Roberto de Flandes y al papa Urbano II. Estos aceptaron, aunque con el objetivo más grande de recapturar Jerusalén para el cristianismo. El primer grupo en llegar a Constantinopla fue un ejército formado por una turba liderado por Pedro el Ermitaño. Tras saquear y violar gente a diestra y siniestra, Alejo los embarcó a Asia Menor lo antes posible donde, de forma predecible, sufrieron un final sangriento en manos del ejército selyúcida. Los selyúcidas eran jinetes descendientes de una tribu nómade turca y habían formado el poderoso sultanato de Rum con su capital en Nicea. La próxima ola de cruzados en llegar a Oriente fue un grupo mucho más profesional liderado por los mejores caballeros y nobles de la Europa occidental.
Inicialmente, parecía que los normandos y otros cruzados podían combinar sus fuerzas con los ejércitos bizantinos, y Bohemundo incluso le juró lealtad al emperador junto con otros líderes cruzados. Alejo los aprovechó bien, a pesar de las violaciones y saqueos cometidos por los miembros menos devotos de los ejércitos occidentales, que causaron caos mientras cruzaban Europa. Es posible que Alejo planificara que algunos reinos cristianos nuevos actuaran como una barrera útil en la frontera del imperio, y así los dirigió a partes de Asia Menor que estaban libres de los selyúcidas. Así, con una fuerza mixta de cruzados, Alejo logró recapturar Nicea en 1097.
La próxima gran conquista fue Antioquía, en Siria, en junio de 1098, pero, desafortunadamente para Alejo, de camino a apoyar el asedio, se cruzó con refugiados de la zona que le informaron incorrectamente que los cruzados estaban al borde de la derrota frente a un enorme ejército musulmán, y así el emperador regresó a casa. Bohemundo, para nada contento al enterarse de que los bizantinos habían abandonado a su ejército, decidió retractarse de su promesa de regresar todos los territorios capturados al emperador y se quedó con la ciudad. Así, la relación entre ambos líderes se deterioró de forma irrevocable. Mientras tanto, el 15 de julio de 1099, los cruzados finalmente lograron su objetivo y capturaron Jerusalén tras masacrar despiadadamente a sus habitantes musulmanes y judíos.
Las crisis entre ambas mitades del mundo cristiano se profundizaron cuando los normandos regresaron a Italia y empezaron a planificar una segunda cruzada, pero esta vez contra el Imperio bizantino, de quien los cristianos occidentales siempre habían sospechado dada su decadencia y sus prácticas religiosas heréticas. En 1107, los normandos, una vez más bajo el mando de Bohemundo, asediaron Dirraquio. Sin embargo, fueron derrotados, y Bohemundo se vio obligado a firmar el tratado de Devol en 1108, según el cual los normandos no podían atacar el territorio bizantino durante medio siglo.
Las políticas de Alejo respecto de Venecia tendrían consecuencias significativas. En 1082, otorgó a los venecianos un comercio sin restricciones por todo el Imperio bizantino, la exención de los derechos de aduana (el 10 % de las ventas en ese momento) e incluso algún que otro depósito y muelle en Constantinopla. A cambio, Venecia les brindó una ayuda naval fundamental en la lucha contra los normandos. Sin embargo, resultaría ser un acto demasiado generoso que lastimó la riqueza bizantina durante décadas futuras y permitió que Venecia desarrollara un control perjudicial del comercio en Oriente y, así, se estableciera como una de las grandes potencias navales del Mediterráneo. Más adelante, les otorgó concesiones similares aunque inferiores (incluida una reducción de los derechos de aduana al 4 %) a Génova y Pisa, cuyas flotas habían estado devastando la costa jónica.
Asuntos internos
Tras hacerse cargo del liderazgo de los romanos, Alejo, siempre un hombre de acción, enseguida se involucró en los asuntos de Estado. (…) Un maestro de la ciencia del gobierno, dirigió todas sus innovaciones hacia lo bueno del propio imperio.
Alexiada (en Herrin, 235)
La situación tampoco fue siempre tranquila para Alejo en casa, ya que estalló una revuelta en 1095. Esta conspiración, liderada por Nicéforo Diógenes, fue sofocada, y la madre del emperador mandó cegar al cabecilla. De forma entendible, Alejo reorganizó los títulos de la corte bizantina como parte de su reestructuración de la burocracia estatal, y colocó en las posiciones de poder principalmente a familiares en los que podía confiar. Aquellos aristócratas leales al emperador recibieron tierras y derechos para recaudar impuestos en las provincias. Alejo también utilizó las alianzas matrimoniales con un gran efecto para unificar el reino, en particular cuando unió a las dos familias más importantes, y a menudo enemistadas, de Comneno y Ducas.
El emperador tuvo dificultades para obtener el efectivo necesario para pagarles a los mercenarios que empleaba en su ejército y, por este motivo, fundió muchos objetos valiosos de la Iglesia y subió los impuestos a un nivel cuatro veces mayor que los anteriores, que se podían pagar en efectivo o con trabajo. Otra realidad desafortunada para la mayoría del campesinado bizantino fue el servicio militar obligatorio. Como parte de sus reformas monetarias, en 1092 se introdujo una nueva moneda, el hiperpirón (que significa «muy refinada»), hecha de electro (una aleación de oro y plata), que valía un tercio de la vieja nomisma de oro estándar, la cual había sufrido bajo las políticas fiscales del predecesor de Alejo. El hiperpirón se convirtió en la nueva moneda estándar bizantina frente a la cual se sopesaron y valoraron todas las demás hasta el siglo XV.
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Alejo también intervino en los asuntos religiosos. Volvió a establecer el control imperial de la Iglesia, reduciendo el poder de los obispos, y apoyó vigorosamente a la ortodoxia, reprimiendo a cualquiera que lo desafiara. Un grupo destacado que tuvo que oprimir fueron los bogomilos, que surgieron en Bulgaria y, tras haber renunciado a los asuntos mundiales, proponían la desobediencia civil a sus seguidores. Inicialmente fue un movimiento dirigido al imperialismo cultural bizantino, pero luego se propagó por toda Europa occidental e incluso al corazón del Imperio bizantino. Alejo capturó al líder de los bogomilos, Basilio, lo que no le costó mucho considerando que eran pacifistas, y lo mandó morir quemado en el hipódromo de Constantinopla.
Otro objetivo del celo ortodoxo de Alejo fue Juan Ítalo, el encargado de una escuela de filosofía en Constantinopla. Juan Ítalo, considerado un hereje por su neoplatonismo y elegido como chivo expiatorio para servir como advertencia para aquellos que insistían en mezclar la filosofía y la teología, fue condenado en 1082. Por otro lado más positivo, Alejo apoyó los monasterios en el monte Athos, en el norte de Grecia, y le dio la isla de Patmos en el Egeo a Cristódulo, quien fundó el monasterio de San Juan el Teólogo en 1088. El decreto de este regalo libre de impuestos sobrevive hasta el día de hoy en los archivos de la biblioteca del monasterio.
Muerte y sucesor
Cuando Alejo murió de una enfermedad el 15 de agosto de 1118, su hijo Juan se convirtió en emperador como Juan II Comneno. Uno de sus primeros actos fue desterrar a su hermana taimada Ana a un monasterio, pero al menos esto le permitió escribir su historia Alexiada en paz. Juan reinó hasta 1143 y continuaría los éxitos miliares de su padre con victorias en los Balcanes y Asia Menor. El historiador T. E. Gregory resume a continuación los logros de Alejo I Comneno:
Rescató al Estado bizantino de la amenaza de una disolución inminente. Enfrentó una serie de graves amenazas militares y, mediante una combinación de diplomacia, astucia personal y su propia habilidad militar, en general salió victorioso. Para cuando murió, Bizancio era una vez más el Estado más poderoso en el Mediterráneo oriental. (298)
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 12 diciembre 2017. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.