La dinastía atálida gobernó un imperio desde su capital en Pérgamo durante los siglos III y II a.C. Luchó por labrarse una posición en el mundo turbulento tras la muerte de Alejandro Magno y lograron florecer brevemente; Pérgamo se convirtió en una gran ciudad helenística afamada por su cultura, su biblioteca y su Gran Altar. Sin embargo, la efímera dinastía de los atálidas se encontró con un final abrupto cuando la poderosa Roma empezó a hacer muestras de poder y mostró una mayor ambición por Asia Menor y más allá.
Con la muerte de Alejandro Magno en 323 a.C. el imperio que había creado se quedó sin liderazgo: no había heredero, ni tampoco sucesor. De entre varias opciones posibles, la solución inmediata a la que llegaron sus leales comandantas fue dividirse el imperio entre ellos. El joven general y guardaespaldas Lisímaco recibió la provincia de Tracia, de gran valor estratégico, un pequeño reino a lo largo del Helesponto. Las guerras de los Diádocos lo empujaron a una lucha por el poder sobre tierras en Asia Menor y en Macedonia. Su sed de poder le permitió entablar alianzas con varios de los demás «reyes» e incluso llegó a casarse con la hija de Ptolomeo I de Egipto, Arsínoe II. Por desgracia, su muerte en la batalla de Corupedio en 281 lo dejó a él sin heredero y al trono sin nadie que ocuparlo. Sus territorios ricos de Asia Menor, de entre los que destacaba Pérgamo, cayeron en manos del rey sirio, Seleuco I Nicátor. Sin embargo, no tardaría en surgir una nueva dinastía que acabaría quitándole el poder a los seléucidas; al poco tiempo Pérgamo se convertiría en una potencia importante junto al mar Egeo bajo la dirección de los atálidas.
Filetero: fundador del imperio
Poco se sabe sobre los primeros años de Filetero. Es posible que fuera de origen macedonio y era hijo de Atalo y Boa, una nativa de Paflagonia. Aunque hay cierto desacuerdo entre los historiadores, su hijo adoptivo, Eumenes I, siempre consideró a Filetero el verdadero fundador de la dinastía atálida. Originalmente sirvió bajo el comandante macedonio Antígono I Monóftalmos hasta que, en 302 a.C., lo desertó en medio de las crecientes tensiones entre los diferentes reyes y se unió al soberano tracio Lisímaco. Tras la muerte de Antígono en 301 a.C. en la batalla del Ipso, en recompensa por su lealtad fue nombrado para supervisar el tesoro del rey situado en Pérgamo. Por desgracia, cuando Lisímaco, a instancias de su esposa egipcia Arsínoe, ejecutó a su único hijo Agatocles por un cargo inventado de traición, Filetero, junto con varios otros comandantes leales, abandonaron a Lisímaco y se unieron a Seleuco I; Filetero se aseguró de entregarle el tesoro, y Pérgamo, a los seléucidas. Tras la muerte de Lisímaco a manos de las fuerzas seléucidas, Filetero asumió el control de la ciudad. Después gobernaría allí, aunque todavía bajo el mando de Seleuco I, desde 282 hasta 263 a.C.
Durante las dos décadas que ocupó el trono, Filetero logró expandir su territorio hacia el valle del Caico y defenderlo (278-276 a.C.) de sus vecinos los gálatas, un pueblo al este de Pérgamo. En vez de dedicarse a la guerra, sus sucesores los pagarían de vez en cuando para mantenerlos a distancia. Aunque no hay pruebas sustanciales de esto, la historia lo presenta como un eunuco. Aunque no hay gran evidencia de cómo ocurrió esta condición, puede que su familia eligiera este camino porque a menudo le permitía a la persona obtener un puesto elevado en la corte. Bajo su consejo, y el de sus sucesores, la ciudad y el territorio de Pérgamo se convertiría en el ejemplo del mundo helenístico.
A pesar de encontrarse en Asia Menor, Pérgamo era, por definición, una ciudad griega que se identificaba con la vecina Atenas al otro lado del mar e incluso adoptó a la diosa Atenea como su deidad patrona. Era su protectora en tiempos de guerra y se ganó el sobrenombre de «Nicéfora» o «dadora de victoria». Aunque puede que los atálidas adoptaran la organización civil de Atenas, el rey seguiría manteniéndose fuera de la constitución, conservando el poder de nombrar a los magistrados de la ciudad. Como Filetero no podía tener hijos, su sobrino adoptivo, Eumenes I, lo sucedió en 263 a.C. y sirvió hasta 241 a.C. Fue Eumenes el que propuso una ruptura del control de los seléucidas. Tras derrotar a su sucesor a la dinastía seléucida, Antíoco I, en Sardes, Eumenes expandió su territorio hacia el noroeste de Asia Menor, absorbiendo Misia y Aelis, además de Pitane.
Atalo: fundador de la dinastía
Como no tuvo hijos, a Eumenes I lo sucedió su sobrino y primo Atalo I (241-197), que asumiría el título de «Soter» o «salvador». Sería Atalo a quien la mayoría de los historiadores atribuirían la fundación de la casa real de los atálidas, aunque él personalmente se lo atribuía a Filetero. Desde la derrota de Lisímaco, los seléucidas nunca habían tenido el control de los territorios de Asia Menor y fue por ese motivo que los territorios de Pérgamo, Bitinia, Nicomedia y Capadocia lograron su independencia. Al igual que su predecesor, Atalo pudo expandir su pequeño imperio, aunque más tarde renunciaría a gran parte de su territorio conquistado en favor de Seleuco II (223-212). Al igual que su predecesor, también pudo proteger Pérgamo contra las fuerzas amenazadoras de los gálatas en la frontera.
El que fue esencial para establecer relaciones positivas con la República romana fue Atalo I, que también los hizo participar en la primera guerra macedónica. También influyó, junto con la isla de Rodas, en llevar a Roma de vuelta a Grecia para luchar contra Filipo V de Macedonia, en una época en la que Roma se estaba recuperando de la segunda guerra púnica contra Cartago. En la segunda guerra macedónica (200-197), Filipo V quería expandir su poder en Grecia y el Egeo; amenazó a los aqueos, a Pérgamo y a Atenas. Tras una lucha encarnizada, al final se vio obligado a hacer las paces y renunciar a todas las tierras conquistadas en Grecia, Tracia y Asia Menor. Por desgracia, antes de poder firmar los acuerdos de paz, Atalo I murió en Tebas de un derrame en 197 y su cuerpo fue llevado de vuelta a Pérgamo. Eumenes II (que reinó de 197-159), el hijo mayor de Atalo y Apolones, asumió el poder e inmediatamente siguió con la guerra de su padre, solo que esta vez fue contra el hijo de un viejo enemigo, Antíoco III de Siria.
Relaciones con Roma
El heredero de la dinastía seléucida quería reclamar el territorio que había perdido su familia en Asia Menor. Tras una apelación de los atálidas, Roma urgió a Antíoco a retirarse de Siria; no obstante, atacó al aliado de Roma, Grecia. Tras sufrir una gran derrota en las Termópilas, huyó a Asia Menor donde fue derrotado en la batalla de Magnesia en Lidia (189). En la batalla, las fuerzas de Eumenes obligaron a Antíoco a retirarse, lo que hizo que sus elefantes salieran despavoridos. Antíoco había asumido incorrectamente que sus carros con guadañas harían cundir el pánico entre los romanos, pero en vez de eso, Eumenes envió su caballería, arqueros cretenses y honderos contra los caballos a la carga. Las fuerzas sirias se sentían susceptibles al Ejército romano bajo el liderazgo de Cornelio Escipión el Asiático. La resultante Paz de Apamea paralizó al Imperio seléucida al forzar a Antíoco III a pagarle reparaciones a Eumenes (que se haría extremadamente rico) y a retirarse de Asia Menor; el territorio al norte del Tauro se dividiría entre Pérgamo y Rodas. Más adelante, Roma intervendría en las guerras de Eumenes contra Bitinia (187-183) y Ponto (183-179).
Curiosamente, un viejo enemigo de Roma de la segunda guerra púnica reapareció en la guerra con Bitinia. El antiguo comandante púnico Aníbal Barca había buscado refugio en un principio con Antíoco III tras exiliarse de Cartago, pero poco después huyó a Bitinia. Y, aunque ganaría una victoria naval contra Eumenes, el tratado de paz posterior pedía que entregasen a Aníbal a los romanos. Aníbal se negó a rendirse y se dice que el viejo comandante se suicidó con veneno en 182.
Florecimiento de Pérgamo
Posteriormente, Eumenes II (que también se hacía llamar Soter) se enfrascó en un proyecto de construcción en Pérgamo: erigió el Gran Altar y estableció una biblioteca enorme, solo superada por la de Alejandría. En la guerra de los Hermanos ayudó a Antíoco IV a asumir el trono de Siria tras la muerte de su hermano Seleuco IV (175). Sin embargo y por desgracia sus esfuerzos por inmiscuir a Roma en otra guerra macedónica hicieron que prefiera el favor de los romanos, y en especial del Senado romano. Supuestamente, tenía que mantener a Roma informada de las acciones de Perseo, el sucesor de Filipo V de Macedonia. Cuando Eumenes II viajó a Roma (167-166), el Senado romano no lo quiso recibir alegando que ya no recibía a reyes. Por lo visto, sus enemigos en roma decían que había planeado abandonar a Roma en favor de Perseo por el precio correcto. En opinión de Roma, el rey ya había demostrado demasiada independencia y poder, especialmente tras ayudar a Antíoco IV y librar una guerra contra Bitinia. Aparentemente, Roma estaba en contra de cualquier intento de disminuir su influencia en Asia Menor.
Atalo II y III
Atalo II Filadelfo («el que ama a su hermano») fue el segundo hijo de Atalo I y, a instancias de Roma, fue nombrado cogobernante con su hermano. Sirvió de 160 a 138 a.C. Había servido como comandante tanto a las órdenes de Eumenes II contra Antíoco III como en la guerra contra los gálatas. También había servido como diplomático en Roma, donde se ganó el favor de los romanos. Tras la muerte de su hermano en 159, Atalo asumió el control total del trono, se casó con la viuda de su hermano, Estratónice y adoptó a su sobrino, el futuro Atalo III. Durante su reinado mantendría lazos estrechos con Roma, reconociendo su superioridad. Sus ejércitos apoyaron a Nicomedes II de Bitinia y a Alejandro Balas en Siria, pero se opusieron a Andrisco en Macedonia. Contribuyó al programa de construcción de su hermano en casa y fundó las ciudades de Filadelfia en Lidia y Atalia en Panfilia. Por desgracia, su hijo adoptivo, Atalo III (que reinó de 138-133), sería el último rey atálida. Considerado por muchos como alguien brutal y poco popular, no tenía ningún interés por la vida pública y le cedió el control de Pérgamo a Roma. Aunque había otro pretendiente al trono, un supuesto hijo ilegítimo de Eumenes II llamado Eumenes III Aristónico, la dinastía llegó a su fin.
A diferencia de la dinastía ptolemaica y la seléucida, la dinastía atálida duró apenas un siglo y medio, gran parte de lo cual estuvo en manos de un padre y sus dos hijos. La familia había conseguido poder sobre Pérgamo tras la muerte de Lisímaco y al final se consiguió librar del Gobierno de los seléucidas. Aunque Pérgamo se encontraba en Asia Menor, la ciudad y la provincia eran griegas según cualquier definición y se identificaban con la ciudad de Atenas hasta tal punto que llegaron a adoptar a Atenea como su deidad y su protectora. Sin embargo, una serie de largas guerras contra Macedonia y Siria dieron paso a la República romana, que se inmiscuyó en la situación. Tras derrotar a Cartago en las guerras púnicas, la República romana puso sus miras en el este, en Grecia y Asia. Al final, Pérgamo, bajo el mal liderazgo de Atalo III, se rindió sin incidente alguno a Roma. La efímera dinastía llegó a su fin.

