Jerusalén, ciudad de carácter sagrado para los adeptos a los tres grandes monoteísmos (judaísmo,cristianismo e islam) fue conquistada por los ejércitos de la primera cruzada el 1099. Los musulmanes, indispuestos y desorganizados, fueron incapaces de detener el avance de los cruzados, pero la situación cambiaría con la reconquista de la Ciudad Santa.Saladino (1137-1193), como sultán de Egipto y Siria, aglomeró bajo su dominio el Imperio islámico, preparado para la venganza. Protagonizó una victoria aplastante sobre los cristianos en la batalla de Hattin el 1187, y unos meses después tomó Jerusalén ese mismo año. El triunfo de Saladino se presentó como un conflicto notablemente menos violento que la primera cruzada (1095-1099) y es por ello que tanto musulmanes como cristianos lo han romantizado repetidamente.
El auge de los turcos selyúcidas supuso una ruptura del status quo establecido en Asia Menor hasta el siglo XI. Los guerreros de las estepas, procedentes de Asia central, habían comenzado a ocupar extensos territorios de Anatolia. A pesar de que la oligarquía turca era diplomática, sus soldados eran a menudo extremadamente crueles e indisciplinados y cometían los crímenes de guerra más horribles por cuenta propia. La esperanza de restaurar la autoridad bizantina sobre este espacio quedó destruida con la flagrante derrota del ejército bizantino en la batalla de Manzikert (1071). Sin embargo, el imperio creció carente de estabilidad y los turcos pronto se vieron disgregados en sultanatos y Estados independientes de menor tamaño.
Saladino había pasado dos décadas de su vida enfrentándose a los cruzados y en el año 1187 obtendría la mayor victoria de toda su carrera.
Durante el mandato del emperador bizantino, Alejo I Comneno (que reinó de 1081-1118) Bizancio se esforzó por subvertir las pérdidas experimentadas en los mandatos anteriores. Alejo I apeló al papa en busca de su apoyo militar, pero fue más allá de las peticiones que había solicitado. Urbano II, que ocupó el cargo de papa entre 1088 y 1099, convocó un concilio en Clermont al cual invitó a las élites nobiliarias y eclesiásticas europeas. En dicho concilio, el papa ejecutó una narrativa hiperbólica sobre los sufrimientos y discriminaciones de los cuales eran presas sus compañeros cristianos en Tierra Santa. Con esa premisa, invitó a todos los presentes a participar en una guerra santa en contra de los «infieles» (musulmanes). La recompensa sería la absolución plenaria general, es decir; el perdón de los pecados cometidos y por cometer.
Conmovida por el discurso de Urbano II y motivada tanto por el fervor religioso como por la promoción militar y social, la nobleza de todas partes de Europa se dispuso a arrancar la Tierra Santa de las manos musulmanas donde venía reposando. Las huestes cristianas comenzaron su viaje hacia el Levante mediterráneo en el año 1095. Allí conquistaron Nicea en 1097 (que hasta entonces era territorio bizantino), Antioquía y Edesa un año después y posteriormente se dirigieron a Jerusalén, que no caería hasta el 1099, a la que sometieron a una matanza masiva. Los principados islámicos, desarticulados entre sí, realizaron intentos inútiles de detener el avance cruzado, pero sufrieron derrotas humillantes. Sin embargo; el golpe más fuerte que recibió la esfera islámica resultó de la profanación de la mezquita de Al-Aqsa, más tarde convertida en una iglesia: el Templo de Jerusalén.
A pesar de no movilizar los recursos necesarios para defenderse en un primer momento, el frente islámico aguardó lenta y firmemente para reclamar la ciudad. El equivalente coránico a la guerra santa, el yihad, se recordó en este momento como vía para confrontar a los cruzados. La ofensiva comenzó por iniciativa de la dinastía zenguí (1127-1250), una familia turca sunita con sede en Mesopotamia y Siria. Tras la muerte del segundo gobernador zenguí, Nur ad-Din (1118-1174), el legado recayó en su protegido: el sultán Saladino de Egipto. Para el año 1187, Saladino había pasado dos décadas de su vida enfrentándose a los cruzados y sería este mismo año cuando obtendría la victoria más importante de su carrera.
Las hostilidades estallaron entre ambas facciones cuando el cruzado y príncipe de Antioquía, Reinaldo de Chatillon (1125-1187), atacó una caravana comercial musulmana, haciendo caso omiso al acuerdo de paz concertado en 1185. Durante su mandato, Reinaldo ordenó la detención y asesinato de múltiples fieles a Alá y, cuando le recordaron el acuerdo, se burló del profeta Mahoma. Saladino tomó rápidamente esta realidad como pretexto para quebrantar definitivamente el acuerdo de paz y librar duras represalias sobre los conquistadores occidentales. El 4 de julio de 1187, el ejército cruzado más voluminoso de la historia (aunque superado por las fuerzas de Saladino) fue derrotado en la batalla de Hattin y Tierra Santa quedó indefensa.
La aplastante derrota en Hattin dejó las fortalezas de los cruzados carentes de los soldados necesarios para defenderlas. Saladino aprovechó la oportunidad para extender su onda destructiva por toda la costa del Levante. Las fortalezas cayeron, en muchos casos sin grandes esfuerzos. Era frecuente que la población local, de fe judía o islámica, se rebelase en contra de los ocupantes y recibiese con benevolencia a las fuerzas ayubíes. El historiador A. R. Azzam describe lo siguiente:
(Saladino) decidió enviar a sus comandantes, «al igual que hormigas que cubren todo un territorio desde Tiro hasta Jerusalén» a los confines del reino. Nazaret fue tomada por Kekburri (Gokbori), y Nablus por Husam al-Din. Badr al-Din Dildrim tomó Haifa, Arsuf y Cesarea, mientras que Al Adil tomó Jaffa. Entonces Saladino envió a Taqi ul-Din, su comandante más capaz, a lidiar con Tiro y Tibnin...(185)
Tibnin cayó, pero su objetivo prioritario debería de haber sido Tiro, y este fue un error táctico que se tornaría en su contra más tarde con la tercera cruzada (1189-1192). Los cruzados, derrotados, acudieron en masa a Tiro. Tras un intento fallido de negociar la rendición de la ciudad, Saladino puso rumbo a Ascalón (la entrada a Egipto), tomando Ramla, Ibelin y Darum en el camino. A pesar de que las defensas de la ciudad resultaron desafiantes en un primer momento, estas capitularon sin llegar a luchar. Más, entonces era momento de reclamar la pieza del botín más preciada de todas. Saladino la conocía por el nombre de Quds; estamos hablando de la Ciudad Santa, Jerusalén.
Saladino trató de no demorarse en tomar la Ciudad Santa, puesto que era consciente de que, a pesar de su triunfo reciente, pronto toda la Cristiandad se tornaría contra él. Les ofreció a los legados de la ciudad unos términos de rendición indulgentes: los cristianos podrían tomar todas sus posesiones y abandonar la ciudad bajo la protección de una escolta ayubí. Cuando estos rechazaron la oferta, Saladino se vio forzado a ofrecer unos términos incluso más generosos: podrían continuar en la ciudad sin ser obstaculizados por las fuerzas ayubíes y, en caso de que ningún ejército llegara a socorrerlos en los seis meses siguientes, entonces entregarían la ciudad bajo las mismas condiciones. Los legados también declinaron esta oferta y el sultán, insultado, se decidió a sentenciar a los cristianos con la misma pena que habían sufrido los musulmanes y judíos residentes de la ciudad en el 1099.
En mitad del conflicto, Balián de Ibelín (1143-1193), un noble francés que había escapado vivo del campo de Hattin, contactó con Saladino para entrar a la ciudad con el objetivo de trasladar a su esposa e hijos a Tiro. Este aceptó su petición bajo dos condiciones: en primer lugar, debería quedarse en la ciudad como máximo por una noche y abandonarla inmediatamente al día siguiente; en segundo lugar, jamás alzaría su espada contra el sultán. Pero, una vez dentro de Jerusalén, los ciudadanos lo reconocieron y lo instaron a que se quedara y defendiera la ciudad. Balián le escribió a Saladino para explicarle la situación y solicitar un salvoconducto para su familia. Y el sultán no solo aceptó su petición sino que recibió a su familia como invitados y los envió a Tiro con regalos y acompañados de escolta.
La formación ayubí, decidida a asaltar y saquear la ciudad, marchó bajo el liderazgo de Saladino. Sus banderas comenzaron a ondear en la zona oeste de Jerusalén el 20 de septiembre. Para este momento, el número de contingentes en Jerusalén ya era reducido, por lo que Balián se vio en la tesitura de armar a hombres civiles, incluso de muy tierna edad. Aún así; los ciudadanos, formados apresuradamente, fueron ineficientes en el combate directo y se acogieron a las murallas.
El 25 de septiembre, las fuerzas de Saladino se posicionaron, irónicamente, sobre la misma área desde donde los caballeros Cristianos habían atacado la ciudad en la Primera Cruzada, hacía 88 años.
En cuanto comenzó el asedio, diluviaron flechas y rocas arrojadas desde mangoneles, sobre la muralla y las torres de Jerusalén. Las torres de asedio se colocaron y desarticularon reiteradamente de los muros. La ciudad permaneció en este limbo durante unos días hasta que el sultán adquirió conciencia de su error táctico: había dispuesto su ejército en una zona fácilmente defendible y además la incisión del sol únicamente permitía a sus soldados luchar ya pasado el mediodía. Por lo tanto, Saladino desplazó sus fuerzas en dirección este, hacia el monte de los Olivos, lejos de puertas que pudieran usarse en su contra. El 25 de septiembre, las fuerzas de Saladino se posicionaron, irónicamente, sobre la misma área desde donde los caballeros cristianos habían atacado la ciudad en la primera cruzada, hacía 88 años. Esta resultó ser una maniobra acertada, ya que tan solo tres días más tarde los excavadores del sultán lograron abrir brecha en el muro y pudieron asaltar la ciudad.
Incapaz de defender la ciudad, Balián se dirigió directamente al sultán y le ofreció la rendición de la ciudad sin mayores derramamientos de sangre, como alternativa a graves amenazas. Stanley Lane Poole cita sus palabras de la siguiente manera:
«Oh, Sultán», dijo, «sabed que nosotros, los caballeros de esta ciudad, nos hallamos en mitad de incontables personas que evaden nuestra lucha con la esperanza de la gracia. Ellos creen que vos se la brindaréis, al igual que hicisteis con otras ciudades, puesto que aborrecen la muerte y desean la vida. Pero nosotros vemos que esa muerte es necesaria, por la gracia de Dios. Nosotros mismos sacrificaremos a nuestras mujeres e hijos, nosotros prenderemos fuego a nuestras riquezas y posesiones y no os dejaremos ni cequíes ni estiver que podáis saquear, ni hombre ni mujer que podáis esclavizar y una vez hayamos terminado, derruiremos la Roca y la mezquita de al-Aqsa, y los demás lugares sagrados. Además, les quitaremos la vida a todos los esclavos musulmanes presentes en la ciudad, en torno a 5.000, y asesinaremos a todas nuestras bestias y monturas y entonces saldremos todos en formación y nos enfrentaremos a vos con nuestras vidas: ninguno de nuestros hombres caerá antes de haber matado a vuestros semejantes; de esta manera tendremos una muerte gloriosa o una victoria honorable». (228-229)
Independientemente de que las amenazas fueran vacías o genuinas, Saladino, irritado tras el acuerdo con los emisarios cruzados en Ascalón, decidió evitar una masacre en la ciudad. Comprendió que no podía permitir perjurio alguno en los lugares sagrados del islam, pues se había autoproclamado su protector.
Pero aún restaba solventar otro problema, y era que el sultán había jurado asaltar la ciudad. Saladino aceptó la rendición bajo una premisa: los cristianos dentro de las murallas debían entregarse como prisioneros de guerra, podrían pagar su propio rescate o ser esclavizados. La opción del rescate era muy generosa, incluso para los estándares de la época: 10 dinares por hombre, 5 por mujer y 1 por niño/a. En este contexto, se liberaron unos 7.000 plebeyos a cambio de 30.000 dinares procedentes del tesoro de la ciudad, que había sido enviado por Enrique II de Inglaterra (que reinó de 1154-1189).
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Los demás residentes contaban con un plazo de 40 días para saldar sus rescates, pero muchos fueron incapaces de hacerlo. Al-Adil (hermano de saladino), Balián de Ibelín y múltiples emires (altos cargos del escalafón militar) de los ayubíes liberaron a las gentes según su propia voluntad. Por su parte, Saladino anunció que los ancianos y ancianas incapaces de pagar su rescate serían liberados de igual manera. Además, a las mujeres nobles también se les concedió la libertad sin necesidad de pago. La reina de Jerusalén, Sibila (quien reinara entre 1186-1190) obtuvo un salvoconducto para encontrarse con su esposo, Guido de Lusignan (en torno a 1150-1194), que se hallaba en cautividad.
Saladino también les ofreció la libertad a aquellas mujeres nobles cuyos familiares habían muerto en el campo de batalla o habían quedado esclavizados durante la guerra y carecían, por tanto, de representantes legales, además de ordenar poner en libertad a los hombres si seguían vivos. Más tarde, los cronistas de la corte de Balián describirían estos acontecimientos como un gran acto de misericordia por parte del enemigo.
Sin embargo, y a pesar de contar con los recursos necesarios, los más adinerados no mostraron ningún interés por ayudar económicamente a los más desfavorecidos. El patriarca, Heraclio, le hizo una petición a Saladino para la liberación de varios cientos de personas, pero no pagó por nadie más. En vez de eso, abandonó la ciudad en caravanas cargadas con aquellos objetos de valor que pudo recuperar de los espacios de liturgia cristiana, principalmente por su composición de metales y piedras preciosas, mientras que los señores feudales musulmanes reclamaron su parte de los esclavos y encadenaron codiciosamente a la gente como propiedad suya. A pesar de todo, Saladino se mantuvo fiel a su palabra y tomó la ciudad sin derramamiento de sangre, solamente con la esclavización de unas 15.000 personas (se estima que serían en torno a 7.000 hombres y 8.000 mujeres).El día 27 del mes de rejeb, el 2 de octubre según el calendario gregoriano, Saladino atravesó las puertas de Jerusalén en un acto simbólico que coincidía con la llegada del Profeta a esta misma ciudad. Esto, obviamente, fue algo intencionado; quería mostrarle al mundo musulmán que estaba siguiendo los pasos de sus ancestros.
La mezquita de Al-Aqsa quedó finalmente purificada, una vez retirada la cruz que se había instalado en ella hacía casi un siglo. Además, en sintonía con la tradición islámica de la ablución, se sometió al edificio a varias limpiezas y se derribaron sus edificios adyacentes para permitirle tomar mayor espacio en el urbanismo de la ciudad, además de eliminar los muchos artefactos cruzados que había dentro. La mezquita se redecoró con alfombras orientales y recuperó su característico olor a incienso y hierbas aromáticas. El remate final fue la integración de un púlpito en el espacio de culto dedicado a Nur ad-Din, antiguo protector de Saladino que había deseado reconquistar la ciudad, pero no vivió lo suficiente, a modo de culminación del sueño de su maestro. El 27 de rejeb tuvo lugar la primera oración tras 88 años.
Las Iglesias cristianas se convirtieron en mezquitas, si bien las profesiones de fe cristiana ortodoxa y copta se siguieron permitiendo en la ciudad a cambio del impuesto de jiziya (que se imponía a los no musulmanes en lugar del servicio militar obligatorio). La Iglesia del Santo Sepulcro permaneció cerrada durante tres días. Durante este plazo, se debatió qué hacer con el sitio; mientras que algunos musulmanes pidieron permiso para destruirlo, otros abogaron por protegerlo. La decisión final de Saladino fue la de no destruirlo y mantenerlo cuidado, ya que cinco siglos antes el califa Umar (que reinó de 634-644) había dispuesto la Iglesia del santo Sepulcro bajo su protección.
La caída de Jerusalén supuso un enorme impacto moral en Europa. Múltiples cronistas, entre ellos Guillermo, arzobispo de Tiro (1130-1186), consideraron que lo sucedido era un castigo divino. Sin embargo, para los musulmanes se trataba de un gran éxito largamente esperado.
Los cruzados retiraron sus ejércitos de las fortalezas y, con gran parte del ejército cruzado aniquilado, nada se interponía en el camino de los musulmanes. Tiro se convirtió en el único bastión de resistencia cruzada en Tierra Santa. Pronto, una facción del ejército cruzado, aquella que no tenía acceso a Tiro, puso Acre bajo asedio (1189-1191). Este fue el escenario en el que se desarrollaría la tercera cruzada (1189-1192) bajo el liderazgo de Ricardo I de Inglaterra (que reinó de 1189-1199) y Felipe Augusto de Francia (que reinó de 1180-1223). A pesar de que los cruzados recuperaron varias zonas del Levante mediterráneo en estas campañas, Jerusalén permaneció intacta.
La batalla de Hattin y la consecuente toma de Jerusalén se pueden reconocer en conjunto como la obra maestra de Saladino. Dedicó su vida y su riqueza por entero a la expulsión de los cruzados de la Tierra Santa y a la recuperación de los lugares de culto islámico en la región. A pesar de que no logró completar la primera causa, es evidente que la victoria de Hattin supuso un daño irreparable a las huestes cruzadas.
En la historiografía, Saladino se ha reconocido como uno de los personajes musulmanes más relevantes en el transcurso de las cruzadas. En la literatura, su decisión de perdonar la vida de los cristianos residentes en Jerusalén, en contraste al caso inverso ocurrido en 1099, ha inspirado a múltiples autores a construir una personalidad heroica póstuma en torno a él. No debemos olvidar que sus decisiones atendieron a un motivo práctico y es que no le convenía crear mártires que los cristianos en Occidente pudieran vengar. Sin embargo, ha sido elogiado incesantemente no solo por musulmanes, sino también por cristianos europeos. Las historias sobre sus hazañas y su personalidad son famosas hasta el día de hoy y, aunque estas fábulas son obras de ficción, confirman la posición de Saladino como uno de los hombres más influyentes de la historia mundial.
Escrito por Syed Muhammad Khan, publicado el 18 mayo 2020. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.