El libro del Apocalipsis de Juan de Patmos es uno de los libros más famosos del Nuevo Testamento. Escrito hacia finales del siglo I d.C., es el único apocalipsis (griego: «Revelación de realidades invisibles») que fue incluido en el canon del Nuevo Testamento y se ha interpretado una y otra vez durante siglos desde la Antigüedad tardía, pasando por la Edad Media y llegando hasta nuestros días.
Juan de Patmos
Un apocalipsis es un texto, no un acontecimiento. Para el siglo I d.C., los videntes vivían trances extáticos y viajes astrales al cielo o tenían visiones en las que les enseñaban lo que ocurriría cuando el dios de Israel instituyese su intervención final en la historia humana, y las pusieron por escrito.
El Apocalipsis es uno de los pocos libros en la Biblia que está firmado por su autor. Juan empezó la carta diciendo que su nombre era Juan, en exilio en la isla de Patmos por ser cristiano. Esta es la única pista que tenemos sobre su estatus socioeconómico; debía de ser de clase alta, o como mínimo ciudadano, ya que los criminales comunes de clase baja se ejecutaban públicamente mientras que los ciudadanos romanos recibían un castigo más piadoso: el exilio forzoso. Tampoco es el mismo Juan que escribió el cuarto evangelio. Los cristianos modernos realizan peregrinaciones al lugar de una iglesia cristiana construida en la supuesta cueva de Patmos en la que Juan tuvo sus visiones.
Contexto histórico
En 45 a.C., Julio César les había concedido a los judíos la exención de los cultos estatales de Roma como recompensa por los mercenarios judíos en sus legiones. Al final del siglo I d.C., el emperador romano Domiciano (81-96 d.C.) instituyó el culto imperial (la elevación de emperadores muertos, que en consecuencia se adoraban como divinidades). En la formación del cristianismo primitivo, las comunidades cristianas, al igual que las judías, cesaron toda idolatría tradicional. Pero los cristianos no eran judíos étnicos; no estaban circuncidados, así que la excepción de Julio César no se aplicaba en su caso. A los cristianos se los condenaba por el crimen de ateísmo, la no creencia y la no participación en los cultos estatales del Imperio romano. Se interpretaba que esta postura hacía enfadar a los dioses y ponía a todo el mundo en peligro, con lo que era equivalente a la traición y suponía la pena de muerte. Hay evidencias de los primeros juicios y ejecuciones a principios del siglo II en las obras de Plinio el Joven sobre el cristianismo.
La respuesta de Roma a la propagación del cristianismo produjo los primeros mártires cristianos: aquellos que murieron por sus creencias y prácticas. Juan afirmaba que había 144.000 mártires en el cielo (144.000 como un múltiplo de las doce tribus de Israel). Los mártires recibían la recompensa de ser transportados al cielo donde pasarían el tiempo cantando himnos y alabanzas a Dios. El propósito general del libro del Apocalipsis era básicamente documentar las visiones y predicciones de Juan sobre el regreso de Jesucristo a la tierra, que procedería a vengarse de Roma.
Los estudiosos consideran a Juan de Patmos un cristiano judío que utilizó los libros proféticos de Ezequiel y Daniel. En el Apocalipsis, Jesucristo es el mesías prometido del linaje de David. Es un héroe guerrero conquistador que lucha contra los enemigos de la Iglesia. Juan incluyó las predicciones de los profetas tradicionales que decían que, en los últimos días, primero ocurrirían tribulaciones violentas. Las tribulaciones consisten en desastres naturales (terremotos, sequía, hambrunas, plagas) que coinciden con las diez plagas de Egipto en el Éxodo. Pero también ocurren desastres humanos, «pecados»: guerras, codicia, corrupción y un comportamiento sexual pervertido. En opinión de Juan, al igual que los demás profetas, tan solo los justos se salvarían. Presenta la idea de la predestinación: la salvación les llega a aquellos que estaban escritos en el Libro de la Vida en el momento de la creación.
Mientras que las cartas de Pablo y los evangelios enfatizan el arrepentimiento de los pecados que lleva al perdón y la salvación, el Apocalipsis no tiene concepto alguno del arrepentimiento, especialmente en el último momento. Como en un apocalipsis típico, el mundo está tan corrompido por el mal que ya es demasiado tarde. Todos los humanos se dividen en justos o pecadores.
Siete cartas
El libro empieza con siete cartas a las comunidades cristianas de la provincia de Asia (la actual Turquía), donde los templos del culto imperial dominaban las ciudades. Algunas de las comunidades se elogian por su devoción en relación a la persecución, mientras que a otras se las culpa por su pérdida de fe. En una de las cartas, Juan injuria a los que pertenecen a la «sinagoga de Satanás» (Apocalipsis 2:9). Los estudiosos debaten sobre el significado de esta frase. Puede que signifique que algunos cristianos afirmaban ser judíos para evitar la persecución. O puede que fuese una referencia a lo que se convertiría en una acusación cristiana común de que los judíos estaban delatando a los cristianos, tal y como hicieron durante el juicio y la crucifixión de Jesús de Nazaret cuando entregaron a Jesús a Pilatos.
Simbolismo
La literatura apocalíptica es subversiva, una manera de criticar el régimen imperante. Utiliza códigos, símbolos, analogías y otras herramientas literarias que solo podían entender unos pocos elegidos. En el Apocalipsis hay aproximadamente unos 500 símbolos y analogías.
Luego uno de los siete ángeles que tenía siete copas vino y me dijo: «Ven, te mostraré el juicio de la gran ramera que está sentada en muchas aguas, con quien los reyes de la tierra han cometido actos sexuales inmorales y con el vino cuya prostitución se han embriagado los habitantes de la tierra». ... Vi a una mujer sobre una bestia escarlata que estaba llena de nombres blasfemos, y tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata y adornada con oro, joyas y perlas; sostenía en la mano una copa de oro llena de abominaciones y las impurezas de su prostitución, y en la frente tenía un nombre escrito, un misterio: «La gran Babilonia, madre de prostitutas y de las abominaciones de la tierra. Y vi que la mujer estaba embriagada con la sangre de los santos y la sangre de los testigos de Jesús».
(Apocalipsis 17:1-6)
«La gran Babilonia» normalmente hace referencia a la destrucción del Templo de Salomón a manos de los babilonios en 586 a.C. El Imperio romano destruyó el segundo templo en 70 d.C., de manera que la bestia «de siete cabezas» se refiere a Roma y sus siete colinas. A lo largo del texto se advierte a los cristianos de no mezclarse con la cultura dominante. Tienen que «salir de Babilonia».
La referencia a la «copa dorada llena de abominaciones» se incorporó a las condenas polémicas sobre la «inmoralidad sexual» en la acusación cristiana posterior contra los paganos, la gente que todavía no se había convertido, e incluía la embriaguez, las orgías sexuales y la continua idolatría. Los cristianos afirmaban que los dioses tradicionales eran agentes de Satanás, demonios disfrazados.
Con abundantes símbolos, las fechas y los nombres históricos son escasos. Esto ha dotado al libro de una elasticidad increíble que ha llevado a una constante reinterpretación a lo largo del tiempo, normalmente en épocas de crisis. Cuando las predicciones no son manifiestas en una época, no es porque las predicciones sean erróneas. Sencillamente no es el momento correcto; el plan final de Dios sigue intacto.
Los siete sellos y las siete trompetas
Todo está en sietes, el número perfecto con su referencia al Sabat de Dios del séptimo día. Juan tiene siete visiones sobre ángeles con siete sellos y siete trompetas. La apertura de los sellos revela la violencia venidera de las tribulaciones. Cuando se abre el primer pergamino se liberan los cuatro caballos y sus jinetes, los jinetes del apocalipsis. Estos jinetes representan respectivamente la victoria, la guerra, la escasez de alimentos (incluida la inflación monetaria) y la muerte (el jinete «pálido y enfermo» seguido de cerca por Hades, la tumba o el inframundo).
Mientras la mayor parte del mundo sufre, los ángeles marcarán la frente de los creyentes para protegerlos. Muy probablemente, esto está sacado de Ezequiel 9:4: «Pasad por la ciudad, por Jerusalén, y poned una marca en la frente de los que gimen y lloran por todas las abominaciones que en ella se cometen».
Al abrir el séptimo sello, hay silencio en el cielo. A Juan le dijeron que se comiera el último sello. El sabor es tanto dulce como amargo, un mensaje doble de alivio para los creyentes, pero de castigo para todos los demás. Al comerse el pergamino, el momento se mantiene oculto: tan solo Dios sabe cuándo instituirá su intervención final.
La batalla final
En el capítulo 12 hay visiones que describen la batalla cósmica entre el Cordero y el Dragón. Megido, que normalmente se malinterpreta como el emplazamiento de la batalla final, es el lugar donde Juan dice que los ejércitos de Dios, es decir, los ángeles y los cristianos, se reúnen, pero después marchan al sur hacia Jerusalén. Llama al lugar har-Megido («monte de Megido»), que es el origen del término común «Harmaguedón» y de ahí «armagedón» para referirse a los acontecimientos finales. Miles de peregrinos cristianos modernos siguen visitando las excavaciones arqueológicas en Megido en Israel.
En las Escrituras judías hay referencias prestadas de Mesopotamia, en particular la idea de un dragón primordial. En su historia de la creación, el Enuma Elish, el dios Marduk destruyó a Tiamat, el dragón del caos. En las Escrituras aparecen alusiones a esta época primordial y ese mito. Tenemos el abismo oscuro y acuoso y pasajes en los que Dios derrota a los monstruos caóticos Rahab, Behemot o Leviatán (Salmos 74:13, 89:9-10; Job 26:1-14; Isaías 51:9).
Al igual que en el cuarto evangelio, el autor se imaginó a Cristo como el «cordero de Dios», una víctima sacrificial. Sin embargo, en un revés irónico el cordero resulta ser una entidad poderosa y destructiva que al final destruirá al dragón. El dragón «tiene siete cabezas y diez cuernos... esa serpiente ancestral, llamada Diablo y Satanás» (Apocalipsis 12:3, 12:9). Los «diez cuernos» son una referencia a los emperadores romanos desde Augusto hasta Domiciano.
De fuentes apocalípticas, Juan afirma que el dragón ya había sido expulsado del cielo por el arcángel Miguel. Como Satanás, el dragón permaneció encadenado en el abismo (el infierno). Pero el dragón envía a su agente como una bestia del mar, y aparece una segunda bestia para hacer cumplir la adoración de la primera bestia (el culto imperial). Igual que los cristianos a los que se marca con una señal especial, Juan dijo que los seguidores de la bestia también estarán marcados con una señal especial. De acuerdo con la naturaleza de los escritos apocalípticos, esta señal es un acertijo: el número de la bestia es «el nombre de un hombre, y el valor numérico de sus letras es 666».
Numerología y el anticristo
La escritura helenística sentía una fascinación por los números o la numerología. El filósofo griego Pitágoras especulaba que el universo estaba estructurado sobre una armonía de relaciones numéricas y que ciertas combinaciones de números ocultaban un significado místico. Los antiguos numeraban cosas no con números, sino con letras del alfabeto (para los griegos, alfa era 1, beta era 2, etc.; los números romanos son letras tales como I, V, X...). Por tanto, las letras del nombre de una persona tenían un valor numérico. En la tradición judía, el siete representaba los días de la creación, que culminaban en el Sabat de Dios, el sábado o séptimo día de descanso. Por lo tanto, el siete representaba el total o la perfección, de manera que el 666 era un símbolo de lo incompleto y lo imperfecto.
La insinuación de Juan de que el número críptico de la bestia se podía identificar con una persona específica ha inspirado más especulaciones que cualquier otra declaración de su libro. Prácticamente en todas las generaciones desde Juan hasta nuestros días los apocalípticos han encontrado hombres o instituciones que decían que concordaban con la descripción de la bestia y por tanto cumplían el papel de la bestia como anticristo, cuya aparición confirma que se acerca el final de los días.
En realidad, «anticristo» no aparece en el Apocalipsis. Tan solo aparece en la primera carta de san Juan en el Nuevo Testamento, como alguien que estaba «en contra de Cristo». Juan describe esta figura como «el gran impostor». Engañará a la gente para que crea que está controlando el mundo por su bien. La mayoría de los eruditos del Nuevo Testamento creen que Juan se refería a una persona histórica de su propia época. Sin embargo, hay cierto debate sobre quién podía ser esa persona. Algunos historiadores creen que el hombre que mejor se ajusta a la descripción de la bestia de es Nerón (que reinó de 54-68 d.C.), dado que la tradición afirma que fue el primer emperador en perseguir a los cristianos. La declaración de Juan de «una bestia que surge del mar» puede que haga referencia a los rumores populares de la época. Tras el suicidio de Nerón en 68, varios impostores afirmaron que eran Nerón y planearon reunir un ejército para restablecer su gobierno. Otra teoría es que Juan se refería a ambos emperadores malvados: el tirano muerto Nerón «renació» como Domiciano. El argumento de Juan era el elemento del engaño. Siempre deberíamos cuidarnos de alguien que parezca bueno y benefactor, pero estar alerta para reconocer su maldad bajo la apariencia de bondad.
Visiones del triunfo final
En el capítulo 20, cuando Cristo regresa a la tierra, comienza a instituir el reino de Dios. En esa época resucitan los mártires muertos, se unen a los fieles vivos y ayudan a luchar contra la bestia. Esto dura mil años, un milenio. Al final el dragón se libra de sus cadenas en el abismo para unirse a la batalla final con el cordero. El fuego de los cielos destruye a los enemigos, incluido el dragón.
Después de la batalla final, tiene lugar la resurrección de todos los muertos, que es cuando son juzgados. En el caso de los malvados, esto incluye la imagen de ser arrojado al «lago de fuego», una referencia al mar Muerto, que contenía minerales que quemaban la piel. La recompensa de Juan para los fieles se encuentra en una metáfora de una boda del cordero y la ciudad de Jerusalén. Entonces tendremos una utopía idílica, el plan original de Dios para el Jardín del Edén, no en el cielo, sino en la tierra. Un Templo nuevo y restaurado (con corrientes cristalinas de oro y piedras preciosas) desciende sobre Jerusalén.
Al describir al dragón, Juan utiliza la profecía de Isaías contra el rey de Babilonia. Los reyes de Babilonia estaban asociados con la divinidad. Isaías castigó al rey de Babilonia por su arrogancia, por intentar alcanzar el estatus de igualdad con los dioses. Isaías profetizó que al final el rey sería «arrojado» al abismo. Al hablar del rey de Babilonia, Isaías usó uno de sus nombres regios, «la estrella del día de su pueblo».
El padre de la Iglesia del siglo V, Jerónimo, tradujo el hebreo de las Escrituras judías y el griego del Nuevo Testamento en un único volumen en latín (la Biblia Vulgata de la Edad Media). Cuando llegó a esta sección del Apocalipsis, sabía que los romanos adoraban una «estrella del día» cuyo nombre era Lucifer. Así que sencillamente lo tradujo como Lucifer, el nombre más popular para el Diablo en la Edad Media.
Según fue pasando el tiempo, los «mil años» se interpretaron en la Edad Media mediante una conexión con el reloj terráqueo. A medida que se acercaba el año 1000, los campesinos dejaron de plantar cultivos, con la creencia de que la inminente catástrofe o gloria estaba a punto de ocurrir. Las crisis posteriores, tales como la peste bubónica del siglo XIV, se interpretaron como «signos del fin».
El arrebatamiento
Otro concepto que mucha gente cree que proviene del Apocalipsis no figura en este libro. El concepto de «arrebatamiento» lo creó un ministro británico del siglo XVII preocupado por los «tiempos de tribulación». Se dirigió a las epístolas del apóstol Pablo a los gentiles. En la primera carta a los tesalonicenses, Pablo describe lo que ocurriría cuando Cristo regresara, y dice que, los que queden vivos en ese momento serán transportados al cielo para acoger a Cristo. Los cristianos justos serían arrebatados milagrosamente al cielo para salvarlos de la inminente catástrofe.
Legado en la cultura e historia occidentales
Los líderes cristianos debatieron el libro del Apocalipsis y no se incluyó en el canon oficial hasta 400 años más tarde. Los debates tenían que ver con el supuesto autor y con algunas de las descripciones místicas del cielo. Al final se canonizó por sus enseñanzas sobre el destino terrible que les esperaba a los pecadores.
Por desgracia, el cristianismo ha utilizado el libro del Apocalipsis para validar la historia de la violencia cristiana durante 2.000 años: Las cruzadas, la Inquisición contra los herejes, las guerras religiosas de Europa, la casi aniquilación de las culturas nativas de América, la institución de la esclavitud de los afroamericanos y la continua polémica contra judíos y musulmanes. La razón se encuentra en la convicción de que Dios nos castigará a todos porque dejamos que el mal siga existiendo. El abuso de este libro, y el peligro que todavía conlleva hoy en día, consiste en afirmar que un pecador es todo aquel que no está de acuerdo con la interpretación propia del cristianismo.
Lo que sigue siendo problemático es quién decide quién es un pecador. El Apocalipsis se sigue aplicando en debates modernos sobre las relaciones entre personas del mismo sexo, los roles de género, la identificación de género y el aborto. Los creyentes siguen recurriendo al Apocalipsis en épocas de crisis: guerras, desastres climáticos, la fluctuación de la bolsa y la inflación, equiparados con los cuatro jinetes. Hollywood contribuye a la popularidad del Apocalipsis con docenas de películas de ciencia ficción que presentan sociedades distópicas y postapocalípticas en las que incorpora elementos de este libro.
En relación con la teología cristiana, el texto sigue siendo una fuente de inspiración para los creyentes gracias a la simetría de su colocación al final del Nuevo Testamento. Empezando por la creación en el Génesis, el plan de Dios para los seres humanos culmina con la esperanza de que Cristo acabará instituyendo su reino en la tierra, trastornando los males contemporáneos y restaurando la justicia en el universo.

