La Manifestación del 20 de junio de 1792 fue el último intento de los sans-culottes de París de reconciliar al rey Luis XVI de Francia (que reinó de 1774 a 1792) con la Revolución francesa (1789-99). En respuesta al veto del rey a los decretos populares, el pueblo invadió el Palacio de las Tullerías y abordó a Luis XVI, quien los recibió gentilmente, pero se mantuvo firme en su decisión.
Luis XVI se ganó la ira de su pueblo al negarse a cumplir con los dictámenes de la Asamblea Legislativa, así como por una sospecha general de su postura apática hacia la defensa de Francia. Las derrotas del ejército francés en las primeras semanas de la guerra de la Primera Coalición (1792-97) contra Austria pusieron nerviosos a los ciudadanos, algo que los políticos y periodistas incendiarios aprovecharon para enardecerlos a que se armaran con picas.
La Manifestación del 20 de junio fue el último intento pacífico de las clases bajas parisinas de convertir a Luis XVI en un soberano más atento que escuchara los deseos de su pueblo. Su falta de interés resultaría ser su perdición. La manifestación eliminó cualquier aura de majestuosidad que le quedaba a la monarquía francesa y, por lo tanto, posibilitó el asalto al Palacio de las Tullerías menos de dos meses más tarde, el suceso sangriento que finalmente acabó con la monarquía.
Una cruzada fallida
La Manifestación del 20 de junio tiene sus orígenes en la declaración de guerra de Francia a Austria, que ocurrió exactamente dos meses antes. El propio Luis XVI había leído la declaración ante la Asamblea Legislativa en medio de los aplausos delirantes de los diputados allí reunidos. Aparte de algunas personas aisladas, como Maximilien Robespierre (1758-1794), parecía que todos querían la guerra.
Alrededor de la mitad de los oficiales de Francia habían huido del país para unirse a sus enemigos contrarrevolucionarios.
La creciente facción girondina quería asegurar su propio dominio y diseminar los principios de la Revolución francesa a todos los pueblos de Europa; una «cruzada universal» en las palabras de su líder Jacques-Pierre Brissot. Del lado opuesto del espectro político, los feuillants, la facción monárquica constitucional, querían la guerra para recobrar su influencia mediante la victoria en el campo de batalla, lo que les permitiría arrebatarles el poder a los girondinos y jacobinos radicales. Incluso Luis XVI quería la guerra, ya que creía que, si el ejército austríaco salía victorioso, lo podría rescatar de su virtual encarcelamiento por parte de los revolucionarios y restauraría su antigua autoridad.
No obstante, el rey parecía albergar dudas, ya que pasó los días siguientes a la declaración envuelto en uno de sus ataques periódicos de melancolía. Su esposa, María Antonieta (1755-1793), fue más proactiva. Les escribió cartas en código a sus contactos en Austria en las que reveló secretos militares y los movimientos de las tropas de los franceses. Les dijo a los austríacos que los ejércitos franceses tenían pocos suministros, las lealtades divididas y el ministerio girondino les había ordenado atacar. Así, serían presa fácil de los ejércitos profesionales de su sobrino, Francisco II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (que reinó de 1792 a 1806) y emperador de Austria (de 1804 a 1835).
Efectivamente, en las primeras semanas de guerra, ciertamente pareció que sería así. Las fuerzas francesas estaban divididas en tres ejércitos separados y contaban con 150.000 hombres en total. Estaban al mando de tres generales que habían obtenido su reputación luchando las guerras del Antiguo Régimen: el norte estaba al mando del conde de Rochambeau, vencedor de Yorktown; el ejército del centro estaba al mando de Gilbert du Motier, marqués de Lafayette, apodado el «héroe de dos mundos»; y el ejército del sur estaba al mando de Nicolas Luckner. Dirigían masas desorganizadas e indisciplinadas de hombres corrompidos por la influencia de los jacobinos antiaristocráticos. Más aún, los generales carecían de oficiales experimentados, ya que alrededor de la mitad de los oficiales de Francia habían huido del país para unirse a sus enemigos contrarrevolucionarios.
En consecuencia, durante las primeras semanas de guerra, la resolución de los ejércitos de ciudadanos franceses se desmoronaba bajo la más leve presión. Casi de inmediato, varios regimientos franceses, incluido el ahora infame regimiento alemán real, desertaron y se pasaron al lado austríaco. El 29 de abril, una escaramuza causó la derrota aplastante de una fuerza francesa al mando del general irlandés Théobald Dillon. Los franceses se retiraron a Lille, donde asesinaron a Dillon luego de culpar su derrota al hecho de que era un espía. Lo mataron a bayonetazos en el medio de la ciudad y luego mutilaron y quemaron su cuerpo.
Naturalmente, el asesinato de Dillon puso nerviosos a los otros generales franceses, y algunos, notablemente Rochambeau, rápidamente renunciaron a sus mandos. Otros, como Lafayette, no se iban a rendir tan fácilmente. En algún tiempo el héroe adorado del pueblo francés, Lafayette se había puesto en ridículo tras la Masacre del Campo de Marte el verano anterior, cuando los guardias nacionales bajo su mando abrieron fuego sobre manifestantes republicanos. Lafayette culpó a los jacobinos y a otros grupos extremistas por la masacre, así por corromper la Revolución e infiltrarse en el ejército. Atribuyó el asesinato del general Dillon a la consecuencia natural de la retórica jacobina y estaba preocupado de que pasara algo similar en París.
A principios de mayo, a solo unas semanas de empezada la guerra, Lafayette le escribió al embajador austríaco, el conde Mercy d'Argenteau, y le propuso un cese de fuego para permitir que su ejército regresara a París y erradicara la amenaza jacobina. Los austríacos respondieron con evasivas, pero los comandantes franceses se reunieron y decidieron suspender las hostilidades el 18 de mayo; a Austria le pareció perfecto, ya que le daba más tiempo a su aliado, Prusia, para movilizarse y unirse a la guerra.
Mientras tanto, los enemigos de Lafayette eran más conscientes de lo que había esperado, y muchos se sintieron amenazados por este alto el fuego. Lafayette y otros funcionarios aristocráticos fueron denunciados por Robespierre, líder de los jacobinos. «No confío en los generales», dijo con desprecio. «La mayoría siente nostalgia por el viejo orden» (Schama, 601). Con las tensiones tan altas, cada facción veía a las otras como los verdaderos enemigos de Francia, incluso cuando los ejércitos austríacos se acercaban. Por un breve momento debió de parecer que la guerra había sido, efectivamente, un error. María Antonieta, por otro lado, no podría haber estado más contenta.
El ascenso de los sans-culottes
En París, mientras tanto, una nueva fuerza política estaba en ascenso, una que siempre había estado presente, pero que pocas veces había influido en los sucesos desde la Toma de la Bastilla en 1789. Los sans-culottes (literalmente, «sin pantalones de seda») es el nombre que suele darse a la clase obrera pobre que participó de la Revolución. La palabra sans-culotte, que se puso de moda alrededor de esta época, surgió como antítesis del término ahora derogatorio «aristócrata»; la implicación era que era virtuoso no poseer una prenda de ropa tan aristocrática como los culottes. De forma irónica, a Robespierre, que más tarde adoptaría la función de vocero de hecho de los sans-culottes, le gustaba mucho usar culottes.
Los sans-culottes parisinos estaban inquietos en la primavera de 1792. La cosecha anterior había sido decente, pero los alimentos aún escaseaban, en parte debido a las revueltas esclavas recientes en la colonia francesa de Saint-Domingue (el inicio de la Revolución haitiana). El valor del assignat, que se devaluaba rápidamente, solo empeoró las cosas. Más aún, los informes que llegaban de la frontera eran ciertamente preocupantes, sobre todo para un pueblo que había temido una invasión extranjera durante tanto tiempo.
Este temor creciente fue aprovechado por los periodistas incendiarios, atraídos por este desasosiego como polillas a la luz. Habían estado callados en los últimos meses, ahuyentados como consecuencia de la Masacre del Campo de Marte, pero la ausencia de sus enemigos feuillant de París les dio una confianza renovada. Jean-Paul Marat, cuya tendencia a ocultarse en las alcantarillas le había dado una fea afección cutánea, atacó a la corte real, acusándola no tan incorrectamente de sabotear el esfuerzo bélico. Más ataques novedosos se hicieron contra los ricos, específicamente la burguesía, a quien Marat acusó de haber abandonado al pueblo. Jacques-René Hébert se unió al vapuleo del rey, a quien llamaba «Louis le Faux» (Luis el Falso), y pidió distribuir las armas al pueblo para que pudieran defenderse. «Tomen sus picas, buenos sans-culottes», escribió Hébert. «Afílenlas para exterminar a los aristócratas» (Schama, 604).
Estos periodistas, así como la provocación del Club de los Cordeliers radical, encolerizaron a los plebeyos parisinos. Para distinguirse como verdaderos patriotas, empezaron a usar las gorras rojas frigias asociadas con la libertad. Demandaron picas, que se habían vuelto un símbolo de protesta, e incluso se renombró una de las 48 secciones de París «Les Piques». El alcalde de París, Jérôme Pétion, temeroso de un ataque contra sus aliados girondinos, aprobó su distribución. Para principios del verano de 1792, los sans-culottes estaban preparados para una manifestación de algún tipo y solo necesitaban una excusa. Pronto, el desafortunado monarca Luis XVI les daría esto mismo de forma involuntaria.
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El veto odiado
La historia de cómo Luis XVI incurrió en la ira de París es una tan antigua como la Revolución misma: se negó a consentir los decretos populares. El 27 de mayo, la Asamblea Legislativa aprobó un decreto para la deportación de los sacerdotes refractarios, clérigos católicos que se habían mantenido leales al papa y se negaban a jurarle lealtad al Estado, como lo requería la Constitución Civil del Clero de 1790. Si bien los revolucionarios patrióticos sospechaban de estos sacerdotes hace mucho tiempo, es posible que Brissot y sus aliados aprobaran este decreto de forma deliberada para provocar al rey, ya que era un secreto a voces que este simpatizaba con los sacerdotes refractarios.
Dos días después, la Asamblea decidió disolver la Guardia Constitucional del rey, una escolta de 6.000 hombres creada en el septiembre anterior. La Guardia, apostada en las Tullerías, había sido propuesta por Antoine Barnave como método para proteger a la corona contra una revuelta popular; por lo tanto, su disolución es bastante reveladora. El 8 de junio se aprobó un tercer decreto, que pedía el establecimiento de un campamento para 20.000 voluntarios provinciales semimilitares conocidos como fédérés. Brissot y sus girondinos alegaban que dicha fuerza era necesaria para proteger a París en caso de que los austríacos lograran pasar; sus oponentes políticos, los feuillants, alegaban que era un complot jacobino para secuestrar al rey y chantajearlo.
El 11 de junio, Luis XVI aceptó la disolución de su Guardia Constitucional, pero vetó los otros dos decretos. Esto alarmó a los girondinos, que controlaban el ministerio real desde antes de la guerra. Jean-Marie Roland, el ministro del Interior del rey, le envió una carta de protesta probablemente escrita por su esposa, la girondina políticamente activa Madame Roland (1754-1793). Sin importar qué Roland escribió la carta, en ella reprendían al rey por usar el veto y alegaban lo siguiente:
Este no es el momento de retirarse o hacer tiempo. La revolución está bien asentada en la mente del pueblo; se logrará y consolidará a costa de un derramamiento de sangre a menos que la sabiduría impida los males que todavía es posible evitar (...). Sé que el lenguaje austero de la verdad casi nunca es bienvenido cerca del trono, pero también sé que esto es así porque casi nunca se ha escuchado que una revolución sea necesaria. (Schama, 605).
Tal vez fue esta carta insolente la que hizo que Luis XVI echara a todo el ministerio girondino dos días después. Este insulto a los girondinos populares, junto con los dos vetos, fue demasiado para el pueblo. Pronto se planificó una manifestación para el 20 de junio, el aniversario tanto del Juramento de la Cancha de Tenis como de la huida malograda del rey a Varennes. Aunque no se sabe exactamente quién la planificó, pronto quedó claro que se estaban realizando preparativos en el Club de los Jacobinos y, para el 16, prácticamente todos en París sabían que algo se avecinaba.
La manifestación
El 20 de junio, los manifestantes se movilizaron en cada una de las secciones de París bajo varios líderes de los sans-culottes, incluidos el publicista Fournier «el Norteamericano», el cervecero Santerre y Theroigne de Mericourt, líder del movimiento republicano de las mujeres. Aunque estos líderes no eran de ninguna manera los más pobres de la sociedad, significativamente no eran burgueses, lo que marcó un punto de inflexión en la Revolución.
A la 1:30 de la tarde, 10.000 personas se reunieron frente a Le Manège, el lugar de reunión de la Asamblea, y demandaron que los dejaran entrar para presentarles una petición. Al ver que los manifestantes estaban armados con picas, los diputados dudaron en dejarlos ingresar, como cabría esperar, pero igual admitieron a una pequeña delegación de sans-culottes. La multitud se negó y demandó que los dejaran entrar a todos para poder desfilar por todo el edificio. Los diputados cedieron. El desfile duró horas, y muchos de los participantes terminaron ebrios.
Conforme continuaban las festividades, la multitud creció y terminó rodeando Le Manège y el perímetro del Palacio de las Tullerías de al lado. Las puertas al terreno del palacio no estaban protegidas ni cerradas con llave; era cuestión de tiempo antes de que lo invadieran los sans-culottes. Los guardias del rey, que temían un derramamiento de sangre, no intentaron evitar que la multitud ingresara al palacio, una decisión que desconcertó a un joven Napoleón Bonaparte, quien aparentemente fue testigo del hecho. «Qué locura», le dijo supuestamente a un amigo. «¿Cómo pudieron permitir que entrara la plebe? ¿Por qué no barren a 400 o 500 de ellos con cañones? El resto se diseminaría rápidamente» (Roberts, 39).
Los manifestantes hallaron al rey en el Salon de l'Oeil de Boeuf, acompañado por algunos asistentes y solo un puñado de guardias. Durante las próximas dos horas, lo acosaron con amenazas e insultos y agitaron pistolas y cuchillos en su cara. Un protestante incluso llevó un corazón de vaca ensartado en una pica, que supuestamente representaba «el corazón de un aristócrata», mientras que otro llevó una muñeca manchada de sangre con la etiqueta «María Antonieta en el farol» (la forma habitual en la que los sans-culottes parisinos se deshacían de sus enemigos era colgándolos de postes de luz). Lo sermonearon, gritándole: «¡Tiembla, tirano!», y vapulearon su poder de veto (Fraser, 368). Un manifestante incluso se dirigió a él como «monsieur» (señor) en lugar de «su majestad», una violación del protocolo que pareció sorprender al rey más que cualquier otra amenaza.
No obstante, el rey mostró una compostura tremenda ante esta multitud amenazante. Se negó a dejar que lo intimidaran y brindó alegremente por el pueblo y la nación, jurando cumplir con la constitución. Cuando le ofrecieron una gorra roja de la libertad, se la puso diligentemente. Más tarde, los monárquicos se referirían a este como el mayor momento de humillación de Luis XVI, su «corona de espinas»; no obstante, se podría argumentar que este fue el mejor momento de Luis XVI como rey. Durante todo su reinado, había sido indeciso y descortés, aparentemente distante de las necesidades y deseos de su pueblo; en ese momento, habló con ellos de hombre a hombre, aunque fuese tan solo por unas horas. En el pasado, había cedido a todas las presiones; entonces, se mantuvo firme. Fue esta extraña muestra de resolución por parte del rey lo que probablemente evitó un derramamiento de sangre ese día. Para mostrar que no le tenía miedo a la multitud, puso la mano de uno de sus granaderos sobre su corazón y dijo: «¿Ven? No palpita» (Schama, 607).
A las 6 de la tarde, el alcalde Pétion finalmente se abrió camino al palacio, se disculpó con el rey y alegó que acababa de enterarse de lo que estaba pasando. Ante esta mentira tan evidente, Luis respondió: «Me parece increíble, dado que llevamos varias horas aquí» (Schama, 609). El pueblo plantó un árbol de la libertad en el terreno del palacio y se había ido para las 8, momento en el que Luis se pudo reunir con María Antonieta y sus hijos.
Consecuencias
Lafayette, cuando se enteró de lo que le pasó al rey, estaba furioso. Estaba claro que tenía que hacer algo o los monárquicos perderían el control de la Revolución para siempre. Volvió rápidamente a París y compareció ante la Asamblea el 28 de junio, donde lo recibieron con aplausos. Culpó a los jacobinos por el ataque y demandó su disolución inmediata. Esta propuesta fue denegada, pero también lo fue una moción de seguimiento que reprobaba su conducta.
Para no sentirse vencido, Lafayette fue a ver a su antiguo mando, la Guardia Nacional parisina. Por un tiempo, pareció que los miedos de Robespierre se harían realidad y que Lafayette finalmente tomaría el control del gobierno en un golpe de Estado. Sin embargo, eso no pasaría. Lafayette no tenía el apoyo ni la influencia que Napoleón disfrutaría más adelante en su exitoso Golpe del 18 de brumario. Efectivamente, Lafayette no pudo ganarse el apoyo de la Guardia Nacional ni de la familia real, a quien había ido a salvar. María Antonieta, en particular, odiaba al general y dudaba de sus intenciones. Dijo: «Puedo ver que Monsieur de Lafayette quiere salvarnos, pero ¿quién nos salvará de Monsieur de Lafayette?» (Davidson, 93).
Rechazado y humillado, Lafayette regresó a su puesto militar en Alsacia. Su intento desesperado de obtener el control en París sería su última función en la Revolución francesa. Nuevamente intentó convencer a su ejército de marchar hacia la capital, pero sus hombres se negaron. El 10 de agosto, tal vez porque recordó el destino que había sufrido el general Dillon, huyó de Francia tras la caída de la monarquía. Poco después, lo arrestaron en los Países Bajos austríacos y lo mantuvieron prisionero durante la mayor parte del resto de la Revolución.
En cuanto a la familia real, la Manifestación del 20 de junio realmente marcó el principio del fin. Aunque no logró sus objetivos inmediatos, ya que Luis XVI no se retractó de sus vetos ni reinstauró a los ministros girondinos, sí mostró el poder de los sans-culottes y la fragilidad de la monarquía. Esta vez, el pueblo de París actuó en paz, pero la próxima no sería así. El asalto al Palacio de las Tullerías, que sucedió el 10 de agosto, culminaría en una batalla sangrienta entre unos parisinos enojados y los guardias suizos del rey. También destruiría la monarquía y pondría a Francia en el camino hacia el nacimiento de su primera república.
¿Por qué fue importante la Manifestación del 20 de junio de 1792?
La Manifestación del 20 de junio de 1792 fue el principio del fin de la monarquía francesa. Al irrumpir en el Palacio de las Tullerías, el pueblo desmitificó la institución de la monarquía, lo que permitió la invasión del palacio una segunda vez, más sangrienta, el 10 de agosto.
¿Qué pasó el 20 de junio de 1792 en Francia?
El 20 de junio de 1792, una multitud de 10.000 parisinos de la clase obrera, que se llamaban a sí mismos «sans-culottes», invadieron el Palacio de las Tullerías en París y abordaron al rey Luis XVI de Francia.
¿Qué causó la Manifestación del 20 de junio de 1792?
Las causas de la Manifestación del 20 de junio de 1792 fueron la angustia por la invasión austríaca en la guerra de la Primera Coalición, el veto de Luis XVI de Francia de los decretos populares de la Asamblea Legislativa y el despido de Luis XVI de sus populares ministros girondinos.
Soy traductora pública, literaria y científico-técnica de inglés al español y me apasiona todo lo relacionado con la arqueología, la historia y la religión.
Harrison Mark es historiador y escritor en World History Encyclopedia. Se graduó de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) en Oswego, donde estudió historia y ciencias políticas.
Escrito por Harrison W. Mark, publicado el 22 septiembre 2022. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.