Triunfo romano

Mark Cartwright
por , traducido por Rosa Baranda
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Triumph of Titus (by Jean-Guillaume Moitte (Artist), CC BY)
Triunfo de Tito Jean-Guillaume Moitte (Artist) (CC BY)

Un triunfo romano era un desfile espectacular que se celebraba en la antigua ciudad de Roma en honor a un comandante militar que había ganado una victoria importante en el campo de batalla. Concedido por el Senado, era un espectáculo propagandístico fastuoso y entretenido que le recordaba al pueblo la gloria de Roma y su superioridad militar sobre todas las demás naciones.

Más adelante, los triunfos se hicieron tan populares e importantes en la ambición de los comandantes que se acabaron reservando únicamente para el emperador. Con el tiempo, las procesiones se fueron haciendo cada vez más extravagantes y en algunas ocasiones los gobernantes que no eran populares intentaron engraciarse con el pueblo de Roma presentando un espectáculo inolvidable.

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Fuentes de la Antigüedad

Como eran tan importantes en la vida política y se celebraron durante tanto tiempo, muchos triunfos están muy bien documentados por los romanos, incluso si las fuentes posteriores pretendían impresionar a la familia real y, por lo tanto, suelen tender a la exageración. En un principio, los triunfos se celebraban en honor de cualquier comandante superior que hubiese realizado grandes hazañas militares (o que hubiese estado al mando general de los oficiales subordinados que las habían logrado) y que hubiese traído a su ejército de vuelta a Roma, pero más tarde, durante la República, se solían saltar las normas y durante el periodo imperial este privilegio se hizo menos frecuente. Esto se debía a que el emperador, preocupado por mantener el afecto público restringido a su persona, hizo que el desfile fuera un derecho exclusivo de la casa real.

Según el historiador del siglo V d.C. Orosio, hubo 320 triunfos en Roma hasta el siglo I d.C. También hay una lista fragmentaria (parte de los Fasti Triunfales) de todos los triunfos de la república, que probablemente apareció por primera vez en 20 a.C. en el Arco de Augusto en el Foro romano. Independientemente de cuántos se celebraran exactamente, las ocasiones en que se celebraba un triunfo debieron de ser uno de los espectáculos más impresionantes en una ciudad que ya de por sí no carecía de espectáculos entretenidos.

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Triunfos republicanos

Los historiadores romanos describen que incluso los primeros reyes celebraban triunfos, pero probablemente eso no es más que ficción. Puede que, en origen, la procesión fuera una celebración totalmente religiosa (y siempre mantuvo ese elemento religioso) en la que se hacían ofrendas al dios de la fertilidad Liber para garantizar una buena cosecha. También puede que fuera una tradición copiada de los etruscos, aunque no hay evidencias.

La estrella del espectáculo, el hombre victorioso honrado como un dios, desfilaba montado en un carro de lados altos tirado por cuatro caballos en una procesión fastuosa que recorría las calles de Roma.

Sin duda, las primeras celebraciones de las victorias militares romanas eran mucho más modestas y directas, pero desde las guerras púnicas se estableció un procedimiento general. Primero, puede que el comandante recibiera vítores y ovaciones de sus legiones que proclamaban que se había ganado el título honorario de imperator. Después, el general enviaba una tablilla y una corona de laurel (símbolo de la victoria en los Juegos Olímpicos desde el período Arcaico), conocidas como litterae laureatae, al Senado romano. Si el Senado confirmaba la victoria y su importancia, también se confirmaba su salutatio imperatoria. Entonces, el comandante tenía derecho a atar laureles a sus fasces (el manojo de varas y hacha que simbolizaba la autoridad magistral) y hacerse llamar, de manera honoraria, Imperator. Podía hacer esto hasta el final de su triunfo público (si le concedían uno) o hasta que cruzara el Pomerium, el límite sagrado de la ciudad de Roma.

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El siguiente paso era acudir a Roma en persona y esperar fuera del Pomerium. Allí llevaba sus auspicia militaria, los auspicios que le había dado la ciudad antes de la campaña en cuestión. Solo se podían devolver en la ciudad el día de su triunfo público, para el que tenía que hacer una petición al Senado. En vez de que el comandante fuera al Senado, este acudía a él y se reunían en el templo de Bellona para escuchar su petición. En algunos casos había mucho debate, pero un líder carismático considerado popular entre la gente y con amigos influyentes siempre tenía muchas oportunidades de recibir el triunfo.

Las ceremonias variaban en cada ocasión, pero había muchos elementos comunes evidentes. Por lo general duraban un día entero y empezaban con un discurso antes del desayuno. El comandante victorioso hablaba frente al Senado, los magistrados, el ejército y el público. Primero la gente le saludaba, después, una vez había ofrecido las plegarias adecuadas en agradecimiento a los dioses, alababa a sus legiones y mencionaba a soldados específicos por sus contribuciones, repartía condecoraciones para el valor y distribuía dinero entre sus soldados.

The Triumph of Aemilius Paulus
Triunfo de Emilio Paulo Fotopedia (Public Domain)

Después del desayuno, el vencedor se ponía ropajes especiales de color púrpura y les ofrecía sacrificios a los dioses. Entonces, estaba listo para su gran momento. La procesión entraba en la ciudad por un lugar específico, la Porta Triunphalis, una puerta que solo se usaba en estas ocasiones, y después recorría las calles y plazas de Roma por una ruta escogida por el comandante. Los cónsules y los políticos iban a la cabeza, seguidos de varios cautivos de aspecto impresionante de la batalla; lo mejor era contar con un cautivo de la realeza, puede que en cadenas para darle más drama a la situación. Durante la procesión a veces se representaban algunos episodios de la batalla, por medio de pinturas o incluso representaciones en vivo con presos de verdad. Si la ocasión era un triunfo naval, podía haber una temática náutica con proas de barcos y equipo capturado. Había músicos, portadores de antorchas y abanderados para añadir pompa al desfile, así como ejemplos de flores y animales exóticos de la región conquistada. A continuación, venía el botín de guerra; cuanto más oro y plata se exhibiera, mejor. Después venían los lictores (asistentes magistrales) que llevaban las fasces adornadas con hojas de laurel y, por último, llegaba el propio comandante.

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La estrella del espectáculo, el hombre victorioso honrado como un dios, desfilaba montado en un espectacular carro de lados altos tirado por cuatro caballos. Llevaba una corona de laurel y una rama de laurel en la mano derecha. En la mano izquierda llevaba un cetro de marfil con un águila en la parte superior, símbolo del triunfo. Le acompañaba un esclavo cuya función era sostener sobre su cabeza una corona de oro y susurrarle continuamente al oído que, entre tanta adoración, debía recordar que solo era un mortal y no un dios. Por esta razón, repetía respice o «mira atrás». Tras el carro venían los hijos del comandante y los oficiales a caballo. Por último, venían las tropas, que solían cantar canciones para alejar la envidia de los dioses, y, si los había, una multitud de civiles agradecidos que habían ganado su libertad gracias a la derrota de su enemigo en la batalla.

El vencedor iba acompañado de un esclavo cuya tarea consistía en sostener sobre su cabeza una corona de oro y susurrarle continuamente respice, o «mira atrás».

Cuando toda la procesión llegaba al templo de Júpiter Óptimo Máximo en la colina Capitolina, el comandante imperator podía liberar magnánimamente a uno o dos prisioneros (en la época imperial los solían ejecutar en la prisión del Foro durante el trayecto) y luego sacrificaba un toro y ofrecía parte del botín de guerra en honor a Júpiter. También ofrecía algunas de sus hojas de laurel y así completaba el ciclo que había comenzado con su juramento de lealtad antes de partir a la campaña. Por último, los invitados más destacados se sentaban a un gran banquete dentro del templo; a partir del final del periodo republicano, puede que también se ofreciese un banquete a la población en general. Después de la fiesta, una multitud se aseguraba de que el comandante llegara sano y salvo a casa tras su gran día.

Ovaciones

En un nivel por debajo del triunfo estaba la ovación. Esta se concedía por victorias sobre enemigos fáciles (menos de 5.000 bajas) o aquellos considerados deshonrosos, como piratas o revueltas de esclavos. Un ejemplo de ello es la concesión de una simple ovación a Marco Licinio Craso tras sofocar la rebelión de Espartaco. La ovación también se consideraba más apropiada para batallas indecisas. Algunas de las diferencias clave, aparte de tener menos prestigio y pompa, eran que el comandante no iba en carro, sino a caballo o incluso a pie, los soldados a menudo no participaban y al final de la procesión se sacrificaba una oveja en lugar de un toro. La vestimenta del comandante tampoco era especialmente destacada, ya que llevaba la túnica de magistrado y una corona de mirto, en lugar de laurel. A veces, los comandantes, tras ser rechazados por el Senado para recibir fondos públicos y el derecho a celebrar una ovación o un triunfo propiamente dicho, organizaban su propia versión a menor escala en el monte Albano. También hubo una o dos personas que intentaron organizar un triunfo fuera de Roma: Albucio en el 104 a.C. celebró uno en Cerdeña y Marco Antonio en el 34 a.C. en Alejandría, pero la élite gobernante de Roma consideró que eran de muy mal gusto.

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Triunfos imperiales

Con el paso del tiempo, los triunfos se fueron haciendo cada vez más grandiosos y el acontecimiento completo podía prolongarse durante varios días. Esto fue especialmente así cuando comandantes como Julio César en el 46 a.C. y Octaviano en el 29 a.C. celebraron múltiples triunfos durante días consecutivos. Hay que atribuirle a Pompeyo el mérito de haber intensificado el espectáculo, ya que celebró tres triunfos en los años 80, 71 y 61 a.C., cada cual más llamativo que el anterior. Un maestro de la propaganda conmemorativa, llegó incluso a construir el primer teatro de piedra de Roma para asegurarse de que su gloria perdurara durante siglos. Julio César lo superó y construyó todo un foro, y a partir de entonces, financiar obras de construcción con el botín de la victoria se convirtió en una práctica habitual.

Triumph of Marcus Aurelius
Triunfo de Marco Aurelio Mark Cartwright (CC BY-NC-SA)

Sin embargo, sería Augusto, el primer emperador de Roma, quien tendría el efecto más duradero en la institución, ya que se aseguró de que solo la familia imperial pudiera disfrutar de la gloria pública de un triunfo. El último triunfo no real fue el de Cornelio Balbo en el año 19 a.C. por sus campañas en África, y cuando Marco Agripa rechazó un triunfo en el año 14 a.C., se sentó más o menos el precedente de que este gran honor romano era ahora mucho más exclusivo. En su lugar, Augusto les ofrecía a los comandantes victoriosos la posibilidad de llevar una corona de laurel cuando asistían a los juegos, algo que durante mucho tiempo había sido un privilegio de aquellos que habían recibido un triunfo en la época republicana.

El triunfo de Vespasiano y su hijo Tito en el año 71 d.C. por su victoria en Judea fue notable por su ostentosa exhibición de las riquezas del templo de Jerusalén, pero, a partir de entonces, los triunfos se convirtieron en acontecimientos poco frecuentes, menos de 20 quizás en los siguientes 200 años. Los registros sobre los triunfos en la época imperial están incompletos, pero sabemos que uno de los últimos pudo haber sido el de Diocleciano y Maximiano en el año 303 d.C., tras sus victorias en África y Britania. Algunos historiadores consideran que el último triunfo fue el de Belisario, que derrotó a los persas y a los vándalos, pero esa procesión se celebró en Constantinopla, no en Roma.

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En otra evolución de los triunfos de la época imperial, cuando se celebraban, a veces se hacían por meras razones políticas y no como muestra de éxito militar. Además, la construcción de arcos monumentales se convirtió en la forma definitiva y más duradera que tenían los gobernantes para conmemorar sus victorias militares y su contribución personal a la grandeza de Roma. Quizás fue una decisión acertada, ya que, de todos los edificios romanos, estos arcos son algunos de los mejores monumentos que se conservan de la vanidad romana, y siguen dominando el paisaje urbano de muchas ciudades modernas incluso después de 2.000 años.

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Bibliografía

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Sobre el traductor

Rosa Baranda
Traductora de inglés y francés a español. Muy interesada en la historia, especialmente en la antigua Grecia y Egipto. Actualmente trabaja escribiendo subtítulos para clases en línea y traduciendo textos de historia y filosofía, entre otras cosas.

Sobre el autor

Mark Cartwright
Mark es el director de Publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.

Cita este trabajo

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Cartwright, M. (2026, febrero 27). Triunfo romano. (R. Baranda, Traductor). World History Encyclopedia. https://www.worldhistory.org/trans/es/1-14737/triunfo-romano/

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Cartwright, Mark. "Triunfo romano." Traducido por Rosa Baranda. World History Encyclopedia, febrero 27, 2026. https://www.worldhistory.org/trans/es/1-14737/triunfo-romano/.

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Cartwright, Mark. "Triunfo romano." Traducido por Rosa Baranda. World History Encyclopedia, 27 feb 2026, https://www.worldhistory.org/trans/es/1-14737/triunfo-romano/.

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