El concepto de una maldición lanzada sobre una tumba o cementerio es una práctica ampliamente reconocida en el antiguo Egipto, aunque era bastante común en otras civilizaciones de la Antigüedad. La tumba o el sepulcro constituían el eterno recinto de los restos físicos del difunto, al que su alma podía regresar a voluntad, provisto de todos los recuerdos, herramientas, comida, bebida, y diversos objetos que el fallecido desearía o necesitaría en la siguiente vida. Por lo tanto, muchas de estas tumbas (especialmente las de la clase alta y la nobleza) eran auténticos tesoros y atraían la atención de ladrones.
Además, las personas que no podían permitirse enterrar a su querido difunto —o que no deseaban gastar el dinero— podían optar por enterrarlo secretamente en la tumba de otra persona; o quien no pudiera permitirse una lápida podía robar una utilizada, borrar el nombre de la persona anterior y emplearla para sus propios fines. Para evitar cualquiera de estas profanaciones de tumbas, a menudo se incluían en los epitafios maldiciones que advertían de graves consecuencias para quienes perturbaran la tumba, así como multas que impondrían las autoridades.
Los ejemplos de epitafios con maldiciones y sus multas abarcan desde la antigua China hasta Mesopotamia, Grecia, Roma, Gran Bretaña, y fuera de Egipto se ha hallado un número significativo en Anatolia (la actual Turquía). Anatolia, y en especial la región de Cilicia, se asoció durante mucho tiempo con la piratería, por lo que es probable que el gran predominio de epitafios con maldiciones y multas en esa región fuera una consecuencia ante la delincuencia y una medida preventiva necesaria contra el robo de tumbas. Aunque los estudios sobre los epitafios anatolios muestran que las utilizaban personas de todas las nacionalidades, así como también de diferentes religiones (había una gran comunidad judía en Anatolia), sin duda, la mayoría de los que han sobrevivido son griegos. Esto se debe a las numerosas colonias griegas de la región y a su concepción del más allá.
La vida después de la muerte en la cultura griega
Profanar la tumba de alguien equivalía a mancillar su memoria, y si la tumba era objeto de vandalismo, el bienestar del alma en la vida después de la muerte podía verse comprometido.
Los antiguos griegos creían que el alma del individuo sobrevivía a la muerte fisica del cuerpo y esta pasaba a una vida después de la muerte. Entonces, el alma era juzgada por Éaco, Minos y Radamantis, los tres jueces del inframundo, y enviada al reino que se merecía en función de las acciones realizadas en vida y de la misericordia de los jueces. Las almas de los malvados eran enviadas al Tártaro; las de la gente corriente —ni buenas ni malas— iban a los Prados de los Asfódelos; las almas heridas por amor, eran trasladadas a los Campos del Luto; y las que se habían distinguido por una vida virtuosa eran conducidas a los Campos Elíseos, donde también se encontraban las Islas de los Bienaventurados. Independientemente del reino en el que acabara el alma, su existencia y prosperidad dependían del recuerdo de los vivos. Los amigos y familiares del difunto debían recordarlo para mantener su alma fuerte y viva.
La tumba o sepulcro no solo era el lugar donde descansaban los restos mortales y los efectos personales del difunto, sino también un recordatorio visceral de quién había sido en vida y, por supuesto, de que había existido y era digno de ser recordado. Profanar la tumba de alguien equivalía a mancillar su memoria, y si la tumba sufría un vandalismo lo suficientemente grave o si se robaba la lápida, el bienestar del alma en el más allá podía verse comprometido. El estudioso Andreas Vourloumis comenta:
Una de las principales preocupaciones que ha ocupado a los seres humanos en relación con la muerte es, por supuesto, ser recordados tras su fallecimiento, pero también ser enterrados adecuadamente para que su alma pueda descansar y continuar su camino en otro lugar… Existe una gran cantidad de conjuros y prohibiciones funerarias en los epitafios como medida para la protección de la tumba; estas eran inscritas públicamente en las lápidas por los propietarios de la tumba con el fin de advertir a cualquier posible infractor. (p. 2)
La tumba debía permanecer intacta y sin perturbación para que el alma estuviera en paz en el más allá; de lo contrario, las consecuencias serían devastadoras no sólo para esa alma, sino también para los familiares del difunto que aún vivían. Un espíritu perturbado por la profanación de su tumba podía regresar para atormentar a los vivos, causándoles todo tipo de sufrimientos, desde problemas de salud física y mental hasta dificultades económicas e incluso la muerte. Con el fin de mantener sosegado al espíritu —tanto por su propio bien como por el de los vivos—, en los epitafios se especificaban explícitamente maldiciones y multas para advertir a los profanadores.
Las maldiciones griegas se consideraban una garantía de justicia, ya fuera en esta vida o en la siguiente, pues invocaban a los dioses para que protegieran a los inocentes y justos, al tiempo que prometían castigo para los transgresores. Estas maldiciones no se limitaban, desde luego, a las tumbas y podían colocarse en cualquier lugar mediante el dispositivo conocido como «tablilla de maldición», tal y como explica el académico H. S. Versnel:
Una maldición es un deseo de que el mal recaiga sobre una o varias personas. Dentro de esta amplia definición se pueden distinguir varios tipos diferentes, según el contexto, el motivo y las circunstancias. Las maldiciones más directas son maldecimientos inspirados por sentimientos de odio y carentes de cualquier legitimación religiosa, moral o jurídica explícita. Esta categoría está representada de forma ejemplar por las llamadas «tablillas de maldición» (en griego: katadesmos; en latín: defixio), finas láminas de plomo en las que se inscribían maldiciones destinados a influir en las acciones o el bienestar de las personas. (del libro Enciclopedia Oxford de civilizaciones clásicas con título original: Oxford Companion to Classical Civilization, p. 201)
Estas maldiciones solían adoptar la forma de estipulaciones del tipo: «Si alguien se atreve a mover mi lápida (o mi lindero o lo que sea), que sea maldecido de tal y cual manera, e invoco a los dioses (se mencionan dioses específicos según lo requiera la situación) para que sean testigos y me respalden». Como se ha señalado, la gente creía que podía confiar en que tales maldiciones actuaran como elementos disuasorios, pero, por si acaso, también se dejaba claro que las transgresiones serían objeto de enjuiciamiento penal como amenaza para los ladrones de tumbas. En la antigua Atenas, si alguien era condenado por saquear una tumba, se le imponía una multa, y esta multa no era poca cosa. La estudiosa Danielle S. Allen escribe:
El coste de la alimentación de un hombre adulto durante un año era, según las estimaciones, de 36 dracmas, y el salario diario de un trabajador no cualificado a finales del siglo IV era de 1,5 dracmas, por lo que la facultad de imponer multas de entre 10 y 50 dracmas tenía un gran peso… incluso un caso judicial relativamente menor podía acarrear una sanción de hasta 1.000 dracmas. (p. 4)
En ocasiones, el propietario de la tumba incluía la multa en el epitafio, pero, de no ser así, se decidía en el tribunal. No existía una multa fija en los códigos a la que pudiera remitirse un juez, sino que el tribunal ateniense imponía el castigo que consideraba justo en función del delito y de la situación del acusado. Sin embargo, ni siquiera las multas cuantiosas ni la ira de los dioses lograban disuadir a los ladrones de tumbas, en ninguna civilización antigua, por la simple razón de que las recompensas superaban los riesgos. A veces, incluso en una tumba modesta se podía encontrar una fortuna y, si uno era capaz de dejar de lado su fe en los dioses y en su justicia, lo único que tenía que hacer era no dejarse pillar.
Ignorar a los dioses no era tarea fácil, ya que no solo se les invocaba en las maldiciones, sino que sus imágenes solían erigirse en forma de estatuas en los yacimientos funerarios y sus alrededores. Los griegos que se asentaron en Anatolia trajeron consigo sus creencias, pero, con el tiempo, estas se fusionaron con la religión de los pueblos indígenas. Los antiguos luvitas y hatianos, que llevaban viviendo en la región desde aproximadamente el 2500 a.C., adoraban a una diosa madre que fue adoptada por los frigios (en torno a 1200-700 a.C.) y conocida simplemente como Matar (madre), aunque más conocida por su epíteto Kybeleia (montaña) o Cibeles. Su centro de culto se encontraba en Pesinunte, Frigia (Anatolia central), y se la veneraba en el reino anatolio de Lidia, a lo largo de la costa y en otros lugares de la región.
Cibeles era una diosa de la fertilidad, pero también se encargaba de la salud y el bienestar general de las personas, protegiéndolas tanto en tiempos de grandes calamidades (como guerras o hambrunas) como en sus dificultades personales. Su consorte era Attis, el dios de la vegetación que moría y resucitaba, y su culto fomentaba la creencia en la vida eterna tras la muerte, por lo que hacía hincapié en la importancia de proteger las tumbas y los sepulcros.
Las estatuas de Cibeles, a veces acompañadas de un león u otros animales que simbolizaban la fuerza, se colocaban en santuarios que servían para delimitar una zona o distrito de otro. Las estatuas de Cibeles se erigían entre edificios, por ejemplo, para dejar claro que la actividad de un edificio era distinta de la del otro, y entre propiedades con el mismo propósito. La imagen de Cibeles no era solo un recordatorio de que había que respetar el espacio ajeno, sino una poderosa demarcación liminar que prohibía a las personas cruzar de una zona a otra sin una buena razón —y eso significaría «sin la intención de hacer el bien»— a la otra persona. De la misma manera, los santuarios de Cibeles se erigían junto a las tumbas y los sepulcros y, según la estudiosa Sharon R. Steadman, al hacerlo «los frigios creaban un espacio sagrado para marcar la frontera entre los vivos y los muertos» (p. 572).
Del mismo modo que Cibeles velaba por las tierras de cultivo, los hogares y los negocios de la gente, también velaba por sus tumbas y se aseguraba de que permanecieran intactas. Sin embargo, si por alguna razón se distraía o estaba ocupada en otra cosa cuando aparecía un ladrón de tumbas, se invocaban el mismo tipo de maldiciones que en los epitafios y se aplicaban multas, tal y como ocurría en la antigua Grecia.
Maldiciones y tumbas de Anatolia
Las maldiciones de Anatolia seguían el paradigma griego y casi siempre se ajustan a la definición actual de «maldición condicional», tal y como explica H. S. Versnel:
Las maldiciones condicionales (imprecaciones) condenan a personas desconocidas que se atreven a infringir determinadas leyes, prescripciones y tratados sagrados o seculares estipulados. Son frecuentes en el ámbito público y las expresa la comunidad a través de sus representantes (magistrados, sacerdotes). La combinación característica de maldición y oración [es un rasgo que comparten con la oración judicial]. Si el acusado se veía así en la situación de un hombre culpable de sacrilegio, las autoridades judiciales podían hacer valer sus derechos incluso en casos en los que solo los dioses podían ayudar. (Oxford Companion to Classical Civilization, p. 201)
Ni siquiera estas amenazas de Cibeles ni las acciones judiciales disuadieron a los ladrones de tumbas, y una descripción del contenido de una tumba anatolia en Lidia da una buena idea de por qué. La investigadora Elizabeth Baugham escribe:
¿Te gusta la historia?
¡Suscríbete a nuestro boletín electrónico semanal gratuito!
Las ofrendas funerarias lidias no eran específicas de determinados tipos de entierro. En todos los tipos de tumbas lidias se hallan los mismos tipos de objetos, siendo los más frecuentes los adornos y los utensilios para banquetes. A menudo queda claro que los difuntos eran enterrados con joyas y otras galas [como en el caso] del entierro intacto de una joven «novia» en un sarcófago dentro de una cámara de la Necrópolis: los hallazgos indicaban que llevaba diademas de oro en el pelo, pendientes de oro y un collar de cuentas, un anillo de oro decorado con un león y una prenda cosida con placas de apliques de oro. Aunque se han analizado pocos restos óseos procedentes de tumbas lidias, no es probable que dichas joyas se limitaran a los entierros femeninos. Muchas otras tumbas de la necrópolis y túmulos saqueados han proporcionado collares, anillos, pendientes, brazaletes, alfileres, broches y adornos para la ropa. Estos objetos suelen estar hechos de oro, pero también se utilizaban el vidrio y piedras de colores como el ónix y el ágata. (p. 6)
Para proteger estos tesoros, las maldiciones y multas recogidas en los epitafios eran bastante explícitas. Debían suponer una amenaza lo suficientemente grave como para que, al menos, el posible ladrón se lo pensara dos veces antes de correr el riesgo de profanar la tumba. A continuación se presentan algunos ejemplos extraídos de la obra de Andreas Vourloumis:
Lápida de Anatolia, procedencia desconocida, hacia el año 154 d.C.: «Quien sea que corte un trozo de este monumento, que entierre a sus hijos de la misma manera». (p. 8)
Lápida de Anatolia, fecha desconocida: «En esta tumba, a menos que yo mismo lo permita en vida o lo ordene en mi testamento, si alguien más trae y entierra a alguien, pagará a mi amada ciudad una multa de 5.000 denarios y será por profanación de tumba». (p. 10)
Lápida de Anatolia hallada en Licia, época imperial romana: «Anna, junto con su hijo Hierón, en memoria de su hijo Polemón, erigió este monumento; si alguien traslada estos monumentos, que sea destruido junto con su descendencia». (p. 6)
Vourloumis señala que las maldiciones que incluían amenazas contra los hijos del ladrón se consideraban especialmente eficaces, ya que uno no solo ponía en riesgo su propia vida, sino también la de ellos. Además, dado que los pecados del padre recaían sobre sus hijos —según la tradición mesopotámica, mucho antes de que el concepto apareciera en la Biblia (Éxodo 20, Números 14, etc.)—, los ladrones de tumbas ponían en riesgo no solo la salud y la felicidad futuras de sus hijos, sino también las de los hijos de sus hijos.
Aun así, como también señala Vourloumis, ni siquiera esto resultaba lo suficientemente disuasorio, ya que las necesidades del momento prevalecían sobre cualquier otra consideración:
El mármol, como materia prima, era muy caro en la Antigüedad y el saqueo de estelas funerarias era un fenómeno constante. La inscripción existente en una estela robada se raspaba a fondo y se grababa un nuevo texto. (p. 2)
Se trataba de un delito especialmente atroz, ya que borraba la memoria de la persona de su lugar de descanso final. Llevarse la lápida de alguien equivalía a eliminar cualquier rastro de quién había sido y de lo que había significado para los demás mientras vivió. Vourloumis escribe:
La sustracción de una estela funeraria era considerada por los griegos y [más tarde] por los cristianos como el insulto más grave hacia el difunto y su tumba, dado que la estela era el elemento más característico de su identidad. (p. 2)
Si un individuo robaba un monumento de mármol para uso privado, esto resultaba aún más atroz, ya que comprendía claramente la importancia de la estela, puesto que la utilizaría para el mismo fin. Sin embargo, lo más probable es que la mayoría fueran sustraídas por ladrones que luego las vendían a comerciantes o piratas que las comercializaban en otros lugares. Anatolia estaba asociaba con la piratería al menos desde la época del faraón egipcio Akenatón (que reinón en 1353-1336 a.C.) y probablemente desde antes. La actividad pirata del pueblo lukka de Anatolia se remonta al reinado de Akenatón, ya que este escribió a otro rey quejándose de ella. Los piratas de Silicia son los más conocidos de la región, cuya red se extendía por toda Anatolia, muy probablemente desde la costa sur de Cilicia hasta los territorios del norte que en su día ocuparon los lukka.
Los registros de condenas y castigos a los saqueadores de tumbas en Anatolia no son ni de lejos tan exhaustivos como los de otras regiones, como Egipto, debido a su historia. Anatolia fue conquistada en repetidas ocasiones y dividida en reinos independientes por otras naciones (los acadios, los hititas, los asirios, los frigios, los persas, Alejandro Magno, los seléucidas, los ptolomeos, Roma, los armenios, los bizantinos y los califatos musulmanes), y a pocos les importaban demasiado los registros de los habitantes anteriores.
Sin embargo, es probable que los esfuerzos por frenar el saqueo de tumbas siguieran un patrón similar al del antiguo Egipto. Cuando el gobierno y la economía eran estables, las tumbas se seguían saqueando, pero no con tanta frecuencia ni con la descarada osadía como cuando ambos se encontraban en declive o debilitados. Cuando el Imperio Nuevo (en torno a 1570 - alrededor de 1069 a.C.) se estaba desmoronando progresivamente hacia su fin, los ladrones estaban más preocupados por cómo iban a alimentar a sus familias que por cualquier maldición o por lo que la ley pudiera hacerles.
De hecho, los registros judiciales egipcios de hacia el 1110 a.C. dejan claro que los agentes del orden y los escribas de los tribunales podían sobornarse fácilmente, y que algunos de los saqueadores de tumbas más desvergonzados —hombres que habían causado daños irreversibles a las tumbas, mucho más allá de lo necesario para el robo— a menudo quedaban en libertad tras un breve encarcelamiento (Lewis, páginas 256-257). En Anatolia, el paradigma era probablemente el mismo, en el sentido de que la gente siempre intentará salirse con la suya en todo lo que pueda para satisfacer sus propios intereses, y ninguna cantidad de maldiciones, amenazas, ni multas, por muy terribles o elevadas que sean, han cambiado ni cambiarán eso jamás.
Mi interés por el pasado me llevó a colaborar como asistente en la restauración de arte sacro en el Templo de la Quinta Aparición Guadalupana y a ofrecerme como voluntario para la transcripción de documentos históricos para The Smithsonian Institutition.
Joshua J. Mark es cofundador y director de contenidos de World History Encyclopedia. Anteriormente, se desempeñaba como profesor en el Colegio Marista de Nueva York, donde enseñó historia, filosofía, literatura y escritura. Ha viajado extensamente y vivió en Grecia y en Alemania.
Escrito por Joshua J. Mark, publicado el 20 agosto 2019. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.