El asesinato del activista revolucionario y líder jacobino, Jean-Paul Marat, el 13 de julio de 1793, fue uno de los momentos más simbólicos de la Revolución francesa (1789-1799), inmortalizado en la pintura de Jacques-Louis David, La muerte de Marat. Su asesina, Charlotte Corday, creía que la única forma de salvar la Revolución y prevenir el exceso del Reinado del Terror era a través de su muerte.
El asesinato no logró evitar El Terror y, en cambio, les proporcionó a los jacobinos un mártir que podían usar para avanzar en sus planes. Tras su ejecución, cuatro días después del asesinato, Corday se convirtió en una figura simbólica para aquellos que resistieron al régimen jacobino. A lo largo de los años, se ha mitificado a través de poesía, arte y literatura.
La historiadora Mona Ozouf hace una interesante observación: «La historiografía de la Revolución francesa ha tenido a sus dantonistas. Siempre tuvo a los robespierristas, pero tenía pocos maristas» (Furet et al, 244). Incluso, dentro del diverso elenco de personajes que se encuentra en la Revolución, Marat destaca por su singularidad, un marginado en la vida y en la muerte. De estatura baja, feo y extravagante, era un exmédico que no logró entrar en los círculos sociales de la aristocracia y se convirtió en una persona de excesos extremos a lo largo de su carrera. Chateaubriand lo describió como un «Calígula de pacotilla»y Victor Hugo como un «funcionario de la ruina» (ibidem). Para sus seguidores, él siempre fue un patriota visionario, un fiel amigo del pueblo. Para sus detractores, era una pestilencia, dejando a su paso asesinato y destrucción.
Marat se hizo famoso rápidamente por sus comentarios provocativos y a sus feroces ataques a funcionarios públicos.
Este hombre altamentedivisivo nació el 24 de mayo de 1743 en Neuchâtel, Suiza. Fue a Francia con la intención de hacer una carrera de médico, escribiendo informes sobre temas científicos y filosóficos. Ya en la década de 1770, realizaba ataques contra la aristocrácia. En su primer trabajo político, Las cadenas de la esclavitud (1774), escribió sobre un supuesto complot aristocrático contra el pueblo, algo que se convertiría en un tema recurrente a lo largo de su obra. Ozouf reitera la idea de que la violencia posterior de Marat, se produjo en esta fase de la vida cuando sus ambiciones intelectuales se vieron frustradas una y otra vez. Cuando comenzó la Revolución, Ozouf afirma que le ofreció «una promesa sin precedentes: la habilidad de vengar los desaires recibidos o imaginados y, por lo tanto, vengar la humanidad» (Furet et al, 246).
Marat no era ni de lejos el único que se sintió oprimido por la sociedad francesa en los años previos a la Revolución. Fue de entre esa gran multitud de personas pobres, hambrientas y marginalizadas que atrajo a su público. En septiembre de 1789 publicó el primer número de su famoso periódico, L'Ami du Peuple («amigo del pueblo»), el cual convirtió a Maratfamoso rápidamente por sus comentarios provocativos y sus feroces ataques a funcionarios públicos. En 1790, sus ataques contra el primer ministro Jacques Necker se convirtieron tan virulentos que se emitió una orden de arresto en su contra, obligándolo a esconderse.
Es difícil cuantificar el impacto exacto que tuvo Marat en la revolución porque rara vez participaba en los eventos, ya que prefería escribir de ellos antes o después de que ocurrieran. Sin duda, disfrutaba de desenmascarar a los enemigos de la Revolución, orgulloso de sí mismo por sus predicciones en la traición de Lafayette o la corrupción de Mirabeau. Abogó por la violencia política como medio para alcanzar un fin, y su famosa afirmación «seiscientas cabezas bien elegidas», traeriá la libertad a Francia. A menudo habló de la necesidad de expiar a ciertos individuos por el bien común y solía llamar a la violencia contra las figuras «contrarrevolucionarias».
A medida que su diario ganaba popularidad, la influencia de Marat se podía encontrar en el centro de varios de los momentos más sangrientos de la Revolución. Esto incluye el asalto al palacio de las Tullerías, que derrocó la monarquía, y las masacres de septiembre, en las que entre 1.100 y 1.400 clérigos y presos políticos fueron asesinados por turbas parisinas. Marat pidió a todos los buenos patriotas que sacaran a los sacerdotes y la Guardia suiza de la prisión de la Abadía y «los atravesaran con una espada» (Schama, 630).
A finales de 1792, Marat era lo suficientemente popular para ganar un asiento en la Convención Nacional y, meses después, ocupó el cargo de presidente en el Club de los Jacobinos. En abril de 1793, fue arrestado por los rivales de los jacobinos, la facción moderada girondina, quienes esperaban usarlo como ejemplo para sus enemigos. Marat fue acusado de incitación a la violencia y llevado a juicio el 24 de abril. Inesperadamente, grandes multitudes acudieron a apoyarlo mientras Marat se defendía él mismo elocuentemente, alegando que las declaraciones utilizadas contra él habían sido sacadas de contexto.
Marat fue absuelto, algo poco habitual para quienes se presentaban frente al Tribunal Revolucionario, y fue un deleite de la multitud que lo aclamaba, que lo levantó sobre sus hombros y le colocó una corona de laurel en la cabeza. Pero este no esperó mucho para vengarse. Poco más de un mes después de su juicio, desempeñó un papel fundamental en la incitación a las insurrecciones que llevaron a la caída de los girondinos el 2 de junio. Para el verano de 1793, Marat parecía estar en la cima de su influencia; ya no era paria y no quedaba nadie que se interpusiera en su camino, excepto una joven provinciana de Normandía.
Charlotte Corday nació el 27 de julio de 1768 en Saint-Saturnin, Normandía. A los 13 años fue enviada a un convento en Caen tras la muerte de su madre. Allí se enamoró de las obras de los filósofos de la ilustración francesa como Jean-Jacques Rousseau y Voltaire. Al inicio de la Revolución era republicana, a pesar de los orígenes aristocráticos de su familia.
Para 1793, Corday se sintió disgustada por el rumbo que estaba tomando la revolución. Las noticias sobre las masacres de septiembre la habrían horrorizado y la violencia política había llegado a su ciudad natal, Caen. En abril, Abbé Gombault, el sacerdote refractario que había administrado la extreamaunción a la agonizante madrede Corday, fue el primero en ser guillotinado en Caen. Corday vivía a pocos pasos de la sede local de los girondinos y culpó de la violencia a los jacobinos, que durante mucho tiempo habían alentado a las turbas parisinas en sus insurrecciones. También influyó en ella el ambiente militante que se vivía en Normandía, el cual se preparaba para rebelarse contra el régimen jacobino, como lo había hecho con otras ciudades en las revueltas federalistas. Los panfletos girondinos que circulaban por Caen eran tan revolucionarios como los de los jacobinos, por lo que esto pudo haber ayudado a Corday a elegir su objetivo. Uno de los panfletos decía:
Dejemos que caiga la cabeza de Marat y salve a la República... Purguen Francia de este hombre sanguinario... Marat solo ve la seguridad pública en un río de sangre; pues bien, que fluya la suya, su cabeza debe caer para salvar a otras doscientas mil. (Schama, 730)
Utilizando una lógica muy similar a la del propio Marat, Corday llegó a la conclusión de que Marat tenía que morir para que la República pudiera vivir. El 9 de julio partió desde Caen hacia París, adonde llegó dos días después. En la mañana del 13 de julio visitó los jardines del Palacio Real y compró un cuchillo de cocina con mango de madera y hoja de 12 centímetros. Los escondió bajo su vestido y se dirigió a los apartamentos de Marat en la calle des Cordeliers.
Corday esperaba matar a Marat ante los ojos de la Convención Nacional para maximizar el impacto de su mensaje, pero poco antes de su llegada a París, Marat sufrió el resurgimiento de una desagradable enfermedad de la piel que le había estado molestando de forma intermitente durante dos años. Confinado a su tina, Marat recibió la visita del pintor y partidario jacobino Jacques-Louis David (1748-1825) el día anterior a su muerte. David encontró a su amigo de buen humor y trabajando duro, utilizando una tabla sobre la tina como escritorio. El baño estaba adornado con mapas de la República y consignas revolucionarias. Cuando David le deseó a Marat una pronta recuperación, él se rio. «Diez años más o diez años menos de mi vida no me preocupan», añadió. «Mi único deseo es poder decir con mi último aliento: "Estoy feliz de que la patria esté salvada"» (Schama, 731).
A las 11:30 de la mañana siguiente, Charlotte Corday llegó a la puerta del apartamento de Marat y pidió visitar al famoso amigo del pueblo. La recibió Catherine Evrard, hermana de Simonne, la prometida de Marat, pero quien le negó la entradacon la excusade que estaba muy enfermo para recibir visitas. Antes de marcharse, Corday le entregó a Catherine una carta sobre una supuesta conspiración girondina en Caen. Regresó a las siete de la tarde y se coló en el apartamento mientras entregaban pan fresco. Esta vez, Simonne la detuvo en las escaleras. Sospechando de la determinación de esta desconocida por ver a Marat, Simonne la volvió a rechazar. Mientras discutían, Corday alzó la voz para que Marat pudiera oírla desde la habitación contigua, alegando que quería darle información sobre los traidores en Normandía. Antes de que Simonne pudiera obligarla a bajar las escaleras de nuevo, se escuchó una voz desde el baño: «Déjala entrar».
Corday, quien no había intentado escapar ni resistirse al arresto, afirmó que había venido a París con la única intención de matar a Marat.
A regañadientes, Simonne guio a Corday hasta la habitación donde Marat se estaba bañando, con un paño húmedo atado a la frente. Invitó a Corday a sentarse junto a la tina, mientras Simonne esperaba en un rincón de la habitación, vigilando de cerca a la visitante. Hablaron por quince minutos sobre la situación política en Caen. Marat mandó a Simonne por agua fresca para el baño y, una vez que se quedaron solos, este le pidió a Corday una lista con los nombres de los conspiradores. Según Corday, una vez que ella le hubo dado los nombres, Marat le dijo: «Bien. En unos días haré que los guillotinen a todos» (Schama, 736).
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Fue entonces cuando la asesina lo atacó. Corday sacó de su vestido el cuchillo y se lo clavó debajo de la clavícula. Él gritó de dolor y exclamó: «¡Ayúdame, mi amada!». Cuando Simonne regresó corriendo a la habitación, encontró a Marat flotando en una tina llena de agua enrojecida y a la joven de pie junto a él. Simonne gritó: «¡Dios mío, lo han asesinado!», y se volvió hacia Corday: «¿Qué has hecho?» (Schama, 737).
Los gritos agonizantes de Marat alertaron a sus vecinos, que acudieron rápidamente. Laurent Bas, un hombre que repartía el periódico de Marat, le lanzó una silla a Corday antes de derribarla y tumbarla en el suelo. Dos de los vecinos, un dentista y un cirujano, sacaron el cuerpo de la bañera para intentar detener la hemorragia. Pero ya era demasiado tarde, el amigo del pueblo había fallecido.
La noticia del ataque se difundió rápidamente y, en menos de una hora, una gran multitud se había reunido frente al departamento de Marat. Seis diputados de la Convención Nacional llegaron para interrogar a Corday, quien no había intentado escapar ni resistirse al arresto. Ella respondió a todas las preguntas que le hicieron, afirmando que había venido a París con la única intención de matar a Marat y que lo había hecho por voluntad propia, sin ayuda ni complicidad de terceros.
Los líderes jacobinos, convencidos de que se trataba de una conspiración girondina, hicieron que Corday fuera interrogada por el Tribunal Revolucionario tres veces por cuatro días seguidos. En cada ocasión, Corday insistió con orgullo que había actuado sola. Cuando le preguntaron por qué había matado a Marat respondió: «Sabía que estaba corrompiendo a Francia. He matado a un hombre para salvar a cien mil... Yo era republicana mucho antes de la Revolución y nunca me ha faltado energía» (Andress, 189). Se mantuvo impenitente, convencida de que había prestado un servicio patriótico a Francia. El 17 de julio, Corday fue ejecutada en la guillotina, solo diez días antes de su 25 cumpleaños.
Dos mártires
El asesinato de Marat tendría importancia para ambos bandos de la división revolucionaria. Para algunos, fue la justicia hecha realidad: una vil criatura que aspiraba a la dictadura fue abatida por la mano virtuosa de una joven doncella. Para otros, fue una tragedia: el amigo del pueblo asesinado en su propia tina por una aristócrata traidora. Con el tiempo, tanto Marat como Corday alcanzaron el estatus de mártires, uno para los jacobinos y la otra para quienes se resistían a ellos. Lejos del deseo de Corday de reducir el derramamiento de sangre y disminuir la influencia jacobina, su acto solo sirvió para profundizar las divisiones en los meses previos a la supremacía jacobina y el Reinado del Terror.
cuando los jacobinos establecieron su propio Culto al Ser Supremo para sustituir al cristianismo, Marat fue convertido en una especie de santo.
El martirio de Marat tuvo lugar casi de inmediato. En las semanas previas a su asesinato, sus compañeros líderes jacobinos habían empezado a desconfiar de él, temerosos de que volviera su retórica populista contra ellos. Tras su muerte, tomaron medidas para maximizar sus ganancias políticas. Las ceremonias fúnebres fueron organizadas por el estimado pintor David, quien pagó 7.500 libras al mejor embalsamador de París para que preparara el cuerpo. Era un encargo exigente: había que resaltar la herida para mostrar el sufrimiento de Marat a la vez que disimular la afección cutánea que sufría. Al final no importó. El calor sofocante del verano hizo que el cadáver desprendiera un olor tan desagradable que se vieron obligados a celebrar el funeral unos días antes de lo programado, lo que impidió la asistencia de los altos cargos franceses.
Sin embargo, este desafortunado funeral no impidió que se creara una reverencia casi sectaria en torno al asesinado. Se le extrajo el corazón y se colocó en una urna que se colgó sobre el Club de los Cordeliers. En la ceremonia conmemorativa, el marqués de Sade, pronunció un elogio fúnebre en el que demostró la naturaleza cada vez más anticristiana de la Revolución al comparar a Marat con Jesucristo:
Oh, corazón de Jesús, oh corazón de Marat... Su Jesús no era más que un falso profeta, pero Marat es un dios. Larga vida al corazón de Marat... Al igual que Jesús, Marat detestaba a los nobles, a los sacerdotes, a los ricos y a los sinvergüenzas. Al igual que Jesús, llevó una vida pobre y frugal... (Schama, 744).
Se compusieron canciones populares en nombre del «patriota Marat» y su busto sustituyó a una estatua de la Virgen María en la calle aux Ours. Durante un tiempo, la ciudad portuaria de El Havre cambió su nombre por el de Le Havre-de-Marat, y cuando los jacobinos establecieron su propio Culto al Ser Supremo para sustituir al cristianismo, Marat fue convertido en una especie de santo. Sus restos fueron enterrados en el panteón francés en 1794 y los jacobinos utilizaron su martirio para impulsar sus propios propósitos. Como señala el historiador Simon Schama, el imprescindible y caótico Marat les era más útil muerto que vivo.
No obstante, la caída de los jacobinos y la Reacción termidorianapusieron fin a esta deificación. En 1795, sus bustos fueron destrozados en las calles y su ataúd fue retirado del panteón. Aunque Marat disfrutaría de un breve resurgimiento de popularidad póstuma en los primeros años de la Unión Soviética, en realidad se había convertido de nuevo en un paria.
Charlotte Corday también se convertiría en mártir, pero para el bando contrario. Se convirtió en un símbolo de la resistencia a los jacobinos. El tocado verde que llevaba el día del asesinato se volvió el color distintivo de la contrarrevolución en toda Francia. Aunque muchas feministas de la época la menospreciaron por sus acciones y por haber provocado la ejecución de mujeres revolucionarias destacadas como Madame Roland, Corday desempeñó un papel importante en el debate sobre las mujeres en la Revolución francesa. Al cometer su acto en solitario, sin la coacción de un hombre, demostró que las mujeres eran capaces de actuar con autonomía y de cometer actos políticos. Se la idealizó en pinturas, poemas y obras literarias. En 1847, el escritor Alphonse de Lamartine le asignó el nombre de «Ángel del Asesinato».
Tanto Marat como Corday buscaban alcanzar ideales revolucionarios mediante actos violentos. Ambos se convirtieron en héroes y mártires de sus respectivas ideologías y, hasta el día de hoy, ambos siguen vivos a través del arte. Como parte de la propaganda jacobina, Jacques-Louis David pintó un cuadro de su amigo caído, que se convirtió en una de las obras de arte más famosas de la Revolución. En ella, Marat yace muerto en su bañera, con los rasgos embellecidos y una expresión pacífica. Es considerada por muchos como la obra maestra de David y se reproduce a menudo por su importancia histórica y cultural. Corday también fue retratada por el oficial de la Guardia Nacional, Jean-Jacques Hauer, en las últimas horas de su vida. En esta se esconde una cierta determinación sin complejos, el rostro de alguien que se creía patriota.
Además de aparecer en innumerables pinturas, Marat y Corday han sido protagonistas de novelas y poemas a lo largo de los siglos. Marat aparece en la novela Noventa y tres, de Victor Hugo, mientras que Corday se menciona en otra de sus famosas obras, Los miserables. Se han escrito numerosas obras de teatro y óperas sobre el asesinato, entre ellas la del compositor italiano Lorenzo Ferrero de 1989 para la conmemoración del 200 aniversario de la Revolución. Las referencias al asesinato han llegado incluso a los videojuegos; Assassin's Creed: Unity, el popular juego de 2014 donde el jugador debe resolver el misterio del asesinato de Marat, lo que da lugar a la captura y confesión de Charlotte Corday. Es evidente que el asesinato de Marat ha tenido un gran impacto en la historia cultural, al igual que lo tuvo en el curso de la propia Revolución.
¿Qué repercusión tuvo la muerte de Marat en la Revolución francesa?
La muerte de Jean-Paul Marat le dio a los jacobinos un mártir que podían utilizar para promover su propia agenda política, mientras que su asesina, Charlotte Corday, también fue venerada por los enemigos de los jacobinos.
¿Por qué fue asesinado Marat?
Jean-Paul Marat fue un activista revolucionario conocido por su comentarios provocativos los cuales a menudo se veían como un incentivo a la violencia política. Su asesina, Charlotte Corday, creía que Marat sería el culpable de la muerte de cientos de miles de personas a menos que él mismo fuera asesinado.
¿Qué rol desempeñó Jacques-Louis David en el asesinato de Marat?
El pintor Jacques-Louis David ayudó a los jacobinos en su propaganda al retratar a Marat como un mártir en su famoso cuadra "La muerte de Marat", considerado por muchos su obra maestra.
Licenciada en Lengua Inglesa y egresada de Traducción e Interpretación bilingüe. Mis intereses principales son los idiomas, la evolución de la traducción, el arte, el cine y la subtitulación.
Harrison Mark es historiador y escritor en World History Encyclopedia. Se graduó de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) en Oswego, donde estudió historia y ciencias políticas.
Escrito por Harrison W. Mark, publicado el 22 octubre 2022. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.