La religión de los etruscos, la civilización que floreció entre los siglos VIII y III a.C. en el centro de Italia, ha quedado eclipsada durante mucho tiempo, al igual que muchos otros aspectos de su cultura, por la de sus contemporáneos griegos y sus conquistadores romanos. Los etruscos, que eran politeístas, tenían su propio panteón y sus propias prácticas, únicas y distintivas, entre las que destacaban el augurio (la interpretación de presagios a partir de aves y rayos) y la aruspicina (el examen de las vísceras de animales sacrificados para adivinar acontecimientos futuros). Algunos autores de la Antigüedad, tales como Tito Livio, destacaron el hecho de que los etruscos fueran particularmente devotos y estuvieran preocupados por el destino, la suerte y cómo influir positivamente en ella. Livio los describió como «una nación dedicada, por encima de todas las demás, a los ritos religiosos» (Haynes, 268). La religión etrusca influiría posteriormente en los romanos, quienes adoptaron rápidamente muchas figuras y rituales etruscos, especialmente los relacionados con la adivinación.
Problemas de interpretación
Durante mucho tiempo, algunos han considerado a los dioses etruscos como meros equivalentes de sus homólogos griegos y romanos, empezando por escritores latinos como Cicerón y Séneca y, aunque puede haber algunas similitudes en ciertas deidades de las tres culturas, no siempre es así. Uno de los problemas para los historiadores de la religión etrusca es que los escritores romanos constituyen una de las principales fuentes de información de la Antigüedad y, aunque a menudo citaban textos ahora perdidos, sus etiquetas y descripciones no siempre son precisas. Además, los escritores romanos muestran a veces un sesgo en sus descripciones, ansiosos como estaban por minimizar la contribución de los etruscos a la cultura romana. Otras fuentes que ayudan a corregir este desequilibrio son las inscripciones, especialmente en sarcófagos, ofrendas votivas y espejos de bronce, y las pruebas pictóricas, como las pinturas murales de las tumbas y la escultura funeraria realizada por los propios etruscos. Dadas estas dificultades y la falta generalizada de textos escritos más extensos sobre el tema, cualquier resumen de la religión etrusca por el momento tiene que seguir siendo incompleto por necesidad.
Al igual que muchas otras culturas antiguas, los etruscos tenían dioses para aquellos lugares, objetos, ideas y acontecimientos importantes que creían que afectaban o controlaban la vida cotidiana. A la cabeza del panteón se encontraba Tin (también conocido como Tinia o Tina); Aita, el dios del inframundo; Calu, dios de la muerte; Fufluns, del vino; Nortai, del destino; Selvans, dios de los campos; Thanur, diosa del nacimiento; Tivr (también conocida como Tiur), diosa de la Luna; Usil, dios del Sol; y Uni, que era quizás la reina de los dioses y la diosa más importante. Parece que el dios nacional etrusco era Veltha (también conocido como Veltune o Voltumna), estrechamente relacionado con la vegetación.
Entre las figuras divinas menores se cuentan los doce consejeros de los dioses, los diiconsentes, que tenían fama de actuar sin piedad; figuras femeninas jóvenes similares a las ninfas griegas conocidas como Lasa; mujeres aladas conocidas como Vanth, que parece que eran mensajeras de la muerte; y varios héroes, entre los que destacan Hércules y los Tinas Clenar (los hijos gemelos de Tin, equivalentes a los Dioscuros griegos). Una figura que, como era de esperar, aparece con frecuencia en las pinturas murales de las tumbas etruscas es Charu (o Charun) quien, a diferencia de la versión griega del barquero que transporta las almas al inframundo, lleva un martillo y una llave, presumiblemente en su papel de guardián de la puerta del más allá (los martillos se usaban para mover la pesada barra de las puertas de la ciudad).
Hacia el siglo V a.C., muchos dioses etruscos se asimilaron a los griegos, un proceso que se observa en objetos artísticos (por ejemplo, en la cerámica de figuras negras y los espejos) en los que a las imágenes de los dioses del Olimpo se les dan nombres etruscos en inscripciones añadidas. De esta manera, Zeus es Tin, Uni es Hera, Aita es Hades, Turan es Afrodita, Fufluns es Dioniso, y así sucesivamente. También parece que los dioses etruscos más antiguos eran deidades algo sin rostro, mientras que la influencia griega aumentó su «humanización», al menos en el arte.
Los sacerdotes (cepen) consultaban la colección de textos sagrados conocida como la Disciplina etrusca. Este corpus literario se ha perdido (quizás deliberadamente a manos de los primeros cristianos), pero los escritores romanos lo mencionan y lo describen. Las tres secciones principales detallan la interpretación de los presagios (como por ejemplo el vuelo de las aves y los rayos), la predicción de acontecimientos futuros mediante la consulta de las vísceras de los animales tras su sacrificio (entre las cuales el hígado era un objeto de examen especialmente valorado) y los rituales generales que debían observarse para ganarse el favor de los dioses. Entre los demás temas que trata hay instrucciones para fundar un nuevo asentamiento, procedimientos para ubicar las puertas de la ciudad, los templos y los altares, y orientaciones para los agricultores. Los etruscos creían que toda esta riqueza de información procedía de una fuente divina o, de hecho, dos: el sabio niño Tages, nieto de Tin, que apareció milagrosamente en un campo de Tarquinia mientras se araba, y la ninfa Vegoia (Vecui). Estas dos figuras les revelaron a los primeros líderes etruscos los procedimientos religiosos adecuados que esperaban los dioses y los trucos prácticos de la adivinación.
Los sacerdotes desempeñaban un papel importante en el gobierno, ya que la religión no estaba separada del estado, ni de ninguna otra faceta de la vida humana.
Los sacerdotes eran predominantemente hombres, pero existen algunas pruebas de que algunas mujeres podrían haber desempeñado un papel en las ceremonias. Aprendían su oficio en instituciones de formación de tipo universitario, de entre las que destaca la de Tarquinia. Los sacerdotes también habrían tenido funciones importantes en el Gobierno, ya que no existía separación entre la religión y el Estado, ni tampoco de ninguna otra rama de la condición humana. En este contexto, resulta más comprensible la mención en las inscripciones de que, en ocasiones, los sacerdotes eran elegidos.
Los augures, los lectores de los signos, se identificaban por el bastón con la punta en espiral que llevaban, el lituus, y por su vestimenta: una túnica larga, una chaqueta de piel de oveja y un sombrero cónico con visera. Los sacerdotes se representan bien afeitados, mientras que los aprendices no lo están. Su conocimiento de la lectura de las vísceras era profundo, como ilustra un hígado votivo de bronce procedente de Piacenza. La pieza está dividida en unas increíbles 40 secciones y lleva inscritos 28 dioses, lo que da a entender la complejidad del tema e indica exactamente qué dios era probablemente el que necesitaba ofrendas dependiendo de dónde se produjera cualquier imperfección del hígado. Los sacerdotes que interpretaban el vuelo de las aves o los truenos y los relámpagos debían poseer un mapa mental similar que indicara en qué parte del cielo se producían estos fenómenos, la dirección, el tipo de trueno, relámpago o ave (el graznido de los búhos y cuervos era especialmente desfavorable), y la hora y la fecha, todo lo cual indicaba cuál de los dioses del trueno y del cielo estaba enfadado o complacido ese día.
La preocupación de los etruscos por conocer el futuro no se debía a que pensaran que podían influir en él, ya que creían que todo estaba predeterminado. Este abandono de la posibilidad de la humanidad de influir en los acontecimientos futuros lo distingue de religiones contemporáneas como la griega. En el mejor de los casos, los acontecimientos terribles solo podían identificarse y posponerse, tal vez disminuyendo un poco su gravedad, o incluso dirigiéndolos hacia otros, pero no podían evitarse.
El centro de las ceremonias religiosas etruscas eran los sacrificios de animales, que adoptaban dos formas. La primera consistía en quemar la ofrenda en honor a los dioses que moraban en los cielos, mientras que la segunda forma consistía en honrar a las deidades del inframundo ofreciendo la sangre del animal sacrificado. Esto se hacía dejando que la sangre se drenara por un conducto especial que discurría por el suelo junto al altar. Se realizaban libaciones similares en las tumbas cuando se llevaban a cabo los entierros. El recinto sagrado era también escenario de ofrendas de comida, oraciones y canto de himnos con acompañamiento musical.
Todas las clases sociales y ambos sexos realizaban ofrendas votivas, tal y como atestiguan las inscripciones que las acompañaban. Estas podían adoptar la forma de pequeñas figurillas de terracota de animales y seres humanos (incluidas partes del cuerpo), jarrones, estatuillas de bronce y cualquier otro objeto que el oferente considerara lo suficientemente valioso como para ganarse el favor de los dioses. Las ofrendas no solo se dejaban en los templos, sino también en lugares naturales considerados sagrados, como ríos, manantiales, cuevas y montañas. También se dejaban ofrendas en las tumbas, para ayudar al difunto en la otra vida y asegurarse de que los dioses lo miraran con buenos ojos.
Otro método para atraer el favor de los dioses y evitar calamidades personales consistía en llevar amuletos o talismanes, especialmente en el caso de los niños. Los más comunes, las bullae, eran pequeñas cápsulas con forma de lenteja que se llevaban colgadas del cuello con un cordón. Del mismo modo, se podía hacer lo contrario e infligir daño a otros preparando tablillas malditas o pequeñas figuritas con las manos atadas a la espalda, que a veces se arrojaban a los pozos.
Los primeros espacios sagrados etruscos carecían de una arquitectura propiamente dicha y consistían sencillamente en un área al aire libre definida como sagrada con un altar donde se realizaban los ritos. Algunas de estas áreas contaban con un podio rectangular desde donde se podían observar los presagios. Con el tiempo, se erigieron edificios, probablemente solo de madera y paja al principio, y el primer templo etrusco de piedra aparece en Veyes hacia el año 600 a.C.
La arquitectura de los templos etruscos ha sido difícil de reconstruir debido a la escasez de ejemplos conservados. El arquitecto y escritor romano Vitruvio describe un tipo distintivo de «templo toscano» con un pórtico columnado y tres pequeñas cámaras en la parte trasera interior, pero las pruebas apuntan a una realidad más variada. Uno de los templos etruscos mejor documentados es el Templo de Portonaccio, en Veyes, que data de alrededor de 510 a.C. Con una entrada frontal escalonada, un porche con columnas, una entrada lateral y una cella dividida en tres partes, coincide con la descripción de Vitruvio. El techo estaba decorado con esculturas de figuras a tamaño natural realizadas en terracota, de las cuales se conserva una figura de Apolo andando. Puede que este templo estuviera dedicado a Menrva (la versión etrusca de Atenea/Minerva). Al igual que en los templos griegos, el altar propiamente dicho y el lugar de las ceremonias religiosas se encontraban fuera del templo en sí.
Todas las ciudades tenían recintos sagrados y, por lo general, tres templos porque se consideraba el número más auspicioso. Algunos santuarios atraían a peregrinos de toda Etruria, incluso del extranjero, y los más famosos eran el gran templo de Pyrgi, cerca de Cerveteri, y el santuario de Fanum Voltumnae, posiblemente cerca de Volsinii (su ubicación exacta aún se desconoce). En este último, los ancianos de las distintas ciudades etruscas se reunían anualmente para celebrar la fiesta religiosa más importante del calendario etrusco.
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Costumbres funerarias etruscas
Las prácticas funerarias de los etruscos no eran en absoluto uniformes en toda Etruria, ni tampoco a lo largo del tiempo. Una preferencia general por la cremación acabó dando paso a la inhumación, pero en algunos yacimientos el cambio fue más lento. Las cavidades de piedra más sencillas, con una vasija con las cenizas del difunto (que en Chiusi tienen tapas talladas con figuras) y algunos objetos cotidianos, dieron paso a tumbas de piedra más grandes encerradas en túmulos o, incluso más tarde, a edificios independientes, a menudo dispuestos en filas ordenadas. Estos últimos túmulos y tumbas de bloques de los siglos VII-V a.C. contenían ajuares más impresionantes enterrados junto a los restos no incinerados de los difuntos (una o dos personas), como joyas, vajillas e incluso carros. La presencia de estos objetos es un indicador de la creencia etrusca en la vida después de la muerte, que consideraban una continuación de la vida de la persona en este mundo, al igual que los antiguos egipcios. No hay pruebas de que los etruscos creyeran en ningún tipo de castigo en la vida después de la muerte y, si nos basamos en el arte, parecería que el más allá empezaba por una reunión familiar y consistía en una sucesión interminable de banquetes agradables, juegos, bailes y música.
Las paredes de las tumbas de la élite estaban pintadas con escenas coloridas y animadas de la mitología, las prácticas religiosas y la vida cotidiana etrusca, especialmente banquetes y bailes. La TumbaFrançois, del siglo IV a.C., en Vulci, se cita a menudo como el mejor ejemplo. Los sarcófagos ornamentados se hicieron más comunes a partir del siglo IV a.C., mientras que en el periodo helenístico las cremaciones regresaron junto con las inhumaciones, esta vez en cajas de terracota con una gran escultura pintada en la tapa que representaba al difunto. Muchas tumbas de este periodo se utilizaron durante varias generaciones.
Influencia sobre los romanos
Los etruscos no fueron la primera civilización que se dedicó a interpretar los signos en las vísceras y los fenómenos celestes o a crear calendarios de acontecimientos significativos, ya que los antiguos babilonios e hititas ya se habían destacado por su pericia en este campo antes que ellos. Tampoco serían los etruscos los últimos, ya que los romanos también adoptaron esta práctica, junto con otros aspectos de la religión etrusca, tales como los rituales para fundar nuevas ciudades y dividir territorios, algo que tendrían amplias oportunidades de practicar a medida que expandían su imperio. Los romanos se esforzaron por suprimir cualquier idea de una influencia cultural etrusca, pero la religión es un ámbito en el que reconocían su deuda más fácilmente. Los adivinos y los videntes se convirtieron en miembros habituales de los hogares de la élite, del séquito de los gobernantes e incluso de las unidades del ejército, y si ese sabio era etrusco o de ascendencia etrusca, los expertos reconocidos en tales asuntos en el Mediterráneo, mucho mejor.
Traductora de inglés y francés a español. Muy interesada en la historia, especialmente en la antigua Grecia y Egipto. Actualmente trabaja escribiendo subtítulos para clases en línea y traduciendo textos de historia y filosofía, entre otras cosas.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 30 enero 2017. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.