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En el año 313 d.C., Constantino I el Grande (272-337 d.C.) puso fin a las aterradoras persecuciones cristianas, aunque esporádicas que se producían en el Imperio romano con su Edicto de Milán, y puso a la Iglesia cristiana bajo la protección imperial. Como era de esperar, las actividades sociales públicas y la cultura dominante cambiaron de forma bastante drástica y favorable para los primeros cristianos. Anteriormente, estos se enfrentaban a peligros procedentes de fuera de la fe y, a menudo, tenían que «practicar su culto en la clandestinidad» para evitar tanto los peligros físicos como la opresión social por parte de diversas facciones paganas y judías durante los tres primeros siglos de la fe. Sin embargo, tras el respaldo imperial de Constantino y su favoritismo hacia los líderes cristianos y los laicos, surgió dentro de la fe una nueva permisividad cultural y un nuevo secularismo; y los creyentes devotos comenzaron a preocuparse más por la inmoralidad, los abusos y los vicios internos de la Iglesia.
González escribe: «Los nuevos privilegios, el prestigio y el poder que ahora se les concedían a los líderes eclesiásticos no tardaron en conducir a actos de arrogancia e incluso a la corrupción» (143). Por ello, muchos miembros del movimiento primitivo de Jesús buscaron un entorno diferente, menos secular y más purista en el que cultivar su espiritualidad. MacCulloch afirma: «No era de extrañar que la repentina sucesión de gran poder y gran decepción para la Iglesia imperial en Occidente inspirara a los cristianos occidentales a imitar la vida monástica de la Iglesia oriental» (312). Así comenzó el movimiento monástico oficial en Occidente.
No eran cristianos a tiempo parcial. Su actitud de «todo o nada» les llevó a renunciar a todas las comodidades materiales para dedicarse por completo a la labor espiritual.
En un principio, este estilo de vida monástico cristiano era sencillo, pero, como suele ocurrir en todas las sociedades, su rutina se volvió cada vez más enrevesada y variada con el paso de los siglos. Se podían encontrar monjes y monjas en cuevas, en pantanos, en cementerios, e incluso estilitas a 12 metros (40 pies) de altura subidos sobre columnas; todos ellos proclamaban el llamado de Dios y reafirmaban sus estilos de vida personales. Con el tiempo, la institución eclesiástica elaboró normas específicas y reglamentos generales para armonizar a todos los numerosos y diversos grupos en expresiones más sanas y coherentes del cristianismo dentro del movimiento monástico.
El origen del movimiento monástico se remonta a los siglos III y IV d.C., en los desiertos que rodean Israel. Como señala Nystrom,
Los estudiosos han investigado exhaustivamente los antecedentes del monacato cristiano con la esperanza de encontrar sus raíces precristianas en posibles puntos de origen como la comunidad judía de los esenios en Qumrán, cerca del Mar Muerto, y entre los ermitaños asociados a los templos del dios egipcio Serapis. Hasta la fecha, no se han establecido vínculos claros con estos ni con ningún otro grupo (74).
La vida monástica
Aunque existen pocas pruebas directas entre una plétora de relatos pintorescos e inconsistentes, estos ascetas dedicados eran conocidos, históricamente, por su enfoque especial de la fe cristiana y por el reconocimiento de sus comunidades locales. No eran cristianos a tiempo parcial. Su actitud de «todo o nada», su desencanto con la sociedad y su deseo de influir de manera efectiva en el mundo (sin ser del mundo) les llevaron a renunciar a todas las comodidades materiales para dedicarse por completo a la labor espiritual, como la oración, los servicios sociales para la comunidad, la enseñanza y la difusión de la fe cristiana. Además, no se trataba de un fenómeno exclusivo de un género; a lo largo de los siglos también se fundaron numerosas comunidades monásticas femeninas. Así, muchas creyentes se vieron empoderadas en el movimiento monástico para ejercer y aprovechar sus dones personales, convirtiéndose en monjas, ermitañas, beguinas, terciarias o anacoretas, una característica única en aquella época patriarcal.
Los primeros líderes monásticos
En los escritos de los primeros padres (y madres) de la Iglesia se analizan y detallan varios de los primeros líderes o modelos monásticos. Se dice que san Antonio del Desierto (en torno a 251-356 d.C.) fue un hombre santo egipcio que inicialmente vivió como ermitaño «... en las tierras desérticas a lo largo del Nilo» (Nystrom, 74), pero que más tarde «salió de su soledad para organizar a sus discípulos en una comunidad de ermitaños que vivían bajo una regla, aunque con una vida en común mucho menos intensa que la de las órdenes religiosas posteriores» (Livingstone, 29).
Otra Madre del Desierto, Amma Sinclética de Alejandría (en torno a 270 – alrededor de 350 d.C.), dedicó su vida a Dios tras la muerte de sus padres y,
... entregó todo lo que le habían dejado a los pobres. Junto con su hermana menor, Sinclética abandonó la vida de la ciudad y optó por residir en una cripta, adoptando la vida de ermitaña. Su vida santa pronto llamó la atención de los lugareños y, poco a poco, muchas mujeres acudieron a vivir como sus discípulas en Cristo (The Desert Fathers, en línea).
Miembro importante e influyente del movimiento monástico, sus escritos también se incluyeron entre los de los Padres del Desierto.
Otros le siguieron pronto, como san Pacomio (en torno a 290 – 346 d.C.), quien contribuyó a establecer el monacato cenobítico y fundó un monasterio en Tabennisi, irónicamente en una isla del Nilo en el Alto Egipto. Fue uno de los primeros en ser llamado «Abba» (de donde proviene la palabra «abad»); en un principio fue reclutado a la fuerza en el Ejército romano y recibió la influencia de los cristianos que conoció durante su trabajo en Egipto. Como afirma Gonzales: «Aunque no fue su fundador, Pacomio merece el reconocimiento como el organizador que más contribuyó al desarrollo del monacato cenobítico» (165).
En el siglo IV d. C., el movimiento monástico se extendió al continente europeo cuando Juan Casiano (en torno a 360 – alrededor de 430 d.C.), un «Padre del Desierto» y amigo de san Juan Crisóstomo «el de Boca de Oro» (en torno a 347 – 407 d.C.), fundó este monasterio de estilo egipcio en la Galia (la actual Francia). Casiano es una figura algo controvertida debido a sus mentores y a su postura alegórica respecto a las Escrituras cristianas, así como por su adopción mística de los tres caminos: Purgatio, Illuminatio y Unitio. No obstante, Livingstone señala: «Su obra Instituciones establece las normas habituales de la vida monástica y analiza los principales obstáculos para la perfección de un monje; se tomó como base para muchas reglas occidentales» (101).
Uno de los monjes más famosos (si no el más famoso) fue san Benito de Nursia (en torno a 480 – alrededor de 543 d.C.). MacCulloch escribe: «Benito es una figura enigmática que rápidamente se vio rodeada de numerosas leyendas, recopiladas con cariño en una biografía escrita por el papa Gregorio I [en torno a 540 – 604 d.C.] a finales del siglo VI» (317). Se le atribuye la creación de una regla monástica (aunque la mayoría de los estudiosos creen que Benito tomó prestada parte o la mayor parte de ella de «La Regla del Maestro» o «Regula Magistri»), que se instituyó y promovió como norma para todo el monacato.
Sin embargo, Benito dice de su nueva regla que era «una pequeña regla para principiantes» y que no les exigía «nada duro, nada oneroso» a los monjes. En comparación con otras reglas (como el modelo agustino), era relativamente flexible. Su regla exigía los votos monásticos de estabilidad (un compromiso de por vida y permanencia), fidelidad (el carácter de uno puede moldearse), obediencia (la sumisión a los superiores), pobreza (renunciar a toda riqueza al ingresar en la comunidad) y castidad (renunciar a todo conocimiento y placer carnal). Los monasterios de esta orden le concedían una gran importancia a los beneficios espirituales del trabajo, la oración y un horario constante.
En el cristianismo medieval tardío, el monacato cluniacense (en torno a 909) acentuó un estilo de vida sencillo, pero se centraba aún más en la oración y la contemplación mística; y el monacato cisterciense (en torno a 1098) se desarrolló cuando el énfasis pasó de las tareas serviles a los deberes religiosos. Finalmente, san Francisco de Asís (en torno a 1181 – 1260) fundó una orden mendicante que promovía la pobreza como medio para garantizar un estilo de vida santo. Aunque también eran una orden mendicante, los dominicos (en torno a 1220) se centraron en la pobreza y el escolasticismo y trataron de recuperar a los herejes para la Iglesia mediante el debate y la apologética.
Ante una expresión tan creciente, diversa y compleja de la «Regla sencilla para principiantes» de Benito, el movimiento monástico se ha criticado a menudo a lo largo de los siglos por promover el estoicismo, la alienación, la arrogancia, la superstición y el juicio moralista. Shelley responde:
Naturalmente, estas visiones contradictorias sobre el lugar que ocupa el monacato en la Iglesia han dado lugar a interpretaciones contradictorias de la historia del movimiento. […] La pregunta clave es: ¿cómo se relaciona la renuncia con el Evangelio? ¿Es una forma de autosalvación? ¿Es la justicia por las obras, una expiación del pecado basada en la negación de uno mismo? ¿O es una forma legítima de arrepentimiento, una preparación esencial para la alegría en la buena nueva de la salvación de Dios? (117).
En última instancia, los antiguos cristianos y cristianas que se unieron a estos grupos monásticos esperaban sinceramente encontrar un refugio, la libertad y la victoria sobre (y para) el mundo, y estaban dispuestos a sacrificar todos los bienes y placeres mundanos por el bien de su conciencia. Tal y como afirma Chadwick: «Era una teología dominada por el ideal del mártir que no esperaba nada de este mundo, sino que buscaba la unión con el Señor en su pasión» (177). Aunque las consecuencias puedan ser «confusas», las causas, las convicciones y los sacrificios de quienes formaban parte del movimiento monástico son evidentes, al menos desde el punto de vista histórico.
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Editora de español para WHE. Con una licenciatura en Filología Inglesa y un Máster en Traducción, trabaja traduciendo de inglés y francés a español con especialización en historia, belleza, subtitulación y juegos. Su interés gira principalmente en torno a la antigua Grecia, Mesopotamia y Egipto.
El Dr. John S. Knox ha enseñado sociología, historia y religión durante casi dos décadas en diferentes universidades cristianas de Estados Unidos. Hasta la fecha ha publicado más de 20 libros y numerosos artículos académicos sobre sociología, historia y religión.
Escrito por John S. Knox, publicado el 23 agosto 2016. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.