La disolución de los monasterios fue una medida introducida en 1536 por Enrique VIII de Inglaterra (que reinó de 1509-1547 ) para cerrar y confiscar las tierras y las riquezas de todos los monasterios de Inglaterra y Gales. El plan se concibió como un elemento lucrativo de su Reforma de la Iglesia.
A pesar de que ya no se encontraban en su apogeo, el cierre de estas instituciones católicas no estuvo libre de oposición ni consecuencias, tal y como se vio especialmente en la rebelión conocida como la Peregrinación de Gracia de 1536, pero para 1540 todos los monasterios se habían clausurado, varios abades importantes habían muerto ahorcados y la Corona confiscó sus tierras. Por lo tanto, lo único que quedaría de la riqueza perdida y del prestigio que habían tenido en su día los monasterios en la sociedad medieval serían las ruinas de piedra.
Enrique inició su Reforma de la Iglesia en Inglaterra y la ruptura con la Roma católica en gran parte porque quería divorciarse de su primera esposa, Catalina de Aragón, y casarse con Ana Bolena (en torno a 1501-1536). El rey quería un heredero varón, y Catalina ya no se consideraba apta para ello. El papa no quiso anular el primer matrimonio de Enrique, por lo que una serie de acontecimientos orquestados por el canciller de Enrique, Thomas Cromwell (en torno a 1485-1540), llevaron al rey a autoproclamarse la cabeza de su propia Iglesia para poder concederse a sí mismo el divorcio. Thomas Cranmer, arzobispo de Canterbury, anuló formalmente el primer matrimonio de Enrique en mayo de 1533, y la hija de Enrique y Catalina, la princesa María (nacida en febrero de 1516), fue declarada ilegítima y, por tanto, desheredada. El papa excomulgó al rey por sus acciones trascendentales, pero eso no fue más que el comienzo. Parece que Enrique consideraba que Dios lo había elegido para impulsar nuevas reformas religiosas en Inglaterra y así seguir adelante con la Reforma que se había extendido por toda Europa.
En la década de 1530, todavía quedaban unos 800 monasterios repartidos por Inglaterra y Gales, pero muchos estaban en declive.
El Acta de Supremacía del 28 de noviembre de 1534 convirtió formalmente al rey inglés en cabeza de la Iglesia anglicana. Con esto, Dios mismo era la única autoridad por encima de Enrique VIII. En 1536, el rey dio su primer paso concreto en el largo juego de la política y la religión que se convertiría en la Reforma inglesa: presentó al Parlamento un proyecto de ley para abolir todos los monasterios de su reino, la Disolución de los Monasterios. El proyecto de ley fue aprobado, el primer paso de lo que acabaría siendo un camino accidentado y nada sencillo para convertir a Inglaterra en un Estado protestante. No obstante, puede que lo que motivase realmente a Enrique, más allá de las consideraciones religiosas, fuese obtener una inyección de dinero, ya que las arcas del Estado se encontraban alarmantemente vacías desde la guerra con Francia de 1522-1523.
Durante siglos, los monasterios habían sido una parte integral de las comunidades a nivel local. Muchos veneraban estos lugares como el hogar de quienes dedicaban su vida a Cristo y rezaban por las almas tanto de los vivos como de los muertos. Los monasterios repartían limosnas y realizaban otras obras de caridad en beneficio de los pobres, los desempleados y las viudas; educaban a los niños pobres y a los hijos mayores de los ricos; dispensaban medicinas; proporcionaban empleo a los jornaleros para trabajar en sus fincas; eran valiosos clientes para los artesanos del pueblo; ofrecían hospitalidad a peregrinos, viajeros y jornaleros estacionales; y brindaban orientación espiritual. Los monasterios eran a la vez depositarios y productores de obras de arte y libros, protectores de santuarios y reliquias sagradas, y guardianes de objetos milagrosos.
En la década de 1530, todavía quedaban unos 800 monasterios repartidos por Inglaterra y Gales, pero muchos estaban en declive. De hecho, el entonces canciller de Enrique, el cardenal Wolsey (en torno a 1473-1530), ya había clausurado 29 casas monásticas a principios de la década de 1530. Había muchos menos monjes, frailes y monjas en todo el país que en la Edad Media, y muchos monasterios, conventos y prioratos tenían dificultades para encontrar personal suficiente que los atendiera de manera adecuada. Sin embargo, las propiedades monásticas seguían siendo impresionantes y abarcaban alrededor del 20 % de toda la tierra cultivada del reino de Enrique. Sin duda, era un objetivo tentador.
Los monasterios solo devolvían a sus comunidades una fracción minúscula de su riqueza, normalmente solo el 5 % de sus ingresos.
La riqueza de los monasterios
La primera fase de lo que era, evidentemente, una estrategia cuidadosamente preparada y premeditada consistió en evaluar exactamente qué riqueza había disponible y dónde. En consecuencia, Cromwell organizó un equipo de evaluadores laicos para que recorrieran el reino y tomaran nota de la situación financiera de cada una de las instituciones monásticas de Inglaterra y Gales. Los resultados están recogidos en el exhaustivo catálogo de riquezas conocido como el Valor Ecclesiasticus de 1535. Además de estos informes puramente fiscales, otro grupo de hombres de Cromwell, en su mayoría clérigos prorreformistas, también recopiló una lista de transgresiones y abusos en los que estaban implicados miembros de instituciones monásticas. Esta lista de delitos, que abarcaba desde la corrupción menor hasta el incumplimiento del Juramento de Supremacía, se convirtió en la Comperta Monastica (también conocida como Compendium Compertorum), y sería una herramienta muy útil en la represión de los monasterios que estaba por venir. La conclusión que sacó Cromwell con toda esta investigación fue que la Iglesia tenía unos ingresos anuales de hasta 360.000 libras (más de 150 millones de libras en la actualidad).
Enrique, Cromwell y quienes estaban a favor del cierre de los monasterios solían mostrarse escépticos respecto a su contribución positiva a la comunidad, la relevancia de quienes llevaban una vida monástica y, sin duda, el valor religioso de objetos como las reliquias y los objetos que se creían capaces de obrar milagros y que atraían a tantos peregrinos. Las evaluaciones financieras y morales que realizó Cromwell sirvieron para demostrar que, a pesar de sus enormes ingresos, la Iglesia, y los monasterios en particular, solo devolvían a sus comunidades una fracción minúscula de esa riqueza (por lo general, tan solo el 5 % de los ingresos de un monasterio se destinaba a los pobres). Aún más condenatorias eran las confesiones que Cromwell les había arrancado a monjes y monjas que decían que no habían respetado sus votos de castidad. Con todo esto, Enrique VIII se pudo presentar como el líder de la Iglesia que estaba poniendo orden en su casa por el bien espiritual y financiero de todos.
Los asesores de Cromwell que recorrían el reino no pasaron desapercibidos y comenzaron a circular rumores sobre lo que realmente estaban tramando. Algunas multitudes incluso se reunieron para impedir que los inspectores realizaran su trabajo. Las sospechas confirmaron en 1536 con la Ley de Disolución de los Monasterios Pequeños. La justificación para cerrar prioratos y monasterios y conventos más pequeños se encontraba en el preámbulo de la ley: la baja moral de muchos monjes y monjas y su uso corrupto de los recursos del monasterio. El cuerpo principal de la ley describía a continuación la precaria situación financiera de estas instituciones y su evidente declive. El criterio de corte en la práctica era que se cerraría cualquier institución que tuviera unos ingresos anuales inferiores a 200 libras. El resultado fue el cierre de 399 instituciones, mientras que otras 67 que se podrían haber cerrado tuvieron que pagar una cuantiosa multa para mantener su existencia. Para facilitar toda la operación, se concedieron generosas pensiones a los monjes de mayor rango, los priores y los abades. Una vez desaparecidos sus líderes, todos aquellos que aún residían en las instituciones cerradas tuvieron que trasladarse a otra más grande o abandonar su vocación.
La política de Enrique contó con la aprobación de muchos, no solo de los protestantes más fervientes. Muchos nobles estaban igualmente satisfechos de hacerse con su parte de las tierras y riquezas de la Iglesia, ya que el rey estaba utilizando las propiedades monásticas para favorecer a sus partidarios y ganarse otros nuevos. Además, muchos plebeyos también se alegraron de ver desaparecer a esos sacerdotes y monjes rapaces y corruptos que habían asolado sus aldeas. También es cierto que muchos de los súbditos de Enrique parecían totalmente indiferentes a la Reforma en su conjunto y no les importaba cómo adoraban a Dios. La mayoría parecía bastante satisfecha con seguir las instrucciones de las autoridades religiosas y políticas. No obstante, había una proporción importante de la población horrorizada ante el cierre de instituciones comunitarias tan familiares como los monasterios, bastiones de la Iglesia medieval.
Oposición y rebelión
La respuesta más dramática al cierre de los monasterios por parte de Enrique fue la serie de rebeliones conocida como la Peregrinación de Gracia. En octubre de 1536, nobles, pequeña nobleza, monjes, clérigos y plebeyos se unieron para mostrar su protesta por los cierres. Comenzó en Lincolnshire y estalló de nuevo en York y otros lugares del norte de Inglaterra; unos 40.000 manifestantes marcharon y tomaron el control de York y del castillo de Pontefract. La rebelión supuso la mayor amenaza interna para el periodo Tudor (1485-1603). Los manifestantes tenían múltiples quejas, aunque la mayoría estaban relacionadas con asuntos religiosos. La sensación general era que los intereses del norte de Inglaterra no estaban bien representados en el gobierno de Enrique, que consideraban que estaba corrompido por ministros de clase baja no aptos para el cargo. También consideraban que los nobles del sur se estaban limitando a saquear las riquezas de los monasterios para por beneficio personal propio y, por último, temían que se avecinaba toda una serie de impuestos nuevos. Se habían producido dos malas cosechas consecutivas, los precios estaban subiendo y los cercamientos de tierras estaban privando a los plebeyos de las oportunidades de cazar y pescar.
No por casualidad, había un gran número de monasterios tanto en Lincolnshire como en Yorkshire, y una de las primeras medidas de los manifestantes había sido reabrir algunos de los monasterios más pequeños que se habían clausurado. Por último, también estaba el temor de que, una vez desaparecidos los monasterios, ¿cuál sería el siguiente objetivo de Enrique?
La Peregrinación de Gracia, liderada por figuras como el abogado de York Robert Aske (en torno a 1500-1537) y el noble lord Darcy (1467-1537), fue un movimiento organizado y de toda la población en el que participaron todos los niveles sociales. Los manifestantes pedían el restablecimiento de las relaciones amistosas con el Papado, la restauración de la princesa María como heredera legítima y la destitución de los artífices de la Reforma, como el arzobispo Cranmer. Se trataba, sin duda, de una serpiente peligrosa para un monarca en su propio patio trasero, y Enrique estaba decidido a cortarle la cabeza antes de que alcanzara proporciones más monstruosas. El rey envió un ejército de 8.000 hombres liderado por el duque de Norfolk para persuadir a los manifestantes de que se disolvieran. Al final resultó sorprendentemente fácil porque les prometieron reformas a los protestantes, además del perdón total. Para el 10 de diciembre, los «peregrinos» había desaparecido. Enrique podría haberlo dejado así de no ser por un tercer estallido de rebelión, sin relación con los dos primeros pero también en Yorkshire, en enero de 1537. El rey aprovechó entonces la oportunidad para detener a los líderes de la Peregrinación de Gracia y ejecutar a casi 200 de ellos, incluidos Aske y Darcy. Entre las víctimas se encontraban los abades de Whalley, Kirkstead y Jervaux, y el exabad de la abadía de Fountains.
Cierre de los monasterios más grandes
Enrique, aunque quizá ahora se mostraba más cauteloso, seguía decidido a continuar con sus reformas religiosas pasara lo que pasase y a continuar con la disolución de los monasterios. Fue tras aquellos que consideraba que se oponían más firmemente a sus políticas, como el abad y los monjes de Sawley, que fueron detenidos y ahorcados. A continuación vino la Ley del Parlamento de 1539, que supuso el cierre de todos los monasterios restantes, independientemente de su tamaño o ingresos. La mayoría de las instituciones se sometieron: no podían hacer nada legalmente y los abades tenían que obedecer al jefe de la Iglesia; muchos ya se habían preparado distribuyendo sus objetos preciosos a lugares seguros. Los que se resistieron fueron ejecutados. Los abades de Glastonbury, Colchester, Reading y Woburn se resistieron y todos fueron ahorcados. El último monasterio en cerrar fue la abadía de Waltham, en Essex, en marzo de 1540.
Enrique VIII consiguió aumentar las arcas del Estado, ya que obtuvo la friolera de 1,3 millones de libras (más de 500 millones en la actualidad) gracias a la disolución de los monasterios, aunque gran parte de las tierras se vendieron a bajo precio a los nobles y el dinero se malgastó en guerras en el extranjero o se destinó a los numerosos proyectos de construcción real de Enrique. Alrededor de 7.000 monjes, frailes, monjas y otros residentes de los monasterios se vieron obligados a buscar trabajo y hogar alternativos, mientras que el golpe a la moral dentro de la Iglesia fue inconmensurable, aunque tangible en la gran reducción del número de personas que ahora buscaban una carrera eclesiástica. Sin la presencia de los abades, la Cámara de los Lores quedó dominada por laicos. Se fundieron los tesoros, se desmontó el plomo de los tejados y se saquearon las bibliotecas. El antiguo mundo medieval perdió gran parte del arte y los objetos que todavía conservaba, para gran pesar de la posteridad.
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Sin duda, las comunidades debieron de echar de menos la labor caritativa, el empleo y la ayuda espiritual de su monasterio local. Algunos historiadores han sugerido que la falta de limosnas para los empobrecidos provocó un aumento de los vagabundos, lo que a su vez condujo a un mayor índice de delincuencia y a la inestabilidad social. Aunque algunos de los edificios más grandes quedaron en ruinas, tales como Glastonbury, la abadía de Fountains o la abadía de Whitby, algunos terratenientes adinerados al menos se habrían aprovechado de su mampostería para construir mansiones de un tipo u otro. Varias de las iglesias monásticas más grandes se convirtieron en catedrales, como las de Bristol, Chester, Gloucester y Westminster. En el caso de las iglesias más pequeñas, tales como las de Bath y Tewkesbury, las comunidades las compraron de manera colectiva para asumir el papel de iglesia parroquial. De esta manera, el legado de los monasterios sobrevivió, ya que muchos fueron absorbidos literalmente por la expansión urbana de pueblos y ciudades en constante crecimiento.
Traductora de inglés y francés a español. Muy interesada en la historia, especialmente en la antigua Grecia y Egipto. Actualmente trabaja escribiendo subtítulos para clases en línea y traduciendo textos de historia y filosofía, entre otras cosas.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 13 mayo 2020. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.