Los pictos eran un pueblo del norte de Escocia definido como «una confederación de unidades tribales cuyas motivaciones políticas derivaban de una necesidad de aliarse contra enemigos comunes» (McHardy, 176). No eran una única tribu, ni tampoco un solo pueblo necesariamente, aunque se cree que en un principio llegaron desde Escandinavia como un grupo cohesionado. Como no dejaron constancia escrita de su historia, lo que se sabe de ellos proviene de escritores romanos y escoceses posteriores y de las imágenes que los propios pictos grabaron en las piedras. La primera vez que se los menciona como «pictos» es en la obra del escritor romano Eumenio en 297, quien se refirió a las tribus del norte de Gran Bretaña como «picti» («los pintados»), probablemente por su costumbre de pintarse el cuerpo con colores. No obstante, los estudiosos modernos han cuestionado el origen del nombre y es probable que se refirieran a sí mismos con alguna forma de «Pecht», la palabra para «los ancestros». Tácito ya los mencionó antes y se refirió a ellos como los «caledonios», que era el nombre de una sola de las tribus.
Los pictos mantuvieron su territorio contra los romanos invasores en varios enfrentamientos y, aunque los derrotaron en las batallas, ganaron la guerra; Escocia ostenta la distinción de no haber caído ante los ejércitos invasores de Roma, a pesar de que los romanos intentaron conquistarla muchas veces. Los pictos existen en la documentación escrita desde su primera mención en 297 hasta alrededor de 900, tras lo cual no se vuelven a mencionar. Tal y como apuntan los estudiosos modernos, su ausencia del registro histórico no significa que desaparecieran misteriosamente o que fueran conquistados por los escoceses y aniquilados; lo único que quiere decir es que no se escribió más sobre ellos porque se fusionaron con la cultura escocesa del sur, que ya tenía una historia escrita para entonces, y desde ese momento ambas historias se convirtieron en una sola.
Orígenes, clanes y nombre
Aunque en el pasado se aceptaba como historia datar la fecha de la llegada de los pictos a Escocia en algún momento poco antes de que se los mencione en la historia romana, o hablar de una «invasión picta», los estudios modernos ofrecen una fecha muy anterior en la que no hubo ninguna invasión a gran escala. Según la Enciclopedia Collins de Escocia, «los pictos no "llegaron", en el sentido de que siempre habían estado ahí, porque eran los descendientes de los primeros habitantes de lo que acabaría convirtiéndose en Escocia» (775). El historiador Stuart McHardy respalda esta afirmación y escribe que «los pictos eran la población autóctona de esta parte del mundo» para cuando los romanos llegaron a Gran Bretaña (32). Originalmente provenían de Escitia (Escandinavia), primero se asentaron en las Orcadas y luego emigraron hacia el sur. El doctor y arqueólogo Gordon Noble, de la Universidad de Aberdeen, respalda esta afirmación cuando dice que «todas las pruebas apuntan a que los pictos eran indígenas del norte de Escocia... empezaron a fusionarse durante el periodo romano tardío y formaron algunos de los reinos más poderosos del norte de Gran Bretaña a principios del periodo medieval» (Wiener, 2). Vivían en comunidades muy unidas y construían sus hogares de madera, aunque su habilidad para tallar piedra es evidente por los numerosos grabados en piedras de pie que todavía se conservan por toda Escocia y que se encuentran también en museos. Estas losas de piedra tallada son la única documentación que dejaron los pictos de su historia; el resto de la cuentan los escritores romanos, escoceses e ingleses posteriores.
McHardy les atribuye a los pictos las construcciones megalíticas (tales como Ness of Brodgar) que todavía se pueden encontrar en Escocia hoy en día (33). Se establecían en comunidades pequeñas formadas por parientes de un solo clan, presididas por un jefe tribal. Estos clanes se conocían como los caerini, los corvanii, los lugi, los mertae, los decantae, los carnonacae, los caledonii, los selgovae y los votadini (McHardy, 31). Los clanes, conocidos como «kin» actuaban en interés propio y a menudo se asaltaban unos a otros por el ganado, pero se unían cuando los amenazaba un enemigo común y elegían a un solo caudillo para liderar la coalición. Los kin (que viene de la palabra gaélica para «niños») seguirían escuchando y protegiendo a su propio jefe, pero ese jefe obedecería al guerrero que habían elegido entre todos como líder del grupo. En cuanto a este papel de jefe, los historiadores Peter y Fiona Somerset Fry escriben:
El cabeza de un kin era un hombre muy poderoso. Todos los miembros del kin lo respetaban como a un padre, incluso si no era más que un pariente lejano para la mayoría. Contaba con su lealtad: tenía los derechos de propiedad sobre la tierra, el ganado. En cierto sentido, las posesiones del kin eran suyas. Las peleas del jefe eran las suyas y tenían que participar en ellas hasta el punto de dar sus vidas (33).
Puede que ese énfasis en la importancia de la familia y la reverencia por la figura paterna fuera el verdadero origen del nombre «pictos», que es como se conoce hoy en día a este pueblo. McHardy, entre otros, cita la palabra «pecht» como «un término general para referirse a "los ancestros" de Escocia» (36). McHardy y otros historiadores afirman que los pueblos del norte de Escocia se referían a sí mismos como «pecht», que significa tanto que honraban a sus antepasados como que ellos mismos eran ancestrales (es decir, el pueblo indígena de la tierra). McHardy cita al historiador Nicolaisen que muestra que «la palabra "pictos" romana se corresponde estrechamente con el antiguo nórdico "pettir" y el inglés antiguo "pehtas"» y que estos nombres, y otros de la Crónica anglosajona, «no derivan unos de otros sino de una fuente común, probablemente un nombre nativo» (McHardy, 36). Teniendo esto en cuenta, McHardy escribe: «es muy poco probable que [los pictos] recibieran su nombre de los romanos y, por tanto, la idea de que el término significa "los pintados" no tiene base alguna» (37). Sin embargo, al igual que muchas otras afirmaciones sobre los pictos, esta también se ha cuestionado. Independientemente de lo que se llamaran a sí mismos, o de lo que signifique el término, la coalición de tribus abarcaba todo el norte de Escocia, llegando desde las Órcadas hasta el Firth of Forth. Los hombres de la tribu eran todos guerreros, pero, cuando no tenían que defender su clan o sus tierras, eran granjeros y pescadores y las mujeres también trabajaban la tierra, pescaban y criaban a los hijos. Aparte de la ocasional incursión de una tribu contra otra para llevarse ganado, parece que los pictos vivían en paz hasta que se veían amenazados por fuerzas externas.
La llegada de Roma
Las primeras incursiones romanas en Gran Bretaña ocurrieron en 55 y 54 a.C. lideradas por Julio César, pero no empezaron de una manera efectiva hasta el 43 d.C. con el emperador Claudio. En 79/80, Julio Agrícola, el gobernador romano de Gran Bretaña, invadió Escocia y para 82 había avanzado hasta una línea entre los ríos Clyde y Forth. Tras establecer fortificaciones , invadió el norte de Escocia en 83 y se encontró con el líder picto Calgaco en la batalla del monte Graupio. El historiador Tácito documentó la batalla y, al hacerlo, fue el primero en escribir un relato sobre la historia escocesa. De hecho, la cita, a menudo equívoca, que dice «hacen desierto y lo llaman paz» proviene del relato de Tácito sobre la batalla. En realidad, lo que escribió Tácito fue "Crean una soledad y lo llaman paz". El monte Graupio es un ejemplo de cómo los pictos se unían bajo un único líder para luchar contra un enemigo común. Tácito no llama a Calgaco ni rey ni jefe, sino que dice: «uno de sus muchos líderes, llamado Calgaco, un hombre de valor y nobleza sobresalientes, reunió a las masas ya sedientas de batalla y se dirigió a ellas» (McHardy, 28). Tácito escribe que Calgaco tenía 30.000 hombres a sus órdenes, a quienes alentó antes de la batalla con su famoso discurso (que muchos historiadores dicen que es invención de Tácito). Calgaco se dirigió a sus guerreros de la siguiente manera:
Tengo total confianza en que, en este día, y en esta unión tuya, empezará la libertad de toda Gran Bretaña. Para todos nosotros, la esclavitud es algo desconocido; no hay más tierras que las nuestras, e incluso más allá del mar no es seguro, amenazados como estamos por una flota romana. Y así, en la guerra y la batalla, en la que los valientes encuentran la gloria, incluso el cobarde encontrará la seguridad. Antiguas contiendas en las que, con fortuna variable resistimos a los romanos, todavía nos dejan una última esperanza de socorro, en cuanto a que somos la nación más celebrada de Gran Bretaña y vivimos en el corazón mismo del país y fuera de la vista de las costas de los conquistados, podríamos incluso mantener nuestros ojos impolutos del contagio de la esclavitud. Para nosotros que vivimos en los confines más extremos de la tierra y de la libertad, este santuario remoto de la gloria de Gran Bretaña ha sido hasta ahora una defensa. Sin embargo, ahora los límites más lejanos de Gran Bretaña están abiertos y lo desconocido siempre pasa por lo maravilloso. Pero no hay tribus más allá de la nuestra, nada más que olas y rocas, y los romanos aún más terribles, de cuya opresión solo se puede escapar mediante obediencia y sumisión. Ladrones del mundo, que con su saqueo universal han agotado la tierra, rebuscan en lo profundo. Si el enemigo es rico, son rapaces; si es pobre, anhelan dominarlo. Ni el este ni el oeste ha podido satisfacerlos. Solo ellos entre los hombres desean con igual afán la pobreza y las riquezas. Al robo, la masacre, el saqueo, le dan el falso nombre de imperio; crean una soledad y lo llaman paz (29-38).
Agrícola se enfrentó a los pictos con 11.000 soldados de la 9.ª Legión y los derrotó. Los pictos atacaron de la misma manera a la que estaban acostumbrados en sus guerras tribales, mientras que los romanos mantuvieron sus posiciones en formación estricta y rechazaron la carga para después contraatacar. Tácito escribe: «los britanos, cuando vieron nuestras filas, firmes y estables, y empezó otra vez la carga, sencillamente se dieron la vuelta y huyeron. Ya no tenían ninguna formación ni contacto los unos con los otros, sino que se dividieron deliberadamente en grupos pequeños para llegar a sus guaridas lejanas y sin detectar». Sin embargo, McHardy destaca que lo que Tácito percibió como una derrota en realidad era una maniobra táctica. Escribe que los pictos «se habían retirado a los bosques y las montañas» y luego señala:
Tácito lo presenta como el resultado de su derrota, pero otra manera de pensar en ello sería que habían vuelto a sus comunidades diseminadas para reagruparse. Es revelador que no haya ninguna otra fuente romana que hable de una batalla formal como la del monte Graupio en el norte durante el resto del periodo de ocupación romana en el sur de Gran Bretaña. Aunque más tarde hubo grandes estallidos de guerra como la conspiración bárbara de 360, parece que los guerreros nativos aprendieron rápidamente que no valía de mucho luchar contra la disciplinada máquina de combate romana en batallas fijas, especialmente cuando habían aprendido sus propias habilidades en un proceso de incursiones rápidas y a pequeña escala. La dispersión mencionada se puede entender con la vuelta de los caledonios a los grupos de incursión más pequeños tras la batalla. Estaba claro que hacía falta algo parecido a la guerra de guerrillas moderna y parece que se convirtió en la norma durante los siguientes 300 años (48).
Aunque los romanos ganaron la batalla y supuestamente mataron a 10.000 guerreros pictos, no pudieron sacar provecho de la victoria. A diferencia de otras naciones invadidas por los romanos, las extensiones norteñas de Gran Bretaña no tenían ciudades centrales que conquistar. McHardy señala que «para cuando lo romanos llegaron a la mitad norte de las islas británicas, ya habían invadido la mayor parte de Europa y habían desarrollado una metodología de conquista y control. La ausencia de localidades claramente definidas como sedes de poder político era quizás parte del problema que tenían para intentar someter esta parte del mundo» (41). De hecho, los romanos nunca llegaron a conquistar la región que se convertiría en Escocia, aunque lo intentarían una y otra vez. La naturaleza tribal de los pictos suponía que se podían mover con rapidez de un lugar a otro, que no estaban vinculados a un único asentamiento en una región geográfica y que se les daba bien vivir de la tierra. En consecuencia, los romanos se encontraron con que se enfrentaban a un oponente que no tenía ciudades centrales que conquistar ni tierras de cultivo que quemar y, tras la batalla del monte Graupio, se negaba a enfrentarse a los romanos en batalla como habían hecho otros pueblos. Los pictos eran inconquistables porque les presentaron a los romanos un paradigma nuevo al que no se pudieron adaptar. Las legiones romanas no se habían topado todavía con este tipo de guerra de guerrillas (que también resultaría efectiva en la resistencia goda de Atanarico a la invasión romana de sus tierras en 367-369), así que no fueron capaces de someter a un enemigo que vivía, se movía y luchaba como ningún oponente anterior lo había hecho. Los historiadores Peter y Fiona Somerset Fry escriben:
Tácito describió el monte Graupio como una gran victoria romana; quién podría culparlo. Pero ¿lo fue realmente? El hecho es que Agrícola se retiró al sur cuando terminó. Además, cuando se marchó de Gran Bretaña unos pocos meses más tarde, la frontera entre los romanos y los caledonios no estaba cerca de allí para nada [del lugar de la batalla]. Estaba a más de 150 millas (240 km) al sur y, en los años siguientes, la ocupación romana de Escocia se siguió contrayendo más y más. Probablemente nunca fue más allá de mantener varios fuertes y fortines importantes, y con el paso del tiempo cada vez tenían menos (25).
En 122 el emperador Adriano ordenó la construcción de su famoso muro, que recorría 73 millas (120 kilómetros) de costa a costa, en secciones con una altura de hasta 15 pies (4,5 metros). En 142 Antonino Pío construyó otro muro más al norte. Sin embargo, estas murallas no hicieron nada para desalentar las incursiones pictas. Los Fry señalan que «tanto el Muro de Adriano como el de Antonino eran barreras psicológicas además de físicas. Marcaban una frontera, por así decirlo. Pero ninguna de las dos partes pensó ni por un momento que fueran inexpugnables. Puede que los romanos ni siquiera las construyesen con esa intención» (27). Las murallas servían como una línea de separación entre las tierras del sur bajo dominio romano, que se consideraban «civilizadas» y las tierras «salvajes» del norte que estaban controladas por los pictos. Cuando los romanos se marcharon de Gran Bretaña en 410, los pictos siguieron viviendo en las regiones al norte del muro, como habían hecho siempre. No se sabe qué efecto pudo tener la presencia romana en los pictos, pero las tallas que dejaron los pictos en los monumentos no muestran ningún cambio de estilo de vida importante de antes de la llegada de los romanos a después de la partida de las legiones.
La llegada del cristianismo
Durante la época de la ocupación romana de Gran Bretaña, el Imperio romano había adoptado el cristianismo como religión estatal, que comenzó con el decreto de tolerancia religiosa del emperador Constantino, el Edicto de Milán de 314. Los misionarios cristianos empezaron a adentrarse en las tierras de los pictos, el primero de los cuales fue san Niniano en torno a 397. Los esfuerzos de estos misionarios, combinados con el poder creciente en el sur del reino de Northumbria, tendrían efectos duraderos en los pictos. Tal y como observa McHardy, «donde el Imperio romano no logró conquistar a los pictos, la Iglesia cristiana lo consiguió» (93). Los pictos practicaban un paganismo tribal que parece que giraba en torno a la adoración de una diosa y una devoción a la naturaleza que implicaba un profundo respeto por lugares específicos de poder sobrenatural por todo el país, donde la diosa vivía, había caminado o realizado algún tipo de milagro. Las mujeres de la sociedad picta se consideraban iguales a los hombres y la sucesión del liderazgo, más tarde la realeza, era matrilineal; al jefe gobernante lo sucedía su hermano o puede que un sobrino, en vez de una sucesión patrilineal de padres a hijos. Parece que no hay ninguna documentación del concepto de «pecado» en las creencias pictas (al igual que en otras formas de paganismo) y, como la diosa vivía entre los mortales, había que venerar la tierra como se veneraría el hogar de una deidad. El cristianismo introdujo un paradigma nuevo sobre el funcionamiento del universo. McHardy escribe:
La nueva religión trajo conceptos nuevos. La idea de un dios masculino todopoderoso, a menudo vengativo, iba acompañada del concepto de que todos los seres humanos, y en especial las mujeres, eran básicamente pecaminosos. Esto, en una sociedad en la que las mujeres probablemente eran como mínimo iguales a los hombres, pero además creían en una diosa madre y probablemente tenía algún tipo de herencia matrilineal, sugiere un cambio importante. También hubo otros cambios radicales. La antigua diosa era parte del entorno; el dios nuevo estaba en un cielo estelar indefinido. Esto habría supuesto un cambio en la percepción de la gente sobre sí misma y el entorno que habitaba (94).
Mientras que los esfuerzos de Niniano de convertir a los pictos surtieron cierto efecto, su sucesor posterior, san Columba, haría grandes avances en la difusión del cristianismo. Niniano estableció el cristianismo entre los pictos del sur y, en algún momento del reinado del rey picto Drust I (también conocido como Drest I y Drust hijo de Irb), que reinó entre 406-451 o 424-451 (por nombrar dos de las posibles fechas de su reinado). Columba llegó desde Irlanda en torno a 563 cuando reinaba el rey picto Brude hijo de Mailcon. Brude (también conocido como Brude I o Bridei) unificó a los pictos del norte y el sur y, dependiendo de la fuente que se acepte, o bien se convirtió al cristianismo después de conocer a Columba o ya era cristiano cuando Columba llegó.
Columba, que antaño fue un caudillo tribal en Irlanda, sabía cómo movilizar e inspirar a grandes grupos de gente y se sirvió de este talento para convertir a los pictos. Es de la época del trabajo misionario de Columba alrededor de la fortaleza picta de Inverness que deriva la leyenda del monstruo del lago Ness. San Adamnán, que escribió La vida de san Columba, incluye la historia de un monstruo enorme que vivía bajo las aguas del río Ness y ya se había comido a algunos habitantes de la región para cuando llegó Columba. Este rescató a uno de sus compañeros del monstruo al invocar el nombre de Dios y ordenarle a la criatura que se marchara y en ese momento «el monstruo estaba aterrorizado y huyó más rápido que si hubieran tirado de él con cuerdas». Se supone que la derrota del monstruo impresionó mucho a los pictos, que luego se convirtieron al cristianismo. Aunque la historia habla del río Ness, no del lago, se considera la base de todas las historias posteriores sobre el monstruo del lago Ness. Las demás hazañas milagrosas de Columba, incluido superar a los hechiceros pictos en sus propios poderes (igual que hizo Moisés con los sacerdotes egipcios en el libro del Éxodo) aumentaron aún más su reputación e hicieron que el cristianismo fuera una alternativa más atractiva a las creencias pictas tradicionales.
Para cuando Columba murió en 597, en general los pictos estaban cristianizados y habían dejado atrás su forma de vida anterior. No obstante, la conversión de los pictos no siempre fue pacífica. Todavía en 617 había pictos que se resistían a la nueva religión, tal y como demuestra el martirio de san Donnan junto a otros 51 de sus seguidores a manos de los pictos en la isla de Eigg. Aunque la documentación como La vida de Columba de Adamnán o las obras de Beda presentan una narrativa de misioneros cristianos que hacen avanzar la fe de manera constante, otras obras como los Anales de Ulster dejan claro que el proceso de conversión no fue tan fluido. Incluso en 673 algunos segmentos de la población picta todavía se resistía a la nueva fe, tal y como demuestra el incendio de un monasterio de Tiree.
Northumbria y la batalla de Dunnichen
El modo de vida de los pictos no solo se vio atacado por los misionarios cristianos dentro de sus fronteras, sino también por el creciente poder en el sur. El surgimiento del reino de Northumbria, que hacía incursiones regulares a las tierras pictas, necesitaba un liderazgo central fuerte en forma de un rey de todas las tribus en vez del viejo sistema por el cual los jefes de muchas tribus se unían durante un tiempo bajo la dirección de un solo líder. Aunque no está claro por qué los pictos sentían la necesidad de tener un gobierno central, se cree que a lo mejor les atribuían la efectividad de las conquistas de los northumbrios a sus reyes y, en consecuencia, quisieron proteger sus tierras utilizando el mismo sistema de gobierno.
Northumbria tenía los recursos y la mano de obra necesaria para tomar grandes porciones de tierra de tribus como los escoceses, que habían llegado de Irlanda y se habían establecido en Dalriada y Argyll, y los británicos de Strathclyde; en aquel entonces ambos grupos eran súbditos de los anglos del reino de Northumbria. Los anglos también habían tomado parte de las tierras pictas al norte, habían sometido a su gente y habían instalado reyes que creían que servirían para sus propósitos. Uno de tales reyes pictos era Bridei Mac Billi (más conocido como Brude Mac Bile), quien se considera uno de los reyes pictos más grandes, si no el más grande, por detener el avance de los anglos de Northumbria y librar a sus tierras de su influencia. Con esto, también liberaría del yugo northumbrio a los britanos y los escoceses del sur, así como otras tribus, y más o menos sentó las fronteras entre lo que más tarde se convertiría en Inglaterra, Escocia y Gales.
El rey northumbrio Egfrido, que era primo de Brude, pudo haberle ayudado a alcanzar el poder con la condición de que Brude enviara tributo regularmente y trabajara en interés de Egfrido. No obstante, esta afirmación se ha cuestionado y también se cree que Brude ascendió al poder después de que los northumbrios derrotaran al rey de los pictos del norte, Drest Mac Donuel en la batalla de los Dos Ríos en 670. Independientemente de cómo llegara Brude al poder, está claro que se esperaba que enviase tributos al sur, a Northumbria. Sin embargo, Brude no tenía intención alguna de hacerlo y, aunque parece que en un principio sí que envió tributos en forma de ganado y grano, esta práctica se terminó poco después de haber consolidado su poder. Egfrido no estaba nada satisfecho con esto, pero le molestaban aún más las incursiones pictas en su reino al sur del muro Adriano, para entonces desmoronado e indefenso. Decidió que era hora de eliminar a Brude y darles a los pictos una lección importante, pero le aconsejaron utilizar la diplomacia antes que la batalla.
Al mismo tiempo, Brude estaba consolidando aún más su poder al someter a los subjefes rebeldes de los pictos. En 681 tomó la fortaleza de Dunnottar y para 682 tenía una armada del tamaño y la resistencia necesarias para navegar a las Órcadas y subyugar a sus habitantes. Después de esta victoria tomó la capital de los escoceses hacia el oeste, Dunadd, de modo que, en 683, había asegurado sus fronteras al norte, este y oeste (Orcadas, Dunnottar y Dunadd) y solo tenía que preocuparse por un ataque directo desde el sur.
Este ataque se produjo en mayo de 685, cuando Egfrido ya no podía seguir tolerando las amenazas de Brude contra su gobierno y se negó a seguir los consejos de sus asesores de probar más medidas diplomáticas. Movilizó una fuerza de caballería (de alrededor de 300) para sofocar lo que veía como una rebelión picta en sus tierras. Los pictos de Brude atrajeron la fuerza angla para que se adentrara en su territorio y luego golpearon en un lugar conocido en las crónicas inglesas como Nechtansmere y en las crónicas galesas como Linn Garan; los Anales de Ulster se refieren a él como Dunnichen (Dun Nechtain) y este es el nombre que utilizan más a menudo los historiadores. Las fuerzas anglas se encontraron atrapadas entre el ejército picto a un lado, que se dice que contaba con miles de soldados, y las marismas del lago al otro. Egfrido, al darse cuenta de lo peligroso de su situación, optó por una carga a gran escala de su caballería para romper las filas pictas en el centro. Sin embargo, Brude retrocedió, fingiendo retirarse y luego se dio la vuelta y la línea se mantuvo. Consiguió repeler la carga, mandó a los anglos en retirada colina abajo y hacia las marismas y después cargó contra ellos. El historiador Beda, que ofrece el relato más detallado de la batalla, escribe:
El enemigo fingió retirarse y atrajo al rey a los pasos de montaña estrechos, donde lo acabaron matando junto a la mayor parte de sus ejércitos el 20 de mayo del año cuarenta y quince de su reinado... De ahí en adelante la esperanza y la fuerza del reino inglés empezó a vacilar y decaer, porque los pictos recuperaron sus propias tierras que habían ocupado los ingleses, mientras que los escoceses que vivían en Gran Bretaña y una porción de los propios britanos recuperaron su libertad. En aquel entonces, muchos de los ingleses fueron asesinados, esclavizados u obligados a huir del territorio picto. (McHardy, 124)
La batalla de Dunnichen quebró el poder de Northumbria y aseguró las fronteras de las tierras de los pictos que más adelante se convertirían en Escocia. También expulsó a los misioneros cristianos de los anglos fuera de las tierras pictas, lo que permitió que el cristianismo original llevado por san Columba arraigara en las Tierras Altas en vez del cristianismo romano que habían aceptado los anglos. Brude siguió gobernando hasta su muerte en 693, para cuando su reino ya estaba seguro y en paz. Después de él llegó un rey impopular, Taran, que fue depuesto a los cuatro años y al que sucedió Brude Mac Derile que derrotó otra fuerza invasora angla en 698 y proclamó el famoso decreto, establecido por san Adamnán, conocido como «Ley de los inocentes», que asentaba una serie de directrices para realizar la guerra con el fin de proteger a mujeres, niños, el clero y otros no combatientes.
Las guerras religiosas y la Saltire
Brude Mac Derile murió en 706 y fue sucedido por su hermano, Nectan Mac Derile, que prefería la versión angla del cristianismo a la de la Iglesia de Columba o celta. La principal fuente de enfrentamiento entre estas dos ramas era la fecha de la celebración de Pascua, así como otras cuestiones secundarias sobre cómo debían llevar el cabello los monjes y cómo debían comportarse. Sin embargo, la cuestión subyacente más grave era que la Iglesia celta tenía una base local mientras que los anglos habían optado por someterse a los dictados del papa de Roma. Eso quería decir que la Iglesia celta era dueña de sus propias tierras mientras que las iglesias del sur pertenecían y funcionaban según lo que decía Roma. Los sacerdotes de la tierra de los pictos provenían de la comunidad local, los del sur los nombraban las autoridades católicas romanas en Italia. No está del todo claro por qué Nectan prefería la versión católica romana del cristianismo, pero en 710 emitió un decreto real para todas las iglesias de su reino que decía que tenían que aceptar la datación de la Pascua católica romana y acatar los demás dictados católicos romanos.
Los pictos vieron este decreto como una rendición frente a los anglos del sur, pero lo obedecieron hasta 724, aunque a regañadientes, cuando Nectan abdicó ante la creciente hostilidad a su gobierno y se retiró a un monasterio. En cuanto dejó el trono, el país estalló en una guerra civil entre los seguidores de la Iglesia celta y los que favorecían el catolicismo romano. Durante cinco años la tierra de los pictos estuvo dividida por conflictos casi diarios entre estas dos sectas, pero la lucha realmente duraría más tiempo, hasta alrededor de 734, y ninguno de los reyes que vinieron después de Nectan parecía tener poder para detener la matanza. Al final, en 734, Oengus hijo de Uurguist (Oengus hijo de Fergus) ascendió al trono y tomó el control. Parece que consiguió unificar a los pictos al centrarse en las hostilidades contra un enemigo que no fueran ni ellos mismos ni los anglos: los escoceses de Dalriada. Invadió Dalriada en 734 y en 736 capturó la ciudadela de Dunadd. Para 750 habían derrotado y subyugado a los escoceses y Oengus dirigió su atención a los britanos, pero fue derrotado en la batalla de Mocetauc.
Después de Oengus gobernaron otros reyes más o menos distinguidos hasta la llegada de Constantino hijo de Fergus en 780, que consolidó las victorias de Oengus en un único reino bajo su mandato. Constantino unificó a los pictos y los escoceses y fue el primer gobernador escocés conocido como Ard Righ, «Rey superior», de los escoceses. Cuando murió en 820, su hermano Angus hijo de Fergus ascendió al trono. Angus es más conocido como el gobernante que tuvo la visión de la cruz de san Andrés en el cielo, nubes blancas que formaban una cruz contra el fondo azul, que más tarde se conocería como la Saltire (cruz diagonal), la bandera de Escocia. Los anglos estaban invadiendo de nuevo las tierras de los escoceses y los pictos y habían reunido sus fuerzas en Mercia. La noche antes de la batalla, san Andrés se le apareció a Angus en un sueño y le prometió la victoria en la batalla si el rey dedicaba una décima parte de sus riquezas al servicio de Dios. Angus aceptó y, a la mañana siguiente, la cruz blanca apareció en el cielo como confirmación del acuerdo. La coalición escocesa-picta derrotó a los ingleses liderados por Athelstan y Angus adoptó la X blanca sobre un fondo azul como su estandarte.
Kenneth Mac Alpin y la unificación
Aunque los pictos y los escoceses se habían unido bajo Constantino, la historia normalmente se lo atribuye al rey posterior, Cinaed Mac Alpin, más conocido como Kenneth Mac Alpin. Una historia popular que lleva mucho tiempo circulando y todavía se cita en los libros de historia relata que Kenneth era un rey de los escoceses que, a través de intrigas y engaños, fue recibido en la corte del rey picto, asesinó a la familia real y se apoderó del trono. Los historiadores modernos rechazan esta versión de los acontecimientos por completo. Las fuentes originales nombran explícitamente a Cinaed Mac Alpin como «rey de los pictos», no de los escoceses y su nombre es picto, no escocés. La historia de su «engaño o matanza de los pictos sobrevive únicamente en manuscritos medievales y no tiene ninguna procedencia anterior» (McHardy, 167).
Hoy en día se reconoce ampliamente que Kenneth Mac Alpin descendía del rey Aed Find de la Dalriada escocesa y Constantino hijo de Fergus de los pictos; por tanto, era una opción aceptable como rey tanto para los escoceses como para los pictos. La afirmación de que aniquiló a la nación picta con un ejército escocés después de asesinar a la corte picta es insostenible. Primero, porque no existía tal «corte picta» tal y como la habrían imaginado los escritores medievales posteriores, y segundo porque, como ya se ha dicho, Kenneth Mac Alpin tenía un derecho legítimo al trono de los pictos y no habría tenido la necesidad de ejercer fuerza para reclamar el título de rey. Kenneth Mac Alpin unió a los pictos y escoceses de forma más segura que Constantino, liderándolos en campañas contra los ingleses para expulsarlos por completo de la región que se convertiría en Escocia. Subió al trono en 843 y, en ocho años, extendió su reino más que cualquier otro gobernante de la región antes que él. Para cuando murió en 858 las fronteras de Escocia como nación eran reconocibles en su estado actual y había empujado a los ingleses al sur, a sus propias tierras.
Aparte de las invasiones inglesas, Kenneth Mac Alpin también tuvo que defenderse continuamente de las crecientes incursiones vikingas que acechaban en la costa. Trasladó las reliquias de san Columba de la isla sagrada de Iona a Dunkeld (la nueva sede eclesiástica) para protegerlas de las incursiones vikingas y también se le atribuye el establecimiento de la Piedra del Destino en Scone como un símbolo de orgullo nacional y poder para inspirar a su pueblo. Tras su muerte, las incursiones vikingas continuaron y, tal y como apunta McHardy:
Muchas de estas incursiones eran brutales en extremo. Los Anales que sobreviven tanto de Irlanda como de Inglaterra hablan de incursiones que se repiten año tras año. Estas incursiones continuaron durante gran parte del siglo y con el tiempo fueron acompañadas de asentamientos vikingos. Mientras que muchos de los ataques los realizaba un puñado de barcos con unos pocos cientos de saqueadores, también hubo algunos años en los que los nórdicos llegaron en números mucho mayores. Consiguieron tomar la mayor parte de Escocia al norte de Inverness, las Hébridas y el norte de las Órcadas y las Shetland y estuvieron cerca de conquistar por completo a los pictos por lo menos en una ocasión. (161)
En respuesta a las invasiones vikingas, los pictos y los escoceses se unieron aún más. Giric, hijo de Donald Mac Alpin, el hermano de Kenneth, es el último gobernante que se menciona como «rey de los Pictos» y, después de su muerte hacia 899, los pictos no se vuelven a mencionar en la historia. McHardy escribe: «Los pueblos tribales de origen picto y escocés se combinaron para formar la nueva entidad política de Alba, que a su vez se acabaría convirtiendo en Escocia» (175). El doctor Gordon Noble respalda esta afirmación y dice que se produjo «una creciente amalgama de pictos y escoceses, probablemente por el aumento de la presión vikinga sobre los reinos nativos del norte de Gran Bretaña» (Wiener, 3). Los pictos de la Antigüedad no desaparecieron ni fueron conquistados o destruidos; permanecieron como pueblos indígenas del norte de Escocia y sus descendientes siguen caminando por sus tierras y sus campos en la actualidad.
