Lucio Cornelio Sila (138-78 a.C.) fue un comandante militar despiadado que se distinguió en la guerra númida a las órdenes de Cayo Mario. Su relación con Mario se agrió durante los conflictos que seguirían y desembocó en una rivalidad que solo terminaría con la muerte de Mario. Al final Sila se haría con el control de la república; se autoproclamó dictador y, tras eliminar a sus enemigos, inició reformas cruciales. Cuando creyó haber mejorado Roma, se retiró a su villa en 79 a.C., pero su reinado no pudo prevenir la caída de la república.
Primeros años
Lucio Cornelio Sila nació en 138 a.C. en el seno de una familia patricia antigua, aunque no prominente. A su único ancestro de importancia lo habían expulsado del Senado romano. Por desgracia, la muerte de su madre lo dejaría arruinado. Sin embargo, no permitió que esta tragedia lo detuviera y, aunque su carrera en la política empezó relativamente tarde, entró de todas maneras en el cursus honorum, la trayectoria política habitual. Gracias a su éxito en el Ejército y una herencia oportuna, ascendió rápidamente de cuesto a pretor y al final a cónsul. Un historiador lo describió como un hombre al que parecía correrle prisa.
Su carrera política comenzó de la manera habitual cuando fue elegido por el comandante y cónsul Cayo Mario para servir como su cuestor. Siempre creyó que era un hombre con suerte, y fue en la guerra de Jugurta (112-105 a.C.) donde Sila se distinguiría al ayudar a capturar al rey númida Jugurta y obligarlo a rendirse. Como el padre del rey había ayudado a Aníbal en la batalla de Zama durante la segunda guerra púnica, Jugurta y su familia eran antiguos enemigos de Roma.
Mario y Sila
Con la rendición de Jugurta y el final de la guerra, Mario regresó a Roma triunfal y allí sería elegido cónsul todos los años desde 104 hasta 101 a.C., algo sin precedentes. Tras una breve celebración de su triunfo, Mario se dirigió al norte, acompañado de Sila, donde derrotaría a las tribus germánicas rebeldes en Aix-en-Provence (102 a.C.) y en Vercelas (101 a.C.). A pesar de las victorias contra Jugurta y las tribus germánicas, ambos hombres no tardarían en convertirse en archienemigos, posiblemente por los celos por parte de Mario. El historiador Plutarco, en sus Vidas, habla de su envidia y de cómo Sila se había deleitado en ella a su regreso a Roma.
Por esto, Mario triunfó, pero la gloria de esta empresa, que por la envidia de la gente de Mario se atribuyó a Sila, lo entristeció en secreto. Y la verdad es que el propio Sila era de naturaleza presumido, y era la primera vez que de condición tan baja y privada se había elevado en los afectos de los ciudadanos... (332)
Tras una serie de sobornos bien arreglados, Sila seguiría ascendiendo en la política al lograr el puesto de pretor urbano en 97 a.C. y más tarde procónsul de Cilicia, donde se quedaría hasta 92 a.C.
La guerra Social
La envidia y el odio entre Mario y Sila no haría sino aumentar. Con la guerra Social, o guerra de los Aliados (91-88 a.C.), Roma tuvo que enfrentarse a una revuelta entre los aliados antes leales a la ciudad, que ahora exigían igualdad de derechos, es decir, la ciudadanía. La guerra terminaría con la concesión por parte de Roma de la mayor parte de sus demandas. Al labrarse una reputación de despiadado y brutal en la guerra (estuvo presente en el asedio de Pompeya), Sila se convirtió en el «primer» general de Roma, una distinción que había ostentado Mario antes. Plutarco escribió sobre un incidente previo a la partida de Sila para luchar en la guerra. Los adivinos predijeron que un hombre de grandes cualidades se haría con las riendas del gobierno y «aplacaría los problemas actuales de la ciudad» (332). Sila creía que ese hombre era él.
[Tras la guerra] Mario era incapaz de prestar ningún servicio importante, demostrando así que la excelencia militar requiere el mayor vigor y fuerza de un hombre (sic). Sila, por su parte, hizo muchas cosas memorables y se labró una reputación de gran líder entre sus conciudadanos, del mejor de los líderes entre sus amigos y de ser el más afortunado incluso entre sus enemigos. (339)
Tras servir con distinción, Sila fue recompensado con su primer consulado en 88 a.C., en el que serviría con su futuro yerno, Pompeyo Rufo, como cocónsul.
Las guerras mitridáticas
En Oriente, Mitrídates Eupator del Ponto estaba causando problemas. En 104 a.C. había invadido las provincias de Galacia y Paflagonia. Tras una invasión de la cercana Bitinia, se retiró cuando el Senado romano le dio una advertencia. Sin embargo, no tardó en desoír la advertencia y atacó a las tres legiones romanas enviadas en su contra; hizo confiscar las propiedades de todos los residentes italianos y ordenó a los lugareños que mataran a todos los italianos. El resultado final fue un caos económico y la bancarrota para muchos en Roma. Sila recibió el mando de las fuerzas romanas que se enfrentarían a Mitrídates. No obstante, el tribuno Publio Sulpicio Rufo bloqueó la orden, sacó del retiro al anciano Mario y le concedió a él el mando. Muchos pensaron que ambos hombres habían hecho un trato. Mario, que tenía casi 70 años en aquel momento, entró en la pelea amargado, buscando venganza.
Sila estaba furioso. No solo le habían robado la posible victoria, sino también el botín de guerra. Al darse cuenta de que tenía el apoyo del Ejército, seis legiones o un total de 30.000 hombres, marchó contra Roma, que no se lo esperaba. Plutarco escribió:
[Sila] ordenó a gritos que prendieran fuego a las casas y, agarrando una antorcha, lideró el camino y les ordenó a sus arqueros que usaran flechas ardientes y las dispararan a los tejados. No lo hizo de manera calmada y calculada, sino en un momento de pasión, y tras dejar que la ira se apoderara de sus actos... entró gracias a la ayuda del fuego, que no distinguió entre culpables e inocentes. (357-358)
Tras tomar el mando, lo primero que hizo fue condenar a Rufo a muerte; encontraron al tribuno escondido en su villa. Por suerte, Mario, que se temía la ira de Sila, se había escapado vivo a África. Sin embargo, los oficiales de Sila, a excepción de su cuestor, no tardaron en abandonarlo. Su buena fortuna no podía durar.
Sila, enemigo público
En las calles estallaron las peleas y el Senado estaba en su contra, así que Sila no tardó en darse cuenta de que la mejor decisión sería retirarse hacia el este. Se escapó de la ciudad y, junto a seis legiones, decidió marchar contra Mitrídates. Mario regresó a Roma, con lo que dio comienzo a cinco días de asesinatos y robos, donde volvieron a declararlo cónsul, pero acabó muriendo poco después, en 86 a.C. Muchos de los partidarios de Sila fueron ejecutados. El rebelde Sila se negó a obedecer una citación para regresar a la ciudad y someterse a juicio. A instancias del cónsul Cinna, el Senado romano lo declaró enemigo del Estado y lo condenó a muerte. Sila ignoró los deseos de Cinna y del Senado y continuó hacia el este, donde no solo derrotó a Mitrídates, sino que también aplastó una rebelión en Grecia. Mientras estaba en Atenas, Sila volvió a ganarse la reputación de despiadado por darles permiso a sus hombres para robar y asesinar cuanto quisieran, y al final destruyeron las arboledas donde los grandes filósofos como Platón y Aristóteles habían «reflexionado sobre la condición humana». Incluso el ancestral símbolo de Atenas, la Acrópolis, fue saqueado. Seguiría de campaña en el este durante cinco años más.
A su regreso a Roma en 83 a.C., Sila iba acompañado de los comandantes Cecilio Metelo Pío, Licinio Craso y Cneo Pompeyo Magno. Juntos, saldrían victoriosos contra los que seguían siéndole leales al difunto Mario. En el enfrentamiento final, Sila derrotó a la oposición en las puertas Collina a las afueras de Roma. 3.000 acabarían prisioneros y otros 3.000 se rendirían. Todos ellos acabaron encarcelados en el Campo de Marte hasta su ejecución. Después, sus cuerpos fueron arrojados al Tíber sin más miramientos. Se decía que el Tíber estaba lleno de cadáveres; supuestamente había muerto unas 10.000 personas. Sabiamente, el Senado reconoció las victorias de Sila en el este y se dejó convencer de nombrarlo dictador, lo que le concedía inmunidad por sus acciones pasadas.
Dictadura
Uno de sus primeros actos consistió en exhumar las cenizas de Mario y arrojarlas al Tíber. Del mismo modo, todos los partidarios del antiguo cónsul fueron ejecutados. En total, 80 senadores y 2.600 équites fueron ejecutados o exiliados; el Senado se quedó vacío. Publicó listas de proscripción en el Foro en las que nombraba a los proscritos cuya propiedad sería confiscada. Con las victorias en el este y el éxito en Roma, Sila se sintió verdaderamente afortunado y, para reconocer este hecho, añadió la palabra «Felix» a su nombre, que significa «el afortunado» o «el favorito de la diosa Venus».
Aunque buscaba la aprobación del Senado, en realidad Sila tenía un poder ilimitado para proclamar o rescindir leyes. En 81 a.C. Sila llevó a cabo una serie de reformas que se consideraron una restauración o «limpieza del desorden». A causa de su odio pasado por el tribuno Rufo, restringió los poderes de los tribunos limitando su poder de veto; eligió a varios cuestores y pretores; hizo a los cuestores miembros del Senado para llenarlo un poco y, por último, aprobó controles más estrictos sobre las personas con dominio fuera de Italia. Aparte de estas y otras reformas, estableció tribunales nuevos y reconstruyó tanto el edificio del Senado como el templo de Júpiter, al que le había caído un rayo o, según otra versión, se había quemado. A lo largo de su mandato, les prometió a los ciudadanos que no reduciría sus derechos. Hasta el incrédulo Cicerón aprobó los fines de Sila, si bien no le gustaban sus medios. Tras concederles tierras en Campania y Etruria a los veteranos del Ejército, se retiró a su villa en la bahía de Nápoles en 79 a.C., donde murió un año más tarde. Su epitafio dice: «No hay mejor amigo, no hay peor enemigo».
Legado
El público consideraba a Sila arrogante y despiadado, a pesar de afirmar personalmente que nunca había querido una tiranía. Un historiador afirmó que Sila demostraba que el Ejército era leal al individuo, no al Estado. A pesar de la presencia de una fea marca de nacimiento en la cara, que los atenienses compararon con crueldad con una mora rematada de avena, se consideraba afortunado. Aunque en un principio no tenía medios, una viuda rica le dejó su fortuna. Y, mientras que la historia lo ha considerado un comandante insensible, desde su tierna infancia amaba la literatura y el arte, y siempre se acercaba al teatro allá donde estuviera. Su suerte lo llevaría a la victoria contra Jugurta y los alamanes, así como con Mitrídates. Ascendió de un rango a otro, desde cuestor hasta cónsul. Al creer que lo habían traicionado en Roma, se escapó de la ciudad hacia el este para acabar regresando y convirtiéndose en dictador. Sin embargo, las reformas que inició no pudieron salvar a la ciudad de su destino. Con la muerte de César y el nacimiento del imperio con Augusto, Roma volvería a nacer y seguiría siendo una potencia dominante durante cinco siglos más.

