Artafernes (activo en torno a 513-492 a.C., también conocido como Artafarna) fue un sátrapa de Lidia bajo el reinado de su hermano mayor, Darío I (el Grande, que reinó de 522-486 a.C.), monarca del Imperio aqueménida (en torno a 550-330 a.C.), fundado por Ciro II (el Grande, que reinó en torno a 550-530 a.C.). A Artafernes se lo recuerda por su participación en la revuelta jónica (499-494 a.C.), cuando las ciudades-Estado griegas jónicas de Asia Menor se rebelaron contra el Gobierno persa en la batalla de Sardes (498 a.C.), en la que defendió su capital de la invasión.
Artafernes negoció un pacto con los embajadores de Atenas que los persas creían que convertía a Atenas en súbdita de Persia. Sin embargo, los embajadores estaban actuando por cuenta propia cuando aceptaron las estipulaciones, que parece que no entendieron bien, y no contaban con ninguna autoridad de Atenas para entablar tal pacto.
Cuando Atenas, con Eretria, apoyó la revuelta jónica, algunos eruditos afirman que Darío I lo vio como un incumplimiento del contrato que los atenienses habían jurado con Artafernes, lo que le dio más motivos para invadir Grecia en 492-490 a.C., y que más tarde también provocaría la invasión en 480 a.C. de Jerjes I (que reinó de 486-465 a.C.). A Artafernes lo sucedería su hijo Artafernes II (que reinó de 492-480 a.C.), quien participaría en ambas invasiones a Grecia en represalia por la revuelta jónica.
Entorno político y económico
En 522 a. C., Darío I y otros seis conspiradores asesinaron al rey aqueménida Bardiya (que reinó en 522 a.C.) afirmando que era un impostor llamado Gaumata, un mago (sacerdote) que había asesinado al verdadero rey y había usurpado su lugar. El propio Darío I hace esta afirmación en su célebre Inscripción de Behistún, pero los estudiosos modernos han cuestionado esta versión de los hechos para sugerir que Bardiya, el legítimo rey, fue depuesto y asesinado por Darío I y sus coconspiradores en un golpe y que la historia se inventó después para justificar sus acciones.
Quienquiera que fuese Bardiya/Gaumata, o lo que podría haber logrado durante su reinado, no se sabrá nunca, pero Darío I demostró ser un monarca eficiente desde el principio. Tras sofocar las rebeliones contra él, reformó la infraestructura del imperio y nombró sátrapas (gobernadores) para las diversas regiones. La satrapía de Lidia era una de las más ricas porque era un enclave de comercio importante y también se contaba entre las más poderosas, ya que el sátrapa Oretes, que sirvió bajo el rey Cambises II (que reinó de 530-522 a.C.), había derrotado a la isla-Estado griega de Samos y se había quedado con su flota.
Cuando Darío I subió al poder, mandó ejecutar a Oretes y puso Lidia en manos de Ótanes (que gobernó alrededor de 522-513 a.C.), uno de sus coconspiradores al que creía que podía confiarle tal región. La ubicación de Lidia cerca de la costa la convertía en la entrada al Imperio aqueménida para los emisarios de occidente. Cuando Darío I creó su famosa red de caminos que atravesaba el imperio, unió la capital de Lidia, Sardes, con sus capitales de Babilonia, Ecbatana, Persépolis y Susa a través del Camino real.
Había continuado con las políticas de Ciro el Grande y Cambises II al agrandar el imperio, pero le prestó más atención que cualquiera de los dos a crear una Armada profesional. Los barcos se construían, y a menudo también tripulaban, en la satrapía de Fenicia y, para 513 a.C., Darío I ya estaba extendiendo su control sobre el comercio y el tránsito por el Mediterráneo gracias a esta flota; también la usó para cartografiar la costa de Grecia y el sur de Italia, donde se habían establecido varias colonias griegas, para su uso futuro.
En torno a esta época, Atenas expulsó al tirano Hipias (muerto en torno a 490 a.C.) con el apoyo de los espartanos liderados por Cleómenes I (muerto en 489 a.C.), que después estableció una oligarquía bajo Iságoras (muerto a finales del siglo VI a.C.). Iságoras se vio retado por el estadista ateniense Clístenes (nacido a finales de la década de 570 a.C.) quien, tras un exilio impuesto por Iságoras, regresó una vez el tirano fue depuesto. Clístenes estaba al tanto del creciente poder marítimo de los aqueménidas, pero estaba más preocupado por la amenaza que suponía Esparta, así que envió a sus emisarios a Sardes a pedir el apoyo de los persas contra la agresión espartana.
Los emisarios atenienses
Artafernes sucedió a Ótanes como sátrapa de Lidia en 513 a.C., pero no se sabe nada de su reinado hasta 507 a.C., que es cuando recibió a los embajadores de Atenas. Heródoto presenta los detalles de este encuentro:
Luego [los atenienses] enviaron una delegación a Sardes porque sabían que Cleómenes y los lacedemonios estaban enfrentados a ellos y querían entablar una alianza con los persas. La delegación llegó a Sardes y estaba entregando su mensaje cuando Artafernes. que era el gobernador de Sardes, les preguntó a los atenienses quiénes eran y de dónde venían que osaban buscar una alianza con los persas. Los delegados atenienses le dieron la información que les pidió y él les declaró su opinión de manera cortante: «Si los atenienses le dan al rey Darío tierra y agua, entablará una alianza con ellos; si no, tendrán que marcharse». Los delegados querían concluir la alianza, así que, según su voluntad propia, aceptaron ofrecerle al rey tierra y agua. Y por eso se metieron en un buen lío al regresar a casa. (V.73)
Los emisarios accedieron a ofrecer tierra y agua aparentemente sin darse cuenta del significado de este acto, que Artafernes habría interpretado como sumisión, así que cuando regresaron a Atenas fueron censurados, aunque no se sabe de qué manera.
Mientras tanto, Hipias había llegado a Sardes y le había pedido ayuda a Artafernes para recuperar el cargo de tirano de Atenas. Según Heródoto, Hipias hizo «todo lo que pudo para mancillar a los atenienses a ojos de Artafernes e intentar encontrar la manera de poner a Atenas bajo su control y el de Darío» (V.96). Cuando los atenienses se enteraron de las actividades de Hipias, enviaron a otro grupo de emisarios a Sardes para negar sus mentiras.
Artafernes, que seguía pensando que Atenas se había sometido a la autoridad persa, les dijo a los atenienses que su seguridad futura dependía de que aceptaran a Hipias como su gobernante, porque esa era la voluntad de Darío I. Los emisarios no respondieron, sino que se llevaron esta exigencia de vuelta a Atenas, donde fue rechazada, de manera que, dice Heródoto, «se habían decidido por una hostilidad declarada contra Persia» (V.96). No obstante, Persia no reaccionó en ese momento.
El asedio de Naxos
Las tensiones continuaron al mismo nivel en la región cuando en torno a 499 a.C. un grupo de aristócratas exiliados de la isla de Naxos llegaron a la satrapía de Mileto pidiendo la ayuda del vicegobernador Aristágoras (muerto en torno a 496 a.C.). Aristágoras era primo y yerno de Histieo (muerto en 493 a.C.), tirano de Mileto, a quien Darío I había retirado a Susa, dejando así a Aristágoras al mando. Histieo había sido el oficial al mando de colocar a los tiranos de las ciudades griegas jónicas de Asia Menor y le había servido bien a Darío I en la campaña de Escitia en 513 a.C. Después, Darío I le recompensó con un puesto en Susa que en realidad Histieo nunca quiso y que le molestaba en secreto.
Aristágoras recibió a los exiliados y, pensando en cómo podría controlar la rica isla de Naxos a través de ellos, les prometió la ayuda si Darío I la aprobaba. Luego acudió a Artafernes y le describió su plan como una victoria fácil con una inversión mínima y el máximo beneficio; le dijo que estaba invirtiendo dinero para la expedición y que lo lograría si Darío I accedía a suministrar los barcos y el personal militar. Señaló que, una vez tomasen Naxos, también tendrían el control de las riquezas de las Cícladas que dependían de ella. Según Heródoto, Artafernes aceptó el plan con los brazos abiertos y propuso aumentar la cantidad de barcos de los 100 originales de Aristágoras a 200. Le envió un mensaje a Darío I para pedirle su aprobación y este aceptó.
Darío I puso a su primo, el general Megabates (finales del siglo VI/principios del siglo V a.C.) al mando de la flota que se unió a Aristágoras en Mileto. La flota zarpó de Quíos, donde había amarrado para prepararse para el ataque. Esa noche, Megabates descubrió que no se habían apostado centinelas a bordo de uno de los barcos y castigó al capitán, Escílax, metiéndolo en un agujero de remo y atándolo allí. Escílax era amigo de Aristágoras y exigió que lo soltaran y, cuando Megabates se negó, Aristágoras fue allí y soltó él mismo a Escílax. Megabates se enfureció y se lo pagó avisando a Naxos de que estaba a punto de ser atacada.
Los naxios fortificaron las murallas y se prepararon para un asedio mientras la flota, totalmente desapercibida del aviso, se dirigía a la isla. Cuando llegaron, se encontraron con que Naxos estaba tan bien defendida que no pudieron tomarla y tuvieron que comenzar un asedio. Este asedio se prolongó durante cuatro meses, y mientras que Naxos tenía suficientes provisiones tras las murallas, la fuerza expedicionaria se fue quedando sin suministros y sin dinero. Al final Aristágoras admitió la derrota y zarpó con los barcos de vuelta a Mileto. Megabates nunca recibió censura alguna por la campaña de Naxos y más tarde recibió la satrapía de Frigia.
Comienzo de la revuelta jónica
El plan de Aristágoras había fracasado por completo y ahora tenía que darle las malas noticias a Artafernes que, obviamente, informaría a Darío I. Aristágoras temía que lo despojaran de su título, o peor, y estaba pensando cómo salir del paso cuando un mensajero llegó de Histieo en Susa. Histieo se aseguró de que el mensaje solo le llegara a Aristágoras, así que le afeitó la cabeza a uno de sus esclavos, le tatuó el mensaje en la cabeza y luego esperó a que le volviera a crecer el pelo para mandarlo a cumplir su misión. El mensaje incitaba a Aristágoras a iniciar una rebelión en Mileto porque Histieo estaba aburrido de estar confinado en Susa y pensaba que lo enviarían de vuelta a su antigua posición si estallaba una revuelta.
A pesar de que esta versión de los acontecimientos, presentada por Heródoto, se acepta como exacta históricamente, la revuelta sugerida por Histieo y empezada por Aristágoras no habría ganado impulso alguno si los griegos jónicos hubiesen estado contentos con el Gobierno persa. Los tiranos que Histieo había instalado en las ciudades solo estaban a cargo de mantener la paz y por lo demás podían gobernar como reyezuelos semiautónomos. Muchos de estos tiranos, aunque ciertamente no todos, trataban mal a la gente para enriquecerse y, mientras mantuviesen la paz, el Gobierno central persa los dejaba tranquilos.
Aristágoras empezó la revuelta convocando una reunión con los que le eran leales y esbozando el plan; no mencionó que la inspiración era su fracaso en Naxos y la enorme cantidad de dinero que les debía en consecuencia a Artafernes y Darío I. Todos menos el escritor Hecateo (en torno a 550 - alrededor de 476 a.C.) estuvieron de acuerdo. Acto seguido, declaró que Mileto era una democracia, libre del Gobierno persa, e hizo que entregaran a todos los tiranos de las ciudades-Estado a su pueblo para que fuesen castigados. Después, se apoderó de los barcos y los mercenarios griegos que Artafernes le había suministrado para Naxos y los utilizó para su recién creada fuerza rebelde.
Apoyo de Atenas y Eretria
Al reconocer que necesitaría apoyo para su rebelión, primero recurrió a Esparta, que lo rechazó, y luego a Atenas, que accedió a ayudarlo porque ya se esperaba algún tipo de agresión de Persia tras rechazar la exigencia de volver a poner a Hipias en el poder. Eretria también accedió a ayudar por el bien del comercio marítimo y los beneficios comerciales. Los barcos del Imperio aqueménida seguían manteniendo en gran medida el control del Mediterráneo, y la caída del imperio habría beneficiado a Eretria, Atenas y las ciudades-Estado griegas jónicas, así como muchas otras. El estudioso Kaveh Farrokh comenta lo siguiente sobre los motivos ocultos de la revuelta jónica y la ayuda ofrecida por Atenas y Eretria:
La opinión histórica predominante que se encuentra entre los historiadores occidentales es que la revuelta jónica y las guerras greco-persas fueron una disputa épica entre la democracia (representada por Atenas) y la «tiranía persa». [El estudioso] Frye advierte que «la interpretación de... los griegos que defienden la libertad [es] un ejemplo de imposición de conceptos modernos sobre el pasado [y] de distorsión de nuestro entendimiento...» A pesar de que el deseo jónico de independencia del Gobierno aqueménida es un factor principal que llevó a la guerra, el elemento de la rivalidad económica era un factor igual de importante. (69)
Otro factor más eran los estrechos lazos de parentesco entre los atenienses y los jónicos que casi garantizaban el apoyo ateniense una vez que la revuelta estalló en 499 a.C. A principios de 498 a.C., los atenienses enviaron una flota de 20 barcos y Eretria un contingente de cinco que se unieron al Ejército de Aristágoras en Éfeso. Aristágoras se negó a liderar él mismo el ejército y nombró comandantes supremos a su hermano Charopines y un general milesio llamado Hermofanto.
Batallas de Sardes, Éfeso y Lade
Estos generales contaron con la ayuda de guías de Éfeso para conducirlos de la mejor manera a Sardes y tomar a Artafernes por sorpresa. Su plan funcionó y pudieron tomar la ciudad baja, pero Artafernes reunió a sus fuerzas en el terreno elevado de su ciudadela, y la mantuvo. El estudioso A. T. Olmstead describe la destrucción de la parte baja de la ciudad y la consiguiente batalla de Éfeso:
Sardes era una colección de cabañas de cañas y casas de ladrillos de barro; cuando los griegos incendiaron una sola casa, toda la ciudad fue pasto de las llamas. Atrapada por el incendio que destruyó el famoso templo de Cibeles en el Pactolo, la guarnición persa descendió de la acrópolis y, con los lidios nativos, se juntaron todos en el mercado [para defender la ciudad]. Expulsaron a los aliados [y] se retiraron hacia el mar, pero justo antes de llegar a Éfeso fueron aplastados en una gran batalla por los soldados persas reclutados de varias divisiones administrativas. (153-154)
La batalla de Éfeso fue una victoria total para las fuerzas lidias-persas y los atenienses apenas lograron regresar a sus barcos y escapar. Aristágoras había empleado el mismo tipo de discurso que con Artafernes cuando le propuso la toma de Naxos, afirmando que el Imperio aqueménida estaba débil y sería fácil derrotarlo. Al darse cuenta de que no era el caso, los atenienses retiraron su apoyo y cabe suponer que Eretria hizo lo mismo.
Sin embargo, la retirada de Atenas y Eretria no hizo nada por frenar o detener la rebelión y esta se extendió de Mileto a Éfeso por toda la costa de Asia Menor. Primero, Darío I inició la táctica de dividir para vencer al entablar negociaciones con varias ciudades-Estado y prometerles recompensas para abandonar la causa, pero, al no lograr nada con esto, preparó a su Ejército para aplastar la rebelión por la fuerza. En 494 a.C. los persas derrotaron a los rebeldes en la batalla de Lade, un conflicto naval frente a las costas de Mileto, y después fueron tomando sistemáticamente una ciudad-Estado rebelde tras otra para restablecer el control. En un intento de evitar futuros levantamientos, abolió el sistema de tiranos y les concedió a los jónicos una mayor libertad.
Conclusión
Para entonces, Aristágoras había muerto en un conflicto con los tracios y Histieo, al que habían enviado de Susa a la región como esperaba, tuvo que presentarse ante Artafernes para responder por cualquier papel que pudiera haber jugado en la revuelta. Histieo dijo no tener conocimiento alguno de la rebelión y ser totalmente inocente, pero Artafernes sabía que le estaba mintiendo y, según Heródoto, dijo, «Te voy a decir lo que pasó realmente con este asunto, Histieo: Tú eres el que cosió el zapato; Aristágoras tan solo se lo puso» (VI.1). Aun así, Histieo era un hombre de confianza de Darío I, así que Artafernes no pudo hacer nada para castigarlo.
Más tarde, interceptó cartas de Histieo que animaban a seguir con la rebelión e hizo matar a sus coconspiradores y arrestarlo a él. Artafernes no quería que regresara a Susa, donde tendría la oportunidad de engañar a Darío I y que este aceptara sus mentiras, así que lo mandó empalar y decapitar. Cuando le llegó la noticia a Darío I, ordenó enterrar la cabeza de Histieo con todos los honores porque se negaba a creer que hubiese sido desleal, lo que demostraba que Artafernes había acertado cuando ordenó la ejecución del traidor.
Más tarde, en 493 a.C., Artafernes reorganizó las ciudades-Estado jónicas y, siguiendo el consejo de Hecateo, perdonó a las antiguas ciudades rebeldes, a las que trató con indulgencia y justicia. Después de esto, desaparece del registro histórico y posiblemente murió en 492 a.C. Fue sucedido como sátrapa de Lidia por su hijo Artafernes II, que comandaría parte de la invasión punitiva a Grecia en la campaña de Darío I de 492-490 a.C. y en la invasión de Jerjes I en 480-479 a.C.
Como el asedio de Naxos se considera el primer acto en el drama de las guerras médicas, y la revuelta jónica el segundo, la participación de Artafernes en ambos vincula su nombre para siempre en la historia con el conflicto que los escritores griegos caracterizarían como una lucha entre Occidente y Oriente por la supremacía ideológica y política. Y esta caracterización del conflicto greco-persa ha conformado el pensamiento político, la retórica y las leyes desde entonces.
