La guerra de los Mercenarios, o guerra inexpiable, fue un conflicto brutal entre Cartago y sus soldados amotinados entre el 241 y el 237 a.C., durante un período de calma en las guerras púnicas. Cuando a los soldados mercenarios cartagineses se les negó el pago prometido, se rebelaron, lo que desencadenó un movimiento a gran escala apoyado por varios asentamientos al norte de África. Inicialmente, los cartagineses tuvieron mala suerte contra los rebeldes, pero esto cambió bajo el mando de Amílcar Barca (en torno a 275-228 a.C.), quien obtuvo varias victorias decisivas. Aunque finalmente Cartago ganó la guerra, quedó debilitada, lo que le permitió a Roma aprovechar la situación y tomar el control de Cerdeña y Córcega, allanando así el camino para la segunda guerra púnica (218-201 a.C.).
Promesas incumplidas
En el 241 a.C., la primera guerra púnica entre Roma y Cartago finalmente llegó a su fin. Tras 23 años de guerra perpetua, ambas potencias mediterráneas rivales estaban hastiadas y agotadas, pero fue el espíritu cartaginés el que se quebró primero. Incapaz de alimentar o abastecer a sus ejércitos, Cartago se vio obligada a aceptar un tratado de paz desventajoso que incluía la cesión del control de Sicilia a Roma, la liberación de todos los prisioneros de guerra y el pago de una cuantiosa indemnización de guerra durante la siguiente década. El Senado cartaginés ordenó a Amílcar Barca, comandante de sus fuerzas en Sicilia, que ultimara el tratado con la República romana antes de proceder a la desmovilización de su ejército. Sin embargo, Amílcar se sintió disgustado por el tratado, que consideraba no solo innecesario, sino humillante. En lugar de cumplir sus órdenes, renunció al mando de su ejército y abandonó Sicilia sumido en el dolor y la rabia. Por lo tanto, recayó en su lugarteniente, Giscón, hacerse cargo y supervisar la desmovilización.
Dos décadas de guerra casi habían agotado el tesoro cartaginés y el dinero restante sería necesario para pagar la indemnización a Roma.
Giscón se encontró a cargo de un ejército de 20.000 hombres, la mayoría mercenarios extranjeros. Durante mucho tiempo, en las guerras cartaginesas había sido habitual emplear extranjeros en sus ejércitos, ya que los ciudadanos solo debían luchar cuando la ciudad corría peligro. Estos mercenarios provenían de todos los rincones del Mediterráneo, incluyendo libios, númidas, íberos, galos, ligures y griegos sicilianos. Para entonces, la mayoría eran soldados veteranos que habían servido en los ejércitos de Cartago durante años, y todos esperaban que, una vez terminada la guerra, cobrarían los salarios atrasados de varios años que se les adeudaban antes de regresar a casa. Giscón se dio cuenta del problema logístico que supondría dejar que los 20.000 hombres regresaran a la vez, así que decidió dividir el ejército en destacamentos más pequeños y enviarlos a Cartago uno por uno. De esta manera, el gobierno cartaginés podría pagar a cada contingente lo que le correspondía y enviarlo de regreso a su patria antes de la llegada del siguiente, lo que evitaría una presión excesiva sobre el tesoro y la concentración de demasiados mercenarios en la ciudad al mismo tiempo.
Sin embargo, cuando el primer grupo llegó a Cartago, se encontraron con que sus benefactores no podían pagarles. Dos décadas de guerra casi habían agotado el tesoro cartaginés, y el dinero restante sería necesario para pagar la indemnización a Roma. Por lo tanto, los funcionarios cartagineses decidieron negociar con los mercenarios e intentar que aceptaran un pago menor. Antes de hacerlo, decidieron esperar a que todos los mercenarios hubieran llegado desde Sicilia, alojando a los que ya habían llegado dentro de las murallas de Cartago. Esto resultó ser una mala idea. Los mercenarios no tardaron en rebelarse y el historiador griego Polibio comentó que los crímenes se cometían «tanto de día como de noche» (1.63). Para preservar la ley y el orden dentro de su ciudad, los cartagineses reubicaron a los mercenarios en la ciudad de Sicca (la actual El Kef), a 177 km (110 millas) de distancia. Proporcionaron a cada mercenario suficiente oro para cubrir sus necesidades inmediatas y prometieron que el resto del pago se recibiría próximamente.
En Sicca, los últimos vestigios de disciplina militar se desmoronaron a medida que los mercenarios se entregaban a la inactividad y al aburrimiento. Sin mucho más que hacer, cada hombre calculaba la cantidad exacta de dinero que se le debía. Fue en medio de este ambiente de inquietud y crecientes expectativas que el campamento recibió finalmente la visita de Hannón, el general cartaginés a cargo del norte de África. Pero en lugar de distribuir los pagos esperados, Hannón habló vagamente sobre los problemas económicos de Cartago y ofreció pagar a los mercenarios a una tasa mucho menor de la que anticipaban. Durante los días siguientes, Hannón continuó hablando con los líderes mercenarios, pero debido a la gran variedad de idiomas que se hablaban en el campamento, a menudo tuvo que recurrir a traductores, lo que provocó que sus palabras se distorsionaran. Los mercenarios no tardaron en cansarse. Empacaron sus pertenencias y marcharon hacia Cartago, estableciendo un campamento en Túnez, a solo 22 km (14 millas) al sur de la gran ciudad. Estaban decididos a obtener lo que se les debía, de una forma u otra.
El motín
Cuando los ciudadanos de Cartago despertaron y encontraron un ejército mercenario a la puerta de su casa, entraron en pánico. Sin ejército disponible para defender la ciudad, el Senado cartaginés envió delegaciones al campamento mercenario para ofrecerles todo lo que quisieran. Envalentonados por esta reacción, los mercenarios «inventaban nuevas demandas a diario». Una vez que los cartagineses accedieron a entregar el pago completo, exigieron una compensación por los caballos perdidos en su marcha, así como el equivalente en efectivo del precio más alto alcanzado por el grano durante la guerra. «En resumen», escribe Polibio, «inventaban constantemente nuevas demandas escandalosas, forzando los términos de su acuerdo hasta límites imposibles» (1.68). Incapaces de cumplir con estas exigencias, los cartagineses decidieron recurrir a uno de los generales que habían liderado a los mercenarios en Sicilia para que actuara como mediador. Dado que Amílcar Barca era inaceptable para los mercenarios porque creían que los había abandonado al renunciar al mando en un ataque de ira, la responsabilidad recayó de nuevo en Giscón, quien abandonó Sicilia y navegó hacia Túnez con un séquito de oficiales y varias arcas llenas de dinero.
Giscón se propuso calmar la situación. Se reunió con los oficiales mercenarios, escuchó sus quejas y comenzó a hacer preparativos para repartir el dinero. Según Polibio, esto habría bastado para satisfacer a la mayoría de los mercenarios y probablemente habría resuelto el problema, de no haber sido por algunos alborotadores en el campamento mercenario. Uno de ellos era Matón, un libio que había ayudado a instigar la marcha a Túnez y que ahora temía represalias de los cartagineses una vez que el ejército mercenario se disolviera. Otro era Spendios, un esclavo italiano fugitivo que había luchado valientemente en Sicilia, pero que ahora se enfrentaba a la perspectiva de ser devuelto a sus amos romanos y torturado hasta la muerte. Con sus vidas literalmente en juego, ni Matón ni Spendios podían permitirse hacer la paz con los cartagineses y comenzaron a alimentar la ansiedad de sus compañeros mercenarios. Apelaron a los libios, con diferencia la nacionalidad más numerosa en el ejército mercenario, y les advirtieron que, una vez que los demás grupos fueran enviados a casa, quedarían abandonados a su suerte para sufrir la venganza cartaginesa.
Como toda buena mentira, esta contenía algo de verdad: en el pasado, Cartago había reprimido severamente al pueblo libio bajo su control, cobrándoles despiadadamente fuertes impuestos. El miedo se convirtió en inquietud, lo que a su vez condujo a la dictadura popular. Cada vez que un oficial o soldado alzaba la voz para desafiar los comentarios incendiarios de Matón o Spendios, sus frenéticos seguidores lo atacaban y lo lapidaban hasta la muerte. Estas lapidaciones se volvieron tan comunes que la frase «¡Apedréenlo!» en fenicio se convirtió en la única palabra universalmente reconocida por todos en aquel ejército multilingüe. En poco tiempo, nadie criticó a Matón ni a Spendios, cuya influencia llegó a tal punto que los mercenarios se referían a ellos como generales. Aunque consciente de la creciente disidencia, Giscón se negó a abandonar Túnez, creyendo que era su deber resolver la crisis. Un día, se le acercó un grupo de libios que se quejaban de que no les habían pagado la cantidad completa. Cansado de oír las mismas quejas, Giscón les dijo secamente que apelaran al «general Matón» para recuperar su dinero. Para los libios, esta fue la gota que colmó el vaso. Capturaron a Giscón y a sus oficiales, quienes fueron encadenados y encarcelados. Esto marcó el punto de no retorno, ya que los mercenarios recorrieron el campamento, capturando a todos los cartagineses que encontraron y confiscando sus propiedades.
La guerra se expande
Matón y Spendios enviaron inmediatamente mensajeros a las ciudades y asentamientos libios en el norte de África; «ahora era el momento», dijeron, «de liberarse del yugo del dominio cartaginés y recuperar su libertad». Aparte de las ciudades de Útica e Hipona Acra, situadas en la costa noroeste de Cartago, la mayoría de estos asentamientos se unieron a la revuelta, enviando provisiones, soldados y fondos al ejército rebelde. Con 70.000 hombres más, Matón y Spendios decidieron dividir y vencer: Matón sitiaría Útica e Hipona para castigarlas por no unirse a la revuelta, mientras que Spendios bloquearía Cartago, cortándole el suministro de grano y atrapando a su guarnición dentro de sus murallas. Los cartagineses, mientras tanto, reunieron apresuradamente un nuevo ejército, reclutando a tantos ciudadanos en edad militar como fuera posible. El mando quedó en manos de Hannón, el mismo general que no había logrado negociar con los mercenarios en Sicca. A principios del 240 a.C., Hannón reunió a su ejército —que incluía 100 elefantes de guerra— y se dispuso a levantar el asedio de Útica.
Hannón tomó a los rebeldes por sorpresa. Sus soldados invadieron el campamento mientras sus elefantes pisoteaban a los rebeldes que huían. Pero una vez que hubo perseguido a los mercenarios hasta las colinas cercanas, Hannón no los persiguió. En el pasado, los rebeldes derrotados no regresaban al campo de batalla, sino que huían a casa, dejando a Hannón creyendo que su tarea estaba hecha. Lo que no comprendió fue que no se trataba de rebeldes comunes, sino de mercenarios curtidos en la batalla, familiarizados con las tácticas cartaginesas. Se reagruparon en las colinas y esperaron a que las tropas cartaginesas comenzaran a celebrar su supuesta victoria antes de lanzar su contraataque. Esta vez, fueron los cartagineses los que fueron tomados por sorpresa; los derrotaron rotundamente, sufriendo numerosas bajas mientras los rebeldes hacían huir a los supervivientes y capturaban su convoy de bagajes. Hannón se retiró junto con los restos de su ejército mientras los rebeldes reanudaban el asedio de Útica. Debido a su alto estatus, Hannón no fue crucificado —como era el castigo habitual para los generales cartagineses insatisfactorios—, pero se demostró su incompetencia, lo que obligó al Senado cartaginés a confiar en Amílcar Barca para su salvación.
Amílcar reunió rápidamente un nuevo ejército de 10.000 hombres y pasó a la ofensiva, marchando con sus tropas hacia el río Bagradas (actual río Meyerda), al norte de Cartago. Dado que el único puente estaba defendido por una fuerza de rebeldes al mando de Spendios, Amílcar tuvo que buscar otra forma de cruzar. Afortunadamente para él, sus exploradores descubrieron un banco de arena parcialmente sumergido al otro lado de la desembocadura del río que su ejército pudo vadear. Cuando Spendios descubrió que el ejército cartaginés había emergido en su lado del río, marchó a oponerse a ellos con 25.000 hombres, y ambos ejércitos se enfrentaron en la batalla del río Bagradas. En algún momento de la batalla, Amílcar fingió una retirada, y los rebeldes, demasiado confiados, rompieron filas para perseguirlo. Cuando los rebeldes se encontraban a solo 450 metros (500 yardas) de distancia, la infantería pesada cartaginesa giró y se reorganizó, inmovilizando a los mercenarios mientras los enormes elefantes de guerra de Amílcar los embestían. Spendios y otros supervivientes lograron escapar a Útica, dejando tras de sí 8.000 rebeldes muertos y heridos, y otros 2.000 prisioneros.
Naravas cambiaría de bando a cambio del patrocinio de Amílcar y un matrimonio con su hija.
Tras su victoria, Amílcar podría haberse unido a Hannón, cuyo ejército reconstituido se dirigía a enfrentarse a los rebeldes cerca de Hipona. En cambio, optó por avanzar, adentrándose en la campiña para obligar a los asentamientos libios a volver al seno cartaginés. A medida que avanzaba, su ejército fue seguido por Spendios y una pequeña fuerza rebelde, que se mantuvo en las colinas para evitar los elefantes de Amílcar. Gradualmente, esta fuerza rebelde creció hasta superar con creces al ejército cartaginés. Amílcar se adentró en las montañas con la esperanza de arrastrar a los rebeldes a la batalla. Sin embargo, esto fracasó al verse superado en estrategia y pronto se encontró atrapado en un valle, rodeado por rebeldes por todos lados. Mientras los cartagineses se preparaban para una lucha a muerte, fueron salvados por la intervención de Naravas, un joven líder númida que había servido con Amílcar en Sicilia y lo admiraba profundamente. Aunque lideraba un destacamento de rebeldes, Naravas se acercó al campamento cartaginés y obtuvo una audiencia con Amílcar. Ambos llegaron a un acuerdo: Naravas cambiaría de bando a cambio del patrocinio de Amílcar y el matrimonio con su hija. Así, Naravas trajo más de 2000 jinetes númidas al frente de los cartagineses, inclinando la balanza. En la batalla subsiguiente, los rebeldes fueron derrotados una vez más, con 10.000 bajas.
Hasta ese momento, Amílcar había tratado bien a los rebeldes capturados, ofreciéndoles unirse a su ejército o incluso permitirles regresar a casa con seguridad, con la condición de que nunca más volvieran a alzarse en armas contra Cartago. Esto resultó muy efectivo, y a finales del 240 a.C., cientos de soldados rebeldes desertaban en busca de la amnistía ofrecida por Amílcar. Spendios y otro líder rebelde, un galo llamado Autárito, decidieron que la única manera de evitar futuras deserciones era destruir la buena voluntad entre ambos bandos. Para ello, capturaron a Giscón y a otros 700 prisioneros cartagineses, los llevaron a un campo y los mutilaron, cortándoles las manos, rompiéndoles las piernas y castrándolos, todo antes de arrojarlos a una fosa y enterrarlos vivos. Cuando Amílcar se enteró de este horrible acto, respondió de la misma manera haciendo que sus elefantes pisotearan al resto de sus prisioneros hasta la muerte. A partir de entonces, afirma Polibio, ninguno de los bandos mostró piedad al otro, y la lucha adquirió la brutalidad de una «guerra inexpiable».
A mediados del 239 a.C., Amílcar se alió con Hannón, pero a los dos generales les resultó imposible ponerse de acuerdo. Para poner fin a la parálisis, los soldados votaron para elegir a su comandante supremo, y Amílcar fue elegido. Tras la caída en desgracia de Hannón, Amílcar nombró a un oficial llamado Aníbal como su lugarteniente (no confundir con el famoso Aníbal Barca) y, a principios del 238 a.C., rastreó las líneas de suministro rebeldes en un intento por aliviar el asedio de Cartago. Spendios marchó para hacer frente a esta amenaza con un ejército de 40.000 hombres, pero Amílcar lo superó en maniobras, aislando destacamentos rebeldes individuales y aniquilándolos uno a uno. Poco después, Amílcar atrapó al ejército rebelde en un paso de montaña conocido como la Sierra, donde intentó matarlos de hambre. Los rebeldes se quedaron rápidamente sin provisiones y se vieron obligados a recurrir al canibalismo, consumiendo primero a sus prisioneros y luego a sus esclavos. En su apogeo, la desesperación de Spendios, Autárito y otros ocho líderes rebeldes acudieron al campamento de Amílcar para negociar los términos, pero fueron arrestados por los cartagineses con un pretexto endeble. Sin líder, el ejército rebelde entró en pánico e intentó abrirse paso a la fuerza por la Sierra, pero fue masacrado hasta el último hombre.
Para entonces, tanto Útica como Hipona habían cambiado de bando, uniéndose a los rebeldes para poner fin a los devastadores asedios a los que eran sometidos. Amílcar pretendía hacer frente a su traición, pero primero decidió sitiar la fortaleza rebelde de Túnez a finales del 238 a.C. Dado que Túnez era difícil de asediar, Amílcar dividió su ejército, sitiando personalmente el sur de la ciudad mientras su lugarteniente Aníbal acampaba al norte. Cuando la ciudad rechazó sus exigencias iniciales de rendición, Amílcar mandó crucificar a Spendios, Autárito y a los demás prisioneros a la vista de los defensores de Túnez. Pero si bien esto pretendía intimidar a los rebeldes para que se sometieran, solo endureció su determinación: Matón, quien lideraba a los rebeldes en Túnez, dirigió una salida nocturna contra el campamento de Aníbal, derrotando a los cartagineses y tomando prisionero a Aníbal. Los rebeldes torturaron a Aníbal durante un tiempo antes de crucificarlo en el mismo lugar donde Spendios había muerto recientemente. Tras esta derrota, Amílcar se vio obligado a levantar el asedio y retroceder hacia el norte, donde se vio obligado a reconciliarse con Hannón. Los dos generales condujeron entonces su ejército combinado —unos 40.000 hombres— a la ciudad de Lepis Parva, donde Matón había huido con los restos de su ejército. Tras una batalla crucial, la fuerza rebelde de 30.000 hombres fue aniquilada y Matón fue hecho prisionero. Mientras los demás prisioneros rebeldes eran crucificados en el acto, Matón fue llevado de vuelta a Cartago, donde lo pasearon por las calles de la ciudad antes de ser ejecutado.
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Tras la muerte de Matón, el motín se desintegró rápidamente, y la mayoría de los asentamientos rebeldes volvieron a estar bajo control cartaginés. Útica e Hipona resistieron un tiempo más, temerosas del castigo cartaginés por su traición tardía. Sin embargo, ambas ciudades ya estaban debilitadas por años de asedio, y ambas se rindieron a principios del 237 a.C. La guerra de los Mercenarios había terminado. Aunque Cartago había ganado, se encontraba en una situación de debilidad, algo que sus rivales no tardaron en aprovechar. Durante la guerra, Roma – de forma oportunista– se había hecho con el control de Cerdeña y Córcega, ambas previamente bajo control cartaginés. Esto supuso un flagrante incumplimiento del tratado, pero Cartago estaba demasiado débil como para hacer otra cosa que protestar con timidez. Enfurecido, Amílcar marchó a Iberia, donde pasó los años siguientes forjando un feudo semiautónomo. Tras su muerte en batalla en el 228 a.C., el control de este feudo recayó en su hijo, Aníbal Barca (en torno a 247-181 a.C.), quien heredó la destreza militar de su padre y su odio hacia Roma. Así, la guerra de los Mercenarios, aunque fue un conflicto terrible en sí mismo, ayudó a preparar el escenario para una de las guerras más sangrientas del mundo antiguo, la segunda guerra púnica.
La guerra de los Mercenarios fue un conflicto entre Cartago y sus soldados amotinados, que se rebelaron después de que Cartago no les pagara.
¿Por qué a la guerra de los Mercenarios también se la llamó la guerra inexpiable?
Polibio se refiere a la guerra de los Mercenarios (241-237 a.C.) como la «guerra inexpiable» debido a su carácter brutal: ambos bandos cometieron actos atroces y se negaron a mostrar misericordia al otro.
¿Cómo terminó la guerra de los Mercenarios?
La guerra de los Mercenarios terminó cuando Cartago finalmente derrotó a las fuerzas rebeldes y recuperó su imperio norteafricano. Esta victoria tuvo un precio, ya que Roma aprovechó la debilidad cartaginesa para tomar el control de Cerdeña y Córcega.
Mi interés por el pasado me llevó a colaborar como asistente en la restauración de arte sacro en el Templo de la Quinta Aparición Guadalupana y a ofrecerme como voluntario para la transcripción de documentos históricos para The Smithsonian Institutition.
Harrison Mark es historiador y escritor en World History Encyclopedia. Se graduó de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) en Oswego, donde estudió historia y ciencias políticas.
Escrito por Harrison W. Mark, publicado el 22 septiembre 2025. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.