Agripina la Mayor (14 a.C. a 33 d.C.), como nieta del emperador Augusto y esposa del popular general Germánico, ejerció una influencia considerable en los primeros años del Imperio romano y fue un elemento importante en la política interna de la dinastía Julio-Claudia. Sus ambiciones y sus lazos familiares la enfrentaron a rivales poderosos, lo que llevó a su exilio y muerte por inanición en 33 d.C. Aunque no viviría para verlos reinar, fue madre de un emperador romano (Calígula) y abuela de otro (Nerón).
Primeros años
Agripina nació en 14 a.C. en el seno de la familia más poderosa del mundo romano. Su abuelo materno, César Augusto (63 a.C. a 14 d.C.) llevaba gobernando desde 27 a.C. como prínceps o «primer ciudadano» de Roma, un cargo nuevo que lo colocaba por encima incluso del Senado romano y le permitía ejercer poderes autocráticos sin las peligrosas características de la monarquía. Su padre, Marco Agripa (63-12 a.C.), había sido un compañero cercano de Augusto desde hacía tiempo, un general de confianza y su mano derecha, de manera que este había recompensado su lealtad entregándole en matrimonio a su única hija, Julia la Mayor (39 a.C. a 14 d.C.). Para muchos, esto era un reconocimiento de que Augusto quería a Agripa como futuro sucesor; cualquier hijo que tuviera con Julia podía esperar heredar el legado de los césares y gobernar el Imperio romano.
En total, Agripa y Julia tendrían cinco hijos. De estos cinco, tres eran chicos: Cayo César (nacido en 20 a.C.), Lucio César (nacido en 17 a.C.) y Agripa Póstumo (nacido en 12 a.C.). El nacimiento de estos chicos robustos y sanos pareció asegurar la estirpe y, de hecho, Augusto llegó incluso a adoptar a Cayo y Lucio poco después de que nacieran; se criarían en casa del prínceps y los prepararían para ser herederos dignos. Agripa y Julia también tuvieron dos hijas: Julia la Menor (nacida en 19 a.C.) y, por supuesto, la propia Agripina. Le pusieron el nombre en honor a su padre, a quien, por cosas del destino, no llegaría a conocer nunca. En 12 a.C., cuando regresaba a casa de una campaña militar, Agripa enfermó y murió. Su hija más joven aún no tenía ni dos años.
Tras la muerte de su padre, Agripina se fue a vivir con su abuelo en su extensa villa en la colina Palatina, donde se crio en una relativa reclusión. Augusto estaba muy orgulloso de Agripina, alababa su inteligencia y se esforzó por guiar su educación. El historiador Suetonio recoge un caso en el que Augusto le aconseja a su nieta que se exprese con claridad y le advierte de que «no hable ni escriba de manera afectada» (Suetonio, Augusto, 85). El pueblo romano también adoraba a Agripina y sus hermanos y a menudo vitoreaban a los jóvenes príncipes cuando desfilaban en eventos públicos. Nunca antes se había tratado a niños con tal reverencia en Roma, una señal de que la familia de Augusto había logrado asentarse en los corazones y las mentes de los romanos. Para Agripina, el futuro parecía prometedor.
Pero entonces llegó la tragedia, y ya nunca se detuvo. En 2 d.C. Lucio César se murió de una enfermedad repentina. 18 meses más tarde, Cayo también había muerto tras sucumbir a una dolencia igual de breve. En menos de dos años, Augusto había perdido a sus dos chicos perfectos sobre cuyos hombros había colocado las esperanzas de la dinastía. Pero eso no fue todo. Unos años antes, la madre de Agripina, Julia la Mayor, había sido acusada de incorrección y la habían arrestado bajo cargos de adulterio y traición. Escandalizado y avergonzado, Augusto la exilió a la isla de Pandateria. Unos años más tarde, Julia la Menor fue arrestada y exiliada por cargos similares. Ninguna de ellas volvería a ver Roma, ya que madre e hija morirían ambas en el exilio. Agripa Póstumo, el único hermano que le quedaba a Agripina, también fue exiliado en 6 d.C. después de mostrar un comportamiento rebelde, y se murió joven en 14 d.C. Por tanto, antes de llegar a cumplir los 25 años, Agripina era la única de su familia inmediata que no estaba muerta ni pudriéndose en el exilio.
Matrimonio, personalidad e hijos
Con las muertes de Cayo y Lucio, Augusto se vio obligado de nuevo a discernir la cuestión de la sucesión. Ahora solo le quedaban dos posibles opciones. La primera, en apariencia la más obvia, era Tiberio (42 a.C. a 37 d.C.), hijo de la esposa de Augusto, Livia Drusila. Aunque era un buen soldado y un estadista experimentado, Tiberio también era un hombre lúgubre y atormentado que se había pasado años en un exilio autoimpuesto en Rodas y no contaba con el amor del pueblo. La otra opción era Germánico (15 a.C. a 19 d.C.), nieto de Livia y sobrino de Tiberio. Germánico era apuesto e interesante, ya era popular entre las masas, pero consideraba que todavía era demasiado joven e inexperto como para nombrarlo heredero en ese momento. Para solucionar el problema, Augusto adoptó a Tiberio y lo nombró heredero y, a su vez, Tiberio adoptó a Germánico y así se convirtió en el segundo en la línea de sucesión.
Para afianzar esta línea de sucesión y unir las dos ramas de la dinastía Julio-Claudia, también organizó el matrimonio de Germánico con Agripina. La pareja probablemente se casó a finales de 4 d.C., cuando la novia tenía unos 19 años, una edad relativamente tardía para que una noble romana se casara por primera vez. Los retratos que datan de esta época presentan a una mujer con «rasgos faciales fuertes y regulares, una barbilla determinada, labios gruesos y con la cara enmarcada por un peinado que dista bastante de la moda establecida por sus antepasadas» (Freisenbruch, 85). Las fuentes de la Antigüedad concuerdan en que Agripina era una mujer carismática y audaz, con una personalidad intensa; de hecho, el historiador Tácito escribe que su genio «no carecía de cierta llama» y que tan solo su «pureza de mente y devoción matrimonial mantuvo su espíritu rebelde de parte de la justicia» (1.33).
Era un secreto a voces que Agripina era muy ambiciosa, tal y como correspondía a su estatus de hija de los Césares. Pero en la sociedad patriarcal de Roma sabía que una mujer nunca podría ascender la escalera del poder por sí sola. En vez de eso, tendría que poner sus esperanzas en que su marido o uno de sus hijos se convirtiera en prínceps, en cuyo caso podría gobernar desde la sombra como la «primera mujer» de Roma o Augusta. Alentó a su marido cuando empezó a ascender por la vía rápida en la política. Germánico fue nombrado cuestor en 7 d.C., a pesar de que, con tan solo 20 años, técnicamente era demasiado joven para ostentar el cargo, y llegó al puesto de cónsul en 12 d.C. Mientras tanto, Agripina estaba teniendo hijos. En total tendría nueve, de los cuales seis llegarían a la edad adulta. Tuvo tres hijos, Nerón César (6-31 d.C.), Druso César (8-33 d.C.) y Cayo César (12-41 d.C.), y tres hijas, Agripina la Menor (15-59 d.C.), Julia Drusila (16-38 d.C.) y Julia Livila (18-41 d.C.).
En los campamentos del Ejército
En 13 d.C. Germánico asumió el mando de las legiones a lo largo de la frontera del Rin. Agripina lo acompañó a los campamentos e hizo que también acudieran sus hijos. Augusto organizó personalmente el viaje seguro del hijo menor de Agripina, Cayo. La carta de despedida que le envió el viejo prínceps deja ver el cariño que sentía por su nieta favorita: «Envío a [Cayo] con uno de mis esclavos, un médico que... no me tienes que devolver si te resulta útil. ¡Adiós, mi querida Agripina! Cuídate de camino de vuelta a tu Germánico» (citado en Freisenbruch, 82). Al llegar al campamento marcial, Agripina no tardó en encandilar a los legionarios y ganarse su afecto. El pequeño Cayo, que se paseaba por el campamento en su uniforme en miniatura, también se hizo popular y se ganó el entrañable apodo de «botitas», Calígula.
Unos meses más tarde, Augusto se murió tras un reinado de 40 años, y el título de prínceps pasó a Tiberio. Inmediatamente, las legiones de la frontera del Rin se amotinaron y exigieron mejores salarios y condiciones. Germánico, encargado de sofocar la rebelión, decidió enviar a Agripina y a los niños de vuelta por su propia seguridad. En un principio Agripina se negó, recordándole a su marido que «ella era [de] la sangre del Divino Augusto y estaría a la altura, cualquiera que fuese el peligro» (ibidem). Lo único que consiguió convencerla fueron las súplicas entre lágrimas de su marido, y al final se marchó del campamento. Una vez se fue, con el pequeño Calígula llorando en sus brazos, los soldados amotinados se sintieron avergonzados y deshonrados; querían a Agripina y a su hijo y estaban avergonzados de que sus acciones la hubiesen obligado a marcharse. La rebelión se terminó poco después y Agripina acabó regresando entre grandes aplausos y fanfarria.
Germánico se pasó los siguientes dos años liderando a estas mismas tropas, haciendo campaña en los oscuros bosques alemanes a lo largo del Rin; anhelaba la victoria y la gloria y juró vengar la derrota que el general romano Publio Quintilio Varo había sufrido a manos de los germánicos varios años antes en la batalla del bosque de Teutoburgo. Agripina también se quedó con el ejército y llegó a ser una figura tan apreciada como su marido. En una ocasión en que una legión se encontró rodeada en la otra orilla del Rin, los soldados echaron a correr aterrorizados hacia el único puente que había. Allí se encontraron a Agripina, de pie junto al puente, esperándolos. Saludó calurosamente a los soldados asustados a medida que iban cruzando y se pasó los siguientes días actuando como su líder, curándoles las heridas. «Era una mujer de gran corazón que asumió el papel de general en aquellos días», escribe Tácito, «quien, si un soldado lo necesitaba, le daba ropa y si estaba herido, le daba vendas» (1.69).
La muerte de Germánico
En 17 d.C., Germánico regresó a Roma. Aunque su victoria sobre los alamanes distaba de ser completa, le concedieron igualmente un triunfo romano, un desfile de celebración para los generales victoriosos. Agripina y sus hijos marcharon con él en su desfile por la ciudad al son de los vítores y aclamaciones de las multitudes de adoradores. Sin embargo, hubo alguien que destacó por su ausencia en las festividades: Tiberio. Tan irritable como siempre, el emperador estaba celoso de su hijo adoptivo. El atrevido Germánico presentaba la viva imagen del héroe romano, algo que el propio Tiberio sabía que nunca lograría. En 18 d.C., envió a Germánico en una gira diplomática a las provincias orientales. Muchos consideraron que era un intento poco disimulado de distanciarse del joven general y alejarlo del centro de poder en Roma. Tanto si Germánico sospechaba lo mismo como si no, se embarcó obedientemente en la misión.
Agripina, los niños y él zarparon del puerto poco después. Fueron recibidos con agasajos y festejos en todas las paradas que hicieron, incluida la isla de Lesbos, donde Agripina dio a luz a su última hija, Julia Livilla. Sin embargo, cuando llegaron a Antioquía, la recepción fue mucho más gélida. Cneo Calpurnio Pisón, gobernador de Siria, era un patricio de la vieja escuela al que no le gustaba que su autoridad se viera sometida a la de Germánico que era más joven y tenía menos experiencia. Tácito especula que puede que Pisón estuviera actuando bajo órdenes secretas de Tiberio para menoscabar la autoridad de Germánico a la mínima oportunidad. Ambos hombres no tardaron en enfrentarse. Además, la esposa de Pisón, Plancina, no se molestó tampoco en ocultar su odio hacia Agripina. Aparentemente, Plancina era lo suficientemente atrevida como para insultar a Agripina abiertamente, igual que Pisón ignoraba continuamente las órdenes de Germánico.
Naturalmente, todo esto creó un entorno tóxico en Antioquía y las tensiones no hicieron sino empeorar a lo largo del año. En el otoño de 19 d.C., Germánico enfermó repentinamente; aunque en un principio tenían esperanzas de que se recuperaría, su condición fue empeorando poco a poco hasta que acabó confinado a la cama. El propio Germánico criticó a Pisón, acusando al gobernador de envenenarlo. Cuando estuvo claro que se estaba muriendo, se despidió de su esposa y le rogó a Agripina que se marchara con los niños y no intentara vengarse; le dijo que «se olvidara de su orgullo, aceptara este cruel destino y, de vuelta en Roma, que evitara provocar a los que eran más fuertes que ella compitiendo con ellos por el poder» (citado en Freisenbruch, 87). Finalmente, Germánico murió el 10 de octubre a los 33 años. Desconsolada, Agripina recogió las cenizas de su marido y, «aunque estaba agotada por el dolor y enferma físicamente», surcó los mares invernales de regreso a Italia, lista para enfrentarse a lo que fuera que la esperaba allí» (Tácito, 2.75).
Rivalidad con Tiberio
Cuando llegó al puerto de Brundisium, fue recibida por miles de personas que la acompañaban en su dolor y habían salido a ver a la viuda. En todo el mundo romano, la noticia de la muerte de Germánico se había recibido con conmoción, dolor y confusión, mientras que la propia Agripina se presentó como una figura trágica y cercana. Llegó a Roma, donde en el funeral de Germánico el pueblo habló de ella como «la gloria de su país, la única descendiente verdadera de Augusto» (citado en Freisenbruch, 90). Esos comentarios enfurecieron a Tiberio, que se sintió amenazado por la popularidad de su sobrina, igual que todavía lo angustiaba el fantasma de Germánico. Agripina también volvió su ira hacia el emperador, a quien culpaba en secreto por la muerte de su esposo.
Al final, hicieron acudir a Pisón a Roma y lo juzgaron por el asesinato de Germánico. El caso no terminó con un veredicto, sino con un suicidio: encontraron a Pisón muerto con la garganta cortada de oreja a oreja. Su muerte no ayudó lo más mínimo a aliviar las tensiones entre Agripina y el emperador. Durante los siguientes dos años, Agripina se rodeó de una facción de senadores leales a la memoria de su difunto esposo, mientras que Tiberio siguió enfurecido, estrechando más y más su control sobre el régimen a través de una red de informantes secretos. Aquí fue donde llegó Lucio Elio Sejano (en torno a 20 a.C. a 31 d.C.), prefecto de la Guardia pretoriana. Astuto y con sed de poder (un historiador ha llegado a compararlo con el villano Yago en el Otelo de William Shakespeare), Sejano conspiró para utilizar la disputa entre Tiberio y Agripina en beneficio propio.
Sejano empezó por sembrar la duda sobre la deslealtad de Agripina. Se sirvió de las damas de la corte que estaban predispuestas a desconfiar de Agripina e hizo que esparcieran el rumor de que era insubordinada y tenía «ambiciones maternales mal disimuladas», una manera de decir que estaba planeando usurpar el trono en favor de uno de sus hijos. Luego, Sejano hizo que los sacerdotes de Jano mencionaran los nombres de los hijos mayores de Agripina, Nerón y Druso, junto al de Tiberio. Con esto, consiguió provocar la paranoia del emperador. Este acudió a los sacerdotes y exigió saber si Agripina les había hecho cantar los nombres de sus hijos. Su negativa no logró acallar sus sospechas. A sugerencia de Sejano, Tiberio empezó a arrestar a senadores leales a Agripina y a juzgarlos de cargos inventados. Un senador se suicidó antes de que se llegara a un veredicto, mientras que otros se vieron obligados a exiliarse.
A medida que fueron exiliando a sus amigos uno a uno, Agripina se fue encontrando cada vez más aislada. Un día, después de que encarcelaran a otro más de sus aliados, se encontró a Tiberio rezando junto a la estatua de Augusto. Esto la llenó de rabia. Se acercó al emperador, rugiendo: «¿Acaso crees que el espíritu divino [de Augusto] se ha transmutado en piedra muda? No, si quieres encontrar su verdadera apariencia, ¡búscala en mí, una mujer con su sangre celestial en las venas!» (Citado en Holland, 229). Tiberio la miró fríamente y le contestó: «¿Crees que por no estar en el poder eres víctima de una persecución?»
El enfrentamiento final llegaría unos días más tarde, en una cena organizada por Tiberio. Habían avisado a Agripina de que el emperador planeaba envenenarla, pero lo que no sabía era que la advertencia provenía de los agentes de Sejano. De manera que se negó a tocar su comida en la cena, ni siquiera cuando el propio Tiberio le ofreció una manzana directamente. Tiberio estaba indignado por la implicación de que recurriría al veneno, y la relación entre tío y sobrina empeoraron aún más. Cuando más adelante Agripina le pidió permiso para volver a casarse, este se lo negó rotundamente, una señal de que su posición en la corte se estaba desmoronando rápidamente.
Exilio y muerte
En 26 d.C. Tiberio se recluyó en la isla de Capri y dejó Roma en manos de Sejano. Tras haber ascendido hasta donde estaba pisoteando a Agripina y los demás rivales, Sejano estaba listo para terminar el trabajo. En 29 d.C. tras la muerte de la poderosa abuela de Agripina, Livia Drusila, puso su plan en marcha. Acudió al Senado con una carta de Tiberio que denunciaba a Agripina por «lenguaje insubordinado y un espíritu desobediente» (citado en Freisenbruch, 95). Poco después, arrestaron a Agripina y la exiliaron a Pandateria, la misma isla a la que habían exiliado a su madre, Julia, varias décadas antes.
Incluso en el exilio, Agripina siguió tan obstinada como siempre. Hizo una huelga de hambre y se negó a comer hasta que sus captores literalmente la alimentaron a la fuerza. La trataron terriblemente en la isla; Suetonio escribe que, en una ocasión, un centurión le dio tal paliza que perdió un ojo. Vivió unos pocos años más hasta que se murió de inanición en 33 d.C. a los 46 años. No satisfecho con limitarse a destruir a Agripina, Tiberio se propuso destruir también a sus hijos. A raíz del exilio de Agripina, sus hijos mayores, Nerón y Druso, también fueron encarcelados y al final murieron de inanición.
Sin embargo, uno de sus hijos sí que consiguió sobrevivir. En 37 d.C., Calígula ascendió al trono imperial tras la muerte de Tiberio. Uno de sus primeros actos fue ir a la isla de Pandateria y recoger las cenizas de su madre y de su hermano Nerón. Las llevó de vuelta a Roma y las enterró en el Mausoleo de Augusto con una gran celebración, además de ordenar que se celebraran juegos todos los años en honor a su madre. Agripina no viviría para presenciar el caos del reinado de Calígula, así como tampoco observó la maquiavélica carrera de su hija Agripina la Menor. Y a pesar de la reputación desagradable de sus hijos, al final Agripina consiguió su ambición definitiva de verlos ascender a lo más alto del mundo romano, pero a un precio terrible.

