Los reinos sucesores helenísticos (los Diádocos, del griego «sucesores») surgieron tras la muerte de Alejandro Magno en 323 a.C., cuando su vasto imperio se fragmentó entre sus generales. De esta división surgieron Estados poderosos, tale como el reino ptolemaico en Egipto (305-30 a.C.), el Imperio seléucida en Oriente Próximo (312-63 a.C.) y el reino antigonida en Macedonia y Grecia (276-168 a.C.). Estas monarquías fusionaron las tradiciones griegas y locales y se convirtieron en centros políticos, culturales y académicos que definieron el mundo helenístico.
El periodo de los Diádocos se caracterizó por guerras constantes y alianzas cambiantes, ya que las dinastías rivales buscaban expandir o defender sus territorios. Las guerras de los Diádocos (322-281 a.C.) culminaron en la batalla de Corupedio (281 a.C.), tras la cual se estabilizaron las tres dinastías principales. Todos los reinos fomentaron los avances en el arte, la ciencia y la filosofía, y Alejandría en Egipto, Antioquía en Siria y Pérgamo en Asia Menor emergieron como centros culturales líderes. Aunque al final sería absorbidos por Roma, los reinos helenísticos dejaron un profundo legado, difundieron la cultura griega por todo el Mediterráneo y Asia occidental y configiuraron las bases intelectuales de civilizaciones posteriores.

