La Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue testigo de combates a una escala sin precedentes, pero también afectó a la población civil como nunca antes. Por primera vez, la gente que se encontraba a cientos de kilómetros del frente de combate estaban expuestas a los ataques aéreos. La guerra en el mar redujo drásticamente la disponibilidad de alimentos y otros bienes, lo que obligó a imponer el racionamiento. Los Gobiernos se preocuparon tanto por mantener el apoyo público como por las victorias militares en el campo de batalla, por lo que la propaganda y el control se convirtieron en elementos permanentes de la vida cotidiana. También se produjeron cambios sociales, ya que las mujeres sustituyeron a los hombres reclutados en muchas industrias, y las clases más bajas comenzaron a cuestionar su tradicional deferencia hacia quienes gobernaban, mientras el mundo vivía el conflicto más devastador jamás visto en la historia.
Los civiles que tuvieron la desgracia de verse envueltos en los frentes de combate sufrieron enormemente. A medida que el enemigo iba ocupando ciudades, la gente inocente recibía palizas y sufría violaciones, arrestos y asesinatos, ya que a menudo se trataba con dureza a la población civil para disuadir cualquier levantamiento. Los agricultores vieron cómo sus campos quedaban destruidos por los bombardeos de artillería y la construcción de sistemas de trincheras y puestos militares fortificados. París fue blanco en dos ocasiones de fuego de artillería directo procedente de los enormes cañones alemanes; un bombardeo en la primavera de 1918 mató a 256 civiles. Se estima que solo en Francia murieron más de 300.000 civiles durante la guerra, víctimas de acciones militares, hambrunas o enfermedades.
Los bombardeos aéreos de todo tipo en Gran Bretaña causaron 1.413 muertos y 3.407 heridos.
Incluso quienes se encontraban lejos del frente eran vulnerables en este nuevo tipo de guerra mecanizada. Ambos bandos utilizaron aviones y dirigibles para sembrar el terror entre la población civil. Los bombardeos contra civiles solían ser imprecisos o incluso totalmente accidentales, ya que la tecnología de la época no permitía lanzar las bombas con precisión, pero aun así se perdieron vidas inocentes. Los aviones alemanes Gotha bombardearon París en marzo de 1918 y mataron a 120 personas. Cuando se utilizaba gas en los frentes de combate, los civiles temían que esas mismas terribles armas químicas se utilizaran también contra ellos.
Los bombardeos con zepelines durante la Primera Guerra Mundial tuvieron como objetivo Francia, Bélgica, Gran Bretaña, Rusia y Rumanía, y causaron más de 4.000 víctimas civiles. El primer ataque de zepelines sobre París tuvo lugar en agosto de 1914; en total, la capital francesa sufriría 30 bombardeos durante la guerra. El primer ataque de zepelines sobre Londres se llevó a cabo en mayo de 1915. Los objetivos eran los muelles y las terminales ferroviarias, entre otros. Los ataques se adentraron en el interior de Gran Bretaña, atacando no solo Londres, sino también objetivos en las Midlands, Yorkshire, Tyneside e incluso Escocia. En total, durante la guerra, los ataques aéreos de todo tipo en Gran Bretaña causaron 1.413 muertos y 3.407 heridos. David Kirkwood describe un ataque de zepelín sobre Edimburgo en abril de 1916:
De repente se produjo una explosión aterradora. Las ventanas vibraron, el suelo tembló, los cuadros se balancearon. Todos nos quedamos sin aliento. Corrí hacia la ventana y vi al Vesubio en erupción. Abrí la ventana. Un gran destello me recibió desde el castillo y luego, por encima del estruendo, oí los chillidos y gritos más espantosos.
Hubo daños materiales incalculables a lo largo de la guerra, ya que se bombardearon lugares de importancia estratégica como astilleros, conexiones ferroviarias y zonas industriales. «En Francia, se estima que 250.000 edificios fueron destruidos, 500.000 dañados y 6.000 millas cuadradas de territorio devastadas» (McDonough, 43).
Los trabajadores civiles podían convertirse en víctimas de sucesos inesperados que no tenían nada que ver con la acción enemiga, como esta explosión en una fábrica de armas británica que recuerda Ethel M. Bilbrough:
Esa noche no llegó ninguna noticia, pero al día siguiente nos enteramos de que había sido la explosión más terrible de este tipo jamás conocida, ya que una fábrica de municiones en el este de Londres, en Silverton, se había incendiado de alguna manera (¡Ah! ¿Cómo?) y el fuego se propagó hasta alcanzar todos los explosivos, tras lo cual todo el lugar salió disparado por los aires, cuatro calles quedaron demolidas y los muertos, moribundos y heridos yacían entre las ruinas, de modo que cuando llegó el equipo de rescate apenas sabían por dónde empezar. Murieron más de 100 personas y más de 400 resultaron heridas o quedaron discapacitadas.
(Williams, 53).
Industria y trabajadores
En la mayoría de los países, aunque pocos adoptaron una economía de guerra total hasta las últimas etapas del conflicto, la industria se transformó para proporcionar los materiales más necesarios para hacer frente al enemigo. En particular, había que fabricar aviones, buques, tanques y municiones en enormes cantidades, y sus diseños se mejoraban constantemente para igualar las innovaciones tecnológicas del enemigo. Varias naciones ya habían estado reforzando sus industrias armamentísticas antes de la Primera Guerra Mundial, empezando notablemente por Alemania y Gran Bretaña, ya que cada una intentaba ganar la carrera armamentística anglogermana, que se prolongó durante la primera década del siglo XX. Como porcentaje del Producto Interior Bruto (PIB), el gasto en armamento en 1914 era el siguiente: Gran Bretaña, 4,9 %, Rusia, 4,6 %, Francia, 3,9 %, Alemania, 3,5 % y Austria-Hungría, 1,9 % (McDonough, 34). En conjunto, «el gasto europeo en armamento pasó del 4 % de la renta nacional en 1914 a un asombroso 25 % en 1916» (ibidem, 44). Los Gobiernos se vieron obligados a aumentar los impuestos y a contraer grandes préstamos, especialmente de Estados Unidos en el caso de los Aliados, para sufragar este enorme incremento en armamento.
Con el fin de lograr la mayor eficiencia y garantizar el suministro de las materias primas necesarias, determinados sectores industriales quedaron por lo general bajo control directo del Gobierno. Las minas de carbón, las industrias siderúrgicas, los astilleros y las fábricas de municiones se orientaron a la producción de material bélico, y se impuso un control sobre los sistemas ferroviarios para transportar mejor dicho material a donde se necesitaba.
En 1918, un tercio de los trabajadores de la industria de municiones francesa eran mujeres.
A medida que se iba reclutando a los trabajadores para el Ejército, en un primer momento su lugar se ocupó con aquellos hombres a los que se consdieraba no aptos para el combate o que anteriormente habían estado desempleados. En 1916, Alemania introdujo una nueva ley que obligaba a todos los varones de entre 17 y 60 años a trabajar. Pero se necesitaban más trabajadores, así que se empezó a reclutar a mujeres. Las normas sociales cambiaron cuando de repente las mujeres empezaron a desempeñar puestos de trabajo que antes solo se consideraban aptos para hombres. Las mujeres ya trabajaban en fábricas antes de la guerra, pero la expectativa de que estas trabajadoras abandonaran su puesto al casarse y la idea de que el trabajo de las mujeres era de alguna manera menos valioso y, por lo tanto, peor remunerado que el de los hombres, comenzó a cuestionarse durante la Primera Guerra Mundial, al menos para las mujeres de clase trabajadora.
Las fábricas de municiones tenían una demanda insaciable de mano de obra, y los puestos solían ofrecer salarios más altos que en otras industrias. En Francia, 75.000 mujeres trabajaban en fábricas de municiones en 1915, y para 1918, un tercio de los trabajadores de municiones eran mujeres. En Gran Bretaña, en 1916, 520.000 mujeres trabajaban en las industrias metalúrgica y de ingeniería. Para 1918, la población activa británica incluía a más de 7,3 millones de mujeres, y el 90 % de los trabajadores de las fábricas de municiones eran mujeres. En Rusia, en 1917, las mujeres representaban alrededor del 43 % de la mano de obra industrial. En Alemania, el número de mujeres que trabajaban en la industria química pasó de 26.749 en 1913 a 208.877 en 1918. En las industrias de maquinaria y armamento se produjeron aumentos similares.
Si embargo, estas nuevas oportunidades no estaban exentas de riesgos. El trabajo en las fábricas solía ser peligroso en sí mismo. Beatrice Lee, que trabajaba en la Yorkshire Copper Works (fábrica de cobre), describe los efectos físicos de su trabajo:
No era lo que se dice un trabajo saludable. Porque, bueno, en aquella época mi pelo era negro azabache y solía tener que inclinarme sobre los recipientes con el ácido. Ya has visto el estilo que se lleva hoy en día, en el que la gente se decolora el pelo por delante; pues a mí se me quedó así, justo por delante, de tanto agacharme sobre los recipientes donde estaba el ácido, porque teníamos que meter los tubos en ese ácido caliente. Pues los tubos calientes calentaban el ácido y entonces subían los vapores. Era un trabajo muy insalubre, pero, a pesar de todo, estaba muy contenta allí.
(Museos Imperiales de la Guerra)
La escasez generalizada de hombres en el frente interno dio lugar a nuevas oportunidades laborales para las mujeres también fuera del sector manufacturero, como por ejemplo en la agricultura y los servicios públicos de ambulancias y policía. Cada vez más mujeres ocupaban puestos de oficina, como en los departamentos administrativos de empresas, bancos y la administración local. Seguían existiendo barreras persistentes para las mujeres, como en los oficios dominados por los hombres que requerían largos periodos de aprendizaje formal. Se seguía esperando que las mujeres de clase media que se casaban dieran prioridad a la familia sobre la vida laboral. Aunque muchas más mujeres se convirtieron en profesoras de educación primaria y secundaria, las universidades seguían prohibiendo que las mujeres fueran profesoras en la educación superior. Por último, la gran mayoría de las mujeres trabajadoras fuera de las grandes ciudades, al igual que antes de la guerra, se veían limitadas a encontrar empleo en el servicio doméstico. Sin embargo, también aquí se produjo un cambio, ya que las mujeres de las grandes zonas urbanas abandonaban el servicio doméstico para acceder a puestos mejor remunerados en la industria y los servicios públicos cuando podían.
En toda Europa, las trabajadoras se hicieron visibles de repente en todas partes, ya fuera limpiando ventanas, conduciendo furgonetas de reparto, barriendo calles o validando billetes de autobús. Incluso en Estados Unidos, donde el frente interno se vio mucho menos afectado por la guerra en comparación con Europa, las mujeres comenzaron a trabajar en las fábricas, dejando atrás sus roles tradicionales en el servicio doméstico, lo que, a su vez, abrió oportunidades para que las mujeres negras que antes trabajaban en el campo ocuparan sus puestos.
El paso del servicio doméstico y el sector agrícola a los empleos industriales y de oficina es una de las principales características de la mano de obra femenina en diversos países durante la guerra, ya que, contrariamente al mito popular, «no hubo una afluencia masiva de mujeres que no trabajaban hacia los puestos de trabajo de los hombres» (Strachan, 154). Más bien, la gran mayoría de las mujeres trabajadoras ya estaban trabajando, pero ahora pasaban de un sector a otro. Además, en la práctica, rara vez recibían mejores salarios que los hombres, a pesar de realizar el mismo trabajo. No obstante, los salarios eran mejores en las fábricas que en el servicio doméstico, por lo que el poder adquisitivo de muchas mujeres aumentó drásticamente y, con ello, su libertad para actuar como deseaban, como vestirse a su gusto o salir a comer fuera sin compañía masculina. Esta libertad tenía un precio, y solo fue posible gracias a la escasez de hombres y a la expansión de ciertas industrias. Más de 4 millones de mujeres perdieron a sus maridos durante el conflicto, mientras que más millones perdieron a sus padres, hermanos e hijos.
Una consecuencia más positiva del nuevo papel de las mujeres fue el creciente movimiento para otorgarles un reconocimiento real como miembros importantes de una economía y una sociedad hasta entonces totalmente dominadas por los hombres. Las mujeres también fueron reconocidas por su contribución vital al esfuerzo bélico en las fábricas, como enfermeras y miembros de otros servicios de voluntariado, y como madres. En Rusia, las mujeres obtuvieron el derecho al voto en 1917. En Gran Bretaña, a las mujeres mayores de 30 años se les concedió el derecho al voto en febrero de 1918. En Alemania, las mujeres obtuvieron el derecho al voto en noviembre de 1918, tras el armisticio. En Francia, la cámara baja del Parlamento aprobó una ley para conceder el voto a las mujeres, pero esta fue rechazada por el Senado (cámara alta).
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Racionamiento
Todos los que se encontraban en el frente interno sufrieron privaciones de un tipo u otro durante la guerra. Mientras los submarinos alemanes intentaban hundir todos los buques mercantes posibles para que Gran Bretaña pasara hambre, la Armada Real bloqueó Alemania para imponer el mismo sufrimiento a la población alemana. Muchos productos que antes eran comunes se volvieron escasos o inaccesibles. Como consecuencia de la escasez, los precios subieron drásticamente. El Gobierno alemán impuso límites máximos de precios a productos como el azúcar e intentó animar a la población a consumir menos productos escasos, como la carne, promoviendo los «días sin carne». Alemania introdujo el racionamiento del pan en enero de 1915 y, al año siguiente, también se racionaron la carne, las patatas, la leche, el azúcar y la mantequilla. Para 1918, a los habitantes de la capital, Berlín, solo se les permitía una libra (450 g) de patatas a la semana.
Los hábitos alimenticios cambiaron con el tiempo debido a la falta de disponibilidad de productos que antes eran básicos. Por ejemplo, el consumo de nabos aumentó drásticamente para sustituir a las patatas, mucho más escasas. El consumo semanal medio de carne de un adulto alemán antes de la guerra era de 1 kg (2,3 libras), pero se desplomó hasta apenas 135 g (0,3 libras) en 1918. El combustible, la ropa, las mantas de lana y los artículos de cuero se hicieron difíciles de adquirir a medida que se prolongaba el bloqueo aliado. Al igual que en otros lugares, existía un mercado negro en el que quienes tenían dinero y pocos escrúpulos podían adquirir productos racionados o escasos a un precio superior al habitual. El dinero en sí mismo perdió su valor debido a la elevada inflación; en algunos países, los precios subieron entre un 40 % y un 75 %; en otros, los aumentos fueron mucho mayores, lo que condujo a la hiperinflación. En Austria, el valor real de los salarios se redujo a la mitad en 1916 y volvió a reducirse a la mitad en 1917. Muchos civiles se vieron obligados a recurrir al trueque para obtener bienes, intercambiando, por ejemplo, peladuras de patata por leña.
El Gobierno británico garantizó que se destinaran otros 3 millones de acres de tierra a la agricultura, pero aún así se introdujo el racionamiento en el último año de la guerra para asegurar al menos que todo el mundo tuviera acceso a la mayoría de los productos, no solo los ricos, aunque fuera en cantidades muy limitadas.
Francia sufrió privaciones similares, y la pérdida de los yacimientos de hierro y carbón del país a manos de las fuerzas de ocupación alemanas tuvo consecuencias significativas. Al ser predominantemente agrícola, Francia era al menos más o menos autosuficiente en cuanto a alimentos, aunque se perdió el acceso a la mayoría de las fábricas de remolacha azucarera cuando Alemania invadió el norte de Francia. Los controles sobre el consumo de trigo hicieron que el pan más tosco se volviera más común a partir de 1916 (al igual que en Gran Bretaña). Ese mismo año, la cadena de suministro alimentario se vio gravemente afectada por las malas cosechas, especialmente de trigo, centeno y patatas. Al igual que en Alemania, se fomentaron los días sin carne, y las carnicerías solo abrían tres días a la semana. Los restaurantes también redujeron su horario de apertura. En 1918, el pan se racionó a solo 283 g (10 onzas) por persona al día.
Descontento social
La guerra en el frente interno cobró tanta importancia como los combates propiamente dichos. Cada país intentó perturbar al máximo el modo de vida de la población civil enemiga, con la esperanza de que las huelgas y las protestas pudieran derrocar al Gobierno y provocar la retirada de la guerra. Los Gobiernos respondieron a esta amenaza tratando de controlar todos los aspectos de la vida cotidiana y lanzando propaganda masiva a través del cine, la radio, la literatura y los carteles para justificar el conflicto e inculcar lealtad hacia quienes gobernaban: «El consentimiento era un elemento esencial de la guerra de masas» (Strachan, 216). A veces la propaganda iba demasiado lejos, por lo que ese mismo término ha llegado a significar «mentiras» para muchos. Incluso en las democracias liberales, el control gubernamental se intensificó hasta niveles sin precedentes a medida que el espíritu tradicional de deferencia hacia los líderes se desvanecía a lo largo de los 50 meses de guerra total. Al igual que hubo que movilizar al ejército para luchar, también hubo que movilizar a la población civil para apoyar el esfuerzo bélico.
Hubo protestas contra algunos de estos controles sobre la vida civil impuestos por los Gobiernos. La censura de prensa se observó en muchos países de ambos bandos. En Francia, hubo una censura militar de las noticias. En Gran Bretaña, el Gobierno aprobó la Ley de Defensa del Reino en agosto de 1914, que le permitía al Gobierno limitar las libertades personales en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Los trabajadores protestaron por las largas jornadas laborales que se les imponían, ya que los Gobiernos se veían desesperados por dotar a sus ejércitos de los materiales necesarios para ganar grandes batallas. En Francia, «el número de huelgas en la industria y los servicios públicos franceses aumentó de forma alarmante, pasando de 98 en 1915 a 689 en 1917» (Simkins, 80). En Gran Bretaña, en 1918 se produjeron 688 huelgas en las que participaron más de 800.000 trabajadores. Los manifestantes también estaban descontentos con el aumento de los precios, el control de su movilidad, las malas condiciones de vivienda y el racionamiento.
Rusia fue testigo de las protestas antigubernamentales más dramáticas. La Revolución Bolchevique de noviembre (octubre según el calendario antiguo) de 1917, liderada por Vladímir Lenin, derrocó el régimen zarista. El zar Nicolás II (que reinó de 1894-1917) se había visto obligado a abdicar en marzo tras una serie de desastrosas derrotas militares, y su sustituto, el Gobierno Provisional, no había logrado mejorar la situación. Los trabajadores de Petrogrado (San Petersburgo) se manifestaron en abril para protestar por la continuación de la guerra, y ese verano se extendieron más de 1.000 huelgas por toda Rusia. La escasez de alimentos provocó disturbios por el pan. Los bolcheviques le prometieron al pueblo ruso la retirada inmediata de la guerra, la lucha contra la inflación galopante y una solución a las deficiencias en el suministro de alimentos del país. Lenin retiró formalmente a Rusia de la Primera Guerra Mundial con el Tratado de Brest-Litovsk de marzo de 1918. La retirada de Rusia y la revolución obrera causaron conmoción entre los Gobiernos de todas las partes en la Primera Guerra Mundial, que temían tener que enfrentarse a una revolución en su propio país.
En Alemania, controlar los disturbios fue un factor clave para que el país continuara participando en la guerra. A medida que el bloqueo aliado se hacía cada vez más intenso, la gente salía a las calles para manifestarle al Gobierno su descontento con el desarrollo de la guerra. De hecho, ya se habían producido protestas contra la guerra en etapas anteriores; por ejemplo, 500 mujeres alemanas se manifestaron frente al Parlamento alemán pidiendo que se trajera a los soldados de vuelta a casa. En 1916, 10.000 trabajadores alemanes se manifestaron para poner fin a la guerra. Se produjeron nuevas protestas a lo largo de 1917 y 1918, especialmente en ciudades industriales como Hamburgo, Essen, Leipzig y Berlín. En enero, 400.000 trabajadores se declararon en huelga en Berlín y exigieron la retirada de la guerra sin condiciones. En respuesta, el Gobierno impuso la ley marcial en las siete mayores plantas industriales de Berlín, detuvo a los cabecillas y envió hasta 6.000 trabajadores al frente.
Tras el fracaso de la ofensiva de primavera alemana en 1918, se multiplicaron los casos de protesta pública contra el Gobierno alemán y su gestión de la guerra. Las protestas, junto con las derrotas militares en el frente occidental y los motines en las fuerzas armadas, convencieron finalmente a los dirigentes alemanes de solicitar la paz. Los combates cesaron en noviembre de 1918, pero los efectos de la guerra en el frente interno, tanto aquí como en otros países, se dejarían sentir durante décadas.
Traductora de inglés y francés a español. Muy interesada en la historia, especialmente en la antigua Grecia y Egipto. Actualmente trabaja escribiendo subtítulos para clases en línea y traduciendo textos de historia y filosofía, entre otras cosas.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 20 febrero 2026. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.