La Primera Guerra Mundial (1914-1918) se suele asociar estrechamente con la guerra de trincheras estática, dominada por la artillería pesada y las ametralladoras; sin embargo, el conflicto fue testigo de numerosos avances totalmente novedosos en materia de armamento, ya que todas las partes se esforzaban desesperadamente por superar al enemigo y, a menudo, por idear contramedidas contra esos nuevos y terribles dispositivos de destrucción. Entre las armas innovadoras de la Primera Guerra Mundial se cuentan el lanzallamas, la granada de mano, el proyectil de gas, el tanque, el bombardero de largo alcance, la mina, el torpedo y la carga de profundidad.
Los lanzallamas se desarrollaron en un principio en el Ejército alemán, aunque posteriormente los adoptarían otros. Algunos lanzallamas requerían tres hombres para transportarlos y manejarlos, pero el desarrollo de una versión portátil permitió que un solo soldado pudiera llevar un arma capaz de causar devastación si lograba entrar en el sistema de trincheras del enemigo, o como mínimo acercarse a él. Esta arma la utilizaban unidades de asalto entrenadas especialmente, conocidas como «tropas de asalto». El dispositivo utilizaba gas para expulsar combustible a presión, que prendía al llegar a la boquilla. La gasolina en llamas podía lanzarse a una distancia de hasta 36 metros (40 yardas). Esta arma de aspecto impresionante no resultó tan eficaz como se esperaba. Aparte del alto riesgo de que el portador se volara a sí mismo por los aires, el defecto más grave era que los soldados armados con lanzallamas se convertían en los primeros objetivos, y los más visibles, del fuego enemigo, por lo que utilizar uno se convirtió casi en una forma de suicidio.
Las primeras granadas que se utilizaron en la Primera Guerra Mundial eran artilugios caseros primitivos en los que los soldados usaban su imaginación y los materiales que tenían a mano, como viejas latas de mermelada o tabaco, para fabricar un artefacto explosivo que pudiera lanzarse contra el enemigo. Se fabricaron decenas de millones de granadas de mano a lo largo de la Primera Guerra Mundial, ya que la producción en masa de estos dispositivos comenzó en 1915.
Algunas granadas de mano estaban llenas de gas venenoso.
La granada de mano alemana utilizaba un mango de madera, por lo que se la conoció como granada de palo (Steilhandgranate). Los explosivos situados en la parte superior de la lata se activaban tirando de un cable en el mango y detonaban tras 5,5 o 7 segundos. El diseño de palo tuvo tanto éxito que siguió utilizándose ampliamente durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). El Ejército francés, por el contrario, desarrolló la granada «de brazalete», que tenía una correa de cuero unida al detonador que se podía llevar alrededor de la muñeca. Por su parte, los británicos optaron por un dispositivo más pequeño que parecía una piña en miniatura, con los lados profundamente estriados para un mejor agarre. Inicialmente llamada «bomba Mills», al sacar una anilla y soltar una palanca se activaban los explosivos, que detonaban tras unos cinco segundos. A medida que los tanques se hicieron más comunes, se desarrollaron granadas antitanque más potentes. También había granadas que, en lugar de estar rellenas de fragmentos de metal o de material puramente explosivo, contenían humo para ocultar los movimientos de las tropas, material iluminante para su uso nocturno o gas para envenenar o confundir al enemigo. Las granadas británicas y alemanas no solo se lanzaban a mano, sino que también podían dispararse desde un rifle utilizando un adaptador de madera.
Los horrores del gas venenoso en la Primera Guerra Mundial aparecieron por primera vez en abril de 1915, en la segunda batalla de Ypres. Desplegado por el ejército alemán, el gas sencillamente se liberaba de botes colocados en el suelo con la esperanza de que el viento lo llevara hasta el enemigo. Otros ejércitos pronto adoptaron el gas venenoso, aunque el hecho de que Alemania hubiera sido la primera en utilizarlo no les pasó desapercibido a los responsables de la propaganda aliada. A partir de julio de 1915, los ingenieros alemanes desarrollaron el proyectil de gas, que permitía a la artillería disparar la sustancia letal a distancias mucho mayores y directamente en medio del enemigo, independientemente de las condiciones meteorológicas locales. Los proyectiles de gas contenían una botella de vidrio con líquido venenoso en su interior. Cuando el proyectil impactaba, el vidrio se rompía, liberando el líquido que, al entrar en contacto con el aire, se convertía en gas. También se utilizaban morteros para disparar proyectiles de gas, a menudo dispuestos en largas filas para crear una columna concentrada de gas en una zona específica ocupada por el enemigo, una acción necesaria si el viento no dispersaba el gas de forma inofensiva.
A nadie parecía importarle que esta nueva arma fuera contraria a la Convención de La Haya de 1899, que prohibía los proyectiles que contuvieran gas. Entre los gases utilizados se encontraban el gas lacrimógeno no letal; el gas cloro, que quemaba el revestimiento de los pulmones y asfixiaba a la víctima hasta la muerte; el gas mostaza (sulfuro de dicloroetilo), que impedía la visión, provocaba grandes ampollas dolorosas y destruía el revestimiento de las vías respiratorias de la víctima; y el gas fosgeno incoloro (también conocido como gas de la Cruz Verde), que era el más letal de todos. Las armas químicas no resultaron decisivas desde el punto de vista estratégico, ya que las contramedidas, como las máscaras antigás, a menudo neutralizaban sus efectos. No obstante, el gas venenoso causó un millón de víctimas en la Primera Guerra Mundial.
En la guerra naval, los submarinos se convirtieron en una amenaza letal para los buques de guerra y la flota mercante gracias al uso de torpedos. El torpedo era un misil autopropulsado difícil de detectar o esquivar para quienes se encontraban a bordo del buque objetivo. Viajaba justo por debajo de la superficie y explotaba al entrar en contacto. Algunos torpedos incluían un mecanismo que permitía controlar la profundidad y la dirección en la que se desplazaba el arma. Con una longitud de entre 5,3 y 6,7 m (17,5 a 22 pies), los más rápidos podían alcanzar los 44 nudos. El alcance efectivo máximo era de unos 9 km (10.000 yardas). El submarino alemán típico, o U-Boot, llevaba seis torpedos, que podían dispararse tanto desde la proa como desde la popa del buque. Todos los bandos de la guerra utilizaron torpedos, y también podían lanzarse desde buques de superficie y aeronaves comunes. El torpedo resultó ser el arma más eficaz en el mar durante la Primera Guerra Mundial, causando muchas más víctimas que los cañones navales o las minas.
La amenaza de los submarinos de torpedos dio lugar a innovaciones para contrarrestarlos.
Los torpedos eran tan eficaces que se idearon diversos mecanismos de defensa, como el uso de convoyes armados para la navegación mercante y las cargas de profundidad (véase más abajo). Una de las defensas más curiosas para los barcos desarrolladas durante la guerra fue el camuflaje disruptivo, diseñado para confundir el contorno de un barco mediante una combinación inusual de formas geométricas pintadas en los costados de los buques. A los comandantes de los U-boats les resultaba difícil identificar correctamente un barco o incluso dónde terminaban su proa y su popa. Los diseños iniciales fueron realizados por el artista británico John Everett, mientras que la aplicación real fue supervisada por el artista vorticista Edward Wadsworth. Estados Unidos y, posteriormente, otros países también adoptaron este tipo de camuflaje. Los destructores, encargados de dar caza a los submarinos, eran el tipo de buque que recibía este camuflaje disruptivo más comúnmente.
La amenaza de los submarinos de torpedos condujo, como se ha señalado anteriormente, a nuevas innovaciones para contrarrestarlos. La carga de profundidad se utilizó por primera vez en 1916. Este dispositivo con forma de barril se lanzaba desde la popa o los costados de un barco y los explosivos que contenía se detonaban cuando se hundía a una cierta profundidad. La profundidad podía modificarse en función de las acciones del submarino enemigo y se activaba mediante una válvula hidrostática, que medía la presión del agua (que varía según la profundidad). Otra innovación que contribuyó a la guerra contra los submarinos fue el hidrófono, que, aunque aún no tenía un gran alcance de operación, podía detectar sonidos en las profundidades y así permitir que el buque de superficie se convirtiera en el cazador y lanzara cargas de profundidad con mayor precisión.
Otro método para combatir a los submarinos enemigos y a la navegación en general consistía en colocar campos de minas en las zonas del mar por las que era más probable que pasaran. Todas las partes utilizaron este método de defensa, y se desarrollaron diversos tipos. La mina más común era la mina de contacto, que solía fijarse al lecho marino y podía detonarse cuando un buque chocaba contra ella, presionando uno de los muchos detonadores que sobresalían. Otro tipo era la mina controlada, que se podía detonar a distancia desde la costa. Este tipo resultaba especialmente útil para defender los puertos contra los ataques. Los científicos británicos desarrollaron un tercer tipo, la mina magnética, que era detonada por el campo magnético de un barco que se desplazara por encima de ella. La Armada alemana, por su parte, se convirtió en experta en el tendido de minas y desarrolló submarinos capaces de realizar esta tarea.
Las minas provocaron cientos de hundimientos y se convirtieron en un peligro tal que se desarrolló un nuevo tipo de barco para encontrarlas y neutralizarlas: el dragaminas. Estos tipos de barcos, que solían trabajar en parejas, arrastraban un cable que cortaba el cable de sujeción de cualquier mina sobre la que pasara, haciendo que flotaran hasta la superficie, donde se podían destruir. Hacia el final de la guerra, los ingenieros respondieron a los dragaminas desarrollando minas que podían hundirse a una profundidad determinada desde la superficie y que, por lo tanto, no necesitaban estar amarradas.
Los primeros tanques que aparecieron en la Primera Guerra Mundial fueron británicos, en la primera batalla del Somme (julio-noviembre de 1916). Inicialmente concebidos como un mero apoyo para la caballería, a medida que estos monstruos metálicos con orugas evolucionaron los combatientes acabaron entendiendo que podían ser un arma valiosa en sí misma, especialmente cuando se utilizaban juntos en grandes cantidades. Los primeros tanques eran latas de hojalata que se movían lentamente y que o bien se averiaban o garantizaban una muerte horrible a sus tripulaciones, pero, para el último año de la guerra, los tanques habían mejorado enormemente y comenzaron a arrollar los sistemas de trincheras enemigas e incluso a ganar batallas. La primera batalla entre tanques tuvo lugar en abril de 1918, un presagio de la futura guerra terrestre.
Con blindaje, uno o dos cañones pesados y varias ametralladoras, el tanque de repente hizo que la guerra fuera mucho más móvil. El tanque británico Mark IV, que tenía una distintiva forma de rombo, fue el tanque británico más fabricado de la guerra. Tenía una tripulación de ocho hombres y pesaba hasta 30 toneladas. Este tanque solo podía alcanzar una velocidad máxima de 6,5 km/h (4 mph). El tanque Medium Mark 1, más ligero, era capaz de alcanzar los 13 km/h (8 mph) y tenía una autonomía de 128 km (80 millas).
El tanque francés Saint Chamond tenía una tripulación de nueve hombres, cuatro ametralladoras y un cañón de 75 mm (3 pulgadas), pero resultó poco fiable en prácticamente todos los aspectos. Mucho mejor era el tanque ligero Renault FT-17. Louis Renault supervisó personalmente el diseño y la producción, y este tanque fue el primero en tener una torreta totalmente giratoria, una característica que la mayoría de diseñadores de tanques han copiado desde entonces. El FT-17 tuvo tanto éxito que las Fuerzas estadounidenses lo adoptaron durante la Primera Guerra Mundial, y varios otros Ejércitos seguían utilizándolo al comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
A pesar de las contramedidas, como las balas perforantes y la invención del cañón antitanque, los tanques comenzaron gradualmente a dejar huella como la nueva arma de guerra. La guerra de trincheras, que se prolongó durante años y fue esencialmente estática en el frente occidental de la Primera Guerra Mundial, se volvió finalmente más dinámica. Curiosamente, el Ejército alemán tardó en convencerse de las capacidades de los tanques, mientras que Gran Bretaña y Francia lideraban el camino, pero esta situación se invertiría por completo al comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
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Si bien la Primera Guerra Mundial fue testigo del rápido desarrollo del diseño aeronáutico y de la posibilidad de contar con aviones de combate rápidos y de gran altitud, la llegada de los bombarderos de largo alcance tuvo quizás la mayor repercusión en la forma de llevar a cabo la guerra, especialmente desde el punto de vista civil. Ahora, los pueblos y ciudades alejados del frente de combate se volvieron vulnerables a los ataques directos. Los bombardeos con zepelines durante la Primera Guerra Mundial habían causado sensación, pero estas gigantescas aeronaves eran demasiado lentas, escasas y vulnerables a los ataques de los aviones como para aportar una contribución significativa a la guerra. Escuadrones de aviones bombarderos atacaban infraestructuras enemigas como servicios públicos, redes de transporte, depósitos de suministros y fábricas de armas.
La Fuerza Aérea Italiana utilizó bombarderos Caproni, aviones grandes y fiables con una autonomía de varias horas y extraordinariamente difíciles de derribar. Al igual que algunos aviones de otras naciones, los bombarderos Caproni podían reconvertirse para usarlos en el mar, instalándoles flotadores en lugar de ruedas. Los hidroaviones se utilizaban con frecuencia para lanzar torpedos.
Los bombarderos británicos Handley Page contaban con dos motores Rolls-Royce, una autonomía de más de 1.125 km (700 millas) y podían transportar una bomba de hasta 1.524 kg (3.360 libras) de peso, aunque esto era excepcional. Los bombarderos franceses comenzaron con armas pequeñas, lanzando dardos metálicos, pero pronto pasaron a bombas más grandes e incluso lograron lanzar proyectiles de artillería adaptados. La bomba alemana más grande fue la P.u.W., de diseño aerodinámico, que alcanzaba los 1.000 kg (2.200 libras). Los primeros bombardeos alemanes en Gran Bretaña fueron llevados a cabo por aviones Gotha, y a partir de entonces los británicos aplicaron el nombre de Gotha a todos los bombarderos alemanes, independientemente de su fabricante. El Gotha IV, propulsado por motores Benz, tenía una enorme envergadura de 23,7 m (78 pies) y un alcance de más de 480 km (300 millas).
Siguiendo la tendencia de nombres de fabricantes aún familiares, el bombardero francés Breguet fue construido por Michelin y tenía un motor Renault. El Breguet 14 fue el mejor bombardero francés, capaz de alcanzar los 185 km/h (115 mph) y transportar 32 bombas de 8 kg (17,5 libras).
Los bombarderos rusos Sikorsky fueron los primeros en tener cuatro motores, lo que significaba que podían transportar cargas de bombas más pesadas. Por lo general, los bombarderos Sikorsky contaban con una tripulación de nueve personas, tres o cuatro ametralladoras como defensa y un alcance de 640 km (400 millas). Alemania solo logró derribar un bombardero Sikorsky en toda la guerra, y su diseño tuvo tanto éxito que se utilizaron durante toda la Guerra Civil Rusa.
En última instancia, las mejoras en la defensa aérea, en particular los cañones antiaéreos y los aviones de combate mucho más rápidos, obligaron a la mayoría de los bombarderos a realizar incursiones nocturnas, lo que redujo en gran medida su precisión. Al final, los bombarderos, al igual que los zepelines, solo tuvieron un efecto marginal en la guerra, pero su rápida evolución en el diseño significó que, junto con el tanque, se convertirían en gran medida en el arma del futuro.
Traductora de inglés y francés a español. Muy interesada en la historia, especialmente en la antigua Grecia y Egipto. Actualmente trabaja escribiendo subtítulos para clases en línea y traduciendo textos de historia y filosofía, entre otras cosas.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 17 diciembre 2025. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.