Planta y distribución de una abadía medieval

Mark Cartwright
por , traducido por Eva Bruzos Bruyel
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Las abadías eran un elemento de lo más llamativo del paisaje urbano y rural medieval. Tanto su disposición como su arquitectura reflejaban que servían de lugares donde aislarse en retiro monástico, lo que, en contra de lo que podría parecer, ayudó a impulsar a las comunidades locales de su área de influencia. Aunque evolucionaron a lo largo de los siglos, muchas partes de las abadías se convirtieron en una constante, como la iglesia mayor, el claustro, la sala capitular, el refectorio, la biblioteca, el calefactorio y los dormitorios.

Cloister Interior, Canterbury
Interior del claustro de la catedral de Canterbury, Inglaterra David Iliff (CC BY-SA)

La proliferación de las abadías

Un monasterio medieval era una comunidad de monjes o monjas que vivían recluidos —a veces en lugares remotos— bajo la dirección de un abad o de una abadesa y que renunciaban a los bienes materiales para llevar una vida sencilla de oración consagrada a la fe cristiana. Las comunidades monásticas comenzaron a desarrollarse en el siglo IV d.C. en Egipto y en Siria; luego, a partir del siglo V, se expandieron por todo el Imperio bizantino y llegaron a Europa. Al superior de estas comunidades lo llamaban abba, palabra de la que deriva el título de «abad». El abad italiano san Benito de Nursia (hacia 480 d.C.‑hacia 543) está considerado el fundador del modelo monástico europeo. El diseño arquitectónico de las abadías —que es como se acabaron denominando los monasterios más grandes e importantes— se difundió a través de los monjes viajeros y de las conquistas: por ejemplo, Guillermo I el Conquistador (hacia 1027‑1087), rey de Inglaterra, comenzó a reconstruir todas las abadías inglesas al estilo de las del norte de Francia a partir del 1066, un proceso que estuvo prácticamente concluido al cabo de un siglo.

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Una gran abadía medieval tenía más de 450 monjes, mientras que una abadía más normal, unos 100 habitantes permanentes.

La idea principal en la que se basaba el monacato o monasticismo era que la vida en un lugar tranquilo y de relativa soledad serviría mejor al propósito de comprender a Dios y de estar más cerca de él. La persecución de los primeros cristianos también alimentó la idea de vivir en comunidades apartadas, por lo que las primeras abadías se construyeron en cumbres montañosas, islas remotas o costas escarpadas. Por desgracia, esto no impidió que las saqueasen durante los ataques vikingos de los siglos IX y X en Gran Bretaña. Ya en la Plena Edad Media —en la que se reconstruyeron y se ampliaron muchos monasterios—, el enclaustramiento de los orígenes había dado paso a una realidad opuesta, dado que las comunidades monásticas que vivían retiradas se habían vuelto a esas alturas fundamentales para las comunidades seculares de su entorno. De hecho, para muchas órdenes monásticas ayudar a los vecinos era una parte esencial de su misión.

Las abadías llegaron a poseer y a controlar ciertas áreas geográficas (normalmente, tierras que les legaban sus benefactores al morir); y, a veces, transferían su autoridad a instituciones inferiores de esa misma zona, como un priorato (similar a una abadía, pero más pequeño) o un monasterio todavía más modesto. La fortuna de las abadías procedía de las rentas que cobraban por las tierras de su propiedad, las donaciones, los mercados que pudiesen organizar, las deducciones fiscales y la venta de los productos que producían, que abarcaban desde comida a libros. Hasta las abadías más rurales acabaron propiciando que surgiesen pueblos y aldeas a su alrededor porque tanto su riqueza como los servicios que proveían generaban puestos de trabajo y atraían a los visitantes.

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Architectural Model of Fontevraud Abbey
Maqueta de la abadía de Fontevraud, Francia Mark Cartwright (CC BY-NC-SA)

Una abadía grande como la de Cluny, en Francia (que se fundó hacia el año 910), tenía nada menos que 460 monjes, pero una abadía más normal tendría unos 100 habitantes permanentes. La mayoría de las abadías eran masculinas o femeninas, pero hubo algunas mixtas, en particular la de Whitby, en el condado del norte de Yorkshire, Inglaterra, y la de Interlaken, en Suiza. Un abad o una abadesa estaban al frente de la abadía y lo habitual es que ostentasen este cargo de autoridad absoluta de por vida. Tenían un segundo de a bordo, el prior o la priora, que dirigirían a su vez una sucursal (un priorato), si es que había una cerca que estuviese bajo los auspicios de la abadía. A los residentes de más edad se les asignaban puestos de responsabilidad, como estar a cargo de la biblioteca o de la bodega: a estas figuras se las conocía como «obedienciarios».

Las abadías eran un elemento de lo más llamativo del paisaje local, al ser una de las instituciones más ricas y poderosas del mundo medieval.

Planta y arquitectura

La arquitectura de una abadía estaba más que condicionada por las distintas funciones que desempeñaban sus habitantes. Estas funciones venían determinadas no solo por la regla en particular que siguiese la orden monástica, sino sobre todo por los planteamientos concretos del abad que estuviese en ese momento al mando, cuyo poder dentro de la abadía era absoluto. Además, unas reglas eran más estrictas que otras: por ejemplo, a los cistercienses se les exigían muchos más sacrificios personales que a los monjes de la orden benedictina.

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Entre los factores que influían en el estilo arquitectónico particular de una abadía, estaba su ubicación específica: los monasterios situados en cumbres, como el de Meteora, en Grecia, o la abadía benedictina del islote mareal de Mont‑Saint‑Michel, en Francia, se erigían como si fuesen fortalezas. Sin embargo, existía una notable similitud entre las abadías europeas y sus prototipos del Imperio bizantino, que derivaban a su vez de las antiguas villas romanas. Como explica el historiador J. L. Singman: «El monacato evolucionó con un grado de planificación, de coordinación e, incluso, de estandarización deliberada que no era posible en las instituciones seculares» (172). El historiador bizantino C. Mango resume de la siguiente manera cómo era el típico complejo de una abadía‑monasterio bizantina, un modelo que copiaron luego, dejándolo más o menos intacto, las abadías de toda la Europa medieval:

Solía estar rodeada de un muro y tenía un portal cubierto bastante ornamentado, a veces provisto de bancos. Los mendigos se congregaban aquí para recibir la limosna de los monjes. En teoría, el acceso al interior estaba limitado y los niños y los miembros del sexo opuesto lo tenían rigurosamente prohibido. Tras atravesar el portal, el visitante se encontraría en un gran patio abierto. En el medio se alzaba la Iglesia, visible desde todos los lados… Las dependencias estaban dispuestas todo alrededor, siguiendo las líneas del recinto. Las celdas eran rectangulares y solían tener una bóveda de cañón. A menudo se distribuían en dos o más pisos y tenían una galería abierta con arcadas delante. Al lado de la Iglesia estaba el refectorio, que o estaba aislado o formaba parte del complejo residencial rectangular. Era una construcción alargada y absidal amueblada con mesas y bancos largos. Próxima al refectorio estaba la cocina, que tenía un hogar elevado y una linterna semiesférica, por cuya abertura salía el humo. Las despensas equipadas con unas tinajas de barro para almacenar el grano, las legumbres, el aceite y el vino eran una constante. Otras construcciones supletorias eran la fuente, el horno del pan, la hospedería, la enfermería (no siempre) y el baño. (110)

Plan of Westminster Abbey
Planta de la abadía de Westminster, Londres, Inglaterra Penn State University Library (CC BY-NC)

La planta y la arquitectura de las primeras abadías europeas evolucionaron a partir de los complejos de edificios de piedra o de madera de los celtas (siglos VI‑VIII), pasando por las plantas de inspiración carolingia que se distribuían en torno a un claustro (siglos IX‑X), hasta llegar a lo que se convirtió en el modelo estándar: la abadía románica de estilo normando (siglos XI‑XIII); todo ello sin perder los vínculos ancestrales fundamentales con la arquitectura bizantina y romana. Durante la época de la expansión normanda, se produjo una explosión de todo tipo de monasterios. Por ejemplo, en el momento de la conquista normanda de Inglaterra del 1066, Gran Bretaña tenía alrededor de 50 monasterios, pero bastantes más de 500 para comienzos del siglo XIII. Como durante los siglos XIII y XIV creció la riqueza de las abadías, pudieron presumir de unos edificios todavía más grandiosos y elegantes, a menudo con elementos ya de la arquitectura gótica.

Los materiales de construcción y los elementos decorativos

Las abadías causaban impresión dentro del paisaje de su zona al ser una de las instituciones más ricas y poderosas del mundo medieval. Se trataba de los pocos tipos de edificios construidos en piedra y a gran escala. Las primeras abadías utilizaban la piedra de la zona o reutilizaban los ladrillos de los edificios romanos venidos a menos; pero, al ir enriqueciéndose con el paso del tiempo, pudieron emplear mejores materiales, como la caliza o el granito. Si no se usaban sillares, se revestía la mampostería con un enlucido de yeso para que pareciese que sí.

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Entre los típicos elementos arquitectónicos de función ornamental que tenían las abadías de la Plena Edad Media (con excepciones como las abadías cistercienses, más austeras), estaban las columnas, tanto exentas como compuestas, coronadas por un capitel liso, cúbico, festoneado o con motivos vegetales. Los edificios tenían arcadas diáfanas (de medio punto al principio y apuntadas después), portadas con arcos decrecientes (abocinados), arcadas ciegas (arcaturas), almenas y molduras, así como los escudos de armas de los benefactores esculpidos sobre las portadas y en los techos. También había estatuas dentro de hornacinas; motivos decorativos esculpidos en zigzag (chebrones o chevrones); ventanales con tracerías complejas; y vidrieras policromadas, sobre todo tipo lanceta o lanceoladas (ventanas altas rematadas en un arco apuntado y que solían disponerse en grupos de tres o de cinco). Ya en el siglo XIII, los tejados y los techos de madera se estaban reemplazando, en el interior, por bóvedas de arista de piedra que se apoyaban sobre ménsulas esculpidas con figuras (muchas de las cuales todavía se pueden ver en la actualidad, incluso en las abadías derruidas); y, en el exterior, por lajas forradas de plomo que ocultaban los armazones de madera que había debajo.

El claustro

El claustro era el centro de la vida comunitaria de todo tipo de monasterios, incluidas las abadías. El nombre deriva de la palabra latina claustrum, que hace referencia a un lugar cerrado. El claustro es una galería con arcadas, normalmente con columnas, en torno a un espacio abierto de forma cuadrada (el patio del claustro), al que toda persona ajena tenía prohibido el acceso. El espacio central podía estar pavimentado o tener un jardín de hierbas aromáticas y medicinales, una fuente, un estanque o un pozo. La entrada al claustro solía hacerse por una puerta ubicada en la esquina noroccidental. Aquí en el claustro, los miembros de la orden podían hablar libremente; se instruía tanto a los novicios (monjes o monjas que aún se estaban formando) como a los oblatos (niños o niñas de los que se hacía cargo la abadía); y se realizaban tareas domésticas, como afilar un cuchillo en la piedra de amolar del monasterio o lavar la ropa en unas piletas grandes de piedra. Algunos de los monasterios más grandes tenían un claustro menor, que estaba reservado para la meditación contemplativa o para realizar trabajos en silencio. Los claustros de mayores dimensiones suelen verse en las abadías de la Orden de la Cartuja porque esta orden era más estricta que la mayoría. Los monjes y las monjas cartujos vivían como ermitaños dentro del complejo de la abadía, así que tenían muchos menos edificios comunitarios. Por eso, el claustro era tan importante para ellos, al ser el único lugar donde los miembros de la orden podían pasar un rato juntos.

Cloister of Lacock Abbey, England
Claustro de la abadía de Lacock, Inglaterra Dillif (CC BY-SA)

La iglesia

La iglesia de la abadía estaba unida al claustro y solía tener una planta cruciforme dispuesta en un eje este‑oeste; por lo general, su ubicación impedía que los vientos fríos del norte incidiesen directamente en el claustro. La entrada principal a la iglesia, la más ornamentada, solía estar en el lado oeste. La iglesia contaba a menudo con varias portadas, altos ventanales lanceolados y (quizás) un rosetón, así como con muchas hornacinas para las estatuas de los personajes bíblicos y de los santos relacionados con la historia de la abadía.

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Las iglesias se hicieron más grandes y más grandiosas según avanzó la Edad Media. Esta progresión se puede mapear a través de las abadías normandas y, luego, de las inglesas. Por ejemplo, la abadía de Jumièges tenía una iglesia con una nave de ocho tramos; la iglesia de la abadía de las Damas de Caen tenía nueve tramos; la iglesia de la abadía de Ely tenía trece; y la iglesia de la abadía de Winchester, catorce. Gracias a la buena anchura de la nave, podían atravesarla grandes procesiones ceremoniales, aparte de que era allí donde se sentaba el público con derecho a entrar en la abadía durante los oficios religiosos. El ala oriental de la iglesia también se fue ampliando con el tiempo, conforme aumentaba el tamaño del coro: como era ahí donde se sentaban los monjes, a medida que las abadías tenían más residentes, el coro debía ser más grande. Una mampara (cancel) separaba a los monjes de las secciones públicas de la iglesia. Los monjes se sentaban en unos sitiales de madera que podían plegar hacia arriba cuando se ponían de pie durante el oficio; muchos de ellos pueden verse todavía hoy en las iglesias más grandes. A continuación del coro y separado de él por un escalón, está el presbiterio, con un altar y un bonito enlosado. Tras el presbiterio se encuentra el extremo oriental de la iglesia, que puede tener forma semicircular (al principio) o cuadrada (en épocas posteriores), además de estar decorado con unas vidrieras altas que cuentan historias relacionadas con la localidad, los fundadores o las reliquias que se custodian en la iglesia. Era posible que las reliquias mismas estuviesen expuestas en el presbiterio; por eso, a veces se instalaba por encima de ellas una pequeña tribuna de madera adosada a la pared, donde se podía apostar un monje para asegurarse de su integridad mientras las contemplaba el público.

Como los ricos procuraban asegurarse el consuelo de la otra vida, solían legarles a las abadías los fondos necesarios para que se celebrase una misa cantada en su honor de manera regular. A veces, se levantaban monumentos en recuerdo del benefactor, conocidos como «capillas de capellanía», que podían adoptar la forma de una simple placa conmemorativa, de una capilla especial en el lateral de la iglesia o, incluso, de todo un edificio exento.

Abbey Church, Fontevraud Abbey
Iglesia abacial, abadía de Fontevraud, Francia Mark Cartwright (CC BY-NC-SA)

La iglesia mayor solía tener una torre del campanario para avisar de los oficios religiosos de la abadía y llamar a los habitantes a la oración. Una señal evidente de la prosperidad de una abadía era incorporar un campanario o elevar la altura del que ya existía. Por ejemplo, en la abadía de Fountains, en el condado de York, Inglaterra, se le añadió al transepto norte de la iglesia una torre altísima de 51,8 metros (170 pies) a comienzos del siglo XVI.

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La biblioteca

La biblioteca de una abadía contenía una gran colección de libros, adquiridos mediante donaciones u obra de los propios monjes. También se conservarían en ella ciertos textos antiguos que la abadía tuviese bajo su custodia. Los libros solían guardarse dentro de unos armarios de madera empotrados en la pared. Las abadías eran importantes centros de enseñanza para la comunidad local, al ser donde se instruía a los hijos de los ricos y a los novicios. Algunas abadías se fraguaron una excelente reputación como centros educativos, como la abadía inglesa de Whitby, donde se formaron muchos obispos, incluido san Juan de Beverly (que murió en el 721).

Las labores de escritura y estudio se realizaban en una estancia específica: el escriptorio (scriptorium en latín), donde los monjes trabajaban sentados en una banqueta ante un escritorio bastante alto tipo pupitre, que podía estar abierto o dentro de un cubículo. Los manuscritos iluminados se elaboraban metódicamente, de modo que la biblioteca de una abadía siempre estaba creciendo. Quizás el más famoso de todos los manuscritos medievales sea el Libro de Kells, de alrededor del año 800, que estuvo depositado en su momento en la abadía de Iona, en la costa oeste de Escocia.

Las bibliotecas y los escriptorios solían construirse orientados al sur para que entrase más luz, lo que también hacía de ellos las habitaciones más cálidas donde trabajar. Algunas bibliotecas como la de la abadía de San Vandregisilo (Saint‑Wandrille en francés), cerca de Ruan, Francia, tenían además un archivo real. Las mujeres también copiaban y escribían libros en las abadías medievales, como la notable abadesa benedictina alemana Hildegarda de Bingen (1098‑1179). A diferencia de los monjes, en la vida cotidiana de las monjas medievales también había labores de costura, como bordar los paños y las prendas que, como las sotanas, se utilizarían en los oficios religiosos.

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Abbey Library St. Gallen
Biblioteca de la abadía de San Galo, Suiza Stiftsbibliothek St.Gallen (Copyright)

El alojamiento

De los habitantes de una abadía se esperaba que tolerasen vivir con las comodidades justas. Las celdas individuales (también denominadas «celas») eran sencillas porque sus moradores tenían muy pocas pertenencias. Aunque los dormitorios eran compartidos, los monjes o las monjas novicios no se mezclaban con los que ya habían profesado. Por lo general, las camas tenían un colchón de paja o de plumas y unas mantas de lana. En épocas posteriores, el dormitorio común se dividiría en cubículos de madera, cada uno con su ventana, cama y escritorio. El dormitorio de Cluny tenía nada menos que 97 ventanas acristaladas. Curiosamente, una de las normas de Cluny decía que ningún monje debería dormir a oscuras, por lo que había muchas lámparas de aceite en este dormitorio tan largo. Los dormitorios comunes solían contar con una escalera que daba acceso a la iglesia, para no tener que salir al aire libre cuando hubiese que asistir de noche a los oficios divinos.

Los monjes cartujos vivían en relativa soledad en unas casitas con una chimenea, una sala de estar, un estudio, un taller y un baño adyacente con un grifo para el agua. Estas casitas, que solían tener un jardín privado cercado con tapias, estaban dispuestas en torno al claustro. Sin duda, estas casas eran mejores que la mayor parte de las que había en el mundo secular del exterior. La presencia de unos ventanucos en los muros implicaba que un criado se encargaba de servirle la comida al monje sin perturbar su soledad.

Ya en la Plena Edad Media, la abadía empleaba a hermanos seglares, a trabajadores asalariados o a siervos (trabajadores obligados) para que los monjes o las monjas se pudiesen concentrar en los asuntos eclesiásticos. Por lo general, los miembros seglares de la abadía se alojaban en su propio pabellón en un patio periférico; allí solía haber otra cocina, donde se permitía preparar la comida que les estaba vedada a los monjes, como la carne. Los miembros seglares cultivaban frutas y verduras, cocinaban y limpiaban. En el extremo opuesto a la zona residencial propiamente dicha de la abadía, estarían alojados los políticos y los nobles fracasados o caídos en desgracia a los que el monarca les hubiese obligado a recluirse en una abadía. Los peregrinos y los viajeros tendrían una cama donde pasar la noche en las habitaciones o el edificio reservados a este fin, normalmente al oeste del claustro para no perturbar la vida cotidiana de los monjes medievales. A los visitantes distinguidos solía alojárseles en unos aposentos suntuosos en la portería principal. Ya en el siglo XIII, muchos abades disponían de su propio alojamiento privado, que evolucionó hasta convertirse en todo un edificio exento cada vez más grandioso.

The Abbot's Kitchen Interior - Glastonbury Abbey
Interior de la cocina del abad, abadía de Glastonbury, Inglaterra Wanda Marcussen (CC BY-NC-SA)

El refectorio y las cocinas

La abadía era prácticamente autosuficiente en su alimentación, ya que tenía zonas ajardinadas y huertos donde se cultivaban frutas, verduras y hierbas aromáticas y medicinales. Además, en el estanque de la abadía se criaban los peces que se iban a consumir como pescado. Otros alimentos como la carne procederían de las tierras que administraba la abadía en el exterior: estas fincas, con sus respectivas instalaciones agrícolas y ganaderas, se denominaban «granjas monásticas». La cocina solía ubicarse cerca del refectorio; pero, para evitar que un fuego descontrolado destruyese la abadía, podía tratarse de todo un edificio exento (en la abadía de Glastonbury ha sobrevivido un buen ejemplo). En este segundo caso, a veces un paso cubierto conectaba la cocina con el refectorio. La cocina tenía varios anexos, como una recocina donde se fregaban los platos; un molino y un horno del pan; una mantequería; una bodega; una botica; y una despensa para las reservas de alimentos (solía tratarse de una habitación fresca denominaba «bóveda», situada bajo una estancia más grande). También había una cervecería, donde se fabricaba cerveza de trigo o de avena todas las semanas porque no se fiaban de la potabilidad del agua. Algunas abadías disponían de un palomar, que constituía muchas veces un edificio impresionante en sí mismo, con su forma cuadrada, circular o poligonal y con su tejado muy alto y apuntado, lleno de nichos de piedra para que los pájaros anidasen dentro.

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Los habitantes de la abadía solían tomar una única comida principal al día en verano y dos en invierno. En cuanto estaba lista, la comida se servía en el refectorio (comedor), donde todos se sentaban en unas mesas y unos bancos muy largos de madera, excepto el abad y el prior (además de algún invitado), que se sentaban en unas mesas más pequeñas situadas sobre una tarima en la cabecera de la sala. En una esquina del refectorio, anclado a la pared a cierta altura del suelo y con una escalerilla para subir a él, había un púlpito de madera o de piedra desde el que un miembro de la comunidad leía en voz alta mientras sus compañeros comían.

Algunas abadías disponían de un refectorio adicional, la misericordia, donde se podía comer carne (lo que suponía relajar la observancia de las dietas tan estrictas de muchas órdenes religiosas: un acto de indulgencia —misericordia— del que deriva su nombre). La mayoría de los refectorios tenían una pila de piedra (a la que llamaban «lavabo») en la entrada para que la gente se lavase las manos antes de comer. El suministro de agua llegaba al lavabo por un grifo conectado con las cisternas que había debajo. Para anunciar que se iba a servir la comida, se tocaba una campanilla (cuyo sonido era distinto del de la campana de la iglesia que llamaba al oficio divino). El refectorio era un gran edificio rectangular; del de Cluny se dice lo siguiente:

... era una sala bonita, bien iluminada por 36 ventanales acristalados y decorada con pinturas murales, entre las que había escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento; una imagen enorme de Cristo rodeada de los principales fundadores y benefactores del monasterio; y una representación del juicio final. (Singman, 175)

Restored Refectory, Chester Cathedral
Refectorio restaurado, catedral de Chester, Inglaterra Wolfgang Sauber (CC BY-SA)

La tendencia era que los refectorios se construyesen a lo largo de uno de los laterales del claustro; pero, al aumentar el tamaño de las abadías y, por tanto, necesitarse más espacio para sus habitantes, a menudo se tuvo que recurrir a girar el refectorio 90 grados y a ampliarlo alejándolo del claustro.

El saneamiento

En general, no hubo en todo el mundo medieval mejores instalaciones para lavarse e ir al servicio que las de una abadía. Los servicios solían estar conectados al dormitorio y ubicados en un edificio denominado «retrete». Las letrinas de Cluny estaban en un pabellón con nada menos que 45 cubículos, cada uno con su propia ventana. Las letrinas solían descargar en un canal de desagüe por donde circulaba el agua que se había desviado de un arroyo cercano. Las abadías más grandes tenían instalaciones para el baño, pero no estaban pensadas para que los habitantes pasasen mucho tiempo allí: dos o tres baños al año era lo normal, salvo que la persona estuviese enferma. Las bañeras solían hacerse con barriles grandes.

La sala capitular

Cada mañana todos los monjes de la abadía se reunían en capítulo para discutir los asuntos del monasterio, escuchar las confesiones y reprender a cualquier miembro de la orden que hubiese sido laxo en el cumplimiento de sus obligaciones. Esta reunión se celebraba en la sala capitular, que, en consecuencia, tenía que ser lo suficientemente grande como para dar cabida a todos los residentes permanentes de la abadía. Tenía lugar todos los días hacia las ocho de la mañana; comenzaba con la lectura de un capítulo de la regla del fundador de la orden (de ahí su nombre); e incluía la asignación de las tareas del día a cada uno de los monjes, que estaban sentados en unos bancos de piedra en torno a las paredes de la estancia. Ya en la Baja Edad Media, las salas capitulares y otras construcciones del mismo tipo solían tener unos ventanales acristalados y unas entradas ornamentadas de tres vanos.

Ruins of Whitby Abbey
Ruinas de la abadía de Whitby, Inglaterra Afshin Darian (CC BY)

Otros edificios

Al lado del edificio del refectorio o bajo uno de sus extremos, la abadía podía tener un calefactorio, que era el único cuarto caldeado de toda la abadía (con la excepción de las cocinas) y que estaba diseñado para mitigar en la medida de lo posible las rigurosas temperaturas del invierno. Por lo general, el fuego del calefactorio estaba encendido desde el 1 de noviembre hasta la Pascua de Resurrección.

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Una abadía solía contar con muchos edificios extra funcionales y de uso doméstico, donde trabajaban y vivían de forma permanente las personas encargadas de suministrarles a los monjes lo que necesitaban. Las abadías eran famosas por proporcionar asistencia sanitaria. Contaban con un hospital o una enfermería con camas y una cocina específica donde se atendía a los monjes enfermos y a los más ancianos. Solía haber una segunda enfermería para la gente ajena a la orden.

Además, las abadías podían disponer de establos y talleres, donde trabajaban y vivían los artesanos especializados que le suministraban a la abadía todas las cosas que necesitaban, desde clavos a vidrieras. También había espacios reservados para repartir limosna entre los pobres (la casa de caridad), así como una estancia donde podían tener lugar las compras y las negociaciones con los comerciantes ajenos al complejo abacial.

Por último, una abadía tenía su propio cementerio, normalmente ubicado al este de la iglesia y dividido en dos zonas: una para quienes pertenecían a la orden y otra para los miembros más acaudalados de la comunidad local. A las eminencias de la abadía como el abad solía enterrárseles en sarcófagos de piedra en el interior de la iglesia. Por lo general, todos estos edificios y zonas extra estaban encerrados dentro del recinto que rodeaban los muros de la abadía.

El final de las abadías

Desde la segunda mitad del siglo XIV, muchas abadías tuvieron que enfrentarse a grandes desafíos e, incluso, al completo desastre. Tanto la llegada de la peste negra a Europa como una serie de hambrunas mermaron la riqueza de las abadías, mientras que el colapso de la institución de la servidumbre medieval obligó a las comunidades a reorganizarse para ser más independientes. Por último, muchos gobernantes trataron de incautar el patrimonio y los ingresos tributarios de los monasterios; el caso más famoso probablemente sea el de Enrique VIII de Inglaterra (que reinó durante los años 1509‑1547), cuya voraz disolución de los monasterios de Gran Bretaña comenzó en 1536. Los años dorados de las grandiosas abadías habían llegado a su fin. Una minoría privilegiada, como las abadías y los prioratos de Chester, Canterbury, Winchester y Durham —por mencionar algunos—, se transformó en catedrales; pero la mayoría de las antiguas abadías pasó a una curiosa situación de ruinas permanentes muy pintorescas, a las que les desvalijaban la magnífica cantería para reutilizarla donde fuese. Aun así, a otras abadías, sobre todo en la Europa continental, se les acabó dando con el tiempo el uso de hoteles, hospitales, escuelas, galerías de arte o cualquier otro que a los nuevos propietarios les pareciese rentable, conforme decaía la importancia de la religión en la vida de las personas.

Algunas abadías se volatilizaron bajo los nuevos palacetes y casas de campo que se levantaron en su lugar utilizando su piedra; el pasado eclesiástico solo pervivió en los nombres de algunas de estas nuevas propiedades seculares, como La Abadía, El Priorato o La Granja. A pesar de los tiempos de cambio, algunas abadías siguen desempeñando una función religiosa, como la abadía de Westminster, en Londres, además de muchas otras diseminadas por toda Europa, de las cuales la más famosa quizás sea la de Meteora, que, con su aparatosa ubicación en la cima de un risco, continúa siendo un refugio para quienes desean retirarse y llevar una vida monástica.

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Preguntas y respuestas

¿Cuáles son los elementos característicos de una abadía?

Los elementos típicos de una abadía son una iglesia grande, un claustro, un refectorio donde comer, una sala capitular donde reunirse, una biblioteca y unos dormitorios.

¿Por qué las abadías se llaman así?

Las abadías se llaman así porque quien estaba al frente de la comunidad religiosa recibía el apelativo de «abba», de donde derivan las palabras «abad» y «abadesa», la persona al frente de la abadía.

¿Cuál es la diferencia entre una abadía y un monasterio?

La diferencia entre una abadía y un monasterio es que la primera no solo es más importante, sino que puede tener bajo su control a otras instituciones más pequeñas como los prioratos y los monasterios.

Sobre el traductor

Eva Bruzos Bruyel
Soy una traductora autónoma del inglés e italiano al español especializada en los campos del turismo y la historia. A mis yayos y sus relatos del pasado les debo mi pasión por esta última.

Sobre el autor

Mark Cartwright
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.

Cita este trabajo

Estilo APA

Cartwright, M. (2025, septiembre 18). Planta y distribución de una abadía medieval. (E. B. Bruyel, Traductor). World History Encyclopedia. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-2293/planta-y-distribucion-de-una-abadia-medieval/

Estilo Chicago

Cartwright, Mark. "Planta y distribución de una abadía medieval." Traducido por Eva Bruzos Bruyel. World History Encyclopedia, septiembre 18, 2025. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-2293/planta-y-distribucion-de-una-abadia-medieval/.

Estilo MLA

Cartwright, Mark. "Planta y distribución de una abadía medieval." Traducido por Eva Bruzos Bruyel. World History Encyclopedia, 18 sep 2025, https://www.worldhistory.org/trans/es/2-2293/planta-y-distribucion-de-una-abadia-medieval/.

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