Las culturas celtas antiguas y medievales produjeron muchos tipos de joyería y una categoría distintiva son sus broches, fíbulas y alfileres. Como no había ni cremalleras ni botones, hombres y mujeres utilizaban broches para cerrar las prendas de vestir, para crear arreglos de pliegues a la moda, a modo de amuletos o sencillamente como motivos decorativos. Algunos diseños antiguos, entre los que destaca la fíbula penanular, mantuvieron su popularidad hasta principios de la Edad Media en Europa y dos de los mejores ejemplos son el broche Tara y el broche de Hunterston, cuyo redescubrimiento en el siglo XIX desató una nueva oleada de popularidad en el diseño de joyería celta.
Función
El hecho de que los antiguos celtas llevaran joyería está ampliamente demostrado tanto gracias a los escritores de la Antigüedad como por los descubrimientos arqueológicos encontrados en tumbas y fosas de ofrendas votivas. Al igual que hoy en día, la joyería tenía muchas funciones para los antiguos celtas. Para hombres, mujeres y niños tenía una función práctica ya que, al no haber botones ni cremalleras, se usaban para fijar la ropa y para colocársela con los pliegues deseados. Tal y como destacó el famoso escritor romano Dion Casio (en torno a 164 - 229/235 d.C.) sobre Boudica, reina de los icenos en Gran Bretaña (muerta en 61 d.C.):
Era de constitución enorme, de aspecto aterrador, con una voz dura. Una gran mata de pelo rojo le caía hasta las rodillas; llevaba un gran torques de oro retorcido y una túnica de muchos colores; por encima llevaba un manto grueso, sujetado con un broche.
(en Chadwick, 54)
El portador tampoco se limitaba a un único broche. Una tumba en Baden-Württemberg, en Alemania, que data de 400-300 a.C., reveló que el difunto llevaba un artículo de ropa cerrado con tres pares de broches de diseños diferentes.
Las joyas podían ser sencillas o estar muy decoradas y, compuestas de materiales preciosos eran una manera visible de mostrar la opulencia del portador y su posición social en ausencia de otras formas visibles que demostraran el estatus. La presencia de joyas en las tumbas de niños sugiere que estas piezas tenían una función como amuletos que protegían al portador. La misma idea también se aplicaba a los adultos. Por ejemplo, las mujeres embarazadas recibían broches que representaban a la diosa y ninfa acuática celta Coventina en la Britania romana a modo de protección durante el parto. Los broches con medias cabezas humanas y cuerpos de pescado puede que también se considerasen amuletos y se han encontrado en enterramientos por toda Europa.
Por último, por supuesto, la joyería se usaba simplemente porque al usuario le gustaba el aspecto de una determinada pieza y cabe imaginar que quizás también por los recuerdos y asociaciones que suscitaba de la persona que se lo había entregado o que había sido la anterior dueña.
Materiales
La parte trasera o cuerpo principal de los broches celtas y las fíbulas se hacía con bronce, hierro o latón forjado que después se grababa, se perforaba, se trazaba o se incrustaba con materiales de colores vivos, tales como el ámbar, el coral, las piedras semipreciosas como el granate, el esmalte, el azabache o la pasta de vidrio. También se usaban oro y plata, aunque en menor cantidad y, curiosamente, la plata era el menos común de estos dos materiales.
Diseños
Los alfileres o fíbulas celtas se hacían como imperdibles modernos con un brazo delgado doblado detrás de una parte más decorativa para cerrarlos. Por su parte, los broches podían ser más complejos y adoptar casi cualquier forma. Entre los diseños celtas comunes para los broches se encontraban formas parecidas a serpientes, caballos, aves de presa, arcos, campanas, barcos, tambores, máscaras y cabezas de animales (reales o imaginados). Al igual que los tótems de animales en los escudos celtas y las espadas, puede que creyeran que llevar una representación de ciertos animales, como jabalíes, carneros o toros le daba al portador cierto tipo de protección o le inculcaban las características particulares del animal, como valentía o tenacidad. Los broches celtas que recordaban a cabezas de animales se suelen llamar fíbulas de «máscara». Los que tienen dos cabezas, una en cada extremo, se suelen llamar «dragonescos» y mezclaban el diseño celta en forma de S con la tendencia romana a representar animales extraños. Los que tenían forma de cabeza humana no eran raros, y a menudo representaban el cabello y la barba con motivos vegetales y con ojo y mejillas protuberantes. En ocasiones se produce un cruce con un animal, como es el caso del caballo con cara humana o el de la cabeza de animal en un extremo del broche y una cabeza humana en el otro extremo. Entre los demás motivos populares había espirales y nudos intricados. Los diseños de broches y alfileres fueron variando considerablemente con el tiempo y estas modas a menudo ayudan a los arqueólogos a datar los hallazgos que se encuentran con ellos en los yacimientos.
La fíbula de Braganza
Un ejemplo magnífico de una fíbula celta es la fíbula de Braganza, descubierta en España que data del periodo entre 250-200 a.C. Las consideraciones estilísticas apuntan a un fabricante griego. Tiene un guerrero celta completo con escudo, casco, vaina y espada (aunque la hoja se ha roto). El guerrero está frente a un perro de caza saltando. En algún tiempo los ojos de ambos eran de vidrio engastado, al igual que la parte curvada detrás del guerrero que termina en una cabeza de perro a ambos lados. El alfiler y el resorte de la fíbula se han perdido. La fíbula mide 14 centímetros de largo y hoy en día se encuentra en el Museo Británico en Londres.
Broches penanulares
Los broches penanulares eran una forma muy común de joyería celta antigua, prevalente en Gran Bretaña antes del periodo romano. Normalmente se hacían de bronce, hierro o una aleación de cobre, y se componen de un anillo y un alfiler central que cruza el diámetro del anillo. Al girar el pasador hasta que llega a una abertura en el anillo se puede abrir y cerrar e insertar el pasador en la tela. Probablemente este diseño deriva de los alfileres rectos anteriores con un anillo decorado como remate.
El tipo penanular de broche se siguió fabricando en toda Europa durante el periodo medieval, incluido entre los vikingos. El diseño era popular entre los cristianos y se desarrolló una versión que no tenía apertura en el anillo, de ahí que se conozcan como pseudopenanulares. Este tipo posterior quizás se pueda apreciar mejor en el broche de Hunterston del siglo VII d.C. encontrado en Escocia y en el broche de Tara del siglo VIII encontrado en Irlanda. Otro desarrollo de diseño consistía en el aplanamiento de los terminales en los broches penanulares, lo que le proporcionaba una mayor área al artista para lucir sus habilidades con la metalistería y las incrustaciones. Puede que esta evolución reflejase la moda entre los soldados romanos que llevaban premios al valor que parecían torques celtas antiguos en miniatura. Otros ejemplos destacables de broches penanulares son el broche de Londesborough, el broche de Breadalbane y el broche de Killamerry que presentan la continua popularidad del diseño en la Gran Bretaña y la Irlanda medievales.
El broche de Hunterston
El broche de Hunterston se descubrió por accidente cuando unos hombres estaban extrayendo piedra en Hunterston en Ayrshire, Escocia en torno a 1830. Puede que se fabricara en torno a 700 d.C. en un enclave real como Dunadd en Argyll, pero también es posible que llegara como parte de un botín sacado de Irlanda por invasores vikingos. La habilidad en la metalurgia recuerda a los artesanos alemanes y es posible que este broche lo fabricara un anglosajón para un cliente celta. Lo fabricara quien lo fabricase, más tarde el broche pasó a ser propiedad de un «vikingo» que grabó su nombre en runas en la parte trasera en algún momento del siglo X. Uno de estos grabados dice «Maelbrigte es el dueño de este broche» (aunque el nombre es gaélico cristiano). Igual que muchas piezas antiguas y medievales de arte excepcionalmente bueno, el broche de Hunterston es, en consecuencia, un ejemplo de objeto que conecta varias culturas europeas con su la inspiración del diseño, su alto nivel técnico y los cambios de propietario.
El broche de Hunterston mide 12 centímetros (4,75 pulgadas) de diámetro y el alfiler tiene 14 centímetros (5,5 pulgadas) de largo (aunque hoy en día está roto). Está hecho de plata fundida con adiciones de oro y plata. También hay tachuelas de ámbar y diseños de animales, incluidas serpientes. Los diseños de animales están cubiertos en granulaciones, mientras que los demás paneles tienen un motivo entrelazado que recuerda a los manuscritos iluminados. El reverso es mucho más sencillo, pero también tiene algunas áreas muy decoradas. Hoy en día está expuesto en el Museo Nacional de Escocia, en Edimburgo.
El broche de Tara
El broche de Tara no se encontró realmente en el yacimiento neolítico de Tara en Irlanda, sino en una playa cerca de Bettystown en County Meath en torno a 1850 d.C. Hoy en día el broche está expuesto en el Museo Nacional de Irlanda en Dublín. Es bastante pequeño y solo mide 8,9 centímetros (3,5 pulgadas) de diámetro, aunque el alfiler es más largo que las alfileres de broches celtas más antiguos. Está hecho de plata dorada y vidrio, ámbar e incrustaciones de esmalte y cuenta con áreas de filigrana, relieves y alambre de oro retorcido. Presenta perfectamente no solo la artesanía sino la característica típica del celta posterior del terror al vacío en el arte, es decir, la aversión a dejar áreas sin decorar en la obra de arte. La influencia cristiana en el arte celta es evidente en los pájaros estilizados a ambos lados de la cruz en la parte más ancha del anillo, un símbolo del a vida eterna cuando están bebiendo.
Incluso el reverso del broche de Tara, que no se puede ver cuando va puesto, está muy decorado. En las zonas grabadas hay aves, reptiles y patrones de espirales. El broche cuenta con una cadena de alambres de plata retorcidos que está unida al cuerpo principal con dos cabezas de animales de metal que rodean a dos cabezas humanas de vidrio.
El diseño de broche penanular, tras descubrimientos como el de Tara y el de Hunterston, despertó un interés público tremendo y se puso de moda en Europa en la segunda mitad del siglo XIX. Los joyeros de prestigio hicieron versiones nuevas que copiaban los diseños celtas pero con materiales preciosos como el platino y los diamantes, atrayendo así a clientes tan notables como la reina Victoria.
