El 7 de junio de 415 a.C., varias estatuas del dios Hermes fueron profanadas en Atenas. Las guerras del Peloponeso (431-404 a.C.) se habían convertido en unas de las guerras civiles más grandes de la antigua Grecia tras décadas de lucha y los atenienses se estaban preparando para la expedición a Sicilia en 415 a.C. Sin embargo, unos pocos sacerdotes la desaconsejaron y otros hablaron de augurios desastrosos. El estadista ateniense Alcibíades (450-404 a.C.), por su parte, habló de oráculos y augurios contrarios. Independientemente de todo esto, Atenas se estaba preparando para la expedición, confiada en su seguridad y con la esperanza de adquirir una fuente de ingresos enorme en Sicilia. Sin embargo, la mañana del 7 de junio ocurrió algo que causó la alarma general en la ciudad: los hermas, estatuas del dios Hermes, de toda la ciudad amanecieron con el rostro destrozado y los falos rotos. Este evento no está exento de controversia y su impacto en Atenas y Alcibíades sigue siendo importante hasta el día de hoy como preludio del desastre en Sicilia.
Sacrilegio
La mañana del 7 de junio los ciudadanos de Atenas se despertaron para encontrar que muchas de las estatuas de Hermes por toda la ciudad tenían el rostro destrozado y los falos rotos. A su vez, esto causó un miedo generalizado e indignación entre los ciudadanos. Según David Stuttard:
Probablemente fueron las mujeres que salieron a recoger agua antes del amanecer las que descubrieron el sacrilegio, antes de que los hombres despertaran, sorprendidas cuando sus sandalias crujieron sobre los fragmentos de mármol roto. Para cuando los gallos empezaron a cantar y el sol estaba saliendo... la noticia ya había corrido como la pólvora por la ciudad mientras la gente salía a la calle aturdida y confundida. (146)
Era un espectáculo inquietante, «un desastre impío que asestaba un golpe a la mismísima seguridad tanto de Atenas como de la expedición inminente» (Stuttard, 146). Quienquiera que hubiese cometido tamaña atrocidad, «eligió su objetivo cuidadosamente: los hermas, pilares cuadrados rematados con la cabeza del dios Hermes y provistos hacia la mitad de la columna de genitales y un falo erecto y exuberante» (Stuttard, 146).
Tucídides (460/455 - 399/398 a.C.), que escribió la obra contemporánea Historia de las guerras del Peloponeso, describe lo ocurrido:
Nadie sabía quién lo había hecho, pero se ofrecieron grandes recompensas públicas para quien encontrara al culpable; además se votó que, si alguien sabía de algún otro crimen irreverente que se hubiese cometido, debería informar de ello sin miedo a las consecuencias, fuera ciudadano, extranjero o esclavo (376).
Juicios
Hubo una investigación del acto blasfemo, que implicó a Alcibíades. Alcibíades nació en 450 a.C., hijo de Clinias, miembro de una antigua familia aristocrática. También fue estudiante de Sócrates y recibió una educación de primera clase. En 420 a.C. recibió el título de strategos, que mantendría durante 15 años. Tras el sacrilegio, sus enemigos amplificaron aún más su papel en el asunto con la alegación de que estaba planeando derrocar la democracia en Atenas. Alcibíades negó los cargos en su contra y exigió que se celebrara un juicio para limpiar su nombre.
Era importante que lo hiciera antes de zarpar hacia Sicilia, pero sus enemigos consiguieron posponer el juicio por miedo a que su ejército lo apoyara. Conspiraron para hacerlo volver en un futuro. Algunos sirvientes y extranjeros residentes en Atenas dieron información sobre otras mutilaciones de otras imágenes realizadas por otros jóvenes. Lo habían hecho «como una travesura de borrachos y como una parodia de la celebración de los Misterios», que se celebraba dos veces al año en Eleusis en la región de Ática (Tucídides, 376). Más tarde, convocaron a Alcibíades para que se sometiera a juicio por su supuesta participación en los Misterios y el asunto de los hermas. Sin embargo, la investigación se había tornado fanática porque muchos atenienses temían el ascenso de la tiranía.
Una vez la armada se hizo a la mar sin problemas, un comité de investigación siguió adelante con la investigación de los escándalos. Un extranjero residente llamado Teucro, que huyó a Megara, regresó a Atenas bajo la promesa de inmunidad con una declaración escabrosa:
Dijo que había participado en la parodia de los misterios y que podía identificar a los perpetradores de la mutilación de los hermas; nombró a otros once implicados y a dieciocho hombres acusados de atacar las estatuas. Alcibíades no constaba en ninguna de las dos listas. El comité arrestó y ejecutó a uno de estos sospechosos, pero todos los demás lograron huir (Kagan, 264).
Un hombre llamado Dioclides testificó sobre los hermas y contó que había salido a pasear de noche y se había encontrado a 300 conspiradores reunidos en el teatro de Dioniso en la ladera sur de la Acrópolis. A la mañana siguiente concluyó que posiblemente eran los culpables, y habló con algunos de los que pudo identificar para extorsionarlos. Sin embargo, no le entregaron ningún soborno y Dioclides denunció a 42 de ellos, incluidos dos miembros del comité y varios aristócratas. Las acusaciones exacerbaron aún más el miedo de que los oligarcas estuvieran conspirando para derrocar la democracia ateniense. El comité suspendió la ley para torturar a ciudadanos atenienses para conseguir un testimonio adecuado, una medida propuesta por Pisandro. Pensaba poner a los sospechosos en el potro para extraer confesiones rápidas, pero los dos miembros del comité prometieron someterse a juicio y así evitaron la tortura. Al final estos hombres se escaparon a Beocia o Megara y un ejército beocio apareció a las afueras de Atenas, lo que aumentó aún más el miedo a la invasión o la traición por la tiranía u oligarquía.
Más tarde esa misma noche otro preso acusado llamado Andócides, posteriormente un orador ateniense, accedió a testificar. Bajo una concesión de inmunidad del consejo, reveló que el responsable de las mutilaciones era la hetería, un club gastronómico político. Cuando presentó una lista de los supuestos culpables, era idéntica a la de Teucro, excepto por los cuatro hombres que habían huido. Los hombres de esta lista estaban muertos o exiliados.
Después el consejo cuestionó a Dioclides. Admitió haber dado falso testimonio y haber actuado según las instrucciones del primo de Alcibíades, «Alcibíades hijo de Fego», y otro hombre, aunque ambos huyeron. Los implicados en el perjurio fueron absueltos, y Dioclides fue ejecutado» (Kagan, 265).
Llegados a este punto, los habitantes de Atenas pensaron que el asunto de los hermas había terminado. Evidentemente, los criminales eran un grupo reducido de hombres que formaban parte de una hetería; no era una conspiración importante. La profanación de los misterios sagrados permaneció sin resolver. Agariste, la esposa de Alcmeónides, informó de una profanación de los misterios realizada por Alcibíades y otros dos cómplices. Los enemigos de Alcibíades utilizaron el testimonio político para sus propios fines y afirmaron que «burlarse de los ritos sagrados era parte de "una conspiración contra la democracia"» (Kagan, 265). Aunque no participó en los ataques a los hermas, sus enemigos políticos vieron la oportunidad de desacreditarlo. Como Alcibíades estaba listo para zarpar hacia Sicilia, el juicio se celebraría sin sus mayores partidarios. En Atenas se juzgó a Alcibíades in absentia, fue condenado a muerte, confiscaron sus propiedades y su nombre, junto con el de los demás culpables, fue maldecido por los sacerdotes eleusinos.
El impacto de la profanación
Los atenienses consideraron la profanación de las estatuas de Hermes una ofensa capital contra los dioses que podía suponer el desastre. Aparte del miedo y la indignación generada por este acto sacrílego, los detalles del acontecimiento apuntan también a la existencia de una dimensión política. Los profanadores habían realizado un ataque en una noche sobre una zona amplia, lo que demostraba que era una conspiración. Tampoco era coincidencia que el ataque a los hermas ocurriera justo antes de la expedición siciliana de 415 a.C. Obviamente era un intento de evitar la expedición porque Hermes era el dios de los viajeros. Algunos atenienses creyeron que los corintios eran los responsables, con la intención de frustrar el ataque a Sicilia.
Como dios de los viajeros, adoraban a Hermes no solo en ocasiones especiales sino cada vez que un ateniense salía de casa. Según Robin Osborne,
Cuando un ateniense se preparaba para ponerse en contacto con otro primero tenía que establecer contacto con su otro yo que se encontraba en el herma. Es por esta cualidad de la mirada del herma que supuso tal sacrilegio no solo que emascularan a los hermas, sino que después mutilaran los rostros (65).
La mutilación de la cara de Hermes era un sacrilegio serio y fue muy grave para la expedición siciliana. No solo los atenienses participantes se estaban preparando para viajar, sino que también se estaban preparando para luchar en una isla de la que sabían poco. La mutilación de los hermas se consideró una señal de peligro inminente durante el viaje.
Es muy probable que los profanadores que mutilaron los hermas lo hicieran por diversión, en un acto de vandalismo borracho. Puede que también eligieran cuidadosamente sus objetivos para emascular a los atenienses y dejarlos indefensos, y planear el ataque en la víspera de la partida hacia Sicilia supuso una interrupción en la planificación política y militar. Los estudiosos modernos intentan abordar la mutilación de los hermas y la profanación de los misterios en conjunto y los clasifican a ambos como actos de irreverencia. Teniendo en cuenta que fueron los hermas los que resultaron mutilados, parece que tal acto fue un ataque cuidadosamente planificado y una exposición particular de los límites de la tolerancia de la sociedad ateniense. La fuerte reacción de la ciudad a este acto refleja las tensiones de las guerras del Peloponeso y la importancia de los hermas para Atenas, tanto a nivel individual como social.

