La guerra de las Rosas (1455-1487) fue un conflicto dinástico donde los nobles y monarcas de Inglaterra lucharon de forma intermitente por la supremacía durante un período de cuatro décadas. Además de las obvias consecuencias del intercambio en el trono entre los reyes lancastrianos y los yorkistas en varias ocasiones y el establecimiento de la Casa Tudor al final de todo, durante la guerra murió la mitad de los lores de las 60 familias nobles de Inglaterra, se estableció un entorno político mucho más violento y la nobleza recibió un impulso de poder que luego volvió a favorecer a la Corona. Por último, la guerra ha inspirado a historiadores y escritores desde entonces, ya fueran propagandistas de los Tudor, William Shakespeare o creadores de programas de televisión, como Juego de Tronos.
La guerra de las Rosas fue una serie de conflictos dinásticos entre la monarquía y la nobleza de Inglaterra en la segunda mitad del siglo XV. Estos «conflictos» fueron en verdad una serie de batallas intermitentes, y a menudo a pequeña escala, así como de ejecuciones, asesinatos e intentos fallidos de asesinatos cuando la clase política de Inglaterra se fracturó en dos grupos o ramas de descendientes de Eduardo III de Inglaterra (que reinó entre 1327 y 1377): los yorkistas y los lancastrianos. Si bien hubo varios motivos por los que la guerra continuó durante más de cuatro décadas, las causas principales de su inicio fueron el gobierno incompetente y los episodios de locura del rey lancastriano Enrique VI de Inglaterra (que reinó de 1422 a 1461 y de 1470 a 1471) y la ambición de Ricardo, duque de York (1411-1460), luego la de su hijo Eduardo (nacido en 1442), quien se convirtió en Eduardo IV de Inglaterra (de 1461 a 1470 y de 1471 a 1483), y luego la del hermano de Eduardo, Ricardo, quien se convirtió en Ricardo III de Inglaterra (que reinó entre 1483 y 1485). Hubo motivos adicionales por los que se prolongó la guerra, como la rivalidad incesante de los nobles por la riqueza, desacuerdos sobre las relaciones con Francia, la economía empobrecida y, por último, la ambición de Enrique Tudor (nacido en 1457), quien terminó ganando la guerra para los lancastrianos y se convirtió en Enrique VII de Inglaterra (que reinó entre 1485 y 1509).
Las diversas consecuencias de la guerra de las Rosas se pueden resumir de la siguiente manera:
un incremento del poder de los nobles en comparación con el de la Corona durante la guerra;
un incremento del uso de la violencia y de los asesinatos como herramientas políticas;
la destrucción de la mitad de la nobleza de Inglaterra;
la reafirmación de la superioridad de la Corona sobre la nobleza por parte del vencedor de la guerra, Enrique VII;
la creación de la Casa Tudor por Enrique VII;
una inspiración continua para escritores posteriores, como William Shakespeare.
Un reino fragmentado
La inestabilidad causada por la guerra de las Rosas permitió que los nobles se aprovecharan y promovieran su propia posición a expensas de otros. Esto fue así porque, durante el siglo XV, se produjo un fenómeno llamado «feudalismo bastardo», que involucraba la degradación parcial del feudalismo medieval. Los grandes terratenientes podían mantener ejércitos privados de sirvientes, acumular riquezas y reducir el poder de la Corona en el ámbito local. Estos sirvientes, que solían llevar una insignia para identificarse como seguidores de un lord local particular, estaban sujetos a las leyes de ese lord y eran leales a él en lugar de al rey. Los barones más ricos se convirtieron así en lo que algunos historiadores han llamado «los todopoderosos», porque podían hacerse cargo de muchas de las funciones del gobierno monárquico en el ámbito local y tener una influencia indebida sobre el rey en la corte. Algunos barones podían incluso albergar ambiciones de volverse reyes ellos mismos, como fue el caso de Ricardo, duque de York. Dicho barón, si tenía un poco de sangre real a través de un pariente distante, podía comandar la lealtad de otros barones que querían un cambio de régimen para obtener más riquezas y poder para sí mismos, en particular si estaban en desgracia con el rey del momento. La guerra de las Rosas perpetuó esta lucha de poder al demostrar que una persona que no descendía directamente del rey podía efectivamente tomar el trono, como fue el caso de Eduardo IV, Ricardo III y Enrique VII.
La guerra de las Rosas exhibió una tendencia creciente a usar la violencia para alcanzar objetivos políticos. La estrategia de asesinar al rey e incluso a sus jóvenes herederos la inició Enrique Bolingbroke en 1399, cuando se convirtió en Enrique IV de Inglaterra (que reinó entre 1399 y 1413). El primer rey de la Casa de Lancaster usurpó el trono y asesinó a su predecesor Ricardo II de Inglaterra (que reinó entre 1377 y 1399). Se volvió posible convencer a la gente de que el derecho divino de los reyes podía interpretarse no solo como que cualquier rey debería descender de un rey, sino también que cualquiera que tuviera la competencia de gobernar y el poder militar para sostenerlo era elegido de forma similar por Dios para ocupar el trono de Inglaterra. De hecho, la nueva política era «el poder es lo correcto», y la eliminación de los rivales era una maniobra aceptable e incluso necesaria. Una vez que se cruzó esta línea, no hubo vuelta atrás, y las ejecuciones, incluso de personas monárquicas, se volvieron una característica común durante la siguiente dinastía gobernante, los Tudor.
Durante la guerra, no se utilizaron estrategias de quemar las tierras, ningún ejército se quedaba mucho tiempo en un solo lugar y muchas áreas del país no se vieron afectadas en absoluto.
Los nobles y las batallas
Los historiadores del período Tudor tal vez exageraron la destrucción y perturbación causadas por la guerra de las Rosas para mostrar que Enrique Tudor y sus sucesores fueron responsables de estabilizar a un Estado que se hundía, pero ciertamente las consecuencias para algunos fueron terribles. Es verdad que la guerra se libró mayormente entre los nobles y sus ejércitos privados, y también que fue intermitente, ya que hubo menos de 24 meses de pelea real durante todo el período. No obstante, a veces se arrastraba a la población local al conflicto, en particular cuando los nobles formaban milicias con los trabajadores de sus propiedades.
Muchas batallas fueron poco más que escaramuzas con menos de cien bajas, pero hubo algunos enfrentamientos importantes en el campo, en especial la sangrienta batalla de Towton en marzo de 1461, la batalla más grande y extensa de la historia inglesa, en la que murieron 28.000 hombres (tal vez la mitad de los involucrados). Sin embargo, incluso la cantidad de bajas es difícil de determinar en muchas batallas, ya que no había registros oficiales de estas ni listas del personal militar o de pagos. También hubo campañas más amplias, como en Northumberland y Gales en la década de 1460, en las que el paso de las tropas sin duda afectó a los granjeros locales y la economía, ya que los soldados realizaban saqueos con impunidad. Sin embargo, durante la guerra, no se utilizaron estrategias de quemar las tierras, ningún ejército se quedaba mucho tiempo en un solo lugar y muchas áreas del país no se vieron afectadas en absoluto.
Durante las cuatro décadas de la guerra de las Rosas, la nobleza de Inglaterra se redujo seriamente mediante muertes en batalla, complots de asesinato y ejecuciones. Antes de que empezara la guerra, había unas 60 familias nobles, pero, hacia el final, este número había caído a unas 30. Además del hecho de que muchas escaramuzas involucraban exclusivamente a los nobles, otro motivo del alto número de muertos fue que la estrategia tradicional de tomar a nobles prisioneros y luego pedir un rescate por su liberación ya no funcionaba; nadie estaba dispuesto a pagar. En cualquier caso, la guerra tuvo un carácter dinástico y, así, la intención no era solo ganar la Corona, sino destruir por completo a la oposición en el proceso e impedir que surgiera un conflicto en el futuro. Por este motivo, no hubo ningún tratado ni compromiso durante la guerra: era a todo o nada.
En particular, Enrique VII adquirió las propiedades de las familias yorkistas de Warwick, Clarence y Gloucester.
Mientras que se solía permitir a las tropas comunes volver a sus vidas cotidianas, los comandantes y caballeros del lado perdedor con frecuencia eran ejecutados, como lo evidencia la cantidad de tumbas con efigies con armaduras que se encuentran en los rincones oscuros de muchas iglesias. En consecuencia, durante las cuatro décadas, la nobleza perdió a un rey en el campo de batalla y a dos por asesinato, ocho duques fueron asesinados y muchos condes, barones y vizcondes perdieron la vida. Tampoco se debe olvidar a las mujeres. Con cada esposo que moría, también desaparecía la posibilidad de sus esposas e hijas de mantener su estilo de vida anterior, sus bienes, prospectos de matrimonio o incluso su libertad, ya que muchas mujeres nobles se quedaban sin nada o eran desterradas a conventos. Así, hacia el final de la guerra, muchos nobles se dieron cuenta de los riesgos involucrados y se volvieron mucho más cautelosos a la hora de meterse en los conflictos dinásticos.
El resurgimiento de la Corona
Al final de la guerra, Enrique VII se benefició de esta situación de una nobleza muy reducida, ya que la Corona se volvió más rica mediante las tierras confiscadas o aquellas adquiridas de las familias fallecidas. En particular, el rey adquirió las propiedades de las familias yorkistas de Warwick, Clarence y Gloucester. Además, Enrique se aseguró de que solo la Corona tuviera la autoridad de mantener ejércitos, limitó la cantidad de sirvientes que un noble podía emplear y se aseguró personalmente de que las familias nobles no formaran alianzas poderosas a través del matrimonio. Al mismo tiempo, la Corona se enriqueció mediante el cobro de comisiones de lealtad y multas a aquellos nobles cuyas inclinaciones políticas consideraba sospechosas.
El poder de la nobleza había aumentado antes y durante la guerra de las Rosas, pero, hacia el final, la ventaja prácticamente había vuelto a favorecer al monarca. Además, Enrique se beneficiaría de la estabilidad del reino y del resurgimiento resultante del comercio con la Europa continental. Por último, tal vez es importante observar que, a pesar de los cambios respecto de quién ostentaba qué título y qué propiedades, los dueños de la riqueza en general no cambiaron en el siglo XV. Sí, hubo un cambio poco digno de asientos entre la élite, pero, pese a eso, el rey, la nobleza y el clero juntos (solo el 3 % de la población total) seguían siendo los dueños del 95 % de la riqueza del país.
La creación de los Tudor
Enrique VII, un descendiente del lancastriano Juan de Gante, hijo de Eduardo III, reunió a las dos casas rivales al casarse con Elizabeth de York, hija de Eduardo IV en 1486, y así creó la nueva casa de los Tudor. Incluso surgió un nuevo símbolo para esta nueva dinastía: la rosa Tudor que combinaba las rosas de los Lancaster y la de los York. Enrique todavía tendría que lidiar con algunos conspiradores, en particular, un último intento yorkista centrado en el pretendiente Lambert Simnel, pero este fue finiquitado en la batalla de los campos de Stoke en junio de 1487. Esta fue la última batalla en la guerra de las Rosas, aunque hubo pequeños levantamientos yorkistas durante la siguiente mitad del siglo. Enrique había logrado unir a su reino. La marca de su éxito es que su hijo, Enrique VIII de Inglaterra (que reinó entre 1509 y 1547), se convirtió en el rey sin enfrentar ninguna disputa, y que los tres monarcas que le siguieron eran de la casa de los Tudor en un período de la historia inglesa conocida como la Edad de Oro. La dinastía Tudor gobernaría Inglaterra de forma ininterrumpida hasta 1603 y, durante su reinado, se producirían acontecimientos tan importantes como la separación de la Iglesia de Inglaterra de Roma en la década de 1530 y la derrota de la Armada española en 1588.
Legado cultural
La guerra de las Rosas tal vez no se haya sentido en absoluto como una serie coherente de conflictos para la gente que la vivió, pero ciertamente atrapó la imaginación de escritores e historiadores posteriores como un período fascinante, si no brutal, de la historia inglesa. De hecho, el nombre del conflicto fue acuñado por el novelista sir Walter Scott (1771-1832) en honor a las insignias posteriores de las dos familias principales involucradas (ninguna de las dos libreas se usaba realmente en ese momento). Esta etiqueta romántica pero simplista oculta el hecho de que la división era más compleja que meramente dos familias, ya que cada una consiguió aliados entre otras familias nobles de Inglaterra, y algunas incluso eran vulnerables a cambiar su lealtad durante el curso del conflicto. Tan complejo es todo el asunto y tan desarticulados son los episodios principales que los historiadores siguen debatiendo cómo se originó exactamente, el principio, el final e incluso su existencia misma como un conjunto reconocible y coherente de acontecimientos históricos.
Uno de los escritores que mostró el mayor interés en el período de la guerra de las Rosas y que ciertamente fue el más influyente en la imaginación popular fue William Shakespeare (1564-1616). En sus obras centradas en los reyes del período, aparecen episodios de la guerra de las Rosas en obras como Enrique VI (partes 1 a 3) y Ricardo III, con los personajes más memorables de la obra y versos citados a menudo. Incluso en la actualidad, la guerra de las Rosas y la idea de dos familias que compiten de forma despiadada por el poder siguen inspirando a los escritores, de los cuales puede que el más notable sea George R. R. Martin, cuyas novelas han inspirado, a su vez, la serie de televisión Juego de Tronos.
Soy traductora pública, literaria y científico-técnica de inglés al español y me apasiona todo lo relacionado con la arqueología, la historia y la religión.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 19 febrero 2020. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.