El comercio en la Europa medieval

Artículo

Mark Cartwright
por , traducido por Miriam López
Publicado el 08 enero 2019
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Disponible en otros idiomas: Inglés, Portugués, Francés, Ucraniano

El comercio en el mundo medieval se desarrolló hasta tal punto que incluso las comunidades relativamente pequeñas tenían acceso a mercados semanales y a ferias más grandes (a un día de viaje en algunos casos) pero menos frecuentes, donde todos los bienes de consumo de la época se exponían para tentar al comprador y al pequeño comerciante. Los grandes propietarios de fincas, los ayuntamientos y algunas iglesias y monasterios quienes organizaban los mercados y ferias y que, con licencia de su soberano, esperaban obtener ingresos de las cuotas de los puestos y mejorar la economía local en el momento en el que los compradores hacían uso de los servicios periféricos. El comercio internacional estuvo presente desde la época romana, pero las mejoras en el transporte y la banca, así como el desarrollo económico del norte de Europa, provocaron un auge a partir del siglo IX. La lana inglesa, por ejemplo, se enviaba en grandes cantidades a los fabricantes de Flandes; gracias a las cruzadas, los venecianos ampliaron sus intereses comerciales hacia el Imperio bizantino y Levante, y se desarrollaron nuevos instrumentos económicos con los que incluso los pequeños inversores podían financiar expediciones comerciales que atravesaban Europa por mar y tierra.

Late Medieval Market Scene
Mercado del medievo tardío
Unknown Artist (Public Domain)

Mercados y tiendas

En las aldeas, villas y grandes ciudades a las que el monarca había concedido licencia, los mercados tenían lugar en plazas públicas (a veces plazas triangulares) de forma regular, en calles anchas o incluso en salas construidas a tal efecto. También se organizaban mercados a las puertas de muchos castillos y monasterios. Aunque normalmente se celebraban una o dos veces por semana, las ciudades más grandes podían tener un mercado diario que se movía por diferentes partes de la ciudad dependiendo del día o mercados para productos como la carne, el pescado o el pan. Los vendedores de ciertos productos, que pagaban una cuota por el privilegio de tener un puesto a los propietarios de las fincas, a la ciudad o al ayuntamiento, solían colocarse unos al lado de otros en zonas de alta competencia. La mayoría de vendedoras eran mujeres (aunque los vendedores de carne y pan solían ser hombres) y vendían productos básicos como huevos, lácteos, aves de corral y cerveza. Había intermediarios, conocidos como regradores, que compraban las mercancías a los productores y las vendían a los dueños de los puestos del mercado, o los productores podían pagar a un vendedor para que les vendiera su mercancía. Además de los mercados, los vendedores de mercancías también iban de puerta en puerta, y se les conocía como vendedores ambulantes.

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El comercio de productos comunes y baratos era algo principalmente local por los costes de transporte. Los comerciantes tenían que pagar peajes en determinados puntos del camino y en lugares clave como puentes o puertos de montaña, de modo que sólo merecía la pena transportar los productos de lujo a largas distancias. El transporte de mercancías por barco o nave era más barato y seguro que por tierra, pero había que tener en cuenta posibles pérdidas por el mal tiempo y los piratas. En consecuencia, los mercados locales se abastecían de las fincas agrícolas cercanas y los que querían artículos no cotidianos como ropa, telas o vino debían prepararse para andar hasta la ciudad más cercana durante medio día o más.

Los comerciantes solían vivir encima de su tienda, con un gran escaparate a la calle y puesto que sobresalía bajo una cubierta de madera.

En las ciudades, el consumidor tenía, además de los mercados, la opción de las tiendas. Los comerciantes normalmente vivían encima de su tienda, con un gran escaparate a la calle y un puesto que sobresalía bajo una cubierta de madera. En las ciudades, las tiendas que vendían el mismo tipo de mercancía se agrupaban en barrios, para aumentar la competencia y facilitar la vida de los inspectores municipales y gremiales. Algunas veces, la ubicación estaba directamente relacionada con los productos que se vendían, como los vendedores de caballos, que se colocaban cerca de las puertas de la ciudad para captar a los viajeros que pasaban por allí, o los libreros, cerca de la catedral y escuelas asociadas. Los oficios relacionados con mercancías cuya calidad era vital, como los orfebres y los armeros, se encontraban cerca de los edificios administrativos del ayuntamiento, donde los reguladores les podían vigilar de cerca. Las ciudades también tenían bancos y prestamistas, muchos eran judíos, ya que la iglesia prohibía la usura a los cristianos. Como consecuencia de esta agrupación de oficios, muchas calles adoptaron el nombre del oficio más representado, nombres que en muchos casos siguen vigentes.

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Ferias comerciales

Las ferias eran eventos de venta a gran escala que se celebraban anualmente en las grandes ciudades, donde la gente encontraba una mayor variedad de productos que en su mercado más local y los comerciantes podían comprar productos al por mayor. Los precios también eran más baratos al haber más competencia entre los vendedores de artículos específicos. En los siglos XII y XIII, las ferias tuvieron gran auge en Francia, Inglaterra, Flandes y Alemania, y una de las zonas más famosas fue la región francesa de Champaña.

Las ferias, que se celebraban en junio y octubre en Troyes, en mayo y septiembre en Saint Ayoul, en cuaresma en Bar-sur-Aube y en enero en Lagny, eran fomentadas por los condes de Champaña, que también proporcionaban servicios de vigilancia y pagaban los salarios del ejército de funcionarios que supervisaban las ferias. Los comerciantes de lana, telas, especias, vino y todo tipo de productos se reunían en toda Francia e incluso venían del extranjero, especialmente de Flandes, España, Inglaterra e Italia. Algunas de estas ferias duraban hasta 49 días y aportaban unos ingresos considerables a los condes. Tal era su importancia, que los reyes franceses incluso garantizaban la protección de los comerciantes que iban y venían de las ferias. Las ferias de Champaña no sólo se hicieron famosas en toda Europa, además fomentaron la fama internacional del vino de Champaña (que en aquella época aún no era la bebida espumosa de la que Dom Pérignon sería pionero en el siglo XVII).

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Medieval Spice Merchant
Mercader medieval de especias
Lawrence OP (CC BY-NC-ND)

Las ferias de cualquier lugar suponían el gran acontecimiento del año para el ciudadano corriente. Normalmente había que viajar más de un día para llegar a la feria más cercana, por lo que la gente se hospedaba uno o dos días en las numerosas tabernas y posadas que se desarrollaban a su alrededor. Había espectáculos públicos, como bailarinas de Champagne y todo tipo de artistas callejeros, así como algunos aspectos más desagradables, como el juego y la prostitución, que dieron a las ferias una mala reputación ante la Iglesia. En el siglo XV, las ferias entraron en decadencia, ya que habían aumentado de forma considerable las posibilidades de comprar productos en cualquier lugar y momento.

La expansión del comercio internacional

El comercio en Europa a principios de la Edad Media continuó hasta cierto punto como lo había hecho bajo los romanos, con la navegación como algo fundamental para el movimiento de mercancías de un extremo a otro del Mediterráneo y a través de los ríos y vías fluviales del sur al norte y viceversa, aunque los historiadores no se ponen de acuerdo en el alcance del comercio internacional en esta primera época. Hubo un movimiento de mercancías, especialmente de bienes de lujo (entre otros metales preciosos, caballos y esclavos), pero no está claro en qué cantidades y si las transacciones implicaban dinero, trueque o intercambio de regalos. Es posible que los comerciantes judíos y sirios llenaran el vacío dejado por la desaparición de los romanos hasta el siglo VII d.C., mientras que el Levante también comerciaba con el norte de África y los moros en España. Es probable que el comercio internacional siguiera siendo un asunto exclusivo de la élite aristocrática y que sirviera de apoyo a las economías en lugar de impulsarlas.

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Hacia el siglo IX, se dibuja una imagen más clara del comercio internacional. Las ciudades-estado italianas, bajo el dominio nominal del Imperio bizantino, empezaron a apoderarse de las redes comerciales del Mediterráneo, en particular Venecia y Amalfi, a las que más tarde se unirían Pisa y Génova y los puertos adecuados del sur de Italia. Las mercancías que se comerciaban entre el mundo árabe y Europa incluían esclavos, especias, perfumes, oro, joyas, artículos de cuero, pieles de animales y tejidos lujosos, especialmente la seda. Las ciudades italianas se especializaron en la exportación de telas como el lino, el algodón sin hilar y la sal (que originalmente procedían de España, Alemania, el norte de Italia y el Adriático). También desarrollaron importantes centros comerciales en el interior, como Milán, que llevaban las mercancías a las ciudades costeras para su exportación o a ciudades más septentrionales. Las conexiones comerciales a través del Mediterráneo se evidencian en las descripciones de los puertos europeos en las obras de los geógrafos árabes y en el elevado número de monedas de oro árabes encontradas, por ejemplo en lugares como el sur de Italia.

Late Medieval Land & Maritime Trade Routes
Rutas comerciales marítimas y terrestres del medievo tardío
Lampman (Public Domain)

En los siglos X y XI el norte de Europa también exportaba internacionalmente, ya que los vikingos acumulaban un gran número de esclavos en sus incursiones y los vendían. La plata se exportaba desde las minas de Sajonia, el grano de Inglaterra se exportaba a Noruega, de donde se importaba la madera y el pescado escandinavos. Tras la conquista normanda de Bretaña en el año 1066, Inglaterra cambió su comercio hacia Francia y Países Bajos con la importación de telas y vino y la exportación de cereales y lana para que los tejedores flamencos produjeran tejidos.

El comercio internacional estaba en auge, ya que muchas ciudades-puerto establecieron puntos de comercio internacional en los que se permitía vivir a los mercaderes extranjeros.

A medida que la triada italiana de Venecia, Pisa y Génova ganaba más y más riqueza, extendía sus tentáculos comerciales, con el establecimiento de puestos comerciales en el norte de África, y con monopolios comerciales en partes del Imperio Bizantino y, a cambio de proporcionar transporte, hombres y barcos de combate para los cruzados, una presencia permanente en las ciudades conquistadas por los ejércitos cristianos en el Levante a partir del siglo XII. En el mismo siglo, las cruzadas bálticas proporcionaron aún más esclavos al sur de Europa. También al sur había metales preciosos como el hierro, el cobre y el estaño. En el siglo XIII se intensificó el comercio a larga distancia de productos cotidianos menos valiosos, ya que los comerciantes se beneficiaron de mejores carreteras, canales y, sobre todo, de barcos más avanzados tecnológicamente; factores que se combinaron para reducir el tiempo de transporte, aumentar la capacidad, reducir las pérdidas y hacer más atractivos los costes. Además, cuando las mercancías llegaban a su punto de venta, un mayor número de personas disponía ahora de un excedente de riqueza gracias a una creciente población urbana que trabajaba en la industria manufacturera o era ella misma comerciante.

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Puertos comerciales y regulación

Este era un momento de auge para los negocios internacionales, ya que muchas ciudades-puerto establecieron puntos de comercio internacional donde se permitía que los comerciantes extranjeros vivieran de forma temporal y comerciaran con sus mercancías. Génova, por ejemplo, contaba a principios del siglo XIII, con 198 comerciantes residentes, de los cuales 95 eran flamencos y 51 franceses. Había comerciantes alemanes en el famoso puente de Rialto de Venecia (que aún está en pie), en la zona de Steelyard de Londres y en el barrio de Tyske brygge de Bergen, en Noruega. Los comerciantes de Marsella y Barcelona acampaban permanentemente en los puertos del norte de África. La migración económica llegó a ser tan numerosa que estos puertos desarrollaron sus propios consulados para proteger los derechos de sus nacionales y surgieron tiendas y servicios para satisfacer sus gustos en cuanto a comida, ropa y religión.

Byzantine Steelyard Rod with Weight
Báscula bizantina con peso
Metropolitan Museum of Art (Copyright)

Con este crecimiento, las relaciones comerciales se volvieron más complejas entre los estados y los gobernantes, y se sumaron intermediarios y agentes a la fórmula. Los inversores con mucho dinero fnanciaban las expediciones comerciales, y si ponían todo el capital inicial, a menudo obtenían el 75% de los beneficios, mientras que el resto iba a parar a los mercaderes que acumulaban las mercancías y las enviaban a cualquier lugar donde hubiera demanda. Este sistema, utilizado por los genoveses, entre otros, se denominaba commenda. había una alternativa, la societas maris, consistía en la que el inversor aportaba dos tercios del capital y el comerciante el resto. Los beneficios se repartían al 50%. Detrás de estos grandes inversores, se desarrollaron consorcios de pequeños inversores que ponían dinero para obtener un rendimiento futuro, pero que no podían permitirse pagar una expedición completa. De este modo, se desarrollaron sofisticados mecanismos de préstamo y empréstito, en los participó en especial un gran número de familias de las ciudades italianas. Cada vez había más instrumentos financieros para tentar a los inversores y ampliar el crédito, como las notas de crédito, las letras de cambio, los seguros marítimos y las acciones de las empresas.

El comercio adquiere ahora la forma que hoy reconocemos, con negocios bien establecidos dirigidos por generaciones de comerciantes de la misma familia (por ejemplo, los Médicis de Florencia). Se intensifican los esfuerzos de estandarización de la calidad de los productos y se elaboran útiles tratados para comparar pesos, medidas y monedas entre diferentes culturas. El control del estado aumentó con la codificación de las leyes y reglamentos comerciales y con la conocida imposición de impuestos, derechos y cuotas proteccionistas. Por último, también había consejos sobre la mejor forma de saltarse estas normas, como se menciona en este extracto sobre los funcionarios de comercio de Constantinopla, extraído de la guía del comerciante florentino del siglo XIV Francesco Balducci Pegolotti sobre el comercio mundial, La Practica della Mercatura

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Recuerda bien que si muestras respeto a los funcionarios de aduanas, a sus oficinistas y a los "turcomanos" [sargentos], y les das algo o un poco de dinero, serán muy corteses contigo y gravarán las mercancías que les lleves por debajo de su valor real. (Blockmans, 244)

A mediados del siglo XIV, las ciudades-estado italianas comerciaban incluso con socios tan lejanos como los mongoles, aunque este aumento del contacto global trajo consigo efectos secundarios no deseados, como la peste negra (que alcanzó su punto álgido entre 1347 y 1352), que entró en Europa a través de las ratas que infestaban los barcos comerciales italianos. Los exploradores europeos, tanto religiosos como comerciales, se dirigieron en otra dirección, y así los portugueses descubrieron las islas de Cabo Verde en 1462 y, tres décadas más tarde, Cristóbal Colón abrió el camino hacia el Nuevo Mundo. A continuación, en 1497, Vasco de Gama navegó audazmente alrededor del cabo de Buena Esperanza para llegar a la India, de modo que, a finales de la Edad Media, el mundo se convirtió en un lugar mucho más conectado, que traería riqueza para unos pocos y desesperación para muchos.

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Sobre el traductor

Miriam López
I'm a translator and interpreter in an ever-changing world. I love languages and getting to know other cultures. Travelling has become the nearest way to learn from each other these days.

Sobre el autor

Mark Cartwright
Mark es un escritor de historia radicado en Italia. Sus intereses principales incluyen la cerámica, la arquitectura, la mitología mundial y descubrir las ideas que todas las civilizaciones tienen en común. Tiene una maestría en filosofía política y es director de publicaciones en World History Encyclopedia.

Cita este trabajo

Estilo APA

Cartwright, M. (2019, enero 08). El comercio en la Europa medieval [Trade in Medieval Europe]. (M. López, Traductor). World History Encyclopedia. Recuperado de https://www.worldhistory.org/trans/es/2-1301/el-comercio-en-la-europa-medieval/

Estilo Chicago

Cartwright, Mark. "El comercio en la Europa medieval." Traducido por Miriam López. World History Encyclopedia. Última modificación enero 08, 2019. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-1301/el-comercio-en-la-europa-medieval/.

Estilo MLA

Cartwright, Mark. "El comercio en la Europa medieval." Traducido por Miriam López. World History Encyclopedia. World History Encyclopedia, 08 ene 2019. Web. 05 jul 2022.

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