Ajuares funerarios en el Antiguo Egipto

Joshua J. Mark
por , traducido por Carolina Valenzuela-Orrego
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El concepto de la vida después de la muerte fue cambiando a través de las eras en la larga historia de Egipto, pero, en general, se imaginaba como un paraíso en el que uno podía vivir eternamente. Para los egipcios, su nación era el lugar más perfecto, creado por los dioses para la felicidad de los humanos.

Por ende, el más allá era una imagen espejo de la vida que uno había tenido en la tierra, hasta el más mínimo detalle, diferenciada solo por la ausencia de todos aquellos aspectos de la existencia que uno encontrara desagradables o dolorosos. Una inscripción sobre la vida después de la muerte habla sobre el alma que puede caminar eternamente junto a su arroyo favorito y sentarse bajo su árbol de sicomoro preferido; otras muestran a esposos y esposas reencontrándose en el paraíso, haciendo todas las cosas que hacían en vida, como arar los campos, cosechar grano, comer y beber.

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Antechamber of Tutankhamun's Tomb
Antecámara de la tumba de Tutankamón Patty (CC BY-NC-ND)

Sin embargo, para poder disfrutar de este paraíso, era necesario contar con los mismos objetos que se tenían en vida. Las tumbas, e inclusive fosas simples, contenían objetos personales, así como comida y bebida para el alma en el más allá. Estos objetos se conocen como «ajuares funerarios» y se han convertido en un recurso importante para los arqueólogos modernos a la hora de identificar a los propietarios de las tumbas, datarlas y comprender la historia egipcia. Aunque hay quienes se oponen a esta práctica por considerarla «saqueo de tumbas», los arqueólogos que se dedican a excavarlas de forma profesional garantizan a los difuntos su objetivo principal: vivir para siempre y que sus nombres sean recordados eternamente. Según las propias creencias de los antiguos egipcios, los ajuares funerarios depositados en la tumba ya habrían cumplido su función siglos atrás.

Comida, bebida & estatuillas shabtis

Los ajuares funerarios, en mayor o menor número y de valor variable, se han encontrado en casi todas las tumbas egipcias que no se saquearan en la Antigüedad. Los objetos que se podían encontrar en la tumba de una persona adinerada eran similares a los que hoy en día se consideran valiosos: piezas ornamentadas de oro y plata, juegos de mesa de madera fina y piedras preciosas, lechos cuidadosamente elaborados, cofres, sillas, estatuas y ropa. El ejemplo más destacado de tumba faraónica es, sin duda, la del rey Tutankamón, del siglo XIV a.C., descubierta por Howard Carter en 1922 d.C., pero a lo largo de todo el Antiguo Egipto se han excavado numerosas tumbas que dejan entrever el estatus social de la persona enterrada en ellas. Incluso en las de personas de origen humilde incluían algunos ajuares funerarios junto al difunto.

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El objetivo principal de los ajuares funerarios no era presumir del estatus del difunto, sino proporcionarle lo que necesitaría en la otra vida.

Sin embargo, el objetivo principal de los ajuares funerarios no era presumir del estatus del difunto, sino proporcionar al fallecido lo que necesitaría en la otra vida. Por lo tanto, la tumba de una persona rica contaría con más ajuares (de lo que sea que le gustaba en vida) que la de una persona más pobre. En la tumba se dejaban los alimentos favoritos, como pan y bizcochos, pero se esperaba que los familiares vivos hicieran ofrendas diarias de comida y bebida.

En las tumbas de los nobles de clase alta y de la realeza se incluía una capilla de ofrendas en la que se encontraba la mesa de ofrendas. La familia llevaba comida y bebida a la capilla, dejándola en la mesa. El alma del difunto absorbía los nutrientes de las ofrendas para luego regresar al más allá. Esto garantizaba que los vivos lo recordaran continuamente, asegurando su inmortalidad en la otra vida.

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Si una familia estaba demasiado ocupada para encargarse de las ofrendas diarias y podía permitírselo, se contrataba a un sacerdote (conocido como «servidor del Ka» o «el que vierte agua») para que realizara los rituales. Sin importar cómo se hicieran las ofrendas, había que ocuparse de ellas a diario. La famosa historia de Jonsuemheb y el fantasma (que data del Imperio Nuevo de Egipto, en torno a 1570-1069 a.C.) aborda esta situación en particular.

En la historia, el fantasma de Nebusemej regresa para quejarse ante Jonsuemheb, sumo sacerdote de Amón, de que su tumba se encuentra deteriorada y él ha caído en el olvido, por lo que ya no se le llevan ofrendas. Jonsuemheb localiza y repara la tumba, prometiendo asegurarse de que le sigan llevando ofrendas a partir de entonces. El final del manuscrito se ha perdido, pero se presupone que la historia tiene un final feliz para el fantasma de Nebusemej. Si una familia olvidara sus obligaciones para con el alma del difunto, entonces, al igual que Jonsuemheb, podría sufrir apariciones hasta que esta injusticia se corrigiera, restableciéndose las ofrendas regulares de comida y bebida.

La cerveza era una bebida que se solía incluir entre los ajuares funerarios. En Egipto, la cerveza era la bebida más popular (considerada la bebida de los dioses y uno de sus mayores regalos) y constituía un elemento básico de la dieta egipcia. Una persona adinerada (como Tutankamón) recibía sepultura con jarras de cerveza recién elaborada, mientras que una persona más humilde no podía permitirse ese tipo de lujo. A menudo se pagaba a la gente con cerveza, por lo que enterrar una jarra de esta junto a un ser querido sería comparable a que alguien hoy en día enterrara su sueldo.

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En ocasiones se elaboraba cerveza específicamente para un funeral, ya que estaría lista, desde el inicio hasta el final del proceso, para cuando el cadáver hubiera completado el proceso de momificación. Tras el funeral, una vez cerrada la tumba, los dolientes celebraban un banquete en honor al paso del difunto a la eternidad, y la misma cerveza que se había elaborado para el difunto era degustada por los invitados; estableciéndose una comunión entre los vivos y los muertos.

Shabti Box
Caja de shabtis Osama Shukir Muhammed Amin (Copyright)

Entre los ajuares funerarios más importantes se encontraba la estatuilla shabti o ushebti. Las shabti se fabricaban en madera, piedra o fayenza y a menudo se esculpían según la imagen del difunto. En vida, las personas eran llamadas con frecuencia a realizar tareas para el rey, como supervisar o trabajar en grandes monumentos, solo eludibles si encontraban a alguien dispuesto a ocupar su lugar. Aun así, no se podían evitar las obligaciones año tras año, por lo que una persona necesitaba una buena excusa, además de un sustituto.

Como la vida después de la muerte era solo una continuación de la actual, la gente esperaba que se les llamara a trabajar para Osiris, como habían trabajado para el rey. La shabti podía cobrar vida cuando se pasaba al Campo de los Juncos, para asumir las responsabilidades. El alma del difunto podía seguir disfrutando de un buen libro o ir a pescar mientras la shabti se encargaba de cualquier tarea que tuviera que realizarse. Sin embargo, al igual que en vida no se podían eludir las obligaciones, la shabti no podía usarse para siempre. Cada shabti solo podía utilizarse una vez por año. La gente encargaba tantas de estas estatuillas como pudiera permitirse para disfrutar de mayor ocio en el más allá.

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Las estatuillas shabti se han encontrado en las tumbas de las distintas épocas de la historia de Egipto. Durante el Primer Periodo Intermedio de Egipto (2181-2040 a.C.) se producían en masa, como muchos otros objetos, y desde entonces se incluyeron aún más en las tumbas y sepulturas de todas las clases sociales. La gente más pobre, claro está, ni siquiera podía permitirse una shabti genérica, pero quienes podían, pagaban para tener tantas como fuera posible. Una colección de shabtis, una por cada día del año, se colocaba en la tumba dentro de una caja especial para shabtis, que solía estar pintada y en ocasiones ornamentada.

Textos religiosos y el juicio de Osiris

Las instrucciones de cómo animar una shabti en la otra vida, así como la forma de orientarse en el reino al que se accedía tras la muerte, se proporcionaban a través de los textos inscritos en las paredes de las tumbas y posteriormente escritos en rollos de papiro. Estas son obras que hoy se conocen como los textos de las pirámides (en torno a 2400-2300 a.C.), los Textos de los sarcófagos (en torno a 2134-2040 a.C.) y el Libro de los muertos egipcio (en torno a 1550-1070 a.C.). Los textos de las pirámides son los textos religiosos más antiguos y se escribían en las paredes de la tumba para transmitir al difunto seguridad y orientación.

Cuando el cuerpo de una persona finalmente le fallaba, el alma se sentiría atrapada y confundida al principio. Los rituales asociados a la momificación preparaban al alma para la transición de la vida a la muerte, pero no podía partir hasta celebrarse una ceremonia fúnebre adecuada. Cuando el alma despertaba en la tumba y se separaba de su cuerpo, no tendría idea de dónde se encontraba ni de lo que había sucedido. Con el fin de tranquilizar y guiar al difunto, los textos de las pirámides y, más tarde, los Textos de los Sarcófagos se inscribían y pintaban al interior de las tumbas, para que, cuando el alma despertara en el cadáver, supiera dónde estaba y adónde debía ir.

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Estos textos acabaron convirtiéndose en el Libro de los muertos egipcio (cuyo título original es el Libro de la salida al día), que consiste en una serie de conjuros que el difunto necesitaría para recorrer el más allá. El conjuro 6 del Libro de los muertos es una reformulación del conjuro 472 de los Textos de los sarcófagos, que instruye al alma sobre cómo activar la shabti. Una vez que la persona fallecía y su alma despertaba en la tumba, esta era guiada, generalmente por el dios Anubis, aunque a veces por otros, al Salón de la Verdad (también conocida como Salón de las Dos Verdades), donde era juzgada por el gran dios Osiris.

Entonces, el alma recitaría la Confesión Negativa (una lista de «pecados» que podía afirmar con sinceridad no haber cometido, como «No he mentido, no he robado, no he hecho a nadie llorar a propósito»), y a continuación se pesaría el corazón del alma en una balanza, comparándolo con la pluma blanca de ma'at, el principio de la armonía y el equilibrio.

Weighing the Heart, Book of the Dead
El pesaje del corazón, Libro de los muertos Jon Bodsworth (Public Domain)

Si el corazón resultaba más ligero que la pluma, el alma se consideraba justificada; pero si era más pesado que la pluma, se dejaba caer al suelo, donde era devorado por el monstruo Ammut (o Ammyt) y entonces el alma dejaba de existir. No existía ningún «infierno» para el castigo eterno del alma en el antiguo Egipto; su mayor temor era la inexistencia, y ese era el destino de quien había hecho el mal o había fallado adrede en hacer el bien.

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Si el alma era absuelta por Osiris, proseguía su camino. En algunas épocas de Egipto, se creía que el alma se encontraba con diversas trampas y dificultades que solo podría superar con los hechizos del Libro de los muertos. Sin embargo, en la mayoría de las épocas, el alma salía del Salón de la Verdad y viajaba hasta las orillas del Lago de los Lirios (también conocido como el Lago de las Flores), donde se encontraba con el siempre desagradable barquero conocido como Hraf-haf («El que mira hacia atrás») quien remaba llevando al alma a través del lago hasta el paraíso del Campo de los Juncos. Hraf-haf era la «prueba final», ya que el alma tenía que encontrar la forma de ser cortés, misericordiosa y agradable con una persona muy antipática para poder cruzar.

Una vez cruzado el lago, el alma se encontraba en un paraíso que era un reflejo de la vida en la Tierra, salvo por la ausencia de cualquier decepción, enfermedad, pérdida o, por supuesto, muerte. En el Campo de los Juncos, el alma se encontraba con los espíritus de aquellos a quienes había amado y que habían fallecido antes, su mascota predilecta, su casa favorita, el árbol o el arroyo junto al que solía pasear, todo lo que uno creía haber perdido le era devuelto y, además, uno vivía eternamente en la presencia directa de los dioses.

Mascotas y el más allá

Reencontrarse con los seres queridos y vivir eternamente con los dioses era la esperanza del más allá, pero también lo era encontrarse en el paraíso con las mascotas más queridas. A veces, las mascotas se enterraban en sus propias tumbas, pero, por lo general, lo hacían junto a su dueño o dueña. Si uno disponía de suficiente dinero, podía optar por mandar a su mascota, un gato, un perro, una gacela, un pájaro, un pez o un babuino, a momificar y enterrar junto a su propio cadáver. Los dos mejores ejemplos de esto son la suma sacerdotisa Maatkara Mutemhat (en torno a 1077-943 a.C.), que fue enterrada con su mono mascota momificado, y la reina Isetemjeb (en torno a 1069-943 a.C.), que fue enterrada con su gacela mascota.

Sin embargo, la momificación era costosa, sobre todo el tipo que se practicó con estos dos animales. Recibieron un tratamiento de primera clase en su momificación y esto, por supuesto, reflejaba la riqueza de sus dueñas. Había tres niveles de momificación disponibles: el de máxima categoría, donde se trataba al difunto como a un rey (y se le daba sepultura acorde con la gloria del dios Osiris); el de categoría media, donde se le trataba bien, pero no tanto; y el más barato, donde se le prestaba un servicio básico de momificación y sepultura. Aun así, todo el mundo, rico o pobre, proporcionaba a sus difuntos algún tipo de tratamiento para el cadáver y ajuar funerario para la vida después de la muerte.

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Cat Mummy
Momia de un gato Mary Harrsch (Photographed at the Rosicrucian Egyptian Museum, Calif.) (CC BY-NC-SA)

A las mascotas se las trataba muy bien en el Antiguo Egipto, y están presentes en las pinturas de las tumbas y en los ajuares funerarios, por ejemplo, como collares para perros. La tumba de Tutankamón contenía collares de oro para perros y pinturas de sus sabuesos de caza. Aunque los autores modernos suelen afirmar que el perro favorito de Tutankamón se llamaba Abuwtiyuw, quien fue enterrado con él, esto no es correcto. Abuwtiyuw es el nombre de un perro del Imperio Antiguo de Egipto que complació tanto a su rey que se le dio un entierro privado con todos los ritos que se daban a una persona de cuna noble. La identidad del rey que amaba a dicho perro es desconocida, pero el perro del rey Jufu (Keops, 2589-2566 a.C.), Akbaru, fue muy admirado por su amo y lo acabaron enterrando junto a él.

Los collares de los perros, que a menudo llevaban sus nombres, solían incluirse entre los ajuares funerarios. La tumba del noble Maiherpri, un guerrero que vivió bajo el reinado de Tutmosis III (1458-1425 a.C.), contenía dos collares para perros, hechos de cuero y ornamentados. Estaban teñidos de rosado y decorados con imágenes. Uno de ellos muestra caballos y flores de loto realzados con remaches metálicos, mientras que el otro cuenta con escenas de cacería y el nombre del perro, Tantanuit, grabado. Estos son dos de los mejores ejemplos del trabajo ornamentado que se realizaba en los collares para perros en el Antiguo Egipto. De hecho, en la época del Imperio Nuevo, el collar para perros se había convertido en una obra de arte en sí misma, digna de usarse en el más allá ante la presencia de los dioses.

La vida y el más allá en Egipto

Durante el periodo del Imperio Medio de Egipto (2040-1782 a.C.) se produjo un importante cambio filosófico en el que la gente cuestionaba la realidad de este paraíso y hacía hincapié en disfrutar la vida al máximo, puesto que no existía nada tras la muerte. Algunos estudiosos han especulado que esta creencia surgió a raíz de las turbulencias del Primer Periodo Intermedio, previo al Imperio Medio, pero no hay pruebas convincentes al respecto.

Estas teorías siempre se basan en el argumento de que el Primer Periodo Intermedio de Egipto fue una época oscura de caos y confusión, lo cual sin duda no fue así. Los egipcios siempre dieron importancia a vivir la vida al máximo; toda su cultura se basa en la gratitud por la vida, disfrutarla y amar cada momento, de modo que este énfasis no era nada nuevo. No obstante, lo interesante de la creencia del Imperio Medio es su negación de la inmortalidad, que tenía como objetivo hacer de la vida presente algo aún más valioso.

La literatura del Imperio Medio refleja una falta de fe en la visión tradicional del paraíso, ya que la gente de esa época era más «cosmopolita» que en épocas anteriores y probablemente intentaba distanciarse de lo que consideraba «supersticioso». El Primer Periodo Intermedio elevó a los distintos distritos de Egipto, hizo de sus expresiones artísticas individuales algo tan valioso como el arte y la literatura estatales del Imperio Antiguo de Egipto, e hizo que la gente se sintiera más libre para expresar sus opiniones personales en lugar de repetir lo que otros les enseñaban. Este escepticismo desaparece durante la época del Imperio Nuevo y, en su mayor parte, la creencia en el paraíso del Campo de los Juncos se mantuvo constante a lo largo de la historia del país. Una parte de esta creencia era la importancia de los ajuares funerarios, que servirían al difunto en el más allá tan bien como lo habían hecho en la vida terrenal.

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Estilo APA

Mark, J. J. (2026, agosto 06). Ajuares funerarios en el Antiguo Egipto. (C. Valenzuela-Orrego, Traductor). World History Encyclopedia. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-1049/ajuares-funerarios-en-el-antiguo-egipto/

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Mark, Joshua J.. "Ajuares funerarios en el Antiguo Egipto." Traducido por Carolina Valenzuela-Orrego. World History Encyclopedia, agosto 06, 2026. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-1049/ajuares-funerarios-en-el-antiguo-egipto/.

Estilo MLA

Mark, Joshua J.. "Ajuares funerarios en el Antiguo Egipto." Traducido por Carolina Valenzuela-Orrego. World History Encyclopedia, 06 ago 2026, https://www.worldhistory.org/trans/es/2-1049/ajuares-funerarios-en-el-antiguo-egipto/.

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