Las chinampas son islas artificiales construidas sobre lagos poco profundos que han alimentado a las gentes de Mesoamérica y dado forma a los ecosistemas locales durante más de mil años. Estos logros agrícolas de la ingeniería, en ocasiones llamados «jardines flotantes», sobreviven como un testamento del ingenio de la civilización azteca y sus predecesores, que vivían en lagos, en particular la gente de Xochimilco, donde las chinampas se siguen utilizando hoy en día.
Construcción de una chinampa
La palabra chinampa deriva del término náhuatl chinamitl, que significa «una valla hecha de plantas» o un espacio que se puede cerrar dentro de una valla de plantas. El intenso proceso de construcción de la chinampa empezaba con la localización de un suelo firme en una zona poco profunda de un lago. Allí, los constructores clavaban postes de madera en el fondo del lago. El área designada para la construcción por lo general era rectangular, con larguras que iban de 8 a 100 metros y anchuras entre los 2 y los 25 metros. Además de los postes, los trabajadores plantaban sauces, como los sauces o huejotes nativos de México (Salix bonplandiana), en las esquinas o a lo largo del perímetro, de manera que las raíces de los árboles le dieran estructura a la recién creada chinampa. El Códice Florentino presenta un sauce que crece de las olas azules; sus hojas lanceoladas sencillas alternadas a lo largo del tallo son características del género Salix al que le encanta el agua.
Una vez los postes estaban en su sitio para establecer la estructura de la isla artificial, los constructores entretejían juncos, vides y ramas entre ellos para crear el recinto del cual deriva el nombre de la chinampa. Una vez completada la valla de plantas, los constructores comenzaban la ardua tarea de llenar el recinto con muchas capas de tierra, de las cuales como mínimo algunas se extraían del fondo del propio lago, fortificando así la valla con barro y más material vegetal. Cuando por fin el chinamitl era estable y el barro y la tierra recolectados se alzaba a 50 cm por encima de la superficie del agua, la capa superior de tierra se dejaba secar durante varias semanas antes de utilizarla para plantar.
Para controlas las inundaciones y promover el contenido de humedad en el suelo, los trabajadores construían sistemas de drenaje sofisticados, incluidas presas, esclusas, zanjas, diques y canales. Los canales, que fluían entre los campos de chinampas, servían como vías fluviales y permitían en transporte de suministros, cultivos y fertilizantes directamente desde los campos artificiales en los bajíos del lago. La acción capilar drenaba el agua hacia las capas de suelo de la chinampa, lo que permitía que los canales adyacentes sirvieran de reservas para un sistema de subregadío integrado que satisfacía la necesidad de agua de los cultivos y creaba un microentorno que los protegía de las heladas. Además de la infraestructura acuática necesaria para mantener las chinampas, también se podían construir reservas de agua y presas de peces, que consistían en vallas colocadas en el agua corriente para dirigir los movimientos de los peces, unas para reservar agua para actividades varias y las otras para facilitar la pesca.
Fertilización y mantenimiento
Para asegurarse de la fertilidad continua de estas islas agrícolas artificiales, los granjeros, conocidos como chinamperos, utilizaban una serie de métodos de fertilización. Uno de estos métodos consistía en transferir barro, tierra, sedimentos y plantas del fondo de los canales a la capa superior de los campos artificiales. Este proceso ayudaba a mantener los canales además de renovar la capa superior del suelo de las chinampas para una mejor siembra. El suelo de los canales contenía una gran acumulación de material orgánico de la materia vegetal en descomposición, desechos animales y otros restos presentes en el agua, lo que facilitaba la retención de agua y evitaba que los cultivos perdieran demasiada humedad durante la estación seca. Esto permitía el cultivo durante todo el año, que se hacía eficiente mediante el uso de semilleros para preparar los cultivos nuevos para la siembra mientras todavía se estaban cosechando los anteriores. La adición de tierra fresca de los canales también ayudaba a airear las chinampas y promovía la fertilidad a largo plazo y la alta productividad. Entre los demás métodos de fertilización también estaba la aplicación de compost (incluidos desperdicios de alimentos, ceniza, carbón y excremento) y otros materiales orgánicos. Para evitar que creciera la maleza, también utilizaban los residuos de los cultivos como mantillo.
Con un mantenimiento cuidadoso, las chinampas en la época de los aztecas podían albergar una gran variedad de cultivos y flores. Los chinamperos de hoy en día, que mantienen viva esta tradición agrícola, cultivan cosas como maíz, legumbres (habas y fabas), amaranto, tomates, pimientos, lechugas, rábanos, romerillo, verdolaga y muchas otras cosas. Aunque los pueblos antiguos de Mesoamérica no habrían tenido acceso a la mayor parte de los animales domesticados de hoy en día, la mayoría de los cuales no son nativos de América, con frecuencia los chinamperos modernos crían gallinas, ganado, cerdos y ovejas; los alimentan con el producto excedente y añaden el estiércol al proceso de fertilización.
Beneficios del diseño de la chinampa para la agricultura y el ecosistema
Después de cientos de años, las chinampas siguen posibilitando el cultivo en un entorno lacustre y promueven la salud del ecosistema local. Dentro de las propias chinampas los sauces nativos plantados en torno al perímetro de las vallas hacen más que ayudar al soporte estructural. Crecen rápido y están arraigados por densos sistemas de raíces que previenen la erosión del suelo; además, sus copas anchas proporcionan sombra y crean barreras contra el viento y las plagas. A medida que se hacen más altos, también proporcionan un enrejado natural por el que pueden crecer los cultivos de trepadoras para recibir más luz solar.
El microecosistema de las chinampas también impulsa la biodiversidad y alberga especies beneficiosas bacterianas y de hongos. Como gran parte del suelo estratificado de las chinampas proviene del lecho del lago, las algas, bacterias y macrofitos proliferan en el suelo. Estos organismos consumen y convierten los nutrientes de la materia orgánica en descomposición y almacenan el exceso de nitrógeno y fósforo como mecanismo de defensa para utilizarlo en condiciones de escasez de nutrientes. Gracias a este proceso, las bacterias aumentan las reservas de nitrógeno del suelo. Cuando se añade suelo nuevo a la superficie, introduce más materia orgánica y humedad y así alimenta a las algas, las bacterias y los macrofitos, además de propagar el ciclo de fijación del nitrógeno.
Como ejemplo de una agricultura elevada, las chinampas se parecen a estructuras de otras partes de América, incluidos los jardines elevados del lago Titicaca, y otras técnicas de agricultura elevada se han documentado en regiones como los Países Bajos, Dinamarca, Rusia, Francia y Bangladesh. En todos estos casos, las técnicas de agricultura elevada promueven la calidad del suelo, la aireación y la cantidad de humedad mediante el drenaje; en algunos casos, como las chinampas mexicanas, esta técnica permite la producción agrícola en entornos en los que sería imposible de otra manera. Aunque no fue una innovación de la agricultura azteca, se perfeccionó bajo el dominio del imperio de manera que, en los siglos XV y XVI las chinampas de Mesoamérica daban de comer a cientos de miles de personas.
Chinampas en Tenochtitlán, el lago Texcoco y Xochimilco
Cuando el pueblo mexica llegó al valle de México, se encontró con una tierra que ya estaba dominada por otros grupos culturales y étnicos, así que tuvo que depender del trabajo mercenario para sobrevivir. Tras años de vagar en busca de seguridad política, los mexica decidieron construir su hogar en el lago Texcoco, adoptando una región que no quería nadie más y transformándola en el corazón de un imperio. La civilización azteca o mexica que perduró en esas aguas pantanosas era tan resistente que el símbolo del portento fundador de la ciudad dado por los dioses, un águila posada en un nopal comiéndose una serpiente, sigue siendo el elemento central de la bandera actual de México.
Parte del motivo por el que nadie más quería asentarse en la región en torno al lago Texcoco era que los mesoamericanos dependían casi por completo de la agricultura para su sustento. Los mesoamericanos comían principalmente frutas y verduras con un suplemento de animales de caza y muy pocas especies domesticadas, así que requerían una gran cantidad de infraestructura agrícola. Como había poca tierra cultivable en torno al lago Texcoco, las chinampas emergieron como una solución elegante y efectiva al problema de la alimentación. Los primeros aztecas probablemente se inspiraron en sus rivales de Xochimilco, que quiere decir «campos en flor» en náhuatl, donde las chinampas ya estaban perdurando antes de la fundación de Tenochtitlán. Resueltos a prosperar en su nuevo hogar, los habitantes del lago Texcoco se dispusieron a llenar las aguas poco profundas con tierras de cultivo.
El Códice Florentino describe un tipo de tierra llamada atlalli, que es una combinación de atl, que significa «agua», y tlalli, que significa «tierra», en náhuatl. Al describir lo que hace que esta tierra sea diferente a todas las demás formas de tlalli, el escritor náhuatl nos cuenta, «Es un campo de regadío. Es un jardín regado, que se puede regar... es bueno, fino, precioso; una fuente de comida, estimada; un lugar de fertilidad... para plantar maíz, para plantar frijoles, para cosechar» (Libro 11, folio 227v - 228r, traducido por Anderson y Dibble). La imagen a continuación muestra a un granjero trabajando, de pie entre zarcillos y charcas de agua. El artista plasma la fertilidad de la tierra no solo a través del contraste de texturas entre el agua rizada y la tierra en montones, sino también con la presencia de tallos y flores, en especial algunos que recuerdan a plantas de maíz, cerca del final de las ramas húmedas.
A lo largo de casi dos siglos de gobierno azteca, los chinamperos se dedicaron a las granjas en islas artificiales y el Gobierno controlaba y regulaba todos los aspectos del mantenimiento, con énfasis en la economización del uso del tiempo, la producción y los desechos. De hecho, la fertilización de las chinampas estaba integrada en las prácticas higiénicas de la gente de la ciudad. Los habitantes de Tenochtitlán se aliviaban en chozas especializadas construidas cerca de las calles y callejones de la ciudad, donde había canoas que recolectaban el excremento humano. De ahí, se transportaba directamente a las chinampas, donde se usaba como fertilizante junto con la materia vegetal y otros materiales orgánicos ricos en nutrientes. Además de los métodos de fertilización ya mencionados, los chinamperos aztecas dejaban sus islas en barbecho cada dos o tres años para permitir que el suelo descansara antes de volver a plantar.
Gracias a este sistema cuidadosamente ordenado, las chinampas de la era azteca podían producir siete cultivos diferentes cada año. La productividad se maximizaba al permitir a las semillas germinar en semilleros antes de introducirlas en las chinampas. Mientras otros cultivos crecían en las parcelas a tamaño completo, los agricultores plantaban semillas en cuadrados pequeños de tierra llamados chapines, donde crecían varias semanas antes de trasplantarlas al suelo de la chinampa, fertilizarlas y cubrirlas con cuidado con una capa de paja y cañas nativas. Esta capa de vegetación protegía a las nuevas plantas del sol y ayudaba a atrapar la humedad en el suelo. Por último, los cultivos se rociaban con una solución de chiles molidos y agua para controlar las plagas. Una vez terminaban de crecer, se realizaba la cosecha, se cargaba directamente en barcos y se enviaba a los ajetreados mercados que rodeaban Tenochtitlán.
Los aztecas, al igual que muchas otras poblaciones nativas americanas, utilizaban, entre muchas otras plantas, una especie de trinidad sagrada de los cultivos: maíz, frijoles y calabaza. Las poblaciones indígenas a veces las conocen como «las tres hermanas» y son especies que mejoran cuando se plantan juntas en el mismo espacio porque cada uno de los cultivos proporciona algún tipo de soporte para los demás. Las plantas de maíz proporcionan un enrejado natural por el que pueden trepar las plantas de frijol, y los frijoles absorben nitrógeno del aire que pueden convertir n nitratos que ayudan a fertilizar la tierra y el campo circundante. Las horas de calabaza proporcionan una cubierta que inhibe la evaporación del suelo y el crecimiento de malas hierbas con lo que garantiza que sus vecinas tengan acceso a un suelo húmedo y rico en nutrientes. Aunque los aztecas no habrían usado el título de «las tres hermanas» para describir sus técnicas de cultivo intercalado, el maíz, los frijoles y la calabaza eran igualmente elementos básicos de la dieta azteca, y las zonas de cultivo de chinampa en el lago Xochimilco produjeron suficientes cultivos para alimentar a aproximadamente 100.000 personas durante el apogeo del Imperio azteca.
El Códice Florentino conserva una imagen de maíz descrito como cintli: «la mazorca de maíz blanca, la de las tierras irrigadas, la de los campos, la de las chinampas». (Libro 11, folio 246v, traducido por Anderson y Dibble)
Además de los cultivos necesarios para sustentar a la población de Tenochtitlan, los chinamperos aztecas a menudo también plantaban flores en sus parcelas flotantes. Lejos de ser simplemente una fuente de belleza, las flores tenían una importancia simbólica en todas las culturas mesoamericanas. Conocidas como xochitl en náhuatl, las flores también eran ofrendas en los rituales aztecas de sacrificio. Había tres deidades con una asociación particular con ellas: Xochipilli, Xochiquetzal y Macuilxochitl, adoradas como patronas de las artes, la belleza y el placer. Xochitl in cuicatl, que significa «flores y canto», era una frase metafórica en náhuatl que podría usarse para referirse a todo tipo de esfuerzos artísticos, en especial el arte de la poesía, especialmente apreciado en la sociedad azteca. Tanto si las usaban las mujeres que bailaban durante las celebraciones como si se llevaban para significar la presencia de un dios en la tierra o se ofrecían para honrar a los dioses en días sagrados, las flores de Tenochtitlán crecían en chinampas.
Las chinampas en la actualidad
Los estudios recientes muestran que las chinampas ya se usaban en Mesoamérica en el año 1000 a.C. y, aunque la mayoría de los grandes lagos que alguna vez albergaron el corazón de la civilización azteca se han drenado hace mucho tiempo, todavía quedan algunas que siguen dando de comer a Ciudad de México cientos de años después. Aunque todavía quedan unos 5.000 acres de chinampas, tan solo el 2,5 % se sigue usando para la agricultura, y los chinamperos que las cultivan utilizan técnicas antiguas y modernas.
A parte del valor cultural, agrícola y social, las chinampas también representan el último entorno natural para los ajolotes en la naturaleza. Nombrados en náhuatl como la propia tierra irrigada por atl («agua») y el dios Xólotl, los ajolotes son anfibios en peligro crítico cuya singular capacidad regenerativa (ya que pueden regenerar miembros, ojos y partes del cerebro) los convierte en un sujeto activo de la investigación médica. Los aztecas los conocían bien y parece que prosperaban en la cuenca de México antes de la conquista, a pesar de ser una parte especialmente apreciada de la dieta azteca que en el Códice Florentino se describe como «un manjar digno de los señores». (Libro 11, folio 68r, traducido por Anderson y Dibble).
Hoy en día, los científicos estiman que quedan entre 50 y 1.000 individuos en estado silvestre, y la combinación de la expansión urbana y la disminución del cultivo de chinampas para la agricultura ha reducido drásticamente su hábitat. La infraestructura de las granjas flotantes, en particular los pequeños canales que se ramifican de las vías fluviales más grandes, les proporcionan a los ajolotes refugio de la carpa y tilapia invasoras, introducidas en el ecosistema en la década de 1960, que compiten con ellos por los recursos alimenticios y se comen a sus crías. La relación ecosistémica entre estos anfibios únicos y las islas agrícolas de México está consagrada en el billete de 50 pesos de 2021, que representa un ajolote suspendido en las ondulantes aguas del canal, rodeado de chinampas llenas de cultivos y cercado por los sauces y juncos que forman el hábitat natural de la salamandra. En el fondo, una planta de maíz hecha de oro etéreo se eleva como el sol, y el texto conmemora el entorno de Xochimilco en su condición de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
Las chinampas modernas, inestimables para los ajolotes, también benefician a las poblaciones humanas locales al proporcionar servicios ecosistémicos como la filtración de agua, la regulación del microclima, el aumento de la agrobiodiversidad, la regulación de los niveles de agua y la captura y secuestro de gases de efecto invernadero. Pero la mera presencia de chinampas no puede proporcionar estos servicios sin cuidado y mantenimiento. Varias agencias y organizaciones están llevando a cabo esfuerzos de conservación para preservar y revitalizar las chinampas de la cuenca de México, pero las tendencias no son prometedoras.
Incluso con iniciativas locales ambiciosas, las perspectivas resultan alarmantes. Una proyección para el año 2057 asume que en Xochimilco, sin un esfuerzo concertado de los actores involucrados (en particular agricultores y Gobierno local), la mayoría de las tierras de chinampa actuales se reconvertirán en vivienda.
(Ebel 2019)
Ahora, igual que en la época de los aztecas, cuidar y cultivar chinampas es un proceso que requiere mucha mano de obra. Hoy en día, unas pocas personas salvaguardan técnicas agrícolas centenarias, y relativamente pocas se esfuerzan por preservar todo el sistema de la agricultura de chinampa de lo que parecería ser su decadencia inevitable. En 2022, los investigadores estimaron que el 90 por ciento de las chinampas en Xochimilco y sus alrededores se habían abandonado y, aunque la pandemia avivó cierto interés en los esfuerzos para revitalizarlas y apoyar aún más a los chinamperos, Alejandra Borunda, en un artículo para la revista National Geographic, señaló que las chinampas representan «1.000 años de historia, todavía vivas por ahora». (Borunda 20s22).

