Fritigerno (también conocido como Fritigernus, fallecido hacia el año 380 d.C.) fue un rey visigodo famoso por haber salido victorioso de la decisiva batalla de Adrianópolis en el año 378 d.C., que diezmó al ejército romano y atormentó a sus comandantes militares durante décadas. Era un godo tervingio que se convirtió al cristianismo arriano y desafió la autoridad del rey visigodo Atanarico (fallecido en 381 d.C.), quien perseguía a los cristianos godos, con lo que la región se sumió en la guerra civil gótica de principios de la década de 370 d.C.
Derrotado por Atanarico, le pidió ayuda al emperador romano Valente, pero aun así no logró desbancar a su rival. Tras su derrota, Fritigerno condujo a sus seguidores a través del río Danubio hacia el Imperio romano en el año 376 d.C. para escapar no solo de la ira de Atanarico, sino también de la invasión de los hunos. Una vez que él y sus seguidores se encontraron en territorio romano, vieron cómo su situación empeoraba rápidamente bajo el yugo de gobernadores provinciales corruptos y se rebelaron, lo que dio inicio a la primera guerra gótica contra Roma (378-382 d.C.), en la que la batalla de Adrianópolis desempeñó un papel clave en sus primeras etapas.
No se sabe nada de su vida antes de su conflicto con Atanarico, y desaparece de la historia antes del tratado de paz que le puso fin a la primera guerra gótica con Roma en el año 382 d.C. Se presume que murió alrededor del año 380 d.C., pero no se sabe ni cómo ni dónde.
El cristianismo de Fritigerno y la guerra civil gótica
Según el historiador antiguo Sócrates el Escolástico (siglo V d.C.), Fritigerno se convirtió al cristianismo arriano en el año 376 d.C., junto con sus seguidores, a petición del emperador romano Valente (que reinó en 364-378 d.C.). Su conversión fue una condición para que se les permitiera entrar en el imperio tras la derrota de Fritigerno a manos de Atanarico.
Sin embargo, en la misma obra, Sócrates señala que el misionero cristiano Ulfilas ya había ganado varios conversos godos al cristianismo en el año 348 d.C. Otro historiador antiguo, Ammiano Marcelino (siglo IV d.C.), también menciona la labor de Ulfilas y sostiene que Fritigerno simpatizaba con el cristianismo antes del año 376 d.C. y del acuerdo con Valente. Así que es probable que Fritigerno ya fuera cristiano antes de cruzar el Danubio, y que la conversión pública fuera simplemente parte del acuerdo formal entre Fritigerno y Valente.
La guerra civil gótica entre Fritigerno y Atanarico a principios de la década de 370 d.C. también respalda la idea de la conversión anterior de Fritigerno del paganismo nórdico de su tribu a la religión romana. Athanarico era el rey de la confederación gótica que había repelido las invasiones de Valente entre los años 367 y 369 d.C. Parte del tratado de paz firmado entre Athanarico y Valente estipulaba que Athanarico era libre de perseguir a cualquier cristiano entre su propio pueblo siempre y cuando no cruzara la frontera para hostigar a los cristianos romanos.
Una parte importante de la posición de Atanarico como rey era su papel como juez del pueblo, un cargo sagrado que mantenía las creencias religiosas tradicionales y la cultura de la tribu. Atanarico, al igual que su padre antes que él, veía el cristianismo como una amenaza para el modo de vida y la concepción religiosa de los godos y a partir de 369 d.C. llevaría a cabo una serie de brutales persecuciones contra los cristianos godos.
No está claro si Fritigerno entró en guerra contra Atanarico para detener las persecuciones o si, una vez desaparecida la amenaza romana, simplemente se retiró de la confederación y desafió el dominio de Atanarico. El historiador Herwig Wolfram, entre otros, ha señalado que, debido a la naturaleza caótica del acontecimiento, las fuentes no ofrecen una razón definitiva para la guerra y es posible hacer más que deducciones sobre las causas.
Atanarico había empleado tácticas de guerrilla de una manera brillante para repeler las invasiones romanas, y es posible que utilizara las mismas contra Fritigerno, como haría más tarde contra los hunos. Su forma de actuar contra las fuerzas de Fritigerno es tan confusa como el resto de la guerra, pero lo derrotó en los primeros enfrentamientos. Fritigerno, junto con su aliado Alavivo, recurrió entonces a Valente en busca de ayuda para derrotar a Atanarico, y parece que logró algunos avances, pero este lo volvió a derrotar.
Para entonces, los hunos habían llegado a las fronteras de las regiones godas y realizaban incursiones regulares en los territorios, destruyendo las cosechas y masacrando a los habitantes. Fritigerno, ya aliado con Roma, solicitó permiso para conducir a su pueblo al otro lado del Danubio, a la seguridad de la Tracia romana, con el fin de escapar tanto de los hunos como de Atanarico.
Fue en este momento cuando Valente estipuló la conversión al cristianismo de Fritigerno y los godos a su mando, además de hacerles prometer que proporcionarían combatientes para el Ejército romano. Una vez cumplidas estas condiciones, Fritigerno y Alavivus condujeron a su pueblo a Roma. Aunque Fritigerno siempre aparece mencionado de forma destacada en las fuentes antiguas, parece que Alavivo fue inicialmente el líder de estos godos y Fritigerno su subordinado hasta después de cruzar el Danubio. Sin embargo, el papel de Alavivo no está claro, ya que las fuentes primarias siempre se refieren a la guerra civil gótica como un conflicto entre Fritigerno y Atanarico.
Los godos solían tener dos líderes: un rey (conocido como reiks, que significa «juez») que presidía los asuntos civiles y un general (conocido como dux) que comandaba el ejército. Es posible que Alavivo fuera un reiks y Fritigerno su dux, pero las fuentes citan a Fritigerno como reiks, así que sigue sin estar claro. Sin embargo, es evidente que fue Fritigerno quien llegó a un acuerdo con Valente y condujo a los godos al territorio romano.
El cruce del Danubio y la vida en la Tracia romana
Los godos tervingios cruzaron el Danubio bajo estrecha supervisión romana. Había muchos godos que ahora huían de los hunos y buscaban refugio en el imperio, pero no les permitían cruzar. Se dice que incluso Atanarico, enemigo acérrimo de Roma, se acercó al Danubio para guiar a su tribu al otro lado, pero desistió tras considerar las represalias que le podría haber infligido Roma por sus anteriores conflictos con Valente. Los soldados romanos apostados a lo largo de las orillas se encargaban de rechazar continuamente a aquellos godos a los que no se les había concedido permiso para cruzar. El historiador Christopher Kelly describe el cruce:
Durante varios días y noches, los tervingios fueron transportados a través del Danubio en uno de sus puntos más estrechos, cerca de la ciudad guarnición de Durostorum, a unos cien kilómetros al oeste del mar Negro. Se trataba de una operación peligrosa, dificultada aún más por el rápido caudal del río, todavía crecido por las lluvias primaverales. Muchos tervingios, frustrados por la lentitud del avance y desconfiados de la supervisión militar romana, se aventuraron a cruzar en canoas hechas con troncos ahuecados; los más desesperados decidieron nadar. Algunos se ahogaron cuando las balsas, sobrecargadas, volcaron. La oscuridad no hizo más que aumentar la confusión: los gritos de familias aterrorizadas separadas en la estampida para subir a las embarcaciones, los cadáveres arrastrados hasta las orillas, las órdenes severas lanzadas por soldados indiferentes. (13)
Una vez en la otra orilla, la vida de los refugiados godos no hizo más que empeorar. Kelly observa: «La situación superaba a Lupicino, el comandante romano en la frontera. Sin previo aviso, se enfrentó a ochenta mil refugiados apiñados en un campamento improvisado. Las zanjas de letrinas desbordadas amenazaban con un brote de enfermedades; el hedor se extendía hasta la cercana Durostorum» (13-14). Los godos habían escapado de los hunos, pero ahora se enfrentaban a nuevos enemigos: el hambre y la codicia de las autoridades romanas en la frontera. Ammiano escribe sobre la situación:
Durante este tiempo, cuando las barreras de nuestra frontera estaban abiertas y el reino de la barbarie se extendía por todas partes en columnas de hombres armados como cenizas incandescentes del Etna, cuando nuestras dificultades y peligros inminentes exigían reformadores militares que se distinguieran por la fama de sus hazañas: fue entonces, como por elección de alguna deidad adversa, cuando se reunieron y se les dio el mando de los ejércitos a hombres de reputación mancillada. A la cabeza de ellos estaban dos rivales en temeridad: uno era Lupicino, comandante general en Tracia, y el otro Máximo, un líder pernicioso. Su traicionera codicia fue la fuente de todos nuestros males. (10)
Lupicino y Máximo desviaban los carros de grano de los godos, robaban grandes cantidades de comida para venderla y sacar beneficio y luego permitían que los carros continuaran hacia el campamento. También reunieron tantos perros como pudieron, y los godos vendieron a sus hijos como esclavos a cambio de carne de perro; «se decía que el precio habitual era un niño por cada perro» (Kelly, 14). Tras siete meses, las autoridades romanas estaban perdiendo el control de la situación en el campamento.Lupicino invitó a Fritigerno y a Alavivo a cenar para discutir la situación, pero solo permitió que un pequeño número de su guardia personal entrara por las puertas de la ciudad de Marcianópolis.
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Los godos, temiendo por la seguridad de sus líderes, se agolparon en el exterior de las puertas junto con los miembros de la escolta que no habían sido admitidos. Ammiano y el historiador Jordanes (siglo VI d.C.) ofrecen relatos ligeramente diferentes de lo que ocurrió a continuación, pero ambos informan de que Alavivo y su escolta fueron asesinados durante la cena junto con el contingente de guardias, mientras que Fritigerno logró escapar.
La primera guerra gótica y la batalla de Adrianópolis
Fritigerno reunió a su pueblo y lo condujo a realizar incursiones por toda la zona. Lupicino había enviado un contingente de soldados romanos para gestionar el traslado y la reubicación de varios godos, y estas fuerzas habían sido anteriormente las encargadas de vigilar la frontera del Danubio. Con la retirada de la presencia militar, los godos greutungos cruzaron el río fácilmente, al igual que varios hunos que vieron la oportunidad de un saqueo fácil. Fritigerno reclutó a estas fuerzas y las condujo contra Lupicino y su ejército, derrotando fácilmente a los romanos (aunque el propio Lupicino escapó). Los godos se encontraban ahora en plena revuelta y la región de Tracia sumida en el caos.
En la capital del Imperio romano de Oriente, Valente se veía acosado constantemente por el pueblo llano, que le exigía que hiciera algo respecto a la situación en Tracia. Finalmente decidió marchar contra los godos y contó con el apoyo de su sobrino menor, Graciano, el emperador de Occidente. Graciano escribió a Valente diciéndole que llegaría pronto y que esperara su llegada antes de enfrentarse a los godos. Valente marchó con sus tropas desde Constantinopla y esperó los refuerzos de Graciano, pero estos se retrasaron debido a las revueltas en Occidente de las que tuvo que ocuparse. Valente se impacientó y trasladó su ejército a la zona de la última posición conocida de los godos: la ciudad de Adrianópolis (la actual Edirne, en Turquía).
Fritigerno se encontraba en las cercanías con sus hombres, saqueando el campo, y Valente reunió a sus consejeros y les preguntó si debía atacar o esperar a Graciano. Algunos sugirieron que atacara de inmediato, mientras que otros le aconsejaron que esperara a Graciano. Valente era un hombre orgulloso y vanidoso que siempre había deseado el tipo de gloria en la batalla que caracterizaba a los más grandes emperadores de los primeros tiempos de Roma.
Parece que, por muy sólido que fuera el consejo de esperar a Graciano, Valente iba a intentar atacar por su cuenta. Ammiano escribe: «prevaleció la fatal insistencia del emperador, respaldada por la opinión aduladora de algunos de sus cortesanos, quienes le instaron a darse toda prisa para que Graciano no pudiera participar en la victoria que (según ellos) ya estaba prácticamente ganada» (28). A Valente también le dieron a entender que las fuerzas de los godos sumaban menos de 10.000 hombres, mientras que su propio ejército contaba con más de 15.000, aunque los historiadores antiguos sitúan estas cifras en un nivel mucho más alto. En consecuencia, dio órdenes de que las fuerzas romanas se movilizaran para atacar a los godos.
Mientras el ejército se preparaba para la batalla, las fuerzas de Fritigerno se encontraban dispersas. Los exploradores de Valente habían informado de una cifra reducida, de unos 10.000, porque ese era el número que habían visto en el campamento de los godos; la cifra real se acercaba más a los 20.000, pero la caballería (unos 5.000 hombres) se encontraba fuera realizando una incursión. Fritigerno envió mensajeros para llamarlos de vuelta, pero necesitaba ganar algo de tiempo. Le envió un emisario a Valente con dos cartas; la primera ofrecía la paz si Valente sencillamente les permitía a los godos establecerse en Tracia en las tierras que había acordado originalmente, mientras que la segunda era una carta privada dirigida a Valente.
En esta segunda carta básicamente Fritigerno decía que esperaba que él y Valente pudieran volver a ser amigos como lo habían sido antes y que él no tenía malas intenciones ni representaba ninguna amenaza; simplemente le resultaba difícil mantener a su pueblo bajo control y, de vez en cuando, no tenía más remedio que permitirles saquear el campo hasta que una fuerza romana los amenazara y se retiraran. Fritigerno le aseguró a Valente que la situación actual era uno de esos casos y que no había necesidad real de hostilidades.
Valente leyó las cartas pero, como señala Ammianus, «en cuanto a los enviados, se dudaba de su sinceridad, y se marcharon sin haber logrado su propósito» (28). De hecho, habían cumplido plenamente con lo que se les había encomendado: retrasar el avance de Valente hacia la batalla hasta que regresara la caballería goda.
Valente marchó con su ejército hacia el campamento godo y lo dispuso en formación de ataque. Mientras tanto, la caballería goda aún no había regresado, y Fritigerno necesitaba ganar más tiempo. Volvió a enviar emisarios a Valente solicitando negociaciones y ofreciendo la paz, pero, esta vez, Valente se negó incluso a leer las cartas porque los mensajeros eran de bajo rango, y solo hablaría con aquellos que considerara de cierta importancia.
Mientras los enviados distraían a Valente con su misión, otros godos les prendieron fuego a los campos que rodeaban al ejército romano. Según todos los relatos, aquel día hacía mucho calor, y los romanos no habían tenido tiempo de comer antes de movilizarse. Además, llevaban horas en formación con el equipo de combate completo bajo el sol de agosto. El humo de los incendios a su alrededor agravaba su sufrimiento. Ammiano escribe:
El enemigo se demoró a propósito, con el fin de que, durante la supuesta tregua, pudiera regresar su caballería, que, según esperaban, pronto haría su aparición; también para que nuestros soldados quedaran expuestos al ardiente calor del verano y agotados por la sed, mientras las amplias llanuras resplandecían con los incendios, que el enemigo alimentaba con leña y combustible seco, con este mismo propósito. A ese mal se sumó otro mortal, hombres y bestias atormentados por un hambre severa. (29)
Las fuerzas de Valente no se habían reunido del todo; algunas aún llegaban al campo de batalla cuando una escaramuza hacia las primeras líneas dio inicio a la batalla. Los godos rechazaron a los romanos y, al mismo tiempo, su caballería llegó por fin y atravesó las filas romanas. Ammiano describe la batalla:
Nuestros soldados, que estaban cediendo terreno, se reagruparon, intercambiando muchos gritos de ánimo, pero la batalla, extendiéndose como las llamas, llenó sus corazones de terror, ya que muchos de ellos fueron atravesados por golpes de lanzas y flechas. Entonces las líneas se estrellaron entre sí como naves de proa, empujándose unas a otras de un lado a otro por turnos, y zarandeadas por movimientos alternos, como olas en el mar. Y como el ala izquierda, que había llegado hasta los carros y habría avanzado más si hubiera tenido apoyo, al quedar abandonada por el resto de la caballería y verse acosada por la superioridad numérica del enemigo, fue aplastada y arrollada, como por el derrumbe de una poderosa muralla. Los soldados de a pie quedaron así desprotegidos, y sus compañías estaban tan apiñadas que casi nadie podía desenvainar su espada ni retirar el brazo. Debido a las nubes de polvo, ya no se veía el cielo, y este resonaba con gritos espantosos. Por eso, las flechas que traían la muerte girando desde todos los lados siempre daban en el blanco con efecto fatal, ya que no podían verse de antemano ni se podía protegerse contra ellas. (30-31)
Valente resultó herido de muerte y su escolta lo llevó a una cabaña cercana donde, en un intento por mantenerlo a salvo, lo subieron al segundo piso para atender sus heridas. Para entonces, los godos habían roto por completo las líneas romanas y estaban masacrando a todos los soldados romanos que caían en sus manos. Al llegar a la cabaña, los godos intentaron irrumpir en ella, pero la guardia personal de Valente les disparó flechas desde las ventanas superiores, así que sencillamente le prendieron fuego al edificio, y Valente murió en el incendio junto con su guardia.
Ammiano relata que uno de los guardias saltó por la ventana y fue capturado por los godos, y «cuando les contó lo que había sucedido, los llenó de pesar por haberse visto privados de una gran gloria al no haber capturado con vida al gobernante del Imperio romano» (33). La masacre del ejército romano continuó hasta que cayó la noche, momento en el que los godos regresaron a su campamento y los romanos supervivientes escaparon del campo de batalla como pudieron. Muchos de estos hombres regresaron a la ciudad de Adrianópolis y ayudaron a fortificarla ante la posibilidad de un ataque.
A la mañana siguiente, los godos se abalanzaron sobre la ciudad, pero fueron repelidos. Fritigerno ya había aprendido, como él mismo dijo, a «hacer las paces con los muros de piedra», porque su pueblo carecía de máquinas de asedio y no podía tomar ciudades fortificadas. No obstante, sus soldados sentían que habían perdido la oportunidad de alcanzar la gloria con la captura de Valente con vida y, al enterarse de que los estandartes imperiales y el tesoro se encontraban dentro de la ciudad, se negaron a escuchar el consejo de dejar Adrianópolis en paz. Parecían confiados en que su superioridad numérica y el efecto desmoralizador que había tenido su victoria del día anterior sobre los romanos les permitirían tomar la ciudad.
A lo largo del día, los godos intentaron abrirse paso por las puertas de la ciudad o escalar las murallas, e incluso enviaron una delegación de romanos que se habían pasado a su bando para que entraran en la ciudad fingiendo buscar refugio y luego le prendieran fuego (tras descubrir sus intenciones los ejecutaron), pero no lograron ningún avance. Al caer la noche, según Ammiano, «se retiraron desconsolados a sus tiendas, acusándose unos a otros de temeraria locura por no haberse mantenido, como Fritigerno les había aconsejado antes, totalmente al margen de las penurias del asedio» (38). A la mañana siguiente abandonaron la zona bajo el mando de Fritigerno y continuaron saqueando las fincas y aldeas ricas de la región.
Roma había perdido dos tercios del ejército en la batalla, así como al emperador del Imperio de Oriente. Kelly escribe:
La batalla de Adrianópolis fue la peor derrota sufrida por los romanos en setecientos años: de treinta mil soldados, veinte mil murieron. En la escalofriante frase del orador de la corte imperial Temistio, en una tarde de verano «todo un ejército se desvaneció como una sombra». No se puede subestimar el impacto de este momento de destrucción de la política romana. Lo más importante es que la derrota puso de manifiesto la importancia de la frontera del Danubio para la seguridad del imperio. Valente había reaccionado con una lentitud crítica ante la perturbación causada por la amenaza emergente de los hunos al oeste del mar Negro. Su apoyo a Fritigerno obstaculizó los intentos de Atanarico por restablecer el orden. El paso de los tervingios se gestionó de forma deficiente, y su internamiento y vigilancia se dejaron en manos de oficiales apenas competentes… La decisión de luchar en Adrianópolis sin esperar refuerzos del oeste fue una de las peores decisiones tomadas por cualquier emperador en la historia del Imperio romano. La magnitud de la derrota fue consecuencia directa de la impaciente prisa de Valente por alcanzar la victoria por su cuenta. (21-22)
La derrota en Adrianópolis seguiría acechando al Imperio romano durante el siglo siguiente, mientras este continuaba su lento declive. Sin embargo, para Fritigerno fue una gran victoria, y él y sus seguidores continuaron sus incursiones por toda Tracia, pasando a los Balcanes y luego bajando hacia Grecia. Ninguna fuerza romana fue capaz de detenerlos. No se sabe dónde ni cómo murió Fritigerno, pero ya no se lo vuelve a mencionar en ningún relato histórico después del año 380 d.C.
Tras la muerte de Valente, el emperador Teodosio I pasó a gobernar el Imperio Oriental y, en el año 382 d.C., logró negociar la paz con los godos. Esta paz duraría hasta la muerte de Teodosio I en el año 395 d.C., cuando, de nuevo, los romanos cometerían el error de maltratar a los godos (sobre todo al utilizarlos en primera línea en la batalla del Frígido en el año 394 d.C.) y darían inicio al conflicto que culminó con el saqueo de Roma por Alarico I en el año 410 d.C. al frente de los visigodos. Aunque no se sabe nada de la juventud de Fritigerno, ni de su muerte, se le recuerda como un gran guerrero y líder de su pueblo que le infligió a Roma la peor derrota militar de su larga historia.
Traductora de inglés y francés a español. Muy interesada en la historia, especialmente en la antigua Grecia y Egipto. Actualmente trabaja escribiendo subtítulos para clases en línea y traduciendo textos de historia y filosofía, entre otras cosas.
Joshua J. Mark no solo es cofundador de World History Encyclopedia, sino también es el director de Contenidos. Anteriormente fue profesor en el Colegio Marista de Nueva York, donde enseñó historia, filosofía, literatura y escritura. Ha viajado extensamente y vivió en Grecia y en Alemania.
Escrito por Joshua J. Mark, publicado el 23 octubre 2014. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.