Roma subterránea

Irene Fanizza
por , traducido por Eva Bruzos Bruyel
publicado el
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La arqueología subterránea es un nicho temático sumamente especializado. Estamos hablando de estructuras sencillas que se encuentran bajo tierra, como las del norte del África romano (capaces de resistir el calor), pero también del caso extremo más complejo y sugerente de los palimpsestos arqueológicos subterráneos, que se dan sobre todo en contextos urbanos.

Si señalamos cualquier capital europea, pensamos inmediatamente en las catacumbas y las tumbas; sin embargo, en el mundo arqueológico de lo subterráneo hay mucho más que meras obras funerarias.

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El ejemplo extremo que mejor ilustra lo que quiero decir es la ciudad de Roma, cuya estratificación urbana tiene de media unos 10‑12 metros de espesor correspondientes a 2.500 años de historia. Esta estratificación se extiende por casi toda la capital dentro de las murallas Aurelianas y alcanza unas profundidades todavía mayores en las excavaciones que se realizaron durante la construcción del metro.

Si hacemos un esfuerzo, nos acordamos de los sitios subterráneos más conocidos, como la cripta de Balbo, la Domus Aurea, los sótanos del Coliseo o —no hay que olvidarse— la tumba de los Escipiones. Recordamos la típica docena de sitios, pero todo lo demás resulta prácticamente desconocido.

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Colosseum Floor (Hypogea)
Suelo del Coliseo (hipogeo) Irene Fanizza (Public Domain)

¿A qué se debe este desconocimiento? El primer problema, que crea un efecto dominó, es que la entidad gestora de estos sitios no es única, sino que depende, por un lado, de la ubicación del yacimiento; y, por el otro, de si lo gestiona el ayuntamiento, el Ministerio de Cultura o el Vaticano, lo que depende a su vez de lo que estos sitios tengan encima en la actualidad. ¿Edificios de la administración pública? ¿Edificios municipales? ¿Iglesias vaticanas? Con este punto de partida, podemos comprender por qué no existe un corpus (o toda una literatura científica) que trate exclusivamente de la Roma subterránea. Hay libros, pero no son académicos y solo hablan de algunos de los sitios más importantes o clasifican las cavidades en función de las cavidades más conocidas. Poca respuesta académica, poco conocimiento y poco interés.

Está claro cuál es el problema principal: la falta de una literatura específica y de unos términos inequívocos que faciliten la búsqueda de los yacimientos excavados en las bases de datos. Esto es así porque la excavación y la interpretación tanto de los sitios subterráneos como de los subaéreos (o de superficie) son las mismas; sin embargo, al estar bajo tierra, los sitios subterráneos poseen unas características únicas, totalmente diferentes de las que tienen los del exterior. Por ejemplo, los sitios subaéreos (sobre todo en Italia) están constantemente a merced de las inclemencias meteorológicas, los derrumbes y los vándalos, pero no solo eso: en las excavaciones subaéreas vemos a menudo un único marco temporal, que podría estar contaminado por las estructuras anteriores o las posteriores (según el caso). En cambio, la característica fundamental de las excavaciones subterráneas (sobre todo de las de Roma) es que ese marco temporal está abierto. Los palimpsestos arqueológicos nos muestran las distintas fases de la estratificación urbana; por eso, no los clasificamos en función del uso primario para el que se concibieron (sería imposible hacerlo en cada sitio que contenga varios edificios y estructuras), sino de su estado particular de conservación, lo que también determina el acceso. Para ser más precisos: no comparamos el pasado, sino el presente.

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Si solo hubiese unos cuantos sitios, de poco valdría crear un departamento para la Roma subterránea; sin embargo, dado que entre las murallas interiores y las exteriores hay unos cien espacios subterráneos, entendemos que es necesario saber más.

Pero ¿cómo procedemos? ¿Partiendo de cero a falta de una literatura específica y de acceso a una bibliografía especializada? Es como buscar una aguja en un pajar teniendo en cuenta la ciudad arqueológica que es Roma. Cuando hubo que reunir los primeros datos bibliográficos, se pensó en las revistas científicas como una tabla de salvación, con la esperanza de que hubiese al menos una que hubiese publicado al menos 30 artículos sobre la Roma subterránea (solo por saber por dónde empezar).

En la revista de arqueología Forma Urbis, que se edita en Roma y trata sobre todo de Roma, escriben únicamente académicos y profesores de universidades italianas y extranjeras. De su archivo de 15 años (equivalente a unos 160 meses de material publicado), casi un centenar de artículos versaban sobre los distintos sitios de la Roma subterránea. Dada la ingente cantidad de material científico publicado en esta revista, se decidió que, en un primer momento, el proyecto solo se basaría en los yacimientos ubicados dentro de las murallas Aurelianas. Se seleccionaron 64 artículos académicos (correspondientes a otros tantos sitios) que, a diferencia de algunos libros, no se centraban en un atractivo arqueológico bien conocido, sino que tenían en cuenta todo el palimpsesto arqueológico visible.

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Determinado el número de partida, el siguiente paso fue hallar la literatura científica de cada sitio (para lo que hubo que encontrar primero todos los nombres de los sitios en las revistas), a fin de vincularle su órgano administrativo, accesibilidad, horarios de apertura y grado de interés según las asociaciones culturales y turísticas (no las académicas).

Junto con esta búsqueda bibliográfica, se realizaron inspecciones presenciales para constatar el estado general de los sitios abiertos al público y para ver cómo se les muestran los atractivos arqueológicos a los desinteresados turistas. En vista del trabajo de campo y de los trabajos parciales, resulta que hablar de yacimientos subterráneos (no solo de los de Roma) es más complicado de lo que cabría esperar. Esto es así porque sus términos y actividades no están sujetos a la práctica arqueológica, sino al estudio de la espeleología (que hasta ahora pertenece al campo de la geología, no de la arqueología).

Veamos por qué.

En geología, cuando estudiamos los fósiles, lo primero que hacemos ante dos hallazgos es buscar las similitudes entre ellos, usando unas analogías que nos permiten comprender su estadio evolutivo, e identificamos las especies y cualquier mutación que se haya dado a lo largo del tiempo. Hacemos igual con los hallazgos más recientes, desde las cerámicas a los mismos yacimientos, cuando comparamos la composición de la planificación o estrategia.

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Todo lo que hacemos en arqueología es identificar lo que la geología denomina «fósiles guía» debido a la distribución y la abundancia con que se encuentran por el mundo, lo que nos permite no solo datar los distintos estratos geológicos, sino también enmarcar temporalmente otros fósiles en la primera fecha desconocida hasta el momento. En concreto, este es el caso cuando, dentro de un nivel estratigráfico, el fósil desconocido aparece junto con el fósil guía.

Hallar, identificar y datar. Aunque la arqueología y la geología aplican el mismo método de trabajo a unos contextos temporales relativamente distintos, por supuesto que sabemos cómo y cuándo estas dos disciplinas se encuentran. Se dan situaciones a medio camino entre las dos ciencias, como el hecho de que compartan y les sean útiles disciplinas fundamentales como la estratigrafía, la pedología, la identificación de rocas, el estudio de la composición de los afloramientos rocosos locales y la espeleología. En vista de los ejemplos anteriores, podemos decir que la geología suele estar más a menudo al servicio de la arqueología. De hecho, sería más correcto decir que la geología es una parte integrante de los métodos modernos de excavación arqueológica. Podría no quedar claro cómo campos como la pedología y la estratigrafía resultan útiles en una excavación arqueológica, pero ¿y la espeleología?

La espeleología es el método científico adecuado y seguro que se practica en geología para explorar las cavidades subterráneas, a fin de comprender la génesis y la naturaleza de las cavidades naturales —cuyo unitérmino suele ser «hipogeo» (del latín hypogeum)—. Recordemos que seguimos dentro del ámbito de la geología y que, entre los posibles hipogeos naturales, tenemos el carst, las cuevas originadas por la actividad volcánica, las cuevas naturales subacuáticas, etc.

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En arqueología, nos gusta usar el mismo método de exploración de las cavidades subterráneas que usan los geólogos, pero la exploración no se limita a las cavidades naturales, por supuesto. De aquí la distorsión de los últimos años. Como la cavidad subterránea arqueológica se denomina igual que la geológica («hipogeo» sin más), tratamos de clasificar en cada caso el supuesto subterráneo arqueológico en función del uso para el que se concibió (mitreos, ninfeos, almacenes, lugares de culto, obras públicas, etc.).

Está claro que no existe en arqueología un equivalente exacto al hipogeo geológico, pero hay cavidades que llevan siendo subterráneas mucho tiempo. Sin embargo, si seguimos el orden natural de lo que nos enseña la geología, por extensión podemos decir que «hipogeo» es lo que nace bajo tierra y permanece bajo tierra. La misma definición se les puede aplicar a las cavidades artificiales arqueológicas, donde el hipogeo es el sitio arqueológico que estaba bajo la superficie en el momento de su construcción y ha seguido bajo la superficie hasta hoy (a diferencia de lo que sería, si no, un subterráneo desenterrado); de este modo, no están solo las catacumbas, sino también los columbarios, las tumbas, los mitreos, algunos ninfeos, los túneles, los acueductos, las alcantarillas y todas las zonas de servicio como las cisternas, los sótanos y algunas bodegas. Todo lo demás no son hipogeos, sino que están en la categoría de simples «estructuras arqueológicas subterráneas».

De aquí el largo debate sobre la reutilización de los edificios preexistentes. Para comprender la relación entre las distintas capas, veamos, por ejemplo, la basílica de San Clemente: en los niveles más profundos, se practicó una sala subterránea (hipogeo visitable) que se usó de ninfeo en la zona estival de una vivienda oficial romana; después, esta sala soterrada se convirtió en un mitreo que, con la subsiguiente construcción del título cardenalicio de San Clemente colindando con la casa, se clausuró de manera definitiva. El título se construyó al lado de la vivienda, sobre el segundo piso de un almacén (perteneciente a la ceca de Juno Moneta) que estaba junto a la vivienda (ahora visitable). Aunque aquí no acaba la cosa: el título también tenía una catacumba (hipogeo no visitable), que se creó a una altura intermedia y que hoy corta parte del almacén y parte de la vivienda; sin embargo, como sabemos que las catacumbas son subterráneas, en la estratigrafía vemos dos hipogeos en dos fases temporales distintas, así como los restos de la vivienda, del almacén y del título, que hoy son estructuras subterráneas.

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Pero vengámonos arriba, que no todos los yacimientos son tan complicados. San Clemente es el más complejo de por sí; en cambio, el Coliseo es el más sencillo porque se encuentra en una cota cero tras el incendio de Nerón, por lo que los pasillos, los colectores y los dos pisos que están bajo la cávea no cortan nada y son el ejemplo más sencillo de un hipogeo arqueológico.

Crypta Balbi
Cripta de Balbo Irene Fanizza (Public Domain)

Ahora que ya teníamos el número y las condiciones de uso de los yacimientos, lo último que nos quedaba por hacer era estandarizar cada uno de sus nombres para facilitar la investigación bibliográfica; para ello, se localizó la voz correspondiente a cada sitio en el Lexicon Topographicum Urbis Romae (Diccionario topográfico de la ciudad de Roma), de Steinby, al que remite toda la bibliografía.

Con todos estos datos, se creó un mapa que muestra con precisión estos espacios subterráneos de Roma publicados en la revista Forma Urbis. A cada punto señalado en el mapa se le asignó el nombre en latín con el que aparece en el Lexicon, además de información adicional como la regio (antigua división —«región»— de la ciudad de Roma) y la demarcación administrativa.

Pero ¿por qué solo se iban a divertir los arqueólogos? Casi todos los sitios subterráneos —poca gente lo sabe— están abiertos al público, lo que aparecerá indicado en la web, además de si dispone de horarios especiales de apertura y del grado de interés (solo para los turistas).

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Este trabajo —como ya hemos dicho— está incompleto, pero es una base sobre la que trabajar, que usó a su vez la revista como estrategia de partida. El proyecto se está supervisando constantemente y se actualiza cada vez que se identifica un nuevo yacimiento; incluso antes de señalarlo en el mapa, nos ocupamos de localizar la bibliografía completa, aunque el sitio no se mencione en el Lexicon.

Roma difundió cánones por todo el imperio durante siglos, pero ninguno de ellos se aplicó jamás a la ciudad de Roma, cuyo movimiento y agitación son evidentes entre el foro romano y la colina Palatina; sin embargo, donde se ve realmente este movimiento urbano es en el subsuelo. No hay nada más bonito que pasear por siglos de historia usando únicamente una escalera de mano.

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Bibliografía

Sobre el traductor

Cita este trabajo

Estilo APA

Fanizza, I. (2026, mayo 25). Roma subterránea. (E. B. Bruyel, Traductor). World History Encyclopedia. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-435/roma-subterranea/

Estilo Chicago

Fanizza, Irene. "Roma subterránea." Traducido por Eva Bruzos Bruyel. World History Encyclopedia, mayo 25, 2026. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-435/roma-subterranea/.

Estilo MLA

Fanizza, Irene. "Roma subterránea." Traducido por Eva Bruzos Bruyel. World History Encyclopedia, 25 may 2026, https://www.worldhistory.org/trans/es/2-435/roma-subterranea/.

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