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El descubrimiento de diamantes en Griqualandia en 1867 acabaría transformando por completo toda la región del sur de África. Este descubrimiento llevó a enormes inversiones financieras europeas y una importante oleada de inmigración. Los diamantes harían que Gran Bretaña se apoderara del control de Griqualandia y de la república bóer de Transvaal, así como que conquistara el reino zulú. Cuando a las riquezas de las minas de diamantes de Kimberley se sumaron los enormes yacimientos de oro descubiertos en Witwatersrand en 1886, Gran Bretaña entró en guerra con los bóers y procedió a anexionar territorios africanos con el fin de asegurar su dominio total sobre la región. Las minas de diamantes y oro, que exigían un suministro insaciable de mano de obra barata, también transformaron las economías y culturas locales, y sentaron las bases de un sistema de segregación racial que no se aboliría hasta finales del siglo XX.
A principios del siglo XIX, el sur de África solo había tenido un interés estratégico real para los británicos, ya que la Colonia del Cabo, fundada en 1806, y el cabo de Buena Esperanza constituían un punto de escala imporntate para los barcos que navegaban entre Gran Bretaña y sus posesiones en Asia, en particular la India británica. Los británicos tenían competencia, no solo por parte de los africanos indígenas, sino también de los bóers. Los bóers, nombre que significa «granjero», también conocidos como afrikáners por que hablaban afrikáans, eran colonos blancos del sur de África de ascendencia holandesa o francesa. A lo largo de la década de 1830, a medida que los británicos prohibían la esclavitud y el crecimiento demográfico ejercía una presión excesiva sobre la tierra y los recursos de la zona del Cabo, más de 14.000 bóers emigraron en busca de tierras en otros lugares. Andries Waterboer se contaba entre estos emigrantes, y reclamó el territorio de los griquas, situado más al norte del río Orange. Los británicos reconocieron esta reclamación en 1834, pero fue impugnada por los jefes locales tlhaping.
PARA 1890, Sudáfrica era, con diferencia, el mayor productor mundial de diamantes.
Mientras que los británicos fundaron otra colonia, Natal, en 1843, los bóers, por su parte, crearon dos repúblicas: el Transvaal en 1852 y el Estado Libre de Orange en 1854. Hasta ese momento, estas colonias blancas no obtenían más que una modesta fuente de ingresos de la agricultura y el comercio. Pero todo esto cambió en 1867: ese año se descubrieron diamantes en Griqualand. El primer diamante en bruto de gran tamaño se encontró, de manera apropiada, en un lugar llamado Hopetown («ciudad de la esperanza») y los niños lo utilizaron como una bonita canica hasta que se envió a Grahamstown (Makhanda), donde se identificó como lo que realmente era. El secretario colonial del Gobierno del Cabo, Richard Southey, se hizo con la piedra y declaró con seguridad: «Señores, esta es la roca sobre la que se construirá el futuro éxito de Sudáfrica» (Fage, 359). En lo que respecta a los inversores, colonialistas y trabajadores blancos, tenía toda la razón. Sin embargo, los africanos negros tendrían bien poco que celebrar ante el descubrimiento de los diamantes.
En 1870 se encontraron más diamantes en lo que se llamaría Kimberley (en honor al conde y secretario colonial). Los primeros yacimientos de roca diamantífera se descubrieron en la granja de un tal Johannes Nicolas de Beer. Los descubrimientos de diamantes a lo largo de los ríos Orange, Harts y Vaal dieron lugar a una inversión financiera británica masiva en Griqualandia y a una enorme afluencia de inmigrantes. Había buscadores de oro curtidos procedentes de Australia y California, empresarios británicos sin escrúpulos, soñadores empedernidos y una buena cantidad de delincuentes. «A los cinco años del descubrimiento en Griqualand, se exportaban anualmente diamantes por valor de más de 1,6 millones de libras (170 millones de libras actuales)». (Boahen, 183)
Kimberley albergaba un enorme cráter artificial conocido simplemente como el «Big Hole» («socavón»). El escritor Anthony Trollope (1815-1882) lo describió así tras una visita en 1877:
Es como si estuvieras mirando dentro de un enorme cuenco, cuyas paredes son tan lisas como deben serlo las de un cuenco, mientras que alrededor del fondo hay diversas incrustaciones maravillosas entre las que las hormigas trabajan con la energía habitual de una tribu de hormigas… Miras hacia abajo y ves el enjambre de hormigas negras ocupadas en cada agujero y rincón con sus picos, moviendo y sacando a paladas la tierra azul suelta. (Jackson, 12-13)
Poco a poco, las piedras preciosas se fueron encontrando en cada vez menos manos, a medida que hombres como Alfred Beit y Barney Barnato compraban las explotaciones de sus competidores. Mientras que en 1871 había 3.588 concesiones mineras, para 1881 se habían consolidado en tan solo 71. El mayor beneficiario de todos fue un tal Cecil John Rhodes (1853-1902). Rhodes era hijo de un vicario británico que llegó por primera vez a Sudáfrica en 1870, cuando trabajaba en la plantación de algodón de su hermano. Rhodes llegó a Kimberley en 1871 y no tardó en amasar su fortuna gracias a los diamantes, acaparando astutamente el mercado de las bombas de agua, tan esenciales para evitar que las minas se inundaran. Fundó la empresa De Beers Consolidated Mines Ltd. Para 1890, Sudáfrica era, con diferencia, el mayor productor mundial de diamantes, superando con creces a fuentes tradicionales como Brasil. De hecho, Rhodes y De Beers se habían hecho con el control de alrededor del 90 % de los diamantes del mundo. El monopolio de De Beers en Kimberley le permitió a la empresa hacer dos cosas: controlar la producción de diamantes para mantener los precios y reducir los costes de mano de obra. Para reducir los robos, se obligaba a los trabajadores a vivir en recintos rodeados de mallas metálicas, pero, en lo que supuso un primer paso hacia la segregación, esto solo se aplicaba a los africanos negros, no a los mineros blancos.
Ahora que el interior parecía ofrecer recursos valiosos, el Gobierno británico también asumió un papel más activo en esta zona de África. Griqualand, rebautizado como Griqualandia Occidental por los británicos, se convirtió en colonia de la Corona en 1871, pero luego fue anexionado por la Colonia del Cabo en 1873. La descarada toma de control británica de las minas de diamantes de Kimberley fue muy mal recibida por los bóers del Transvaal y del Estado Libre de Orange. Los jefes griquas tampoco la recibieron bien, ya que ahora todos estaban excavando sus tierras con maquinaria, a medida que las minas se convertían en vastos hoyos a cielo abierto que dejaban marcas permanentes en la región. Un tribunal de tierras había dictaminado incluso que los griquas eran efectivamente los propietarios de las tierras, pero esto no impidió que los gobernantes coloniales se las apropiaran de todos modos. Las minas estaban ahora dominadas por las grandes empresas, las únicas que podían permitirse la costosa maquinaria necesaria para excavar cada vez más profundo.
«Los efectos de este auge minero en Sudáfrica fueron verdaderamente fenomenales y de alcance general» (Boahen, 183). Las exportaciones aumentaron de forma espectacular, y los diamantes representaban un tercio de ellas. Las minas proporcionaban una fuente de empleo, aunque duro e inseguro: 50.000 personas encontraron trabajo en la industria del diamante en la década de 1870. La combinación de capital y mano de obra barata reportó enormes beneficios, pero solo para unos pocos en la cima de la pirámide capitalista. Como señala el historiador R. Reid, la necesidad de garantizar un suministro permanente de mano de obra barata tuvo consecuencias duraderas, ya que «…determinó la política social y económica de Sudáfrica a lo largo del siglo XX, y en torno a ella se forjó gran parte de la ideología racial» (183).
Los británicos estaban decididos a crear una federación sudafricana que pudiera proteger sus lucrativas minas de diamantes.
Otra consecuencia de las minas fue el crecimiento masivo de la ciudad de Kimberley, que rápidamente llegó a contar con más de 50.000 habitantes. Se produjo una enorme afluencia de nuevos colonos procedentes de toda África meridional y más allá. Este auge proporcionó un mercado inmediato y lucrativo para los productos alimenticios locales, por lo que algunos campesinos africanos prosperaron. Sin embargo, también generó una competencia indeseada por las tierras cultivables, y la prosperidad resultó ser temporal, ya que los colonos blancos, favorecidos por las leyes coloniales, no tardaron en empezar a hacerse con el control y a cultivar a mayor escala.
A medida que África del Sur se desarrollaba económicamente, se construyeron ferrocarriles y carreteras, utilizando de nuevo mano de obra africana barata. Este desarrollo de la urbanización y las infraestructuras era inusual en otras colonias africanas, al menos en cuanto a rapidez y escala. En 1860, África del Sur contaba con apenas 3 kilómetros (1,8 millas) de ferrocarril y carecía por completo de carreteras aptas para vehículos de ruedas. En 1889, ya había 3.300 km (2.050 millas) de vías férreas. Para 1914, la red de carreteras alcanzaba los 75.000 km (46.600 millas). Estos sistemas de transporte supusieron una nueva perturbación para las comunidades agrícolas tradicionales y no hicieron sino acelerar el proceso de urbanización. La urbanización y el crecimiento de las minas estaban afectando gravemente al medio ambiente, sobre todo en lo que respecta a la deforestación masiva, ya que se necesitaban enormes cantidades de madera como combustible. En definitiva, es probable que el pueblo griqua deseara que nadie hubiera dado con aquella primera piedra de color blanco lechoso allá por 1867.
Los británicos, en particular el nuevo secretario colonial, Sir Michael Hicks Beach, estaban ahora decididos a unificar la Colonia del Cabo y Natal con las dos repúblicas bóers en una especie de federación, pero estas últimas veían con recelo las consecuencias que tendría para su propia independencia. Cuando los bóer sufrieron una derrota ante un ataque pedi, los británicos encontraron la excusa que necesitaban para anexionar el Transvaal en enero de 1877, alegando que tan solo la presencia militar británica garantizaría la seguridad. Los británicos estaban decididos a crear una federación de Sudáfrica que pudiera proteger sus lucrativas minas de diamantes. Este plan dio un paso más cuando los británicos derrotaron al reino zulú en 1879. Zululandia se convirtió en colonia de la Corona en 1887 y fue absorbida por Natal en 1897. Mientras tanto, los británicos se hicieron con el Protectorado de Basutolandia (la actual Lesoto) en 1884 y con el Protectorado de Bechuanalandia (la actual Botsuana) en 1885. Suazilandia y Pondolandia se sumaron a la variopinta colección de estados sudafricanos de Gran Bretaña en 1893 y 1894 respectivamente.
La rivalidad británica con las repúblicas bóers continuó y se intensificó tras el descubrimiento de oro en Witwatersrand, en el Transvaal, en 1886. «Para 1890 se exportaba oro por valor de 10 millones de libras, lo que lo convirtió en la principal exportación sudafricana; esta cifra había aumentado a 25 millones de libras en 1905 y a entre 45 y 50 millones de libras [5.000 millones de libras en la actualidad] en 1910» (Boahen, 183). Para 1915, Sudáfrica producía el 40 % del oro mundial. Las minas de diamantes y oro inspiraron a aventureros imperialistas como Rhodes a desplazarse al norte del río Limpopo, con la creencia (que resultó ser errónea) de que allí también se encontrarían sin duda riquezas similares.
Vestido de forma bastante desaliñada, lo único extravagante de Rhodes era su deseo de que Gran Bretaña dominara el mundo. Kimberley se convirtió en la sede de la Compañía Británica de Sudáfrica, fundada por Rhodes en 1889. Al año siguiente, se convirtió en primer ministro de la Colonia del Cabo. Con una enorme riqueza y ahora también influencia política, Rhodes se dedicó a construir un imperio tras obtener una carta real para colonizar lo que se denominaría Rodesia (los actuales Zimbabue, Zambia y Malaui). Rhodes gobernó su Estado homónimo, formado a costa de los pueblos mashona y matabele, como un auténtico dictador.
A medida que el siglo XIX llegaba a su fin, Gran Bretaña tuvo que defender sus adquisiciones frente a los bóers en dos guerras: la primera guerra anglo-bóer (1880-1881) y la segunda guerra anglo-bóer (1899-1902). Gran Bretaña salió victoriosa del segundo conflicto, con lo que por fin se hizo realidad su sueño colonial al constituirse la Unión Sudafricana en 1910. Esta colonia estaba compuesta por la Colonia del Cabo, Natal, Transvaal y el Estado Libre de Orange, e incluía lo que habían sido Zululandia, Tongalandia y Griqualandia.
El oro y los diamantes, que en conjunto representaban el 75 % de las exportaciones de Sudáfrica, no solo habían llevado a los británicos a colonizar casi toda la región del sur de África, sino que también habían alterado por completo las relaciones entre los colonos y los africanos indígenas y habían sembrado las semillas de las posteriores políticas de segregación racial que se prolongarían hasta finales del siglo XX. De media, los mineros blancos percibían más de diez veces el salario de un minero negro. Se aprobaron diversas leyes, como la Ley de Minas y Obras de 1911, que excluía a los africanos de determinados puestos de trabajo mineros cualificados, y la Ley de Tierras de los Nativos de 1913, que expropió las tierras de los africanos para obligarlos a convertirse en jornaleros en las minas. Tal y como señala Reid:
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Estos hallazgos alterarían drásticamente el equilibrio de poder, transformando la historia del sur de África y provocando una auténtica revolución económica que, en última instancia, destruiría la autosuficiencia africana y conduciría a la creación de una economía capitalista a finales del siglo XIX. Además, tambíen conduciría a la destrucción de la independencia política africana, al menos temporalmente.
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Las minas de diamantes de Sudáfrica siguen produciendo hoy en día gemas resplandecientes, pero ninguna ha sido jamás más impresionante que el diamante Cullinan, de más de 3.000 quilates, descubierto en Cullinan en 1905. Tallado para crear dos enormes piedras, el Cullinan I, de 530 quilates, también conocido como la Estrella de África, se encuentra ahora en el cetro real de las Joyas de la Corona británica en la Torre de Londres. Es el diamante tallado incoloro más grande del mundo. La segunda piedra más grande, el Cullinan II, la «Segunda Estrella de África» de 317 quilates, se engastó en la parte delantera de la Corona Imperial de Estado, que se utiliza en las coronaciones de los monarcas británicos.
Editora de español para WHE. Con una licenciatura en Filología Inglesa y un Máster en Traducción, trabaja traduciendo de inglés y francés a español con especialización en historia, belleza, subtitulación y juegos. Su interés se gira principalmente en torno a la antigua Grecia, Mesopotamia y Egipto.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 12 mayo 2026. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.