La búsqueda del nacimiento del río Nilo fue uno de los últimos grandes misterios geográficos de la exploración europea del siglo XIX. Hombres como Livingstone, Burton, Speke y Stanley emprendieron múltiples expediciones para llegar a los rumoreados Grandes Lagos de África Oriental y descubrir de dónde procedían exactamente las aguas del Nilo. No se trataba únicamente de una empresa que rellenaría un vacío en el mapa, sino que la navegación en la cuenca alta del Nilo se consideraba esencial para que pudieran después pudieran llegar el comercio, la labor misionera y, en última instancia, la colonización.
En los albores del siglo XIX, los europeos aún no sabían dónde nacía el río Nilo. La prevalencia de enfermedades mortales como la malaria había impedido que los exploradores se adentraran demasiado en el interior de África, pero esto no detuvo a pioneros como Mungo Park (1771-1806), quien intentó encontrar el nacimiento del río Níger. A partir de 1820, medicamentos nuevos como la quinina ayudaron a combatir las peores enfermedades de África, por lo que las enormes zonas en blanco del mapa del continente comenzaron a rellenarse. Una de las cuestiones más desconcertantes era el origen del río Nilo, la vía fluvial tan conocida a lo largo de la historia y tan vital para el bienestar de Egipto.
El sueño era tener barcos de vapor navegando por el Nilo.
El propio Egipto lanzó varias expediciones patrocinadas para encontrar el nacimiento del Nilo; primero atravesaron Sudán y llegaron a la catarata de Juba alrededor de 1842. Se sabía que el Nilo se dividía en dos cerca de Jartum: el Nilo Azul se desviaba hacia Etiopía, donde se encontraba su nacimiento en las tierras altas. El segundo brazo, el Nilo Blanco, era el que más les interesaba a los europeos, ya que este se dirigía hacia el sur, hacia el corazón de África Oriental, donde se rumoreaba que había muchos grandes lagos. El conocimiento de los lagos de África Oriental había estado durante mucho tiempo en manos de los comerciantes árabes procedentes del sur, en particular de Zanzíbar. Estos comerciantes se habían adentrado profundamente en el interior en busca de nuevas fuentes de esclavos. Lo que se necesitaba a continuación era alguien que siguiera el Nilo Blanco desde el norte y se dirigiera al sur hacia esos lagos para descubrir cuál de ellos era el nacimiento. En ese momento, se seguía hablando de la posibilidad de que todos los lagos formasen parte de un único mar interior llamado Unyamwezi.
Esta cuestión atraía más que la mera curiosidad geográfica porque encontrar y cartografiar vías navegables ayudaría en gran medida a los europeos a establecer nuevas relaciones comerciales y a explotar los vastos recursos naturales que la mayoría de la gente imaginaba que se escondían en el interior de África. El sueño era tener barcos de vapor navegando por el Nilo, trayendo productos manufacturados en Europa para vendérselos a las poblaciones locales y transportando luego materias primas preciosas como oro, marfil y caucho hasta la costa y de vuelta a Europa. Ese era el sueño, pero la realidad del África de mediados del siglo XIX era que viajar a cualquier lugar resultaba extremadamente difícil, muy peligroso y dependía por completo de la cooperación de los africanos, desde los jefes hasta los porteadores. Ciertamente, los exploradores europeos decididos a encontrar el nacimiento del Nilo solían tener prejuicios y actuar por interés propio, pero también eran valientes e ingeniosos en un entorno extraño donde no se podía esperar ayuda del exterior.
El misionero escocés David Livingstone (1813-1873) fue tanto explorador como hombre de la Iglesia. Livingstone creía que al abrir África mediante la cartografía y desarrollar el comercio liderado por los europeos, más africanos entrarían en contacto con el cristianismo. Su segunda ambición era abolir el comercio de esclavos en África. Entre 1855 y 1856, Livingstone exploró el nacimiento del río Zambeze cuando se embarcó en una expedición enormemente ambiciosa desde la Colonia del Cabo, avanzando hacia el norte hasta la costa de la Angola portuguesa en África occidental, y luego atravesando el continente para seguir el Zambeze, llegando finalmente a la costa este en el Mozambique portugués. Durante esta expedición, en noviembre de 1855, Livingstone se convirtió en el primer europeo en ver lo que bautizó como las cataratas Victoria (en honor a la monarca británica) en el Zambeze.
El relato completo de Livingstone sobre su expedición por el Zambeze se puede encontrar en Viajes y exploraciones en el África del Sur, que fue un éxito de ventas en 1857. El éxito del libro y el mantra de Livingstone de que lo que África realmente necesitaba eran las tres C: «cristianismo, civilización y comercio», animaron al Gobierno británico a proporcionarle fondos al explorador para otra expedición. En 1858, exploró el lago Nyasa (hoy llamado lago Malaui), y de nuevo fue el primer europeo en hacerlo. Volvió a visitar las cataratas Victoria, y aquí ofrece una descripción memorable de la experiencia:
Llegamos, el 4 de agosto, a Moachemba… y pudimos ver claramente a simple vista, en el gran valle que se extendía ante nosotros, las columnas de vapor que se elevaban de las cataratas Victoria, aunque estaban a más de 20 millas de distancia… Partimos… el 9 de agosto de 1860, para ver las cataratas Victoria. Mosi-oa-tunya es el nombre makololo y significa «sonido de humo»; Seongo o Chongwé, que significa «el arcoíris» o «el lugar del arcoíris», era el término más antiguo con el que se las conocía. Nos embarcamos en canoas… durante algunas millas el río era suave y tranquilo, y nos deslizamos placenteramente sobre aguas cristalinas, pasando junto a encantadoras islas densamente cubiertas de vegetación tropical… Muchas flores asomaban cerca de la orilla…Pero nuestra atención se desvió rápidamente de las encantadoras islas hacia los peligrosos rápidos… A decir verdad, el aspecto tan espantoso de estos rugientes rápidos no podía dejar de causar cierta inquietud en las mentes de los recién llegados… En este abismo, con el doble de profundidad que las cataratas del Niágara, el río, de más de un kilómetro y medio de ancho, se precipita con un rugido ensordecedor…Toda la masa de agua se precipita sin interrupción; pero, tras un descenso de tres metros o más, la masa entera se convierte de repente en una enorme lámina de nieve arremolinada. Trozos de agua saltan de ella en forma de cometas con colas que se extienden tras de sí, hasta que toda la capa nevada se convierte en miríadas de cometas acuosos que se precipitan y saltan… cada gota de agua del Zambeze parece poseer una especie de individualidad… precipitándose hasta perderse en nubes de espuma… El sol de la mañana dora estas columnas de humo acuoso con todos los colores resplandecientes de arcoíris dobles o triples.
Livingstone, ansioso por satisfacer el insaciable apetito de los victorianos de su país por las novedades de África, se llevó consigo en su segunda expedición al Zambeze al paisajista Thomas Baines (1820-1875). En el estudio de la historia, a veces resulta difícil recuperar y comprender las actitudes del pasado. Para los británicos victorianos, que vivían en una sociedad ya transformada por la Revolución Industrial británica, leer libros de viajes sobre África ricamente ilustrados les abría las puertas a un mundo totalmente diferente y desconocido. Este sentido de la maravilla, que hombres como Livingstone alimentaban, lo explica aquí el historiador L. James:
La nueva ola de exploradores cautivó la imaginación del público con relatos coloridos y a veces sensacionalistas sobre a quiénes y qué habían descubierto. Los europeos se quedaron fascinados por el descubrimiento de un mundo primigenio lleno de maravillas naturales, razas extrañas como los pigmeos y animales exóticos, en particular los gorilas de los bosques del Congo. Muchos lectores se preguntaban si estaban siendo transportados atrás en el tiempo, si no al Jardín del Edén, al menos al mundo en su infancia. En cuanto a lo que se refiere a despertar la imaginación, la exploración de África a mediados de la época victoriana fue similar a los viajes espaciales un siglo más tarde.
(63)
Exploradores como Livingstone no solo contaban sus historias a través de libros, sino que también solían embarcarse en giras internacionales de conferencias enormemente populares, cautivando a su público con diapositivas de linterna mágica, especímenes y curiosidades. Los exploradores se encontraban entre las celebridades internacionales más reconocidas de la época. Por lo tanto, no es de extrañar que la aventura del Nilo atrajera a una pléyade de grandes nombres ansiosos por resolver el enigma y reunir material para ganarse aún más la admiración del público.
A partir de finales de la década de 1850, la exploración de África entró en una nueva fase más dinámica, impulsada por el creciente interés del público y las esperanzas de los empresarios. El Gobierno británico patrocinó entonces a otros dos exploradores: Richard Francis Burton (1821-1890) y John Hanning Speke (1827-1864). Burton ya era famoso por su viaje de 1853 a La Meca, lugar prohibido para los no musulmanes. Hablaba 35 idiomas y había viajado tanto que una vez dijo que el único lugar en el que no se sentía cómodo era su casa. Speke era oficial del ejército, cazador de caza mayor y aventurero en general. Entre 1857 y 1859, Burton y Speke viajaron a lo largo de la ruta del comercio de esclavos conocida por los árabes, es decir, desde Zanzíbar hasta Ujiji, en el lago Tanganica. En la siguiente entrada de su diario, Speke describe la importancia de los productos comerciales innovadores para que los exploradores pudieran encontrar porteadores y sobornar a los jefes a fin de garantizar un paso seguro por los territorios tribales:
A continuación se abrió el regalo y se colocó todo, uno por uno, sobre la manta roja. Las gafas provocaron cierta hilaridad; lo mismo ocurrió con las tijeras… pero el rey [Kamrasi] apenas se inmutó ni pronunció palabra alguna hasta que todo hubo terminado, momento en el que, a instancias de los cortesanos, pidieron y mostraron mi cronómetro. Este maravilloso instrumento, dijeron los oficiales (confundiéndolo con mi brújula), es como el cuerno mágico con el que los hombres blancos encuentran el camino a todas partes… El cronómetro, sin embargo, dije, era el único que me quedaba, y no podía en absoluto desprenderme de él; aunque si a Kamrasi le apetecía enviar hombres a Gani, se le podría conseguir uno nuevo.
El rey no aceptó un no por respuesta, por lo que Speke se vio obligado a decirle que necesitaba el reloj para saber cuándo comer. Esto no logró convencerlo, como Speke continúa explicando:
No consigo sacarle nada hasta que lo tiene: el camino al lago, el camino a Gani, todo parecía depender de que se quedara con mi reloj, un cronómetro valorado en 50 libras, que se estropearía en sus manos en un solo día… Cuando le dije que comprar otro costaría quinientas vacas, todo el grupo se convenció más que nunca de sus poderes mágicos.
(Fleming, 84-5)
Al final, Speke se vio obligado a ceder, aunque el rey prometió devolverle el reloj tres veces al día para que el explorador supiera al menos cuándo comer.
En 1857, Burton y Speke fueron los primeros europeos en ver el lago Tanganica. Speke no estaba convencido de que fuera la verdadera fuente del Nilo, por lo que, dejando atrás a Burton, siguió hacia el norte hasta el lago más grande de África, el lago Ukerewe, al que Speke rebautizó como lago Victoria Nyanza. Burton no estaba convencido de que el lago Victoria fuera realmente el nacimiento del Nilo, y los dos exploradores dejaron de hablarse mientras regresaban a Zanzíbar. Ahora parecía que el enigma del nacimiento del Nilo estaba a punto de resolverse. Al menos todos coincidían en que el clima y el suelo de esta parte de África Oriental parecían ideales para los colonos europeos que podrían establecer plantaciones de cultivos comerciales.
Speke seguía convencido de que el lago Victoria era el nacimiento del Nilo.
Speke, acompañado por James Grant (1827-1892), regresó al lago Victoria en 1860 y descubrió la cascada a la que bautizó como Ripon Falls (en honor al presidente de la Royal Geographical Society, patrocinadora de Speke). Aquí, por fin, dijo Speke, estaba el nacimiento del Nilo. El explorador y cazador de caza mayor Samuel Baker (1821-1893), que viajaba con su compañera húngara Flóra Sass (a quien había comprado en un mercado de esclavos en los Balcanes), puso entonces en duda la afirmación de Speke cuando descubrió lo que llamó el lago Albert (en honor al consorte de la reina Victoria) en 1864. Baker pensaba que este lago era el nacimiento del Nilo. Su expedición era numerosa y estaba bien equipada. Sin embargo, Flóra le describe en una carta a la hija de Baker lo arduo que fue viajar por la cuenca alta del Nilo:
Por fin hemos llegado aquí, tras una lucha terrible y un viaje agotador arrastrando una flotilla de 59 embarcaciones, incluido un vapor de treinta y dos caballos de potencia, a través de la hierba alta y los pantanos… Sería prácticamente imposible, por mucho que lo describiera, darte una idea de los obstáculos a la navegación con los que hemos tenido que lidiar con la flota, pero puedes imaginarte las dificultades cuando te diga que tardamos treinta y dos días, con 1.500 hombres, en recorrer una distancia de tan solo 2 millas… Nuestras embarcaciones tenían un calado de cuatro pies, pero en muchos lugares la profundidad del río era de solo dos pies.
(Fleming, 88)
Speke siguió convencido de que el lago Victoria era el nacimiento del Nilo y, en 1863, publicó su Diario del descubrimiento del nacimiento del Nilo. Speke murió al año siguiente en un accidente mientras cazaba perdices. Curiosamente, la muerte del explorador se produjo la mañana del mismo día en que tenía previsto debatir públicamente con Burton en la Asociación Británica sobre sus opiniones rivales respecto al nacimiento del Nilo.
Por lo tanto, en 1864 había tres exploradores que afirmaban cada uno que un lago diferente era el nacimiento del Nilo. Burton pensaba que era el lago Tanganica, Speke se había decantado por el lago Victoria y Baker apostaba por el lago Albert. Sería necesaria otra expedición para resolver el enigma. En 1866, Livingstone regresó al lago Nyasa y se dirigió hacia el lago Tanganica. Fue entonces cuando desapareció el explorador escocés. Cinco años después, todavía no había noticias de Livingstone.
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Stanley
El periodista estadounidense Henry Morton Stanley (1841-1904) estaba decidido a descubrir el destino del explorador desaparecido y, por encargo del New York Herald, partió hacia el corazón de África en 1871. Stanley logró encontrar a Livingstone en noviembre de ese año en Ujiji, y, según se dice, pronunció la inmortal frase, «Dr. Livingstone, supongo». Tras descubrir el río Lualaba, Livingstone estaba convencido, al igual que Burton, de que el lago Tanganica era el nacimiento del Nilo. Continuó sus exploraciones, avanzando más hacia el sur, pero murió en la cuenca alta del Lualaba el 1 de mayo de 1873. Sus leales sirvientes, Susi y Chuma, enterraron el corazón del explorador en el lugar donde murió, pero conservaron el resto de su cuerpo y lo llevaron de vuelta a Gran Bretaña pasando por Zanzíbar. Los restos de Livingstone, que tanto habían viajado, recibieron entonces un funeral de Estado y fueron enterrados en la Abadía de Westminster; Stanley fue uno de los portadores del féretro. Susi y Chuma también salvaron los diarios del explorador, quizá de mayor utilidad para el legado de Livingstone, publicados en 1874. Irónicamente, el misionero y explorador había escrito una entrada en junio de 1868 en la que afirmaba que deseaba que lo enterraran en la tranquila soledad de la selva africana.
A diferencia de la mayoría de los demás exploradores, Livingstone creía que los africanos no eran diferentes de los europeos (o al menos de los pobres y sin estudios) y que, por lo tanto, debían ser tratados con dignidad y respeto. Livingstone se convirtió en un icono del mundo victoriano, considerado un hombre virtuoso, nada menos que un mártir cristiano que luchaba contra los males gemelos de la esclavitud y la ignorancia geográfica. Los escolares estudiaban las palabras y los hechos del explorador en sus libros de texto. Se erigieron estatuas del explorador; la de Prince's Street, en Edimburgo, es sugerente: Livingstone aparece representado sosteniendo una Biblia, pero con una pistola en el cinturón.
Stanley, que «ansiaba la fama y la adulación» (James, 64), estaba decidido a superar a Livingstone, por lo que regresó a África en 1874-7. Circunnavegó laboriosamente el lago Victoria, buscando posibles desagües que pudieran conectar con el Nilo. Sus esfuerzos al menos revelaron el enorme tamaño del lago (el más grande de África); ojalá hubiera tenido transporte aéreo en lugar de estar encadenado al suelo por su pesado tren de bagajes. Luego, utilizando un barco de acero llamado Lady Alice, Stanley navegó por el Lualaba hasta llegar a la costa occidental de África, en lo que hoy sería la frontera norte de Angola. La expedición de Stanley, junto con otra expedición independiente de Verney Lovett Cameron en 1875, confirmó que el Lualaba de hecho era el río Congo o un afluente del mismo. Por lo tanto, esto demostró que el lago Victoria, no el Tanganica, era la verdadera fuente del río Nilo. Speke había estado en lo cierto.
Los extensos viajes de Stanley por África aparecen en varios libros, entre los que destacan En busca del Dr. Livingstone (1872), El continente misterioso (1878) y Viaje al África tenebrosa (1890). Stanley había esperado que lo enterraran junto a Livingstone en la abadía de Westminster, pero se le negó este honor, en gran parte debido a su evidente racismo y su repetido trato cruel hacia los africanos.
La cuarta «C»: colonización
Ahora que se había cartografiado la gran vía fluvial de África Oriental (y otras como el Congo, el Zambeze y el Níger), muchos más misioneros entraron en los Estados africanos, seguidos de más exploradores, luego de comerciantes individuales y, posteriormente, de compañías mercantiles. Al principio, estos europeos eran pocos y los líderes africanos no los consideraban una amenaza particular, por lo que los explotaban por sus conocimientos y sus mercancías. Los exploradores, en particular, parecían ignorar el hecho de que eran exploradores solo en el sentido de que eran los primeros europeos en esas regiones. En la literatura que los exploradores escribían una vez de vuelta a casa, se descartaba en gran medida a los africanos, a quienes los lectores europeos consideraban tan interesantes como la flora y la fauna locales.
A partir de 1885 aproximadamente, los Gobiernos europeos comenzaron a mostrar un interés mucho más activo por África, y se enviaron ejércitos bien equipados y tecnológicamente superiores para establecer protectorados y colonias. Ahora la explotación se invertiría, y alcanzaría un nivel mucho mayor y más siniestro. En el siglo XX, en toda África tan solo había dos Estados que no estuviesen bajo el control europeo directo: Etiopía y Liberia.
Traductora de inglés y francés a español. Muy interesada en la historia, especialmente en la antigua Grecia y Egipto. Actualmente trabaja escribiendo subtítulos para clases en línea y traduciendo textos de historia y filosofía, entre otras cosas.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 06 mayo 2026. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.