Cíbola, las siete ciudades de oro y Coronado

Artículo

Joshua J. Mark
por , traducido por Estanislao Larios Ramirez
Publicado el 11 mayo 2021
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Disponible en otros idiomas: inglés

Las Siete Ciudades de Cíbola son las míticas tierras de oro que los españoles del siglo XVI creían que existían en algún lugar del suroeste de Norteamérica, comparables con la más conocida y también mítica ciudad de El Dorado. No se encontró ningún sitio que cumpliera con las descripciones reportadas por los primeros europeos que exploraron el área, lo que no impidió que emprendieran una expedición que ocasionó la destrucción de muchos más poblados.

Los primeros europeos que dieron fe de la existencia de estas ciudades fueron cuatro supervivientes de la desastrosa expedición de 1527 de Narváez, incluyendo al explorador Álvar Núñez Cabeza de Vaca (? - 1560). El reporte de De Vaca, de 1536, fue posteriormente "corroborado" por el fraile franciscano Marcos De Niza (c. 1495-1558), en 1540. La colorida descripción de De Niza sobre las riquezas del sitio incentivaron la expedición emprendida hacia Norteamérica por el conquistador Francisco Vázquez de Coronado (1510-1554), quien no encontró ninguna ciudad como las descritas.

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Seekers of the Seven Cities of Gold
Buscadores de las Siete Ciudades de oro
Jim Carson (Copyright)

La expedición de Coronado trajo como consecuencia la muerte de un gran número de nativos americanos, directa o indirectamente, robando sus reservas de alimentos, ocasionando su inanición. Saliendo de Compostela, al noroeste de México, Coronado viajó a lo que hoy es Nuevo México en donde se dio cuenta de que las historias sobre la ciudad dorada no eran más que un invento. Después de tomar la ciudad siguió destruyendo otras comunidades, tras lo cual se convenció de la existencia de otra ciudad de oro aún más grande, Quivira, con lo que su cruzada por encontrar esta mítica ciudad lo llevó tan lejos como al actual Kansas. Posteriormente se supo que los nativos de los cuales había abusado al tomar Cíbola habían inventado la existencia de Quivira para deshacerse de él y enviarlo hacia tierras inhóspitas en las que esperaban que él y sus hombres se debilitaran y murieran.

Esta expedición causó la bancarrota de Coronado quien, creyendo los reportes de De Niza, la había financiado personalmente. Aunque Coronado es frecuentemente alabado como el primer europeo en haber explorado el suroeste de norteamérica, el efecto inmediato en la región fue negativo y su legado insignificante. El único valor real de la expedición lo encontramos en los reporte de García López de Cárdenas (c. 1540), uno de los oficiales de Coronado, entre otros, que hacen recuento de la vida de los nativos con los cuales se toparon, así como formaciones naturales como el Gran Cañón. El persistente alarde que los historiadores hacen sobre que la expedición de Coronado fue la primera en ver dichos sitios y registrar dichos hechos resuena cada vez más negativo, a medida que más personas en la era moderna reconocen las frívolas motivaciones de la expedición así como la destrucción ocasionada a las comunidades de nativos americanos.

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La expedición de Narváez y De Vaca

los Rumores de las riquezas del norte llegaron a oídos del virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, quien ordenó formar un grupo de exploradores.

La historia de las Siete Ciudades de Cíbola comenzó con una expedición que nada tenía que ver con ellas. En 1527 el conquistador Pánfilo de Narváez (fallecido en 1528), fue enviado desde España con 600 hombres, algunas mujeres y esclavos, así como cinco barcos para colonizar Florida, que había sido reclamada para la corona española en 1513 por Ponce de León (1474-1521). Cerca de Cuba naufragaron a causa de una tormenta, con lo que alrededor de 400 sobrevivientes fueron arrastrados a las costas del oeste de Florida, cerca de la actual Tampa Bay.

Narváez no tenía idea de a dónde habían llegado, por lo que dividió al grupo en dos, con poco más de 100 expedicionarios viajando por barco y el resto por tierra hacia el norte, donde esperaban encontrar algún puerto. Aunque Ponce de León había reclamado la tierra, no pudo establecer un fuerte ni dejar ningún tipo de dirección, por lo que no se puede culpar a Narváez de haberse desorientado. Ambos grupos se perdieron de vista mutuamente. El grupo en tierra continuó su marcha hasta terminar en el actual Texas. Debido a que no encontró ningún puerto y que ningún punto de referencia es mencionado en el reporte de De León, Narváez tomó la decisión de construir algunas balsas, que usarían para bordear la costa y encontrar el lugar en el cual debían haber desembarcado. Otra tormenta ahogó a la mayoría de los 300 exploradores a bordo de las balsas, incluyendo a Narváez, mientras que los sobrevivientes, lanzados de regreso a las costas de Florida, murieron en los meses siguientes, hasta que solamente quedaron cuatro:

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  • Álvar Núñez Cabeza de Vaca
  • Alonso del Castillo Maldonado (fallecido en 1547)
  • Andrés Dorantes de Carranza (fallecido en la década de 1550)
  • Estevanico (c. 1500-1539)

Estevanico era un moro, esclavizado desde alrededor de 1522, perteneciente a Carranza. Los cuatro hombres cruzaron caminando Texas, donde fueron capturados por nativos, quienes los esclavizaron por cuatro años, tras lo cual escaparon y huyeron al interior. Durante los años siguientes los hombres vivieron entre los nativos, viajando de un lugar a otro, adquiriendo buena reputación como curanderos, para finalmente regresar a la ciudad de México en 1536, donde las historias de sus aventuras, en especial las relativas a las inmensas riquezas de las tierras por las que habían pasado y sus relucientes ciudades de oro, atrajeron una gran atención.

La expedición de De Niza

Finalmente, los rumores sobre la riqueza del norte llegaron a oídos del virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza (1495-1552), quien en 1539 ordenó la formación de un grupo de exploradores, liderada por el fraile Marcos de Niza. Sin embargo, el problema era que nadie sabía dónde se encontraban estas ciudades de oro. De Vaca, la fuente principal de estas historias, había embarcado de regreso a España en 1537, y aunque no hubiera sido así (como puede verse en sus memorias posteriormente publicadas), no hubiera sido de mucha ayuda, debido a que llamaba a las personas y lugares que conoció por sus propios nombres, dependiendo de lo que comían, como se vestían, o lo que le recordaba cierta formación rocosa. Afortunadamente, Estevanico aún vivía con su amo en la Nueva España, con lo que de Niza lo escogió para ser su guía.

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Antonio de Mendoza
Antonio de Mendoza
Unknown (Public Domain)

Estevanico estaba muy feliz por poder regresar al norte y vivir como hombre libre nuevamente, con lo que el pequeño grupo partió. Conforme viajaban, llamaron la atención de comerciantes nativos, quienes animaron a De Niza con historias sobre las enormes ciudades de oro a las que estaba seguro pronto llegarían. Estevanico fue enviado de avanzada con la consigna de ubicar las ciudades y mandar noticias sobre ello y, después de ciertos días o semanas, un mensajero nativo llegó con la noticia de que Estevanico había encontrado Cíbola y que los esperaba allí. El académico Bill Yenne cuenta la descripción que Estevanico le dio a De Niza:

Había "siete ciudades muy grandes que estaban todas sujetas a un solo señor. En ellas había grandes casas de piedra y argamasa, las más pequeñas de un piso con terraza, y había además edificios de dos y tres pisos. La casa del jefe tenía cuatro pisos. Había muchos adornos en la entrada de las casas principales, y turquesas, que eran muy abundantes en el país. La gente de estas ciudades estaba muy bien vestida". (125)

De Niza se apresuró para alcanzar a Estevanico pero recibió la noticia de que había sido asesinado. Nadie sabe cómo murió (incluso se afirma que en realidad no fue asesinado sino que solamente fingió su muerte para ganar su libertad), pero a De Niza se le informó que Estevanico había tratado de hacerse pasar por curandero, y que había exigido objetos de valor y mujeres a las personas de la ciudad, razón por la que fue asesinado. De Niza temió ir más allá por lo que, en la cima de una meseta y, "sin haber pisado ninguna población, miró largamente a las comunidades indígenas...y se retiró rápidamente a México" (Yenne, 126). Una vez de regreso, usando sus historias sobre las fabulosas ciudades, mantuvo entretenidos a Mendoza y otros. Yenne comenta:

Dejó volar su imaginación, informando sobre cosas que no podría haber visto sin entrar en una de las siete ciudades. Escribió sobre enormes perlas y esmeraldas [y] dijo que la gente comía en platos de oro y plata... También afirmó que las Siete Ciudades de Cíbola eran iguales en población a la Ciudad de México. (127)

Lo anterior sugería la existencia de un vasto y rico centro urbano pero, aún sin saberlo, de Niza estaba en lo correcto. Las ciudades que había visto eran parte del complejo Zuni-Cíbola en el actual Nuevo México, que en ese entonces era el centro de comercio más grande de la región. El académico James J. Drexler comenta:

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[Cíbola] era un centro de comercio dentro de una vasta y activa red comercial que cubría la mayoría del norte de México así como gran parte del oeste de Estados Unidos. El comercio de Cíbola llegaba hasta las grandes planicies al este, de donde obtenían pieles de bisonte, y se extendió asimismo hasta el bajo Río Colorado al oeste... la red comercial llegaba hasta el oeste de México, en donde los nativos de Cíbola obtenían conchas marinas, mientras que hacia el sur llegaban hasta la Ciudad de México, en donde obtenían aves de brillantes plumas. Los ciboleños sabían de la existencia del río Mississippi, las costas del golfo en Texas así como de México, la costa oeste de California, el gran Cañón del río Colorado y también de los ríos y planicies de Oklahoma y Kansas. Eran personas civilizadas con una cultura y tradiciones antiguas. (103)

Mendoza no estaba interesado en lo que De Niza pudiera decirle sobre las personas viviendo en Cíbola, excepto si acaso por el hecho de que podrían pagar enormes cantidades en tributo una vez que fueran conquistados; así que organizó una segunda expedición, mucho más grande, con dicho objetivo.

La expedición de Coronado

coronado estaba tan confiado en su éxito así como de las riquezas con las que volvería, dijo, que incluso podría financiar toda la aventura él mismo.

En ese tiempo Coronado era el gobernador de la Nueva Galicia (en el actual Sinaloa y sus alrededores en México), en la Nueva España, casado con una mujer de familia acaudalada. Fue respaldado por su familia cuando se ofreció como voluntario para liderar la expedición de Mendoza, después de haber escuchado la historia de De Niza sobre Cíbola. Tan confiado estaba en su éxito así como de las riquezas con las que volvería, dijo, que incluso podría financiar toda la aventura él mismo. Mendoza aportó algo del dinero requerido, asegurándose cierta participación en el botín. Nadie dudaba de la exactitud del reporte de De Niza, de hecho, a medida que la aventura del fraile en la ciudad de oro era contada una y otra vez, los edificios se volvían más grandes y las riquezas aún más. Coronado tomó a De Niza como su guía más confiable y partió en febrero de 1540 con trescientos soldados, más de mil nativos sirvientes, una enorme procesión de suministros, ganado para carne, y manadas de caballos extra, todo ello pagado casi en su totalidad por él.

A principios de julio llegaron al lugar en el cual De Niza dijo Estevanico había sido asesinado; este lugar no se veía para nada como las fabulosas ciudades que él mismo había descrito en la Nueva España. El oficial y cronista de Coronado, Castañeda, escribió:

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Es una pequeña, atestada villa, tal parece como si la hubieran compactado. Hay haciendas en la Nueva España que lucen mejor a la distancia. Es una villa de alrededor doscientos guerreros, de tres y cuatro niveles, con pequeñas casas, con pocos cuartos y sin patio. (136)

Coronado avanzó sobre la ciudad, demandando su rendición. Cuando la población se negó, ordenó atacar. De acuerdo a los registros de Castañeda, no fue una batalla fácil, incluso el mismo Coronado fue herido. Al final los españoles vencieron a los ciboleños, gracias al uso de caballería y armas de fuego, que ocasionaron el asombro de los nativos, quienes finalmente abandonaran la ciudad. Cuando Coronado entró a la ciudad esperando encontrar montones de oro y joyas, no encontró más que ollas de cerámica rotas, cadáveres y casas vacías.

Coronado attacking Zuni-Cibola
Coronado atacando Zuni-Cíbola
Jan Mostaert / Jan Arkesteijn (Public Domain)

Castañeda relata que Coronado y los demás se volvieron inmediatamente contra de Niza y se enfadaron tanto que Castañeda se preocupó por la seguridad del fraile, escribiendo: "fueron tales las maldiciones que algunos lanzaron contra fray Marcos que pido a Dios que le proteja de ellas" (136). Coronado inspeccionó la ciudad minuciosamente, tras lo cual escribió un reporte a Mendoza en el cual indicaba que el informe del fraile era engañoso; mandó a De Niza junto con las tropas que estaban por salir para entregarlo. Castañeda, al describir la partida del fraile, aparentemente olvida sus temores iniciales por la seguridad de De Niza, y casi que lo llama un mentiroso:

[De Niza regresó] porque no le pareció seguro quedarse en Cibola, viendo que su informe había resultado totalmente falso, porque no se habían encontrado los reinos de los que había hablado, ni las ciudades populosas, ni las riquezas de oro, ni las piedras preciosas de las que había informado, ni las ropas finas, ni otras cosas que se habían proclamado desde los púlpitos. (136-137)

Entonces, Coronado envió a sus oficiales a explorar la región mientras él se dedicaba a apropiarse de las casas Zuni y sus suministros. Envió mensajeros a otras comunidades de nativos diciendo: "cristianos han llegado a su territorio, nuestro único deseo es ser sus amigos" y que eran bienvenidos para hablar con Coronado. Como era de esperarse, no hubo una gran respuesta a este llamado (Yenne, 138). Aún con ello, los oficiales de Coronado fueron inicialmente bien recibidos en las diferentes comunidades, con música, danzas y regalos, algo que cambió cuando los nativos se dieron cuenta de que no podían confiar en los recién llegados.

En la comunidad indígena de Tiguex (en el actual Santa Fe, Nuevo México), Coronado conoció a un nativo de la región del Mississippi que era mantenido como esclavo, conocido en el reporte de Castañeda como "el turco". El turco le platicó a Coronado de una tierra de fabulosa riqueza hacia el norte llamada Quivira, ofreciéndose a llevarlo a ella. El grupo partió en abril o mayo de 1541, y después de más de un mes de camino aún no habían encontrado nada que sugiriera una ciudad de oro, aunque el turco les aseguraba continuamente que ésta se encontraba solo un poco adelante. En su camino, la expedición asesinó a 200 nativos en una villa (algunos quemados en la hoguera, otros pisoteados por sus caballos), asesinaron a otros en diferentes lugares, violaron mujeres nativas, robaron provisiones de alimentos (dejando morir de hambre a la población), y destruyeron casas y villas, como un modo de establecer los valores cristianos de orden y civilización.

Después de todo esto, Coronado aún estaba lejos de la ciudad de oro Quivira. Finalmente, cerca del actual Salina, Kansas, la paciencia de Coronado se terminó, confrontando al turco, quien admitió que había mentido todo ese tiempo y que tal ciudad no existía. El turco le dijo a Coronado que lo único que buscaba al ofrecerse liderar a los españoles en su búsqueda, era ser libre y regresar con su familia. Asimismo, los mismos nativos de Cíbola le indicaron que engañara a Coronado, con la esperanza de que se perdiera y muriera en esa tierra salvaje.

Francisco Vázquez de Coronado
Francisco Vázquez de Coronado
Basilio (CC BY-SA)

Coronado escuchó su explicación, tras lo cual lo estranguló. Después de ello, anunció que regresarían a la Nueva España ya que, en palabras de uno de sus oficiales, "la expedición nunca halló una tierra en la cual pudieran establecerse" y las Siete Ciudades de Cíbola resultaron carecer de "riquezas y civilización" (Flint, 2). Coronado regresó a la Nueva España en la primavera de 1542, retomando su posición como gobernador de la Nueva Galicia, pero desacreditado y en bancarrota. De Niza también fue despreciado públicamente pero nunca fue castigado, viviendo el resto de sus días en la oscuridad.

Conclusión

La búsqueda de las Siete Ciudades de Cíbola fue solo una de las poco más de 130 expediciones emprendidas por los españoles en América con el propósito de encontrar oro durante este período. Al mismo tiempo que Coronado asolaba el suroeste, Hernando de Soto (c. 1500-1542) violaba, asesinaba y quemaba villas de los nativos del valle del Río Mississippi en su búsqueda del oro que estaba seguro habían escondido. Gonzalo Pizarro (1510-1548), el hermano más joven de Francisco Pizarro (conquistador de los Incas), también estuvo activo en 1541, destruyendo y esclavizando comunidades nativas en Ecuador en su búsqueda de la ciudad de El Dorado.

Estas expediciones han sido elogiadas por siglos como "las primeras", como si el paisaje y los nativos que encontraron no tuvieran valor inherente antes ser "descubiertos" por los europeos, quienes siempre han sido descritos como exploradores, más que esclavistas o simples ávaros oportunistas que se aprovecharon de poblaciones que inicialmente les dieron la bienvenida, confiaron en ellos y aún los ayudaron. Ni la expedición de Coronado es para celebrarse, ni ninguna de las otras expediciones.

La expedición a Cíbola fue un proyecto absurdo, basado en mentiras y motivado por la avaricia, resultando en la pérdida de vidas dentro de las comunidades que habían existido en esas tierras por miles de años. A ninguno de esos nativos o sus descendientes podría menos que importarle que esos españoles fueran "los primeros" en tomar registro para la historia de su tierra y cultura.

Los continuos elogios a expediciones como la de Coronado son comparables a la admiración que despierta un ladrón de bancos que, después de matar a todo el mundo en el edificio, tropieza con una moneda rara; los textos de historia se centran regularmente en la moneda mientras ignoran en gran medida el coste de su descubrimiento. Las Siete Ciudades de Cibola nunca existieron, al igual que El Dorado o Quivira, pero la búsqueda de estos lugares imaginarios provocó la destrucción de otros muy reales, y esa es la verdadera historia de Cíbola.

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Sobre el traductor

Estanislao Larios Ramirez
Mexican, passionate about History since I was a child, thanks to the great teachers I had. I am convinced that there are more common things that unite humans than those that divide them, with History as a tool to achieve understanding among all societies.

Sobre el autor

Joshua J. Mark
Escritor independiente y antiguo profesor de filosofía a tiempo parcial en el Marist College de Nueva York, Joshua J. Mark ha vivido en Grecia y Alemania; también ha viajado por Egipto. Ha sido profesor universitario de historia, escritura, literatura y filosofía.

Cita este trabajo

Estilo APA

Mark, J. J. (2021, mayo 11). Cíbola, las siete ciudades de oro y Coronado [Cibola - The Seven Cities of Gold & Coronado]. (E. L. Ramirez, Traductor). World History Encyclopedia. Recuperado de https://www.worldhistory.org/trans/es/2-1754/cibola-las-siete-ciudades-de-oro-y-coronado/

Estilo Chicago

Mark, Joshua J.. "Cíbola, las siete ciudades de oro y Coronado." Traducido por Estanislao Larios Ramirez. World History Encyclopedia. Última modificación mayo 11, 2021. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-1754/cibola-las-siete-ciudades-de-oro-y-coronado/.

Estilo MLA

Mark, Joshua J.. "Cíbola, las siete ciudades de oro y Coronado." Traducido por Estanislao Larios Ramirez. World History Encyclopedia. World History Encyclopedia, 11 may 2021. Web. 16 ago 2022.

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