Los banquetes fueron una parte importante de la cultura celta; estos se festejaban en fechas significativas del calendario y para celebrar triunfos de la comunidad. También eran una buena oportunidad para mostrar el estatus social de uno y, por supuesto, comer y beber en abundancia. La embriaguez y las peleas eran muy comunes en estos eventos, y a veces hasta se desataban peleas a muerte por cuestiones de honor, como quién merecía comer el mejor trozo de carne. Los festines ocupan un lugar destacado en los relatos de la mitología celta e incluso dan nombre a varias obras célebres de la mitología celta irlandesa.
La finalidad de los banquetes
Los banquetes eran una parte importante de la cultura celta antigua y los objetos que se utilizaban en ellos, como asadores, calderos y jarras, se han podido excavar en yacimientos funerarios de toda Europa. Estos hallazgos de parafernalia datan del siglo XII a.C. y se extienden hasta el periodo del Imperio romano. Los banquetes celtas se utilizaban para conmemorar y festejar fechas importantes del calendario religioso y para celebrar triunfos de la comunidad, como lo eran la construcción de defensas o edificaciones. Un famoso festín secular era el Banquete de Tara (feis Temro), celebrado desde la Edad Antigua hasta el siglo VI d.C. para conmemorar la asunción al poder de un nuevo alto rey de Irlanda en Tara, en el condado de Meath. En las fiestas también se podían celebrar matrimonios, victorias en la guerra y exitosas incursiones contra tribus vecinas rivales, o consolar a los familiares cuando un ser querido había fallecido y pasado al Otro Mundo.
Las fechas importantes que se honraban con un festín incluían la festividad de Imbolc (o Imbolg), que marcaba el comienzo de la primavera el 1.º de febrero; la de Beltaine, en la que se celebraba la llegada del verano el 1.º de mayo; la de Lughnasa (o Lugnasad), llevada a cabo el 1.º de agosto para conmemorar el inicio del otoño y el comienzo de la cosecha, y la festividad de Samain (o Samhain), en la que se festejaba el año nuevo celta el 1.º de noviembre. La víspera de cada uno de estos días festivos era importante, ya que los celtas creían que un nuevo día comenzaba al anochecer. Los celtas seguían los ritmos de la naturaleza y no estaban sujetos a fechas específicas; las fechas indicadas anteriormente son las que fueron fijadas en el calendario gregoriano por los escritores cristianos. También es interesante señalar que la idea de los banquetes y muchas de las celebraciones celtas siguieron siendo importantes después de la cristianización de Europa. Algunos festines incluso se transfirieron al calendario cristiano, como Imbolc, que se convirtió en la festividad de Santa Brígida.
Comida y bebida
Sin duda, los banquetes eran una oportunidad para comer comida mejor que la usual y beber más alcohol. Los escritores antiguos describen que los celtas comían en mesas bajas y sentados sobre un lecho de heno. Los platos preferidos eran la carne asada en un asador sobre un fuego al aire libre o hervida en un guiso hecho en caldero. Los restos arqueológicos sugieren que la carne vacuna y porcina eran las más comunes, complementadas con aves de corral y carne de caza. Se servían grandes trozos de carne en platos de bronce, madera o mimbre y se comía con las manos y un cuchillo. Los cereales eran otra fuente principal de alimento, junto con las frutas y verduras de temporada.
A los celtas les gustaba mucho el vino, que adquirían a través del comercio con los Estados mediterráneos, a menudo a cambio de esclavos capturados en la guerra. Por ejemplo, en la Galia se han descubierto decenas de miles de ánforas de vino procedentes de Italia, que datan del periodo anterior a la conquista romana a mediados del siglo I a.C. Para los menos privilegiados, la bebida principal era una cerveza fuerte elaborada a partir de malta fermentada con lúpulo o un tipo de hidromiel (miel fermentada).
Muestra del estatus social
Además de tener una función conmemorativa y brindar una oportunidad para socializar, los festines también eran una ocasión para hacer alarde de la posición social. Los asientos se disponían de manera que reflejaran el estatus de cada persona dentro de la comunidad. Así lo comentó el autor griego Posidonio en su obra Historias, escrita en el siglo I a.C.:
... se sientan en círculo con el hombre más influyente en el centro, ya sea por su destreza en la guerra, la nobleza de su familia o su riqueza. A su lado se sienta el anfitrión y, a ambos lados, los demás por orden de distinción. Sus escuderos se colocan detrás de ellos, mientras que sus lanceros se sientan en el lado opuesto y festejan juntos como sus señores.
(en Allen, p. 16)
En los banquetes nunca podía faltar un caldero, tanto así que este tiene un lugar especial en la mitología celta, donde se le atribuía propiedades mágicas y se lo asociaba con la fertilidad. También, los calderos se podían usar como decoración y para mostrar la riqueza del anfitrión. El ejemplo más destacado que se conserva de un caldero celta es el de Gundestrup, encontrado en Dinamarca, que data del siglo I a.C. Este tiene paneles en alto relieve que muestran dioses, rituales y animales. El historiador B. Cunliffe resume el uso de los calderos en las fiestas celtas de esta manera:
El centro de la fiesta habría sido el caldero comunitario, fabricado con láminas de bronce remachadas entre sí, con el borde enderezado para colocar dos grandes asas a los que se ataban cadenas o cuerdas para poder suspender el caldero sobre el fuego desde las vigas del techo. Para sacar los trozos de carne del guiso se utilizaban ganchos de bronce. (pp. 68-69)
Otra forma de mostrar la riqueza y el estatus social era a través de cuernos para beber decorados, copas de oro y plata finamente elaboradas, jarras de bronce y grandes jarras de madera recubiertas de bronce. Muchos de estos objetos eran importados de otras culturas como los etruscos y los griegos, por lo que tenían un prestigio adicional por ser «artículos exóticos». Algunas jarras, como la famosa Trawsfynydd (50 a.C. - 75 d.C.), podían contener dos litros de líquido, así que podemos imaginarnos que se utilizaban para beber en comunidad, donde el orden de los bebedores estaría bien definido.
A menudo se enterraban junto a los difuntos conjuntos de finos recipientes de todo tipo. Por ejemplo, la tumba de Kleinaspergle, en Alemania, que data del siglo V a.C., contenía un conjunto de dos cuernos para beber, dos recipientes para mezclar vino, una jarra y dos copas pequeñas. Curiosamente, estos juegos de vasos suelen ser para dos personas, pero normalmente solo hay un ocupante en la tumba. Quizás los extras eran en previsión de encontrarse con seres queridos en el Otro Mundo o simbolizaban la importancia de ofrecer hospitalidad, independientemente del lugar en el que acabara el difunto.
En los banquetes, se demostraba la posición social incluso con la comida, ya que solo los invitados de mayor rango podían degustar los mejores cortes de carne, por ejemplo. La mejor parte era la del muslo y se reservaba para el guerrero más importante que estuviese presente. Si otro guerrero se consideraba superior, podía reclamar ese corte de carne para sí mismo y desafiar así al líder a un combate. También podían estallar peleas por asuntos más triviales, como describe aquí Posidonio:
Durante la cena, los celtas solían enfrentarse en combate de a dos. Se reunían armados y participaban en un simulacro de batalla, intercambiando estocadas y paradas. A veces se herían y la irritación causada por ello pudo incluso llevar al asesinato del oponente, a menos que sus amigos lo detuviesen... Cuando se servían los cuartos traseros, el héroe más valiente tomaba el muslo; si otro hombre lo reclamaba, se levantaban y luchaban hasta la muerte.
(en Allen, p. 17)
Cualquier desconocido que se presentara en un banquete era bienvenido y se le ofrecía un asiento, y solo después de haber sido agasajado con comida y bebida se le pedía que diera su nombre y explicara el motivo de su visita. En los banquetes se repartían obsequios, como joyas y otros objetos fabricados con metales preciosos o ánforas de vino. Dar obsequios era lo esperado y una costumbre que todo líder debía respetar. Por lo general, estos obsequios eran botines de guerra cuya distribución se organizaba con cuidado según el estatus social.
Entretenimiento
Además de los cantos grupales y las bromas obscenas, el entretenimiento durante los banquetes corría a cargo de los bardos, cuyas historias, poesía y habilidad con el arpa eran muy apreciadas en la cultura celta. Los bardos podían cantar alabanzas a los hombres de alto rango presentes en el banquete, como en este famoso episodio protagonizado por Louernius, jefe de los arvernos en la Galia:
...cuando el bardo que llegó tarde al banquete compuso una canción sobre la grandeza del líder, lamentando su propio retraso, Louernius tuvo la sensatez de lanzarle al bardo una bolsa de oro mientras corría detrás de su carroza y fue recompensado con otra canción basada en el tema de que incluso «las huellas que dejaba su carroza en la tierra daban oro y generosidad a la humanidad».
(Cunliffe, p. 233)
Banquetes en la mitología celta
La importancia de los banquetes en la cultura celta queda ampliamente ilustrada por su aparición en la mitología, no solo como un escenario colorido para escenas importantes, sino a menudo como el clímax o incluso el título de poemas épicos. Ejemplos de estos poemas son Fled Bricrenn (El festín de Briccriu), Feis Tighe Chonáin (El festín de la casa de Conán) y Fled Dúin na nGéd (El festín de Dún na nGéd). Estas obras se escribieron en la época medieval, pero se basaban en historias de una tradición oral más antigua.
En Fled Bricrenn, llamado así por su anfitrión, hay una prolongada disputa entre varios héroes sobre quién debe quedarse con la porción de carne del campeón, en este caso, un suntuoso trozo de lechón. El asunto da lugar a varias aventuras y solo se resuelve finalmente cuando el héroe Cú Chulainn vence a un terrible gigante que se entromete en el banquete. De este modo, Cú Chulainn gana el derecho a la mejor porción de cerdo. De hecho, Cú Chulainn es honrado desde entonces con la porción del campeón en cualquier banquete al que asista.
En Fled Dúin na nGéd, hay una escena memorable en la que dos terribles espectros, uno masculino y otro femenino, llegan a un banquete y se comen toda la comida. Esta situación, resultado de una maldición, avergüenza enormemente a Domnall, el legendario rey de Irlanda, al ver cómo su capacidad para ofrecer hospitalidad queda tan bruscamente eliminada. La situación es grave y se desata una guerra. El relato es, por tanto, un claro recordatorio de la importancia de los banquetes en la cultura celta y de la necesidad de seguir unas estrictas normas de conducta social.
