En la antigua Mesopotamia, la familia se consideraba la unidad esencial que proporcionaba estabilidad social en el presente, mantenía las tradiciones del pasado y garantizaba la continuidad de las tradiciones, las costumbres y la estabilidad para el futuro. La unidad familiar era tan importante que la jerarquía del palacio y el templo se basaba en ella.
Los estudiosos actuales describen la unidad familiar mesopotámica como el modelo oikos, del griego oikonomia («gestión de un hogar»), del que deriva la palabra «economía» (Leick, 65). El estudioso Stephen Bertman señala que «los antiguos mesopotámicos creían que la familia era de vital importancia para la estabilidad de la sociedad» (275). El cabeza de familia era el hombre de mayor edad, que era el principal responsable de mantener a su familia. Si la familia pertenecía a la clase alta, el cabeza de familia era el propietario de las tierras; si se trataba de una familia de clase baja, era simplemente el principal sustento.
En las familias extensas, el abuelo era un dependiente y el padre era el cabeza de familia. Este mismo paradigma se aplicaba a la realeza si un monarca anciano abdicaba en favor de su hijo (como en el caso de Hammurabi de Babilonia). En el templo, el dios era el «jefe de familia» y el clero, los dependientes. Los esclavos se consideraban dependientes y, según el papel que desempeñasen en la familia, recibían más o menos libertades.
Los matrimonios se concertaban entre el padre de la novia y el novio o su padre y tenían una estructura rígida.Para que un matrimonio se considerara legal, había que seguir al pie de la letra todos los pasos del proceso de compromiso, la fiesta de bodas y el traslado a una nueva casa o la construcción de una nueva vivienda. Aunque la gente podía convivir sin estar casada (como en el caso de las parejas del mismo sexo), y de hecho lo hacían, tanto estas personas como sus hijos (o hijos adoptivos) se consideraba que estaban fuera de la protección de la ley o de los servicios de la comunidad.
Una responsabilidad importante del cabeza de familia era concertar los matrimonios de sus hijos.
Las familias disfrutaban de su tiempo juntas, al igual que muchas lo hacen en la actualidad. La gente disfrutaba de los deportes (la lucha libre y el boxeo entre los hombres de todas las clases y la caza entre la clase alta), los juegos de mesa (el más popular era muy parecido al parchís moderno), la narración de cuentos, la danza y la música.
La cerveza era un alimento básico en la dieta de todas las familias y la gente de todas las edades la cosumía a diario con comidas a base de pescado, cerdo, cordero y verduras. Las familias tenían mascotas, normalmente perros, y se cree que el collar para perros se inventó en Mesopotamia, muy probablemente en Sumeria.
La importancia de la unidad familiar se extendía a la vida después de la muerte, ya que se creía que aquellos que tenían familiares que los recordaban y les ofrecían sacrificios tenían una existencia más feliz después de la muerte que aquellos que morían solteros o sin hijos (especialmente hijos varones). Este mismo modelo básico se observaba en el antiguo Egipto, Grecia y Roma, pero las primeras representaciones e inscripciones de la vida familiar y su importancia en la vida después de la muerte provienen de la antigua Mesopotamia, alrededor del tercer milenio a.C. Por lo tanto, la familia proporcionaba estabilidad durante la vida y después de la muerte al mantener las costumbres tradicionales que fomentaban la devoción mutua y el respeto por el orden social.
Unidad familiar y matrimonio
Los primeros grupos familiares de la historia de Mesopotamia se pueden reconocer en la misma clase de unidad familiar actual.Una familia nuclear (madre, padre, hijos) solía vivir con otros parientes de la familia extensa (abuelos, tías, tíos, primos), o cerca de ellos, y todos formaban parte de un clan (o tribu) más grande. El patriarca del clan era el miembro masculino más anciano, pero el cabeza de familia era el hombre «proveedor», responsable de mantener a su familia, esclavos, sirvientes y miembros de la familia extensa que eran demasiado mayores o no podían valerse por sí mismos. Una responsabilidad importante del cabeza de familia era concertar los matrimonios de sus hijos, algo que se tomaban muy en serio. Bertman comenta:
En la lengua de los sumerios, la palabra «amor» era un verbo compuesto que, en su sentido literal, significaba «medir la tierra», es decir, «marcar la tierra». Tanto para los sumerios como para los babilonios (y muy probablemente también para los asirios), el matrimonio era fundamentalmente un acuerdo comercial diseñado para garantizar y perpetuar una sociedad ordenada. Aunque el matrimonio tenía un componente emocional inevitable, su objetivo principal a los ojos del Estado no era la compañía, sino la procreación; no la felicidad personal en el presente, sino la continuidad comunitaria para el futuro.
(275-276)
Los matrimonios se contraían para formalizar acuerdos comerciales relativos a la venta de tierras, los derechos sobre el agua, la protección mutua o cualquier acuerdo que las partes consideraran mutuamente beneficioso. Como acuerdos comerciales, se iniciaban con un contrato legal firmado por los cabezas de familia en presencia de testigos; los novios no solían tener nada que ver con el proceso. Después, se podía celebrar la ceremonia. Desde el primer momento en que se acordaba la unión entre las familias, el proceso matrimonial constaba de cinco pasos que debían observarse de acuerdo con la tradición para que se considerara válido:
También se esperaba que la novia fuera virgen y no tuviera ninguna restricción legal que pudiera anular el acuerdo matrimonial (como estar ya comprometida con otra persona), pero la novia (o el novio) no tenía voz ni voto en el matrimonio una vez que se firmaba el contrato y se realizaban los pagos entre las familias. La ceremonia solía ser tan sencilla como el traslado de la novia a la casa de la familia del novio, donde se celebraba un banquete, y una vez firmado el contrato, no había demasiada tolerancia a interferencias en el proceso. Bertman señala:
Los compromisos eran un asunto serio en Babilonia, especialmente para aquellos que podían cambiar de opinión. Según el Código de Hammurabi, un pretendiente que cambiara de opinión perdería todo su depósito (el regalo de compromiso) y el precio de la novia. Si el futuro suegro cambiaba de opinión, tenía que pagar al pretendiente decepcionado el doble del precio de la novia. Además, si un pretendiente rival convencía al suegro para que cambiara de opinión, no solo el suegro tenía que pagar el doble, sino que el rival no podía casarse con la hija. Estas sanciones legales eran un potente elemento disuasorio contra los cambios de opinión, además de presentar un incentivo importante para que se tomaran decisiones de manera responsable y hubiese un comportamiento social ordenado.
(276)
La nueva pareja solía vivir con los padres del novio al principio, hasta que podían permitirse mudarse a su propia casa. Algunas parejas permanecían en la casa del novio, ya que la esposa asumía la responsabilidad de cuidar a los miembros de la familia extensa.
Sin embargo, en el caso de los que podían permitírselo, o que se veían obligados a mudarse a una nueva casa porque eran demasiados, el proceso estaba tan regulado como el del matrimonio. Se compraba un terreno mediante negociación y se firmaba un acuerdo legal con sellos cilíndricos y, antes de que pudiera comenzar la construcción, se invocaba a los dioses hermanos Kabta y Mushdamma para obtener su bendición.
Kabta y Mushdamma eran los dioses de la construcción, los ladrillos, los edificios y los cimientos e ignorarlos u olvidarse de ellos invitaba a la mala suerte, lo que podía incluso provocar el derrumbe de la casa. Una vez terminada la casa, el dios Arazu (la deidad de la construcción terminada) exigía ofrendas de agradecimiento por lo que se había logrado y por la seguridad y protección futuras del hogar.
La mayoría de las casas se construían con juncos entrelazados y plantas de pantano, con esteras de junco como techo, o con ladrillos secados al sol y esteras de junco. Los ladrillos cocidos en horno eran más duraderos, pero caros, y se utilizaban normalmente para palacios, templos y casas de la nobleza y la clase alta. La mayoría de las casas no tenía ventanas, pero las que las tenían contaban con rejas de madera con juncos a modo de «cristales».
¿Te gusta la historia?
¡Suscríbete a nuestro boletín electrónico semanal gratuito!
Sin embargo, la madera era escasa y costosa en Mesopotamia, por lo que solo las casas de la clase alta tenían ventanas. Las casas de la clase baja se iluminaban con lámparas de aceite de sésamo y con agujeros en el techo sobre el hogar. Siempre había una sola puerta, pintada de rojo para ahuyentar a los espíritus malignos. Como se creía que los espíritus entraban en las casas por las puertas y ventanas, tener más de una puerta se consideraba un grave riesgo de ataque espiritual por parte de demonios, espíritus malévolos o fantasmas de familiares fallecidos.
Una vez que la pareja se mudaba su nueva casa, el hombre asumía el papel de cabeza de familia y se establecía allí una nueva rama de la familia. Como se ha señalado, la familia se consideraba la base de toda la sociedad, por lo que la jerarquía tanto del palacio como del templo era un reflejo de esta. En el palacio, el rey era el «jefe de familia», responsable del bienestar de quienes vivían allí (su familia, su familia extensa, los administradores, el personal y los esclavos), pero, en su papel de monarca, era el jefe de su reino, y todos sus ciudadanos se consideraban sus hijos.
Este paradigma se remonta a Sargón de Acadia (Sargón el Grande, que reinó entre 2334 y 2279 a.C.), pero probablemente sea más conocido por el reinado de Ur-Nammu (en torno a 2112-2094 a.C.), quien, siguiendo el modelo de Sargón, fue más allá al presentarse a sí mismo como una figura paterna cuya primera responsabilidad era hacia sus súbditos.
Se esperaba que las parejas fueran monógamas, ya que su relación reflejaba la del rey, que estaba simbólicamente casado con una deidad.
El cabeza de familia en el templo era la deidad que se creía que vivía allí. El templo se entendía como el hogar del dios o diosa en honor al que se había construido, y esa deidad era propietaria de la tierra, la estructura y todos los recursos que generaba el templo.
El sumo sacerdote o la suma sacerdotisa administraban y supervisaban de acuerdo con los deseos de la deidad, pero se entendía que actuaban como administradores, no como la autoridad principal. Estos administradores actuaban de acuerdo con la voluntad del dios o la diosa, del mismo modo que los consejeros y burócratas lo hacían con el rey, o los miembros de una familia con la figura paterna.
Sexo, trabajo y ocio
Se esperaba que las parejas fueran monógamas, ya que su relación reflejaba la del rey, que estaba simbólicamente casado con una deidad para garantizar la fertilidad y la prosperidad de la tierra. Sin embargo, había excepciones, como señala el erudito Jean Bottero:
Una vez establecida en su nueva condición social, toda la jurisprudencia nos muestra a la esposa totalmente sometida a la autoridad de su marido, y las restricciones sociales, que le daban rienda suelta al marido, no eran benévolas con ella. En primer lugar, aunque la monogamia era habitual, todos los hombres, según sus caprichos, necesidades y recursos, podía tener una o más «segundas esposas», o más bien concubinas, además de la primera esposa.
(115)
Durante la mayor parte de la historia de Mesopotamia, las mujeres tuvieron derechos casi iguales a los de los hombres, pero, si una mujer abandonaba a su marido y tomaba un amante, recibía un castigo severo, mientras que a un hombre no le ocurría lo mismo. Si sorprendían a una mujer en flagrante adulterio, la ataban al amante y los arrojaban a ambos al río, o la ejecutaban de alguna otra manera.Una mujer podía divorciarse de un hombre si descubría que era homosexual y no tenía interés en acostarse con ella. Dado que la procreación era el objetivo del matrimonio, se consideraba que un hombre que se negaba a acostarse con su esposa había roto el contrato matrimonial.
Sin embargo, al mismo tiempo, no existían prohibiciones contra las relaciones homosexuales y, como señala Bottero, «se podía disfrutar del amor homosexual» sin estigma (101). La diosa Inanna (más tarde Ishtar) era famosa por convertir a los hombres en mujeres y a las mujeres en hombres, y su clero era bisexual o transgénero, en consonancia con la asociación de Inanna con la transformación.
El único estigma asociado al sexo gay era mantener una relación homosexual con alguien de una clase social superior o inferior a la propia, pero esto también se aplicaba a las parejas heterosexuales. La intimidad entre clases sociales planteaba un problema porque violaba las normas de la jerarquía social, pero no hay nada en los registros que condene a las parejas homosexuales o el sexo gay, excepto en el caso de un hombre de clase social superior que «desempeñaba el papel de mujer» con uno de clase social inferior. Por lo demás, como escribe Bottero:
Hacer el amor era una actividad natural, tan ennoblecida culturalmente como la comida era elevada por la cocina. ¿Por qué demonios debería uno sentirse degradado, menospreciado o culpable a los ojos de los dioses por practicarlo de la forma que le apeteciera, siempre que no se perjudicara a terceros ni se infringiera ninguna de las prohibiciones habituales que controlaban la vida cotidiana?
(97)
Si un hombre decidía abandonar a su esposa, tenía que mantenerla (excepto en casos de adulterio o abandono) devolviéndole sus bienes (dote) y, como se ha señalado, podía tener tantas parejas sexuales como pudiera permitirse; pero si una mujer tan solo expresaba la idea de abandonar a su marido, a menos que hubiera motivos legales, podían expulsarla del hogar familiar y se vería obligada a vivir en la calle, a menudo sin otra opción que ganarse la vida como prostituta.
Al mismo tiempo, una mujer podía iniciar un proceso de divorcio si tenía motivos legales, poseer sus propias tierras, firmar contratos comerciales, comprar y vender esclavos y dirigir negocios. Las primeras cerveceras de Mesopotamia fueron mujeres, y hay registros de mujeres propietarias de tabernas, granjas y otras empresas.
Tanto hombres como mujeres, e incluso los niños mayores de cuatro o cinco años, solían trabajar desde el amanecer hasta el anochecer, dependiendo de la ocupación. Entre los trabajos de clase baja se contaban artistas, panaderos, cesteros, cerveceros, carniceros, carpinteros, trabajadores de la construcción, coperos, agricultores, pescadores, músicos, perfumistas, prostitutas y soldados. Entre los de clase alta estaban escribas, tutores, maestros, comerciantes, arquitectos, sacerdotes, astrólogos y burócratas, así como oficiales del ejército y administradores del palacio.
Las actividades de ocio giraban en torno a la familia y la comunidad e incluían la narración de cuentos, que podía adoptar la forma de una representación teatral, así como juegos de mesa, deportes, caza (para la clase alta), actuaciones musicales y competiciones. Los niños jugaban con juguetes, pelotas y otros artículos similares a los juguetes infantiles actuales, como muñecas, pequeños arcos y flechas, barcos en miniatura, figuras de animales o carritos.
Los festivales de la antigua Mesopotamia ofrecían la oportunidad de realizar actividades de ocio, al tiempo que se honraba a los dioses y se les agradecía sus dones. Se daban fiestas para celebrar el Año Nuevo, el cumpleaños de un dios, una victoria militar, una buena cosecha o la finalización de un complejo de templos o un palacio. Las familias asistían juntas a estas fiestas, y se esperaba que los hijos no solo continuaran esa tradición con sus propias familias, sino que, al adherirse a la costumbre, también proporcionaran sustento a sus padres en la otra vida.
La familia y la vida después de la muerte
Cuando alguien fallecía, los familiares lavaban, ungían y vestían el cadáver en casa. A continuación, el cuerpo se enterraba en una tumba (en el caso de la clase alta) o en la casa familiar o cerca de ella. Junto al difunto se enterraban sus posesiones favoritas, junto con cualquier otro objeto del que pudiera prescindir la familia y que pudiera resultarle útil en la otra vida.
A diferencia del antiguo Egipto, con su visión del paraíso del Campo de los Juncos, el más allá mesopotámico era un mundo sombrío y oscuro en el que todas las almas, independientemente de lo noble o mezquina que hubiera sido su vida, corrían la misma suerte en el reino presidido por la diosa oscura Ereshkigal. Bertman cita al erudito Georges Contenau al respecto:
En esta región, sin ningún rayo de luz, totalmente envuelta en polvo, sin aire y sin comida ni bebida, el único sustento de los espíritus de los muertos eran las ofrendas funerarias. Si nadie los recordaba, volvían para atormentar a los vivos, subsistiendo como podían con los miserables restos de comida que encontraban en las alcantarillas.
(281)
A menos que alguien muriera repentinamente, la familia se reunía alrededor del lecho de muerte de la persona, a veces con la presencia de un miembro del clero, y ofrecía oraciones a los dioses para que tuviera un tránsito fácil. Estas oraciones podían ofrecerse a Gula, la diosa sumeria de la curación, o a su hijo, Ninazu, asociado con la transformación y la transición a la otra vida. También podía estar presente un médico, ya fuera un asu (médico) o un asipu (curandero espiritual).
Se colocaba una silla cerca del lecho de muerte para que el espíritu descansara después de abandonar el cuerpo y, como señala Bertman, «las primeras ofrendas espirituales, cerveza y pan plano para fortalecer el alma para su largo viaje al inframundo», se colocaban junto a ella (281). Una vez que el alma había abandonado el cuerpo, se procedía al lavado y la unción.
Conclusión
Una vez que el alma pasaba al más allá, dependía de los dones del recuerdo de los vivos. Como señala Contenau más arriba, las almas que no eran recordadas y que no recibían ofrendas de comida y bebida intentarían regresar al mundo de los vivos para exigirlas y, si eso fallaba, hacían todo lo posible por sobrevivir con las sobras, alterando el orden natural e introduciendo el caos en la comunidad.
Se decía que Ereshkigal tenía siete puertas entre el reino de los muertos y el de los vivos para evitar problemas como las apariciones, pero, aun así, se pensaba que un espíritu podía colarse de alguna manera y regresar a la familia, trayendo las desgracias consigo. Los fantasmas en la antigua Mesopotamia se entendían como un aspecto más de la vida, pero eso no significaba que fueran más bienvenidos que las enfermedades o las malas cosechas.
Por lo tanto, se animaba a las familias a observar cuidadosamente todos los rituales funerarios adecuados y a recordar a los difuntos después mediante ofrendas en su honor. De este modo, la familia servía como unidad esencial para la estabilidad en la vida y también después de la muerte, ya que sus miembros seguían cuidando y honrando a los difuntos, continuando las tradiciones establecidas y transmitiéndoselas a la siguiente generación.
¿Qué importancia tenía la familia en la antigua Mesopotamia?
Según el estudioso Stephen Bertman, «los antiguos mesopotámicos creían que la familia era de una importancia vital para la estabilidad de la sociedad». La familia era tan importante que la jerarquía tanto del palacio como del templo se basaba en ella.
¿Qué estructura tenía la familia mesopotámica?
La estructura de la familia mesopotámica era muy similar a la de la actualidad: una familia nuclear (madre, padre, hijos/as) y una familia extensa (abuelos/as, tíos/as, primos/as) formaban parte de una rede más grande en forma de clan o tribu.
¿Había parejas del mismo sexo en la antigua Mesopotamia?
Sí, había parejas del mismo sexo en la antigua Mesopotamia. Se sabe que la diosa Inanna alentaba la transformación al cambiar a hombres en mujeres y mujeres en hombres. Ser gay no tenía ningún estigma relacionado.
¿Se podían divorciar las mujeres de sus maridos en la antigua Mesopotamia?
Sí, las mujeres se podían divorciar de sus maridos siempre y cuando hubiera motivos legales.
Traductora de inglés y francés a español. Muy interesada en la historia, especialmente en la antigua Grecia y Egipto. Actualmente trabaja escribiendo subtítulos para clases en línea y traduciendo textos de historia y filosofía, entre otras cosas.
Joshua J. Mark no solo es cofundador de World History Encyclopedia, sino también es el director de Contenidos. Anteriormente fue profesor en el Colegio Marista de Nueva York, donde enseñó historia, filosofía, literatura y escritura. Ha viajado extensamente y vivió en Grecia y en Alemania.
Escrito por Joshua J. Mark, publicado el 19 febrero 2026. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.